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viernes, 4 de abril de 2025

NOS VEMOS EN CHICOTE 2016 Y 2025 (I)

 


NOS VEMOS EN CHICOTE 2016 Y 2025

El 1 de abril de 2025 el catedrático de Literatura Española de la Universidad de Alicante hace la presentación en su blog de la tercera edición de su libro “Nos vemos en Chicote”.



Extracto de la Presentación por parte del Catedrático de Literatrura de la Universidad de Alicante Juan Antonio Rios Carratalá de su libro “Nos vemos en Chicote” el 7 de enero de 2016 en Radio Alicante, Cadena Ser, siendo entrevistado por el periodista Carlos Arcaya. Más de nueve años difundiendo y repitiendo lo mismo…

https://cadenaser.com/emisora/2016/01/07/radio_alicante/1452195695_926080.html


  • 🟦 Carlos Arcaya en azul

  • 🟥 Juan Antonio Ríos Carratalá en rojo

  • ⚫️ Tus comentarios en negro (con cursiva para distinguirlos)


Extracto de la presentación del libro Nos vemos en Chicote por parte del catedrático de Literatura de la Universidad de Alicante, Juan Antonio Ríos Carratalá, el 7 de enero de 2016 en Radio Alicante, Cadena SER, entrevistado por el periodista Carlos Arcaya.

Más de nueve años difundiendo y repitiendo lo mismo…

(Fuente: Radio Alicante 07/01/2016, Cadena Ser, Carlos Arcaya & Juan A. Ríos)


🟦 Carlos Arcaya:
—Con sentido del humor: “Nos vamos a Chicote”…

Atribuye al catedrático "humor, ironía y gracia", entremezclándose durante toda la entrevista un intercambio de risitas e ironías.

🟥 Ríos Carratalá:
—Sin afán revanchista… y sin menoscabar el rigor.

Afirma que estudia a "franquistas como los que estudia en su libro", asignando etiquetas a quien le parezca, como de costumbre.

🟥 Ríos Carratalá:

Para propiciar ese olvido lo que había era una conveniencia de una gran masa de la población para olvidar un pasado muy cercano, muy próximo, y que manchaba a la inmensa mayoría de la población…
Porque si el franquismo duró 40 años es porque había millones de franquistas. Y esa mancha cuesta mucho asumirla, y asumirla con sentido crítico y sentido histórico.
Yo creo que a estas alturas todos debemos tener el distanciamiento necesario, separarlas (las épocas) y buscar, sin ninguna venganza, simplemente conocer nuestro pasado para asumir sus claros y sus oscuros. Y, por supuesto, cualquier época… tiene sus partes claras y sus partes oscuras.
Yo, en este caso, he estudiado una de las más oscuras.”

🟥 Ríos Carratalá:
—Personajes un tanto siniestros…

⚫️ Visto lo visto con el Sr. Catedrático, no puedo dar fiabilidad a lo que hable de otros personajes, por lo que omito esos comentarios…

Habla del juez instructor del caso de Miguel Hernández, aunque curiosamente se refiere a Antonio Luis Baena Tocón como el instructor.

⚫️ Evidentemente “sin mala fe”. Lo dice para que lo entiendan los periodistas y el público en general, todos ellos "más o menos tontos" —eso lo digo yo, interpretando sus comentarios en juicio, aunque no usara exactamente esas palabras—, no entienden nada y tiene que usar “lenguaje coloquial”. ¡Olé el rigor historiográfico y academicista!

🟥 Ríos Carratalá:

Quiero reconstruir lo que sucedió en torno al Juzgado Especial de Prensa, que funcionó en la sede de la Asociación de Periodistas de Madrid, en la posguerra inmediata.
Y ese juez procesó prácticamente a todos los periodistas que, de alguna manera, colaboraron con la prensa republicana y que permanecieron en Madrid hasta el final de la guerra.”


🟥 Ríos Carratalá:

Creo que siempre hay que hablar de las víctimas. Pero si hay víctimas, es porque hay verdugos. Y esa simple lógica, esa evidencia, pues… me ha llevado a hacer un retrato de estos funcionarios —porque eran funcionarios— que, por un puesto mejor en el escalafón, por un mejor destino, por alguna prebenda… estaban dispuestos a condenar a muerte incluso a sus propios amigos, colaboradores, excompañeros.
No tenían el mínimo reparo para presentarse voluntariamente. Todos eran voluntarios para realizar estas funciones. La condición humana sufre mucho en una guerra civil, y en una posguerra todavía más, cuando no hay una paz, lo que hay es una victoria.
La verdad es que esta gente fue voluntaria… Igual que fue voluntaria toda la gente que participó en los pelotones de fusilamiento, simplemente porque tenía una semana de permiso después de participar en un fusilamiento.”

🟦 Arcaya:
—¿Actuaron quizás por miedo o por temor a represalias?

🟥 Ríos Carratalá:
—No, no, no. Nunca tuvieron que coger a alguien forzosamente para participar de un pelotón de fusilamiento o para formar parte de los juzgados, consejos de guerra.
Todos eran voluntarios y todos aspiraban a quedar bien ante la autoridad competente, a tener un mejor destino.
A veces, simplemente, pues eso: una semana de permiso a cambio de fusilar a una persona joven.

🟥 Ríos Carratalá:

Esa es la condición humana. Buscar en los archivos militares de la época, la verdad, es que te da un retrato bastante tremendo de la condición humana.
No estamos acostumbrados a hablar de esos temas, y yo creo que los archivos militares españoles —lo que ha quedado de ellos, porque también han sido expurgados durante la propia transición— da para muchas novelas…
Novelas basadas en una realidad que se puede documentar. Pero son historias que, si no las documentas, la verdad es que cuesta aceptarlas.
Pero bueno, es que el grado de ignominia al que puede llegar la persona por sobrevivir o por destacar un poco es realmente sorprendente.”

🟦 Arcaya:
—Pero llegar al extremo de matar a alguien en un pelotón de fusilamiento por una semana de vacaciones… es que es tremendo, ¿no?

🟥 Ríos Carratalá:
—O condenar a muerte a un amigo por haber alojado una ilustración satírica…
Es algo realmente difícil de aceptar, que esa gente estuvo entre nosotros, se jubiló tranquilamente.
Un caso de ellos fue de lo más llamativo, porque en el 82 se jubila de interventor municipal en Córdoba el instructor —antes era juez, ahora es mi padre, ¡rigor, mucho rigor!— del caso de Miguel Hernández.
Y el propio Julio Anguita nunca tuvo noticia. Tampoco los hijos lo sabían —¿y cómo lo sabe él? más rigor aún—, ni los nietos lo saben ahora. Probablemente, más de un hijo o nieto descubre la faceta de su padre o su abuelo gracias al libro.

⚫️ Habla también de otros casos que, para mí, no tienen interés. Son opiniones de este señor metido a historiador: como la tendencia sexual que le atribuye al juez. Porque para eso están el rigor histórico y los trabajos academicistas avalados por nuestras universidades…

🟦 Arcaya:
—MH no fue procesado por poeta, sino por periodista.

🟥 Ríos Carratalá:
—Sí, claro. Un poema no puede ser constitutivo de adhesión a la rebelión militar, pero el trabajo de periodista sí. Entonces…

⚫️ ¿Un poema no, pero un dibujo sí? He visto sumarios con caricaturistas procesados. Seguimos con el rigor del "historiador"...

🟥 Ríos Carratalá:

El juicio de Miguel Hernández fue especialmente cuidadoso, porque sabían la repercusión que iba a tener…
Y, en este caso, la verdad es que fueron más detallistas, digamos, aunque igualmente brutales.”

⚫️ (De ahí que en otra publicación otorgue orgullo a su padre por firmar junto a Miguel Hernández… algo que también tendrá rigurosamente documentado. No sé si el fanatismo de este señor le permite pensar con claridad.)

🟥 Ríos Carratalá:

El instructor era el único que tenía que ser juez de verdad… y luego los demás eran militares.
También me he encontrado con jueces que no eran jueces, que no habían estudiado la carrera y que se convirtieron en jueces por la vía patriótica.
Hay gente que había estudiado dos o tres asignaturas de Derecho… y de repente se convierten en jueces por la vía patriótica —algo que le gusta mucho repetir—.
Daba mucho de sí… Juraba los principios del Movimiento y ya está: ¡ya era juez! Ja, ja, ja.”

🟦 Arcaya:
—¿Cómo te metiste en este mundo? Porque tú eres catedrático de Literatura Española…

🟥 Ríos Carratalá:
—Yo soy catedrático de ficción. Y como la ficción la tenemos en los medios de comunicación, televisión, la prensa… digo: bueno, ¿ya qué le queda a la gente de la ficción?
Porque cada vez veo que la información se convierte más en ficción.
Entonces, yo me dedico a la ficción. Allá donde esté la ficción, allá donde esté la historia… digamos que tengo un motivo de trabajo bueno.

🟦 Arcaya:
—Con humor, con ironía… También, bueno, pues a determinados personajes que se quedaron ahí en el olvido. Pero yo creo que está bien que los recordemos y que los volvamos a sacar a la luz.

🟥 Ríos Carratalá:
—Por supuesto, para evitar cualquier posible repetición.

🟦 Arcaya:
—Para poner las cosas en su sitio, ¿no? Porque como estamos viendo, muchos de ellos… ni tan siquiera sus familias sabían de su pasado represor…

🟥 Ríos Carratalá:
—Habrá sorpresas.

⚫️ Habla también de nuevas ediciones ya planificadas… y de la época de la Transición (que, según él, prácticamente comenzó con mi padre…).
Le dan las gracias y lo esperan con los brazos abiertos, porque ofrece "carnaza". Y hay que vender…


En el próximo artículo haré una crítica sobre esta entrevista...

viernes, 17 de enero de 2025

ENTRE LA IRONÍA Y LA TERGIVERSACIÓN: EL PELIGRO DE REESCRIBIR LA HISTORIA.

HISTORIA, FICCIÓN Y ARROGANCIA ACADÉMICA: UNA CRÍTICA A LA MANIPULACIÓN HISTORIOGRÁFICA.

 

Viernes, 17 de enero de 2025

 El jueves 12 de octubre de 2017, el catedrático Ríos Carratalá publicó en su blog una reseña de Contemos cómo pasó, de José A. Pérez Bowie, catedrático de la Universidad de Salamanca, publicada en la revista Anales de Literatura Española Contemporánea. Como era de esperar, la reseña está llena de alabanzas.

No entraré a comentar dicho libro en particular, pero sí quiero señalar algunos elementos recurrentes que he observado en sus trabajos, especialmente en Nos vemos en Chicote.


El catedrático de Lengua Española y Literatura ha decidido asumir el rol de historiador y reescribir la historia a su conveniencia. Es "divertidísimo" escucharlo en entrevistas radiofónicas esbozando risitas mientras dice auténticas barbaridades, al menos en lo que respecta a mi padre. Si se ha atrevido a tergiversar su historia, dudo mucho que no haya hecho lo mismo con otros.
No cabe duda de que se involucra, pero de manera tendenciosa. Lo he detectado en aspectos sobre los que claramente no tiene conocimiento, como la vida personal, profesional y familiar de mi padre, en la que realiza incursiones con total ligereza.


No creo que la escritura errática sea el enfoque adecuado para la redacción de libros. Sin embargo, este estilo lo ha seguido en otras obras, como Nos vemos en Chicote, donde parece ensamblar piezas sueltas para integrarlas en una construcción arbitraria y sesgada, como ha hecho con mi difunto padre.

Respecto a la modestia, es algo debatible en alguien que no deja de presumir de sus amistades, de los cargos que ostentan y de la cantidad de libros que ha publicado, como si se tratara de hacer rosquillas. Sus comentarios son atribuibles a una experiencia personal, no a una verdad universal.

Se ha evidenciado que su interés no es precisamente la Historia con mayúsculas, aunque insista en proclamarse historiador y califique sus trabajos como "documentos históricos". Así lo defendió ante mi reclamación inicial, acusándome de querer borrar archivos históricos y reescribir la Historia.

Imagen: Frustración de alguien que descubre la tergiversación en los libros (I)

En cuanto a los "personajes oscuros e insignificantes", ¿qué criterio sigue para definirlos? Según parece, el que él considere adecuado. A mi padre lo calificó de "tenebroso recuerdo" en Nos vemos en Chicote, una opinión gratuita, sobre todo cuando aún hay muchas personas vivas que lo conocieron y pueden dar testimonio de lo contrario.

¿Y qué decir sobre aquellos de "existencias grises"? ¿Se refiere a los que él decida etiquetar como tales? Es un concepto sumamente subjetivo. ¿Quién determina quién es un "personaje gris" entre la gente común? ¿O acaso es una categorización reservada para quienes no encajan en la autocomplacencia de ciertos catedráticos que se consideran superiores a los demás?

En lo referente a mi padre, no ha existido rigor alguno; simplemente ha extraído las enseñanzas que mejor se ajustaban a su narrativa. ¡Curiosas enseñanzas!

Imagen: Frustración de alguien que descubre la tergiversación en los libros (II)

Efectivamente, mezcla ficción y realidad con facilidad, haciendo uso de una gran imaginación para sus "creaciones", con mucho orgullo y soberbia para mantener sus desenlaces, aunque sean un fraude historiográfico. Dice no renunciar al rigor del conocimiento, pero lo omite cuando no le conviene.

Es cierto que la sonrisa puede ser un elemento permanente y cómplice, sobre todo si se escribe para un tipo específico de lectores. Pero el compromiso con la veracidad se vuelve subjetivo cuando se introduce sesgo o sectarismo.

Es difícil salir exitoso de una escritura sin orden ni concierto y, al mismo tiempo, pretender que sea compatible con una investigación rigurosa y objetiva en archivos históricos.

Imagen: Contraste entre el uso del humor y la ironía para la divulgación histórica y su uso para distorsionarla.

El humor y la ironía pueden ser herramientas efectivas en la divulgación histórica, pero en una investigación académica pueden resultar problemáticas en varios contextos. Situaciones en las que su uso puede ser inapropiado o incluso contraproducente:

1. Cuando distorsionan los hechos

·      La ironía y el humor pueden simplificar demasiado la información o exagerar ciertos aspectos de la historia, lo que puede llevar a interpretaciones erróneas.

·      En una investigación rigurosa, se espera precisión y objetividad, y el uso de recursos humorísticos puede dar la impresión de falta de seriedad.

2. Cuando afectan la imparcialidad

·      La ironía suele implicar una postura subjetiva o un juicio de valor. En una investigación histórica, esto puede sesgar la presentación de los hechos.

·      Puede dar la sensación de que el investigador está ridiculizando a ciertos actores históricos en lugar de analizarlos de manera objetiva.

3. Cuando deslegitima el sufrimiento de las víctimas.

·      En temas sensibles, como guerras, dictaduras o injusticias sociales, el uso del humor puede percibirse como una falta de respeto hacia las víctimas y sus descendientes.

·      Incluso si la intención es denunciar, el tono irónico puede restarle gravedad a eventos trágicos. Antonio Luis Baena Tocón y su familia fueron víctimas de la Guerra Civil.

4. Cuando debilita la credibilidad del investigador

·      En el ámbito académico, el tono serio y argumentativo es clave para la autoridad de un trabajo.

·      Un uso excesivo de la ironía puede hacer que la investigación parezca más un ensayo de opinión que un estudio fundamentado en fuentes y análisis crítico.

5. Cuando genera confusión en el lector

·      No todos los lectores interpretan la ironía de la misma manera. En un texto académico, la claridad es esencial, y el humor puede generar ambigüedad en la interpretación de los hechos.

En conclusión, en la investigación histórica académica se debe mantener un tono neutral y objetivo, mientras que en la divulgación y el ensayo historiográfico puede haber espacio para la ironía, siempre que se use con respeto y precisión reales.

En el caso de mi padre: Si se tratara de una investigación histórica no se ha visto el tono neutral y objetivo y si se tratara de un ensayo historiográfico no se aprecian el respeto a la verdad en todos los sentidos, ni la precisión de los datos...

jueves, 18 de diciembre de 2025

DEL DEBATE HISTORIOGRÁFICO AL CERCO REPUTACIONAL

 

Las armas contra las letras frente a la crítica (I)

Cuando el rigor se invoca y se suspende.


Introducción

Cuando un libro entra en el espacio público, lo hace —o debería hacerlo— como una propuesta abierta al contraste. Esto es especialmente exigible en el ámbito universitario, donde la discrepancia no solo es legítima, sino constitutiva del propio método. Sin embargo, no siempre ocurre así. En ocasiones, el debate se desplaza de forma casi imperceptible: de la discusión historiográfica al alineamiento reputacional, del contraste de fuentes a la construcción de consenso.

Las entradas publicadas por Juan Antonio Ríos Carratalá entre enero y marzo de 2024 en su blog Varietés y República, con motivo de la aparición del primer volumen de Las armas contra las letras, ofrecen un material especialmente revelador para observar ese desplazamiento. Sobre todo cuando entra en escena la crítica formulada por Andrés Trapiello.

Esta primera entrega analiza cómo se plantea ese debate, cómo se acepta formalmente… y cómo se va estrechando en la práctica.


1. El libro como punto de llegada, no de partida

(Entrada del 21 de enero de 2024)
Enlace:
https://varietesyrepublica.blogspot.com/2024/01/las-armas-contra-las-letras-en-prensa-y.html

La entrada titulada Las armas contra las letras en prensa y radio funciona como un texto-escaparate. No es una reflexión sobre hipótesis, límites o preguntas abiertas, sino una enumeración minuciosa de avaladores mediáticos: entrevistas, reseñas, artículos, radios, prensa generalista y especializada, presentaciones institucionales.

El mensaje implícito es claro:
el libro ya no se presenta como una propuesta en discusión, sino como una obra
validada por acumulación de apoyos.

No se trata únicamente de informar sobre su difusión —algo legítimo—, sino de construir un marco previo ante cualquier crítica posible. El ensayo aparece rodeado de periodistas “comprometidos con la memoria histórica”, reseñistas “de altura” y medios diversos que transmiten la impresión de un consenso ya en marcha.

En ese contexto aparece Andrés Trapiello. No como un interlocutor académico más, sino como la discrepancia prevista:

me ha dado la previsible réplica”.

La réplica se acepta “encantado”, pero no sin deslizar una insinuación personal —“por todo lo que me han transmitido quienes le conocen”— que no aporta argumento alguno y sí introduce un elemento de descrédito lateral. El debate queda así anunciado… pero ya condicionado.


2. El rigor invocado… y relativizado

(Entrada del 9 de febrero de 2024)
Enlace:
https://varietesyrepublica.blogspot.com/2024/02/andres-trapiello-y-las-armas-contra-las.html

En la entrada Andrés Trapiello y Las armas contra las letras, publicada el 9 de febrero de 2024, Juan Antonio Ríos Carratalá entra de lleno en la respuesta al artículo aparecido en El Mundo. El tono es formal y aparentemente dialogante. Se reivindica el rigor metodológico, se distingue entre microhistoria y síntesis, se rechaza la acusación de “fabulación” y se proclama la disposición a un debate público en el ámbito universitario.

Sin embargo, el texto introduce una afirmación que merece ser leída con atención:

Nunca escribo un texto en quince minutos, pero la premura por contestar a veces nos lleva a la falta de rigor”.

La frase se presenta como una disculpa menor, casi circunstancial. Pero en realidad reconoce algo esencial: la falta de rigor existe, puede aparecer cuando hay prisa, cuando se responde sin contraste suficiente, cuando se prioriza la inmediatez. A continuación, el propio autor promete que ese rigor sí está garantizado… en sus libros, fruto de “muchas revisiones”.

Aquí surge una cuestión metodológica de primer orden:
¿qué ocurre cuando ese mismo autor ha aplicado durante años juicios categóricos sobre una persona concreta, con nombre y apellidos, fuera del marco del “debate apresurado”, y esos juicios se han mantenido e incluso fijado en libros?

Fuente: RÍOS CARRATALÁ. Nos vemos en Chicote, pág. 168

En la página 168 de Nos vemos en Chicote, Juan Antonio Ríos Carratalá escribe textualmente:

El informe del funcionario Baena Tocón era tan precario e incompleto como el trabajo de un alumno acuciado por la fecha de entrega, pero bastó para pedir una condena a muerte…”

Esa afirmación concentra varias falsedades graves:

  1. Antonio Luis Baena Tocón no era funcionario en el momento al que se alude. Estaba realizando el servicio militar obligatorio, circunstancia documentada. La condición de funcionario es una atribución falsa que resulta funcional al relato, pero no a la verdad histórica.

  2. Baena Tocón no podía elaborar informes a título personal, ni mucho menos “pedir condenas de muerte”. No tenía capacidad decisoria, ni jerarquía, ni competencia alguna para ello. Sugerir lo contrario no es una interpretación discutible, sino una distorsión de la realidad administrativa y militar.

  3. Esa atribución falsa no es inocua. Sobre ella se han construido informes administrativos, resoluciones judiciales, decisiones de la Agencia Española de Protección de Datos y numerosas publicaciones mediáticas, todas ellas basadas en una premisa errónea repetida como si fuera un hecho probado.

Resulta difícil no advertir la contradicción: el mismo autor que reconoce la “premura” como causa de falta de rigor cuando responde a un artículo periodístico, ha mantenido durante más de una década una afirmación falsa sobre una persona concreta, sin corregirla (entre otras), a pesar de haber sido advertido documentalmente de su error.

La cuestión, por tanto, no es personal, sino metodológica:
revisar muchas veces una falsedad no la convierte en rigor.
La convierte, simplemente, en
una falsedad consolidada.


3. Del argumento al detalle: cuando el error del otro se convierte en sesgo

(Entrada del 10 de febrero de 2024)
Enlace:
https://varietesyrepublica.blogspot.com/2024/02/los-tiros-fueron-al-blanco.html

En Los tiros fueron al blanco, no de gracia, el debate se desplaza nuevamente. Ya no se discuten hipótesis ni marcos interpretativos, sino un error nominal: la mención de Tiros de gracia en lugar de Tiros al blanco en un artículo de Trapiello.

El error existe y el propio autor reconoce que sería disculpable. Sin embargo, el texto no se limita a señalarlo: lo convierte en síntoma de prejuicio, en prueba de una supuesta actitud injusta hacia José Luis Salado.

El fallo puntual pasa así a funcionar como invalidación moral del crítico. El argumento deja de ser “esto es incorrecto” para convertirse en “esto revela quién eres”. Se construye una jerarquía implícita: quien se equivoca en un detalle pierde autoridad para cuestionar el conjunto.

El recurso es eficaz retóricamente, pero problemático desde el punto de vista historiográfico. Porque si un error nominal basta para deslegitimar una crítica, la pregunta es inevitable:
¿qué ocurre cuando los errores —o las interpretaciones forzadas— afectan a personas reales que no pueden defenderse y se mantienen durante años sin rectificación?


Cierre provisional

Las tres primeras entradas configuran una secuencia reconocible:

  1. Presentación del libro rodeado de avales.

  2. Aceptación formal del debate, con límites bien definidos.

  3. Desplazamiento hacia la descalificación indirecta del discrepante.

El debate no se prohíbe, pero se condiciona.
La discrepancia no se niega, pero se
jerarquiza.
El foco se desplaza progresivamente de los documentos a las posiciones, de los argumentos a los “sitios” que cada cual ocupa.

En la siguiente entrega ( II ) veremos cómo este proceso se completa:
cuando el libro deja de ser una investigación para convertirse en
bandera, escenario y coro.

martes, 16 de junio de 2026

LAS CINCO VIDAS INVENTADAS DE ANTONIO LUIS BAENA TOCÓN (III)

 

Las cinco vidas inventadas de Antonio Luis Baena Tocón (III)

Cinco derechos para una persona real.

Cómo una persona acaba convirtiéndose en un personaje.


Tercera entrega

El voluntario perfecto

O cómo las circunstancias acaban convirtiéndose en una elección




Primera parte: Cuando el relato sale de los libros

Si las dos primeras entregas de esta serie estaban dedicadas al supuesto funcionario y al supuesto abogado, la tercera gira alrededor de una palabra que, probablemente, resulta aún más importante.

Voluntario.

Al principio pensé que las discrepancias sobre la figura de mi padre se limitaban al ámbito académico. Imaginaba que determinadas interpretaciones quedarían reducidas a libros especializados, artículos o debates entre investigadores, aunque precisaran correcciones.

Me equivocaba.

Con el paso del tiempo comprendí que el relato había abandonado los archivos y las bibliotecas para instalarse en un espacio mucho más amplio: el de la opinión pública.

Hubo un momento que recuerdo especialmente, aunque sólo con el paso del tiempo fui plenamente consciente de su importancia.

Fue la entrevista concedida por el catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá a Carlos Arcaya en Radio Alicante, Cadena SER, con motivo de la presentación en Radio Alicante del libro Nos vemos en Chicote. .

La escuché con atención, algunos años después de que se produjera (aún se puede escuchar).

No voy a negar que me produjo una profunda inquietud. No únicamente por las afirmaciones que se realizaban sobre Antonio Luis Baena Tocón. Tampoco porque se ofreciera una interpretación histórica distinta de la mía.

Lo que verdaderamente me preocupó fue comprender que muchas personas aceptarían aquellas afirmaciones como una descripción objetiva de los hechos.

La radio posee una enorme capacidad de comunicación. Las palabras llegan al oyente con cercanía. La conversación parece espontánea. Y el tono distendido hace que muchas veces las opiniones se reciban como certezas.

Recuerdo especialmente la sensación que me produjo escuchar cómo se hablaba de personas reales, de familias reales y de acontecimientos dramáticos de nuestra historia reciente con una aparente naturalidad que contrastaba con la gravedad de las afirmaciones realizadas.

Poco después comenzaron a llegar llamadas telefónicas.

Una prima residente en Barcelona me comentaba, alarmada, mientras se dirigía a su trabajo y escuchaba las afirmaciones (barbaridades) que se realizaban en la Ser sobre mi padre.

Amigas de confianza y conocedoras de la controversia, de 2029 en adelante, telefoneaban sorprendidas tras escuchar noticias relacionadas con el caso, especialmente en Canal 24 Horas de la televisión pública.

Aquellas conversaciones me hicieron comprender algo que hasta entonces no había percibido con claridad. El relato ya no pertenecía exclusivamente al mundo académico. Había comenzado a formar parte de la conversación cotidiana.

Y eso cambiaba completamente las cosas.

Porque una afirmación que aparece en un libro especializado puede quedar limitada a un determinado círculo de lectores.

Pero cuando esa misma afirmación pasa a una entrevista, a una noticia o a una conversación de café, adquiere una capacidad de difusión extraordinaria. Aquella difusión no fue casual. Formaba parte de una estrategia de comunicación que llevó un debate inicialmente académico al ámbito de la opinión pública. Ya he explicado en otra entrada algunos de los episodios que acompañaron a ese proceso.

Entonces empecé a preguntarme cuál debía ser mi actitud. Nunca he pretendido impedir que nadie investigue, a pesar de los comentarios que sobre mí ha emitido el Sr. catedrático, de que “por mi culpa está en peligro la investigación en España”

Tampoco he pensado que las interpretaciones históricas deban ser únicas. La historia necesita debate. Necesita investigadores. Necesita preguntas.

Pero también pensé que el contraste formaba parte de ese mismo ejercicio de responsabilidad. Con el tiempo solicité la posibilidad de ofrecer mi punto de vista en algunos de esos espacios. No fue posible. Ni siquiera obtuve respuesta.

Aquella experiencia me recordó otras similares vividas posteriormente.

Llegué a leer afirmaciones de Ríos Carratalá en prensa, según las cuales mis actuaciones suponían una “forma de censura propia de otras épocas” y “un peligro para la investigación en España”.

Paradójicamente, tuve la impresión de que las posibilidades de diálogo y rectificación se reducían a medida que el relato adquiría mayor difusión pública, a pesar de que el catedrático afirmaba estar supuestamente “abierto a cualquier sugerencia contraria a sus investigaciones”.

Sin embargo, decidí que la mejor respuesta no consistía en alimentar una polémica interminable.

Opté por un camino mucho más sencillo.

Escuchar.

Leer.

Buscar documentos.

Transcribir.

Analizar.

Y poner esos materiales a disposición de cualquier persona interesada. No para imponer una conclusión, sino para facilitar que cada lector pudiera formarse su propia opinión. Mientras realizaba ese trabajo fui comprendiendo algo que, hasta entonces, sólo había intuido.

El problema no consistía únicamente en determinados datos biográficos. No se discutía solamente un cargo, una fecha o un destino. Había algo mucho más profundo. El relato necesitaba que Antonio Luis Baena Tocón fuera un hombre que elegía, que decidía, que encontraba en las circunstancias de su tiempo una oportunidad de promoción personal.

Y aquella idea me llevó a hacerme una pregunta que ya no me abandonaría.

¿Hasta qué punto una vida marcada por acontecimientos extraordinarios puede acabar siendo presentada, muchos años después, como una sucesión de decisiones perfectamente libres y perfectamente calculadas?

Quizá esa pregunta explique mejor que ninguna otra el sentido de esta tercera entrega.

Porque, después de escuchar aquella entrevista, de recibir aquellas llamadas y de revisar una y otra vez los documentos, empecé a comprender que el verdadero debate no giraba alrededor de un destino concreto.

Giraba alrededor de una palabra: Voluntario.

Y comprendí también que, para entender el personaje construido sobre mi padre, primero era necesario preguntarse si realmente tuvo la libertad de elegir las circunstancias que le tocaron vivir.



Segunda parte: Cuando las circunstancias se convierten en decisiones

Aquella pregunta siguió acompañándome durante mucho tiempo.

¿Hasta qué punto una vida puede interpretarse exclusivamente a través de las decisiones que tomó una persona y no de las circunstancias que le tocó vivir?

Poco a poco fui comprendiendo que aquella cuestión era fundamental, porque el personaje construido sobre mi padre necesitaba una condición indispensable. Necesitaba ser libre para elegir.

Necesitaba encontrar en la Guerra Civil y en la inmediata posguerra una oportunidad de progreso personal. Necesitaba actuar voluntariamente.

Pero la realidad de una vida suele ser mucho más compleja que los personajes de cualquier relato.

Mi padre no nació en un laboratorio ideológico.

Nació en una familia concreta.

Tuvo una infancia concreta.

Vivió acontecimientos que marcaron profundamente su juventud. Entre ellos, el asesinato de su padre a comienzos de la Guerra Civil… y la desestructuración de toda una familia...

Aquella tragedia familiar no fue una teoría. No fue una interpretación. Fue una realidad que condicionó la vida de toda una familia.

Como tantas otras familias españolas de uno y otro lado, tuvieron que afrontar pérdidas, miedos, incertidumbres y decisiones que nunca habrían deseado tomar. También conocieron el exilio. También tuvieron que reconstruir sus vidas en circunstancias extraordinariamente difíciles.

Cuando pienso en aquellos años, me resulta complicado aceptar determinadas simplificaciones.

La historia rara vez ofrece caminos completamente libres. La mayoría de las personas no eligen el tiempo que les toca vivir. No eligen una guerra. No eligen la muerte de un padre. No eligen el miedo. No eligen la persecución. No eligen el exilio. Y muchas veces tampoco eligen las obligaciones que les corresponden en cada momento histórico.

Sin embargo, con el paso de los años, he observado cómo determinadas interpretaciones parecen olvidar ese contexto.

Las circunstancias desaparecen.

Las tragedias personales pasan a un segundo plano.

Las obligaciones se convierten en elecciones.

Y las elecciones terminan interpretándose como estrategias conscientes de promoción personal.

Entonces el personaje empieza a adquirir forma.

El supuesto funcionario. El supuesto abogado. El supuesto voluntario. El hombre al que el relato necesitaba convertir en protagonista de una determinada interpretación del pasado. El hombre que habría comprendido dónde estaban las oportunidades y habría decidido aprovecharlas.

Confieso que esa forma de interpretar una vida siempre me ha producido una profunda inquietud.

Porque convierte a las personas reales en figuras extraordinariamente simples. Todo parece obedecer a un plan. Todo parece obedecer a un plan previamente diseñado. Todo parece responder a una voluntad consciente.

Pero las vidas reales no suelen ser así.

Las personas se equivocan. Se adaptan. Sufren. Intentan salir adelante. Cumplen obligaciones que no han elegido. Y toman decisiones condicionadas por circunstancias que muchas veces escapan a su voluntad.

Quizá por eso me llamó especialmente la atención descubrir que el relato necesitaba eliminar muchas de las circunstancias personales que rodearon la juventud de mi padre.

Porque esas circunstancias hacían más difícil mantener el personaje.

Resultaba más sencillo presentar a un hombre que encontraba oportunidades donde otros sólo veían dificultades. Más sencillo convertir las obligaciones en adhesiones. Más sencillo interpretar determinados destinos como decisiones personales perfectamente libres.

Y fue entonces cuando comprendí que la palabra "voluntario" tenía una importancia mucho mayor de la que había imaginado.

No se trataba únicamente de un destino concreto. Ni siquiera de una función determinada. Se trataba de atribuir una intención y, con ella, una determinada responsabilidad moral.

Y las intenciones son, probablemente, uno de los terrenos más delicados de cualquier investigación histórica.

Los hechos pueden documentarse. Las fechas pueden comprobarse. Los expedientes pueden consultarse. Pero las motivaciones humanas rara vez son tan sencillas como a veces nos gustaría creer.

Durante estos años he llegado a una conclusión que quizá resulte demasiado simple.

La historia necesita documentos. Pero también necesita contexto. Necesita también prudencia.

Necesita recordar que detrás de cada expediente hubo personas. Que detrás de cada nombre hubo familias. Y que detrás de muchas decisiones existieron circunstancias que no fueron elegidas.

Mi padre tampoco eligió muchas de las que marcaron su juventud.

Y, sin embargo, con el paso del tiempo, he visto cómo algunas interpretaciones parecían transformar aquellas circunstancias en una sucesión de decisiones perfectamente voluntarias.

Y fue entonces cuando comprendí que el verdadero problema no consistía únicamente en discutir un hecho concreto. El problema era mucho más profundo. El personaje necesitaba un voluntario perfecto.

Y quizá la vida real, con todas sus contradicciones y dificultades, resultaba demasiado compleja para encajar en un papel tan sencillo.

Fue entonces cuando decidí que la mejor respuesta no consistía en discutir una interpretación con otra, sino en escuchar, buscar documentos y ofrecer al lector los elementos necesarios para formarse su propia opinión.


Tercera parte: El derecho al contraste

Cuando terminé de escuchar aquella entrevista y de reflexionar sobre muchas otras publicaciones y declaraciones posteriores, llegué a una conclusión inesperada.

No podía impedir que otras personas escribieran sobre mi padre. Tampoco quería hacerlo. Nunca he pensado que la investigación histórica deba estar sometida a censura. Los investigadores tienen derecho a formular hipótesis. Los periodistas tienen derecho a entrevistar. Los escritores tienen derecho a interpretar. Y los lectores tienen derecho a estar de acuerdo o a discrepar.

Pero también pensé que existe otro derecho mucho más sencillo.

El derecho al contraste.

El derecho a consultar documentos.

El derecho a escuchar otras voces.

El derecho a conocer circunstancias que quizá no aparecen en un relato determinado.

Por eso decidí hacer algo que estaba a mi alcance.

Escuchar atentamente las entrevistas.

Leer los artículos.

Consultar archivos.

Buscar documentos.

Comparar afirmaciones.

Transcribir conversaciones.

Y compartir ese trabajo a través de mi propio blog y de mi página dedicada a la memoria de Antonio Luis Baena Tocón.

No pretendía que nadie aceptara mis conclusiones.

Ni aspiraba a sustituir un relato por otro.

Simplemente pensaba que una persona real merecía que quienes quisieran conocer su historia dispusieran del mayor número posible de elementos para formarse una opinión propia.

Mientras realizaba ese trabajo fui comprendiendo otra cuestión que nunca había imaginado.

Los relatos tienen una enorme capacidad para crecer. Una afirmación aparece en un libro.

El libro da lugar a una entrevista. La entrevista genera noticias. Las noticias pasan a las redes sociales. Las redes alimentan conversaciones cotidianas.

Y llega un momento en que el personaje construido parece más conocido que la persona real.

Quizá esa sea una de las mayores responsabilidades de quienes trabajan con la historia y con la información.

No sólo importa lo que se dice.

Importa también cómo se dice.

Dónde se dice.

Y las consecuencias que puede tener sobre personas y familias concretas.

Durante estos años he pensado muchas veces que el verdadero debate no consistía únicamente en la figura de mi padre.

La cuestión era más amplia.

¿Quién tiene derecho a contar la vida de una persona?

¿El investigador?

¿El periodista?

¿La familia?

¿Los documentos?

Quizá la respuesta sea que todos tienen algo que aportar.

Pero precisamente por eso ninguna voz debería aspirar a convertirse en la única posible.

Nunca he pretendido que nadie acepte mi visión de los hechos simplemente porque soy hijo de Antonio Luis Baena Tocón.

Ser hijo no convierte a nadie en historiador.

Pero tampoco creo que la condición de investigador dispense de escuchar otras fuentes o de revisar determinadas conclusiones cuando aparecen nuevos datos.

La memoria familiar y la investigación histórica no tienen por qué ser enemigas.

Pueden dialogar. Pueden corregirse mutuamente. Pueden ayudarse a comprender mejor el pasado., pero jamás puede una parte intentar engañar a la otra o desacreditarla en pro del cinismo, la hipocresía, la ideología, el fanatismo, etc

Quizá esa haya sido una de las lecciones más inesperadas de estos diez años.

He descubierto que defender la memoria de una persona no consiste en convertirla en un héroe. Mi padre no fue un héroe. Tampoco fue un personaje perfecto. Fue una persona. Con virtudes y defectos. Con aciertos y errores. Con decisiones acertadas y otras que probablemente hoy habría tomado de manera diferente. Como cualquiera de nosotros.

Pero también fue un hombre con una biografía real.

Con documentos.

Con familia.

Con amigos.

Con compañeros de trabajo.

Con recuerdos que todavía permanecen vivos en muchas personas.

Y creo que esa realidad merece ser contemplada con toda su complejidad.

Después de todo este tiempo he llegado a una conclusión bastante sencilla.

Nunca he pedido que se olvide la historia.

Nunca he pedido privilegios para mi familia.

Nunca he pretendido que nadie renuncie a investigar.

Sólo he pensado que, antes de convertir a una persona en personaje de un relato, quizá merezca la pena escuchar también a quienes conservan su memoria, sus documentos y sus silencios.

Ése ha sido el sentido de estas páginas.

Y ésa es también la razón por la que decidí escuchar, leer, transcribir y compartir.

No para cerrar un debate. Sino para abrirlo, pero no se puede abrir con la intransigencia de creerse con la verdad absoluta e intentando desacreditar a quien nos contradice...

Y para recordar algo que, a veces, parece olvidarse con demasiada facilidad.

Antes que protagonistas de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos fueron personas reales.

Y quizá la pregunta más importante de esta tercera entrega ya no sea si Antonio Luis Baena Tocón fue voluntario.

Quizá la verdadera pregunta sea otra.

¿Hasta qué punto tenemos derecho a convertir las circunstancias de una vida en un personaje construido a nuestra medida?


Documentación complementaria

El lector interesado puede consultar directamente algunos de los materiales mencionados en esta entrada y formar su propia opinión:

Entrevista en Radio Alicante, Cadena SER:

https://play.cadenaser.com/audio/085RD010000000025650/

Análisis y referencias sobre la entrevista:

https://antonioluisbaenatocon.blogspot.com/search?q=entrevista+cadena+ser

Presentación de Nos vemos en Chicote y transcripción comentada:

https://antonioluisbaenatocon.blogspot.com/search?q=presentaci%C3%B3n+Nos+vemos+en+chicote

Porque la mejor manera de comprender una historia sigue siendo la misma de siempre:

Escuchar.

Leer.

Contrastar.

Y pensar por uno mismo.


"Las personas reales merecen algo más que personajes de ficción construidos sobre sus vidas."

"Antes que personajes de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos fueron personas reales."

sábado, 5 de abril de 2025

NOS VEMOS EN CHICOTE 2016 Y 2015 (II)

¿Ficción académica? Crítica a un discurso distorsionado sobre la posguerra española.

Nota del autor: Esta reflexión nace tras escuchar repetidas veces un discurso que me resulta insostenible tanto desde el punto de vista ético como histórico. He querido responder con argumentos y respeto, pero también con firmeza. 


Introducción


En enero de 2016, el catedrático de Literatura Española de la Universidad de Alicante, Juan Antonio Ríos Carratalá, fue entrevistado por el periodista Carlos Arcaya en la Cadena SER con motivo de la presentación de su libro Nos vemos en Chicote. Desde entonces, durante casi una década, ha venido repitiendo —en entrevistas, conferencias y publicaciones— un discurso plagado de ironía, generalizaciones, insinuaciones y juicios de valor que, lejos de buscar la verdad histórica, parecen responder a una agenda ideológica.

A continuación, se exponen una serie de observaciones críticas que surgen de su intervención en dicha entrevista y del enfoque general de su obra. No se pretende aquí rebatir todas sus tesis, sino señalar la falta de rigor, el tono frívolo con el que trata asuntos gravísimos, y las consecuencias éticas y sociales de convertir la investigación histórica en una especie de novela militante.

http://play.cadenaser.com/audio/085RD010000000025650/


"Cuando la historia se convierte en ficción: crítica a la obra y el discurso del catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá"


OBSERVACIONES Y CRÍTICAS:


I. Tratamiento del Tema y Uso del Humor

  1. Un tema de gran gravedad tratado con frialdad humorística.
    El asunto histórico se aborda con constantes risas, ironías y un tono que minimiza la seriedad de los hechos.

  2. Negación de sesgo y revanchismo:
    Resulta difícil creer en la afirmación de no tener “afán revanchista” ni de “menoscabar el rigor” cuando las expresiones empleadas sugieren lo contrario.

  3. La etiqueta del “franquista”:
    Se tiende a etiquetar a quienes vivieron la época franquista sin matizar contextos o trayectorias personales, transformando la compleja realidad histórica en una acusación simplista y arbitraria.

II. El Rigor Histórico y la Documentación

  1. ¿Sentido crítico o propaganda ideológica?
    Se plantea la interrogante de si el análisis es un ejercicio de rigor histórico o simplemente una apología ideológica disfrazada de investigación.

  2. La guerra simbólica de la memoria:
    El discurso sugiere una reescritura del pasado con el objetivo de ganar una guerra simbólica, olvidando que en los conflictos reales “nadie gana”.

  3. Personajes “siniestros” o invenciones literarias:
    La caracterización de ciertos individuos se asemeja más a una novelación que a un relato basado en evidencia, sin claridad sobre si se trata de opiniones personales o de datos debidamente documentados.

  4. Dudas sobre la veracidad en la identificación de nombres:
    Si existen errores comprobados en la identificación de personajes clave como Antonio Luis Baena Tocón, la credibilidad de todo el trabajo queda seriamente cuestionada.

  5. El “lenguaje coloquial” versus el rigor académico:
    Adaptar hechos complejos a un lenguaje accesible no debe implicar distorsionar las funciones, responsabilidades o realidades de los actores históricos. El uso de un estilo demasiado popular menoscaba la seriedad del análisis.

  6. Incertidumbre sobre la figura del instructor:
    La confusión entre roles – juez, alférez, militar en formación – en el caso de Miguel Hernández pone en entredicho la base documental del relato.

  7. El lado oscuro ignorado de la posguerra republicana:
    Se omite la violencia cometida en la retaguardia republicana, como en el caso del fusilamiento del padre republicano del alférez, lo que demuestra una parcialidad evidente en el relato.

III. Generalizaciones y Falta de Contraste

  1. Generalizaciones peligrosas:
    Afirma, por ejemplo, que “todos los periodistas” fueron procesados, una generalización que no solo es inexacta, sino que además contribuye a la desinformación.

  2. La entrevista sin contrapunto:
    La ausencia de voces disidentes o el contraste con otras interpretaciones de los hechos convierte la entrevista en un monólogo que refuerza una visión parcial.

  3. La ambigüedad entre víctimas y verdugos:
    Si bien se reconoce la existencia de víctimas, se insinúa que estas solo existen si hay verdugos claramente identificables, sin admitir la complejidad de los procesos de represalia.

IV. Cuestionamientos a la Base Documental y Argumentativa

  1. La equivocada atribución de funciones a funcionarios:
    Sostener que todos los actores eran funcionarios públicos es erróneo, especialmente en casos donde la evidencia sugiere lo contrario, como en el caso de Baena Tocón.

  2. La supuesta voluntariedad sin respaldo documental:
    Asegurar que la participación en fusilamientos se realizaba “por una semana de permiso” carece de pruebas contundentes y se presenta como un juicio de valor sin sustento. Afirmar que todos eran voluntarios para matar, sin pruebas documentales, es temerario.

  3. La “victoria” asignada a ciertos actores:
    El relato sugiere que algunos individuos, como Baena Tocón, habrían “ganado” de forma paradójica, lo cual es una interpretación endiosada y sin respaldo en los hechos.

  4. Expurgación de archivos militares:
    Se generaliza que los archivos militares fueron expurgados durante la Transición, sin considerar que en muchos casos la pérdida de información obedece a causas materiales y no a una eliminación intencionada.

  5. Documentación versus invención:
    La reconstrucción histórica se transforma en un ejercicio de invención literaria cuando se interpretan de forma sesgada documentos parciales.

  6. Atribución sectaria de la “ignominia”:
    La tendencia a atribuir de forma generalizada la ignominia a quienes no se alineen ideológicamente con el catedrático resulta en una clasificación arbitraria y sectaria.

  7. La falacia del “lo digo yo”:
    Se presentan hechos – como la participación en determinados cargos o eventos – sin documentación clara ni reconocimiento de otras interpretaciones, lo que debilita el carácter crítico de la investigación.

V. Implicaciones Éticas y Sociales

  1. Incertidumbre sobre lo desconocido por los familiares:
    Afirmar que “los hijos” no sabían ciertos hechos sin especificar a qué se refiere deja abierta la posibilidad de interpretaciones personales sin base comprobada.

  2. Descubrimientos que no esclarecen, sino que ensombrecen:
    El libro no aporta una verdad contrastada, sino que revela la obsesión de un autor por desacreditar a figuras del pasado sin dar espacio a la réplica o al debate informado.

  3. La memoria histórica en manos cuestionables:
    La presencia de investigadores con claras motivaciones ideológicas en la construcción de la memoria histórica genera preocupación sobre la objetividad y la pluralidad de enfoques.

  4. La polémica del “poema” versus el “dibujo”:
    Argumentar que un poema no puede ser constitutivo de delito, mientras que un dibujo sí, denota una visión incoherente y selectiva de la represión cultural.

  5. La presunción sobre la “repercusión” de los juicios:
    Atribuir a los involucrados del juicio de Miguel Hernández una conciencia premeditada de la repercusión histórica resulta una interpretación endiosada que carece de fundamento.

  6. La caricaturización de “jueces por la vía patriótica”:
    La afirmación de que algunos “jueces” no eran realmente jueces, sino que accedieron a ese rol de forma improvisada, se reduce a una burla que no aporta claridad sobre la realidad de esos procesos.

  7. El autor se declara “catedrático de ficción”:
    La autodefinición del entrevistado lo enmarca en el terreno de la ficción, lo que resulta especialmente contradictorio cuando pretende exponer hechos históricos con el aval de la universidad.

  8. El papel del entrevistador como cómplice:
    Al no contrastar ni cuestionar las afirmaciones del catedrático, el entrevistador asume una posición que contribuye a la difusión de una versión unidimensional y sesgada de los hechos.

  9. La “carnaza” comercial y la deshumanización:
    Utilizar relatos tan polémicos y cargados emocionalmente para vender libros y generar controversia compromete la dignidad de quienes sufrieron los hechos, transformando la tragedia en un producto comercial.


Conclusión


El discurso del catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá no solo presenta graves carencias de rigor, sino que contribuye a deteriorar el debate público sobre nuestra historia reciente. Utilizar el prestigio académico para disfrazar de investigación lo que son opiniones ideológicas o conjeturas personales no es solo un error metodológico: es una irresponsabilidad ética.

El deber de quienes se dedican a la historia —profesionalmente o desde la divulgación— no es construir relatos a la carta, sino contribuir al entendimiento de un pasado complejo sin maniqueísmos ni revanchas. Y el deber de los medios, periodistas y editoriales es no prestarse a amplificar sin filtros este tipo de mensajes.

Porque la memoria es demasiado valiosa como para dejarla en manos de la ficción.

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