ESTAMPA 13: La sonrisa de la calvicie
Serie: Mi padre, sin etiquetas.
“Pequeñas historias de
una vida corriente. Porque una persona nunca cabe dentro de una etiqueta”.
Yo estaba preparando las oposiciones de Magisterio.
Como tantos opositores, había días en que el cansancio y
la incertidumbre pesaban más que los libros. Además, empezaban a aparecerme
unas entradas en el cabello, siendo muy joven. Mi padre debió de darse cuenta.
Se acercó despacio.
Me miró fijamente. Sonrió.
Y, con toda naturalidad, me dijo:
—Hijo, tú eres muy joven. Hoy en día hay muchos remedios
para el cabello. Ve al dermatólogo. Porque yo me quedé calvo muy joven.
Volvió a sonreír.
Y no añadió una sola palabra más.
La conversación terminó allí. Yo nunca le pregunté por
qué. Ni él sintió la necesidad de explicarlo.
Durante muchos años pensé que aquella calvicie era
simplemente una cuestión de herencia o de mala suerte.
No le di más importancia.
Hasta que, mucho tiempo después de su muerte, mientras intentaba reconstruir la verdadera
historia de mi padre entre documentos, archivos y recuerdos familiares,
apareció una confidencia que me dejó profundamente impresionado.
Una de mis primas me contó algo que había oído muchas
veces en casa.
Mi abuela y también una hermana de mi padre, repetían
con tristeza la misma frase:
—¡Qué pena de mi hijo!... - ¡Qué penita de mi
hermano!... ¡Con el pelo tan bonito que tenía!
Entonces supe lo que nunca él me había contado.
En 1939, después del asesinato de mi abuelo, mi padre
tuvo que acudir a recuperar sus restos de la fosa común donde habían sido
arrojados, junto a los de otros desgraciados.
El cuerpo estaba ya en avanzado estado de
descomposición. Lo reconoció por la ropa que llevaba. Después pudo darle
cristiana sepultura.
Aquél fue uno de los últimos deberes que cumplió con su
padre antes de incorporarse al servicio militar que todavía tenía pendiente.
Según recordaban
su madre y sus hermanas, la impresión fue tan enorme que comenzó a perder el
pelo a mechones.
No sé si la medicina puede explicar con exactitud lo que
ocurrió.
Lo que sí sé es que ellas nunca olvidaron aquel
episodio.
Y él nunca habló de él.
Entonces comprendí también aquella conversación que
habíamos tenido años atrás.
Cuando me animó a visitar a un dermatólogo no estaba
hablando de sí mismo.
Estaba intentando evitar que yo me preocupara por algo
que para él ya carecía de importancia.
Me regaló una
sonrisa.
Y escondió detrás
de ella una de las heridas más profundas de su juventud.
Nunca utilizó aquel sufrimiento para despertar
compasión.
Nunca lo convirtió en un argumento.
Nunca buscó que nadie sintiera lástima por él.
Simplemente siguió viviendo.
Con una serenidad que sólo muchos años después fui capaz
de entender.
Hoy, cuando recuerdo aquella conversación, ya no veo
únicamente a un padre bromeando sobre su calvicie.
Veo a un hijo que
había aprendido a convivir con un dolor inmenso sin permitir que ese dolor
definiera toda su vida, ni afectara a la de los demás..
Y comprendo que la mayor herencia que recibí de él no
fue una forma de peinarse.
Fue una forma de afrontar las cicatrices.
Con dignidad.
Con serenidad.
Y, siempre que fuera posible...
Con una sonrisa.

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