ESTAMPA
9: Un domingo cualquiera
Serie Mi padre, sin etiquetas
"Pequeñas
historias de una vida corriente. Porque una persona no cabe dentro de una
etiqueta."
Así era la felicidad antes de que supiéramos llamarla así.
Si alguien me preguntara hoy cómo era mi padre,
probablemente no empezaría describiéndolo a él.
Empezaría describiendo uno de aquellos domingos
cualquiera.
Porque, sin darnos cuenta, los domingos terminaban
retratando a toda la familia.
El día comenzaba sin prisas, aunque tampoco demasiado
tarde.
Mi padre se aseaba exactamente igual que cualquier otro
día. Siempre fue muy cuidadoso con su higiene personal y procuraba no
entretenerse demasiado, porque el cuarto de baño tenía más usuarios esperando
turno.
Después llegaba el desayuno.
Y, casi siempre, la Misa.
Durante muchos años acudimos a la iglesia de San
Hipólito, en Córdoba, regentada por los jesuitas. Formaba parte de nuestra vida
con la misma naturalidad con que después vendría el paseo o la comida familiar.
Al salir había una parada obligada: la Avenida de la
Victoria. Nunca la conocimos por otro nombre (hoy tampoco). Allí, en el quiosco
de Puerta Gallegos, mi padre compraba el periódico para él... y los tebeos para
nosotros. Todos salíamos ganando.
Después cruzábamos hasta el templete donde tocaba la
Banda Municipal.
Mientras él abría cuidadosamente el periódico, nosotros
corríamos por los jardines, escuchábamos la música sin darnos demasiada cuenta
o jugábamos alrededor del paseo.
Si mi madre nos acompañaba, alguna vez nos sentábamos un rato en Córdoba Jardín. El dueño, o quien regentaba entonces aquel establecimiento, era amigo de mi padre. Años después, curiosamente, serían sus hijos quienes terminarían siendo amigos míos, sin que nadie hubiera tenido que presentarnos.
La vida tiene esas pequeñas vueltas que sólo se
entienden con el paso del tiempo.
(Foto Bar Córdoba Jardín. Fuente: Internet)
Otros domingos cambiábamos la ciudad por la sierra,
adonde a mi padre le encantaba ir.
Cogíamos el autobús que nos dejaba lo más arriba posible
y desde allí comenzábamos una caminata que hoy probablemente muchos
considerarían demasiado larga. A nosotros nos parecía completamente normal.
En algún descanso mi padre volvía a abrir el periódico.
Todavía sonrío al recordarlo.
Mientras otros descansaban simplemente contemplando el
paisaje, él aprovechaba unos minutos para seguir leyendo.
Al regresar había otra pequeña ceremonia: limpiar los
zapatos.
Entonces no existían las zapatillas deportivas para
todo, y mucho menos para tanta gente. Cada calzado tenía su momento y también
sus cuidados.
Si habíamos pasado por caminos embarrados, mi padre
tenía un remedio casero que nunca olvidé. Cogía una cáscara de tomate y frotaba
con ella el barro seco hasta desprender buena parte de la suciedad. A mí me parecía
casi un truco de magia.
Nos acercábamos hasta la calle Zorrilla.
En el tramo más próximo a San Nicolás solían colocarse
varios limpiabotas. Muchos eran hombres con alguna discapacidad. Con el paso de
los años comprendí que bastantes de ellos habían quedado así durante la guerra,
aunque entonces ese era uno de tantos asuntos sobre los que apenas se hablaba.
Mi padre conocía a algunos por su nombre. Se saludaban
con afecto, intercambiaban unas palabras y les dejaba limpiar sus zapatos. A
nosotros aquella escena nos parecía completamente normal. Nunca nos explicó por
qué mostraba hacia ellos una simpatía tan especial.
La respuesta tardó muchos años en llegar.
(Foto de la calle José Zorrilla de Gregorio Velasco Arias)
Fue un primo hermano quien me la contó. Su madre, hermana
de mi padre, había educado a sus hijos repitiéndoles que jamás debían
despreciar a una persona por su oficio, por su situación económica o por su
condición social. Y, para que nunca lo olvidaran, les hablaba de un limpiabotas
cojo.
Según el relato que mi primo había escuchado de labios
de su propia madre —y que ella, a su vez, conocía por mi padre—, antes de la
guerra aquel hombre le había limpiado alguna vez los zapatos cuando acudía a la
Universidad.
Siempre según ese relato familiar, era comunista y,
durante los primeros meses de la guerra, tenía cierta influencia en una de las
checas por las que pasó mi padre.
Al verlo detenido preguntó qué hacía allí aquel
muchacho.
Cuando supo quién era, respondió con toda naturalidad:
—¿Antonio Luis? Soltadlo inmediatamente. Es una buena
persona, es un buen chaval..
Y, probablemente, cambiaron una vida.
Mis hermanos pequeños conocieron esta historia por boca
de mis propios padres .. Yo me independicé pronto y no llegué a escucharla en
casa. La descubrí muchos años después gracias al relato de mi primo.
Entonces comprendí muchas cosas.
Comprendí por qué mi padre nunca hablaba con desprecio
de nadie.
Comprendí por qué saludaba con tanto respeto a aquellos
limpiabotas.
Y comprendí también que la gratitud
puede durar toda una vida sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
La comida reunía a toda la familia.
Mi madre cocinaba de maravilla. No necesitaba que fuera
domingo para preparar algo especial.
Convertía cualquier plato sencillo en un motivo para
disfrutar de la mesa.
Los cocidos.
Las alcachofas rellenas. Los huevos rellenos.
La ensaladilla rusa.
Los cardos esparragaos.
Los gazpachos, el salmorejo y la ensalada de naranjas
con bacalao.
Los postres hechos con sus propias manos cuando llegaba
un cumpleaños.
Las torrijas y los roscos de Semana Santa. El arroz con
leche que tanto gustaba a mi padre.
Y aquella curiosidad permanente por aprender recetas
nuevas cada vez que probaba algo que le gustaba fuera de casa.
No recuerdo grandes sobremesas. No hacían falta. Las
conversaciones ya habían acompañado la comida y, unas horas después, llegaría
el café de la tarde, que tenía vida propia.
Después de comer, mi padre casi siempre caía rendido.
Cuando éramos pequeños se acostaba un rato. Más adelante bastaba el sillón del
salón. Alguna cabezada. Un libro o un periódico. Y unas gafas descansando sobre
las páginas hasta que despertaba.
Por la tarde todavía quedaba tiempo para pasear.
Caminar era una costumbre. No un deporte.
Se caminaba porque sí.
Porque era agradable.
Porque permitía hablar.
Porque ayudaba a pensar.
Recuerdo muchas conversaciones de aquellos paseos.
Algunas las comprendí años después.
Me hablaba del futuro de España cuando todavía nadie
sabía muy bien cómo sería.
Del entonces príncipe don Juan Carlos y de las
esperanzas que muchos depositaban en una transición pacífica.
Del tabaco.
De la importancia de estudiar.
Del respeto hacia quien pensaba de otra manera.
Nunca pretendía imponerme sus ideas.
Intentaba enseñarme a razonar.
En casa no hubo televisión desde el primer momento.
Mis padres prefirieron esperar a comprarla antes que
aceptar una que alguien pretendía regalar con la evidente intención de obtener
un trato de favor.
Entonces yo era demasiado pequeño para comprenderlo.
Hoy sé que aquella decisión decía mucho más de ellos que
cualquier discurso sobre la honradez.
Y así terminaban aquellos domingos.
Sin grandes acontecimientos.
Sin restaurantes.
Sin centros comerciales.
Sin prisas.
Sin fotografías pensadas para publicarse.
Sólo una familia viviendo un día cualquiera y
preparándose para el día siguiente.
Con los años he comprendido que aquellos domingos eran
extraordinarios precisamente porque nadie intentaba convertirlos en algo
extraordinario.
La felicidad no hacía ruido.
Tenía forma de paseo.
De periódico.
De tebeo.
De una banda municipal tocando en un templete.
De una madre cocinando.
De un padre leyendo mientras los hijos corrían por un
jardín.
Y también tenía la forma de una gratitud silenciosa que
nunca necesitó explicaciones.
Quizá por eso, cuando alguien me pregunta cómo era
realmente Antonio Luis Baena Tocón, no suelo responder con fechas, cargos o
documentos.
Prefiero contar un domingo cualquiera.
Porque hay vidas que se comprenden mucho mejor a través
de un paseo familiar que de cualquier etiqueta.
Y porque, a veces, la verdad de una persona no está en
los grandes acontecimientos de su biografía.
Está escondida en la manera tranquila con la que vivía los días más normales
de su vida.



No hay comentarios:
Publicar un comentario