sábado, 6 de junio de 2026

EL HIJO DE UN FUSILADO

 

El hijo de un fusilado


Martes 2 de junio de 2026

Hay historias que comienzan donde otras terminan.

Cuando se habla de Antonio Luis Baena Tocón, con frecuencia se empieza por los años posteriores a la Guerra Civil, por su servicio militar o por determinadas funciones jurídicas desempeñadas durante aquel periodo.

Sin embargo, para comprender su trayectoria hay que retroceder mucho más atrás.

Hay que volver al verano de 1936. Y, sobre todo, al 7 de agosto de aquel año.

Porque antes que abogado, funcionario o militarizado por obligación, Antonio Luis Baena Tocón fue algo mucho más sencillo y mucho más importante:

el hijo de un hombre asesinado.



Estrategia discursiva

Una de las formas más eficaces de construir un personaje histórico consiste en seleccionar cuidadosamente el punto de partida de su biografía.

No es lo mismo comenzar un relato por una etapa concreta de la vida de una persona que hacerlo por otra.

Cuando se omiten los acontecimientos que explican las decisiones posteriores, el personaje aparece desprovisto de contexto y resulta mucho más fácil atribuirle motivaciones, intenciones o responsabilidades que quizá nunca tuvo.

Por eso resulta llamativo que determinados relatos apenas dediquen atención a un hecho decisivo: el asesinato de Francisco Baena Jiménez y las consecuencias que aquel crimen tuvo para toda su familia.

Porque antes de cualquier expediente, de cualquier documento militar o de cualquier interpretación historiográfica, existió una tragedia familiar que condicionó profundamente la vida de quienes la sufrieron.


Aspectos discutibles

Con frecuencia se habla de Antonio Luis Baena Tocón como si su vida hubiera comenzado cuando aparece por primera vez en determinados documentos militares.

Sin embargo, antes de esos documentos existió una tragedia familiar que alteró completamente su destino.

La muerte violenta de su padre no fue un episodio secundario.

Fue el acontecimiento que marcó para siempre a una familia y cambió el rumbo de un joven de veintiún años que acababa de terminar sus estudios de Derecho.


Réplica narrativa

Francisco Baena Jiménez era abogado y secretario del Ayuntamiento de Torrelaguna. Había desarrollado su labor profesional al servicio de la legalidad republicana y continuó desempeñando sus funciones como funcionario durante los primeros compases de la Guerra Civil.

El 7 de agosto de 1936 fue asesinado por milicianos de la CNT-FAI en una hornacina de la capilla del convento de clausura de las Concepcionistas Franciscanas de Torrelaguna.

Tenía cincuenta y un años.

Aquella muerte no supuso únicamente la desaparición de un hombre.

Supuso la destrucción de una familia.

Con frecuencia se le ha encuadrado de manera simplista entre las denominadas "víctimas nacionales", una clasificación que puede resultar cómoda para determinados relatos, pero que apenas explica la complejidad de su caso.

Francisco Baena Jiménez no fue asesinado por haberse sublevado contra la República.

De hecho, años después, cuando su viuda solicitó el correspondiente subsidio, la petición fue denegada precisamente porque las autoridades entendieron que su marido no había participado en la sublevación militar.

La paradoja resulta difícil de ignorar.

Aquel funcionario republicano, asesinado en 1936, ni fue considerado suficientemente afecto a la República por quienes acabaron con su vida, ni suficientemente afecto al nuevo régimen para que su viuda pudiera acogerse a determinados beneficios asistenciales.

Ese fue, en realidad, el primer "beneficio", de ningún otro, que obtuvo la familia (pensión de viudedad denegada porque “no se sublevó”...).

La viuda quedó sola, con varios hijos que sacar adelante y sin el amparo económico que hubiera podido esperar tras el asesinato de su marido.

La tragedia familiar no comenzó con privilegios. Comenzó con una pérdida irreparable.

Mientras tanto, Antonio Luis Baena Tocón permanecía en Madrid. Había terminado la licenciatura en Derecho apenas unas semanas antes. Tenía proyectos, preparaba oposiciones y una vida por delante.

De repente, todo aquello dejó de importar.

La prioridad pasó a ser sobrevivir. No podía regresar a Torrelaguna. Las advertencias eran claras. El peligro era demasiado grande.

Aquel joven recién licenciado tuvo que aprender a desenvolverse en una España que se derrumbaba a su alrededor. Tuvo que buscar ayuda, esconderse y asumir que el padre con el que había compartido proyectos y aspiraciones ya no volvería.

Décadas después, cuando se examinan determinados documentos o se construyen determinados relatos históricos, resulta fácil olvidar que detrás de ellos había una historia humana.

Pero las personas no son únicamente los cargos que desempeñan ni las funciones que ejercen.

También son las heridas que arrastran.

Y la primera gran herida de Antonio Luis Baena Tocón fue el asesinato de su padre.

Todo lo demás vino después.


Reflexión final

Quizá la pregunta no sea qué hizo Antonio Luis Baena Tocón años después.

Quizá la pregunta previa sea otra.

¿Qué habría sido de su vida si el 7 de agosto de 1936 su padre no hubiera sido asesinado?

Nunca lo sabremos.

Lo que sí sabemos es que cualquier reconstrucción honesta de su biografía debería comenzar por ahí.

Porque ése fue el hecho que cambió para siempre su destino.

Y porque ninguna historia queda completa cuando se elimina precisamente aquello que la explica.

Las etiquetas históricas pueden ser útiles para clasificar fenómenos colectivos. Pero cuando se aplican mecánicamente a personas concretas, corren el riesgo de ocultar más de lo que explican.

Francisco Baena Jiménez fue asesinado por milicianos revolucionarios.

Pero también fue un funcionario republicano, un abogado y un padre de familia cuya trayectoria personal no encaja cómodamente en categorías simplificadoras.

Y su hijo, Antonio Luis Baena Tocón, cargó con las consecuencias de aquella tragedia durante el resto de su vida.


¿Cómo encaja un funcionario republicano asesinado, cuya viuda ve rechazado un subsidio por no haberse sublevado su marido, dentro de ciertos relatos simplificados sobre vencedores y vencidos?


¿EXCOMBATIENTE?

 

¿Excombatiente?

Cuando una palabra cambia una vida


Lunes 1 de junio de 2026

Hay palabras que parecen inocentes. Una sola palabra puede pasar desapercibida para la mayoría de los lectores. Sin embargo, cuando se coloca en el contexto adecuado, tiene la capacidad de transformar una biografía completa.

Eso ocurre con el término «excombatiente».

A primera vista parece una simple descripción. Pero cuando se utiliza para referirse a Antonio Luis Baena Tocón, la palabra transmite una imagen muy concreta: la de un hombre que participó activamente en la Guerra Civil, integrado en el ejército vencedor y vinculado de forma natural al franquismo.

El problema es que la realidad fue bastante más compleja.




Estrategia discursiva

Uno de los mecanismos más frecuentes en determinados relatos históricos consiste en seleccionar una palabra técnicamente posible, pero cargada de connotaciones, para provocar en el lector una determinada impresión.

La cuestión no reside únicamente en el empleo del término «excombatiente», que puede aparecer en determinados documentos administrativos o militares de la época con significados amplios. El problema surge cuando esa denominación se interpreta en el sentido más fuerte y sugerente del término, transmitiendo al lector la imagen de una persona que participó activamente en los combates de la Guerra Civil.

Sin embargo, una cosa es figurar administrativamente como militarizado o haber cumplido posteriormente el servicio militar obligatorio, y otra muy distinta haber sido un combatiente activo durante la contienda.

La fuerza narrativa de la etiqueta reside precisamente en que el lector suele asociarla de manera inmediata con la experiencia del combate, con la participación militar durante la guerra y con una determinada identificación ideológica. El resultado es que una trayectoria biográfica compleja acaba resumida en una imagen mucho más simple y fácil de encajar en un relato preconcebido.


Aspectos discutibles

La utilización de ese término plantea varios problemas.

Primero, porque induce a imaginar a una persona que participó activamente en operaciones militares durante la Guerra Civil.

Segundo, porque favorece la identificación automática con el bando vencedor y con la estructura política posterior.

Y tercero, porque simplifica una trayectoria personal marcada por circunstancias extraordinariamente complejas.

La biografía real queda reducida a una sola etiqueta.


Réplica narrativa

Antonio Luis Baena Tocón terminó sus estudios de Derecho en junio de 1936. Había completado la licenciatura que le permitiría ejercer como abogado, aunque los acontecimientos posteriores —el asesinato de su padre, la persecución sufrida, la guerra y el exilio— retrasaron, hasta finalizada la guerra, la normalización de su situación académica y profesional.

Pocas semanas después, su vida cambió de forma dramática.

El 7 de agosto de 1936 fue asesinado su padre, Francisco Baena Jiménez, abogado y secretario del Ayuntamiento de Torrelaguna. La familia quedó destrozada. Su madre, viuda y con cuatro hijos menores de edad (tres estaban en ese momento con ella), fue obligada a trasladarse a Munera (Albacete). Allí la familia quedó dispersada y alojada en distintos hogares, una situación impuesta por las circunstancias y muy alejada de cualquier decisión libre.

Antonio Luis, que se encontraba en Madrid, recibió advertencias para que no regresara a Torrelaguna. El peligro era evidente. No se trataba de una simple incomodidad derivada de la guerra, sino de una auténtica amenaza para su integridad física.

A partir de ese momento dejó de ser simplemente un joven licenciado en Derecho que preparaba oposiciones.

Se convirtió en una persona que intentaba sobrevivir.

Fue detenido en diversas ocasiones. Tuvo que ocultarse y buscar ayuda para poder desenvolverse en un entorno cada vez más hostil. Entre las personas que le prestaron apoyo figuró Concepción del Rosal, hija del teniente coronel Del Rosal, cuya columna había ocupado Torrelaguna. También recibió la ayuda del prestigioso jurista Luis Jiménez de Asúa, catedrático de Derecho Penal, diputado socialista durante la Segunda República y antiguo colega profesional de su padre, que mostró su indignación ante la situación que estaba viviendo aquel joven recién licenciado.

Las circunstancias terminaron conduciéndolo al refugio en la Embajada de Chile en Madrid y posteriormente al exilio en Marsella, desde donde mantuvo el contacto con su familia mediante cartas redactadas bajo seudónimo para evitar riesgos innecesarios.

Nada de eso encaja precisamente con la imagen convencional que suele evocar la palabra «excombatiente».

De hecho, durante la Guerra Civil no perteneció a ningún ejército como combatiente activo.

No participó en frentes de batalla.

No dirigió unidades militares.

No desarrolló una carrera militar durante la contienda.

Combatir no combatió. Defender su vida y resistir una situación límite, sin duda sí.

Cuando regresó a España, a punto de finalizar la guerra, tuvo que someterse a interrogatorios para justificar dónde había estado, qué había hecho y cómo había sobrevivido durante aquellos años. Fue entonces cuando se le comunicó que tenía pendiente el cumplimiento del servicio militar obligatorio.

Y sólo existía un ejército...

Por esa razón fue incorporado al servicio militar en atención a su condición de licenciado en Derecho y destinado posteriormente al Cuerpo Jurídico Militar. Su presencia en dicho ámbito no fue consecuencia de una vocación militar previa ni de una participación en los combates, sino de las circunstancias personales y legales derivadas del final de la guerra.

Finalizado el servicio militar, Antonio Luis Baena Tocón pudo haber continuado su trayectoria dentro del ámbito militar como oficial jurídico. Sin embargo, optó por abandonarlo e incorporarse a la Administración Local mediante oposición. La experiencia vivida durante aquellos años no había resultado especialmente grata y prefirió orientar toda su vida profesional hacia la función civil, donde desarrolló el resto de su carrera hasta su jubilación.

Sin embargo, cuando toda esta compleja trayectoria se resume en una sola palabra, el lector deja de ver al joven perseguido, al huérfano, al refugiado, al exiliado o al estudiante que tuvo que reconstruir su vida desde cero.

Lo que ve es otra cosa.

Ve a un «excombatiente».

Y ahí es donde las palabras dejan de describir una realidad para empezar a construir un personaje.


Reflexión final

La cuestión no es discutir una palabra aislada.

La cuestión es preguntarse qué ocurre cuando una palabra sustituye a una biografía.

Porque una cosa es resumir una vida.

Y otra muy distinta convertir una vida compleja en una caricatura útil para sostener un determinado relato.

Antonio Luis Baena Tocón fue muchas cosas a lo largo de su vida: estudiante, abogado, hijo de una víctima de la violencia política, refugiado, exiliado, militarizado por obligación legal, funcionario y servidor público durante décadas.

Reducir toda esa trayectoria a una única etiqueta o algunas etiquetas interesadas, puede resultar cómodo para un relato, pero difícilmente hace justicia a la realidad.

EL HIJO DE UN FUSILADO

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