jueves, 8 de octubre de 2026

SEGUNDO PARÉNTESIS ¿Quién decide quién es demócrata?

 

¿Quién decide quién es demócrata?

«Los mejores», «la gente», «los buitres» y algunos hechos que convendría contrastar



Jueves, 8 de octubre de 2026

Este blog no nació para hablar de política cotidiana y no tengo intención de convertirlo ahora en un comentario permanente de la campaña electoral.

Ya hice un paréntesis. Éste será el segundo. Espero que también excepcional.

Pero llevo demasiado tiempo encontrándome con una curiosa utilización de una palabra que debería pertenecernos a todos:

demócrata.

A veces parece utilizarse no para designar a quien acepta las reglas de la democracia, respeta las libertades y reconoce la legitimidad del adversario, sino para establecer una frontera moral.

De un lado, «nosotros»: los progresistas, los demócratas, la mayoría social, «la gente».

Del otro, «ellos»: la derecha, la ultraderecha, la fachosfera, los enemigos de la democracia, las élites, los reaccionarios, los que hacen daño, quienes traicionan al pueblo y, desde hace unos días, hasta los «buitres».

Y dentro de ese «ellos» pueden acabar cabiendo millones de ciudadanos cuyo pecado democrático consiste en votar a otro partido o, sencillamente, discrepar de determinadas ideas.

Juan Antonio Ríos Carratalá, por ejemplo, utiliza con frecuencia categorías políticas y morales que, a mi juicio, acaban estableciendo una frontera entre quienes merecen determinada consideración democrática y quienes quedan al otro lado.

Pero hoy no quiero hablar de él.

No creo que una papeleta convierta a unos españoles en mejores demócratas que a otros.

Por eso, después de escuchar al presidente del Gobierno anunciar las elecciones generales del próximo 29 de noviembre y hacer balance de la legislatura, vuelvo a hacerme una pregunta muy sencilla:

¿quién decide quién es demócrata?


«Los mejores». Y no es una opinión

Pedro Sánchez no se limitó el 5 de octubre a anunciar la disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones.

Hizo también balance de su Gobierno.

Y no fue precisamente un balance tímido.

Afirmó que España había cosechado:

«los mejores resultados económicos, sociales y medioambientales que ha tenido un gobierno democrático en nuestro país».

Y por si quedaba alguna duda:

«Los mejores».

Pero añadió algo todavía más interesante:

«Y esto no es una exageración. Tampoco es una opinión. Es un hecho. Es un dato contrastable».[1]

Magnífico.

Entonces hagamos algo bastante anticuado:

comprobemos los hechos.

Porque si alguien afirma que su Gobierno ha conseguido los mejores resultados económicos, sociales y medioambientales de toda nuestra democracia y añade que eso no es una opinión, sino un «dato contrastable», la pregunta deja de ser ideológica.

¿Con qué datos se demuestra?

¿Los mejores en vivienda?

¿En educación?

¿En deuda pública?

¿En estabilidad parlamentaria?

¿En capacidad para aprobar unos Presupuestos?

¿En calidad institucional?

¿En todos esos ámbitos simultáneamente?

Una estadística puede decirnos cuánto ha crecido el PIB, cuántas personas trabajan, cuánto han aumentado los precios o qué porcentaje representa la deuda pública.

Lo que resulta bastante más difícil es construir una estadística que sume economía, vivienda, educación, servicios públicos, deuda, instituciones y calidad democrática y concluya:

éste ha sido el mejor Gobierno de nuestra democracia.

Eso no es un dato contrastable mientras no se explique qué se ha medido, cómo se han ponderado materias tan distintas y con qué gobiernos democráticos se ha realizado la comparación.

Llamarlo «hecho» no resuelve el problema.

Sólo eleva el eslogan a la categoría de prueba sin enseñarnos la prueba.


El poder adquisitivo y mi bolsa de la compra

Hubo otra afirmación que inicialmente me dejó boquiabierto.

Sánchez aseguró:

«El poder adquisitivo de nuestros ciudadanos y ciudadanas ha aumentado el triple que en Francia y en Alemania».[1]

Conviene leer bien la frase.

No dijo —como inicialmente creí entender al escucharlo— que nuestro poder adquisitivo se hubiera triplicado.

Dijo que había aumentado el triple que en Francia y Alemania.

La diferencia es importante y sería injusto atribuirle lo primero.

Además, la expresión no está completamente huérfana de explicación.

En su balance del pasado 28 de julio, Sánchez afirmó que la renta real de los hogares, descontada la inflación, había aumentado un 9 %, y vinculó expresamente ese incremento con una mejora del poder adquisitivo de las familias.[2]

Perfecto.

Entonces podemos formular la pregunta con mayor precisión:

¿qué período se está comparando, qué serie estadística concreta sustenta ese 9 % y cómo se obtiene de ella que el aumento español haya sido exactamente el triple que el francés y el alemán?

Si el presidente lo presenta como un «dato contrastable», debería ser posible reproducir el cálculo.

Mientras tanto existe también otra realidad perfectamente medible.

El indicador adelantado del IPC de septiembre situó la inflación interanual española en el 4,9 %, seis décimas por encima de agosto.[3]

Eso no demuestra que la afirmación de Sánchez sea falsa.

Inflación y poder adquisitivo no son la misma magnitud. Si las rentas aumentan más que los precios, el poder adquisitivo puede crecer aunque el ciudadano continúe percibiendo precios elevados.

Pero explica por qué la experiencia cotidiana puede resultar bastante menos triunfal que el discurso macroeconómico.

Yo voy al mercado.

No suelo quejarme demasiado de los precios. Compro lo que necesito y continúo con mi vida.

Pero observo algo bastante sencillo:

con el mismo dinero cuesta cada vez más llenar la bolsa.

Y lo escucho continuamente a mi alrededor.

Quizá sea cierto que nuestro poder adquisitivo ha aumentado significativamente.

Pero confieso que la próxima vez que vaya al mercado tendré la tentación de explicárselo a la bolsa de la compra.

El problema es que la bolsa es bastante poco ideológica.

No entiende de porcentajes de renta real.

Entiende de cuánto cabe dentro después de pasar por caja.

Las medallas tienen una ventaja:

se pueden contar.

Los hechos también deberían poder comprobarse.


Algunos datos sí favorecen al Gobierno

Y puesto que estamos comprobando hechos, hagámoslo también cuando benefician al Gobierno.

España ha creado empleo.

Según la Encuesta de Población Activa del segundo trimestre de 2026, había 22.779.000 personas ocupadas y la tasa de paro había descendido al 9,87 %.[4]

Es un buen dato.

La deuda pública ofrece otra imagen que exige matices.

En julio de 2026 se situaba en torno al 99,9 % del PIB.

Es una cifra extraordinariamente elevada.

Pero sería incorrecto afirmar simplemente que la ratio de deuda se está disparando: había descendido 2,4 puntos porcentuales respecto al año anterior y bajaba del 100 % por primera vez desde febrero de 2020.[5]

También hay que decirlo.

La realidad permite criticar sin necesidad de deformarla.

Precisamente por eso resulta legítimo pedir al Gobierno el mismo cuidado cuando presenta su balance.


Los Presupuestos que no llegaron

Hay otro hecho bastante menos susceptible de interpretación.

España continúa funcionando en 2026 con unos Presupuestos Generales del Estado prorrogados, cuya documentación presupuestaria remite a los aprobados para 2023.[6]

La prórroga presupuestaria es constitucional.

El Estado continúa funcionando.

El Gobierno no pierde su legitimidad por ello.

Pero tampoco parece razonable presentar como una anécdota que durante una legislatura completa no haya conseguido aprobar unos nuevos Presupuestos Generales del Estado.

Los Presupuestos son probablemente la principal expresión económica de la política de un Gobierno.

Y no haber podido aprobarlos dice algo sobre la solidez de la mayoría parlamentaria que lo sostenía.

No ha existido una mayoría cohesionada capaz de respaldar regularmente al Ejecutivo.

Ha sido necesario reconstruirla negociación tras negociación.

Votación tras votación.

Hasta que una de esas votaciones terminó rompiéndola.


El Parlamento: legítimo para investir, sospechoso para rechazar

Y aquí llegamos a una de las frases presidenciales que más me preocupan.

Sánchez afirmó:

«Sé que les indigna ver cómo sus intereses, los intereses de la gente de a pie, son pisoteados en el Parlamento en beneficio de unos pocos».[1]

Detengámonos un momento.

¿Quién es exactamente «la gente de a pie»?

Porque el Parlamento no cayó del cielo.

Lo elegimos los ciudadanos.

También quienes no votaron a Pedro Sánchez.

Y fue precisamente una determinada mayoría de ese mismo Parlamento la que lo invistió presidente.

Aquella mayoría era legítima.

Por supuesto.

Pero entonces aparece una pregunta incómoda:

¿deja de representar a los ciudadanos cuando vota algo que el Gobierno no quiere?

El 2 de octubre el Congreso rechazó los dos decretos sobre vivienda.

Uno de ellos cayó por 178 votos contra 172.[7]

Podemos pensar que PP, Vox, Junts y UPN se equivocaron.

Podemos considerar aquellas medidas imprescindibles.

Podemos acusarlos políticamente de haber cometido un error enorme.

Eso es democracia.

Lo que resulta mucho más discutible es sugerir que, al ejercer su voto, el Parlamento está «pisoteando» los intereses de la gente de a pie.

Porque esos diputados también representan a gente de a pie.

Quizá a gente de a pie equivocada.

Pero gente.

Hay algo que resulta difícil de conciliar.

La mayoría parlamentaria fue invocada durante años como expresión de la voluntad democrática cuando permitió investir al presidente y aprobar sus iniciativas.

Cuando otra mayoría rechaza dos decretos del Gobierno, los intereses de «la gente de a pie» pasan a estar «pisoteados en el Parlamento».

¿En qué momento exacto dejó aquella Cámara de representar a la gente?

¿Cuando cambió el sentido de una votación?

La democracia representativa tiene esa molesta costumbre:

el Parlamento es legítimo cuando aprueba lo que queremos y sigue siendo legítimo cuando lo rechaza.

Una democracia no puede funcionar con una legitimidad parlamentaria de quita y pon.


Los decretos vuelven. El Parlamento ya no es el mismo

Y la historia no terminó el viernes.

Tras la disolución de las Cortes, el Gobierno ha aprobado dos nuevos reales decretos-leyes en materia de vivienda que, según el propio Ejecutivo, mantienen la esencia de los que habían decaído, aunque incorporan modificaciones y nuevas medidas.[8]

Ahora deberán ser sometidos a la Diputación Permanente del Congreso.

La Constitución prevé la existencia de este órgano y le atribuye funciones cuando las Cámaras han sido disueltas.

Por tanto, no estoy afirmando que el Gobierno carezca de facultades para aprobar decretos-leyes ni que la Diputación Permanente no pueda ejercer las competencias constitucionalmente previstas.

La cuestión que planteo es política.

Y bastante sencilla.

Unos decretos son rechazados por el Congreso.

Pocos días después se disuelven las Cortes.

El Gobierno aprueba otros textos que, en palabras del propio presidente, mantienen la esencia de los anteriores, aunque incorporen modificaciones.

Y éstos serán examinados por un órgano cuya composición hace innecesario uno de los apoyos que acababan de faltar en el Pleno.

Puede ser constitucional.

Puede ser jurídicamente defendible.

Pero también puede ser políticamente discutible.

Y discutirlo no convierte a nadie en enemigo de la democracia.


Pactar es legítimo. Recordar también

Sánchez ha reivindicado durante toda la legislatura el valor de los acuerdos.

Estoy de acuerdo en lo esencial.

En una democracia parlamentaria pactar no sólo es legítimo.

Muchas veces es imprescindible.

Pero tampoco debería ser ilegítimo recordar qué decía cada uno antes de necesitar determinado pacto.

La amnistía constituye un ejemplo difícil de ignorar.

Antes de las elecciones de 2023 Pedro Sánchez había rechazado esa posibilidad.

Después, cuando los votos independentistas resultaron imprescindibles para la investidura, pasó a defenderla.

Y él mismo reconoció que no estaba prevista para aquel momento y recurrió a una expresión extraordinariamente descriptiva:

«hacer de la necesidad virtud».[9]

Sus defensores pueden considerarlo pragmatismo político y una decisión beneficiosa para la convivencia en Cataluña.

Sus críticos pueden verlo como una contradicción fundamental entre lo defendido ante los electores y lo realizado después.

Podemos discutirlo.

Lo que no parece razonable es resolver la discusión poniendo previamente una etiqueta moral a quien discrepa.

Cambiar de opinión es legítimo.

Recordar que se cambió también lo es.


Los errores que apenas tienen nombre

El presidente reconoció igualmente:

«Nosotros mismos hemos cometido errores y no hemos logrado hacer todo lo que nos habíamos propuesto».[1]

Está bien reconocer errores.

Pero quizá la palabra resulte algo pequeña para resumir todas las sombras de una legislatura.

Durante estos años se han sucedido investigaciones y procedimientos judiciales que han afectado a personas relevantes del PSOE y al entorno político y familiar del presidente.

Conviene repetir algo que para mí es elemental:

una persona investigada no es una persona culpable.

Una acusación tampoco equivale a una condena.

Y la responsabilidad penal sólo corresponde establecerla a los tribunales.

Pero la responsabilidad política pertenece a otro ámbito.

Respetar escrupulosamente la presunción de inocencia no obliga a fingir que esos acontecimientos no han existido.

Han existido.

Han ocupado portadas, debates parlamentarios y procedimientos judiciales.

Y también forman parte del balance de la legislatura.


Y Ceuta

Hay otro asunto que tampoco cabe fácilmente en un balance triunfal.

Ceuta.

La crisis migratoria de este verano dejó preguntas sobre los avisos recibidos por los servicios del Estado y sobre la gestión de aquellos acontecimientos.

No voy a contestarlas porque no conozco las respuestas.

Precisamente por eso habría sido interesante escucharlas.

La ministra de Defensa, Margarita Robles, estaba convocada para el 6 de octubre ante la Comisión de control de los créditos destinados a gastos reservados para informar, entre otras cuestiones, sobre la actuación de los servicios de inteligencia antes de la crisis de Ceuta.[10]

La comparecencia fue desconvocada después del anuncio de disolución de las Cortes.[11]

No sé qué habría explicado.

No sé si sus explicaciones habrían despejado las dudas.

No sé siquiera si habrían confirmado o desmentido algunas de las sospechas difundidas durante estos meses.

Pero ése es precisamente el problema:

ya no pudimos escucharla.

Las elecciones pueden cerrar una legislatura.

No deberían cerrar las preguntas.


Buitres, élites, tiranos y gente

Hasta aquí podemos discutir cifras y decisiones.

A partir de aquí conviene discutir también palabras. Porque las palabras de un presidente del Gobierno tampoco son inocuas.

Sánchez habló de «élites económicas y sociales muy poderosas».

De «genocidas».

De «tiranos».

De «tecno-oligarcas».

De «especuladores».

De la «peor oposición que ha conocido nuestra democracia».

De una «ola ultraderechista que involuciona allí donde gobierna».

Y reclamó una mayoría parlamentaria más amplia con la que «doblegar a las élites».[1]

Después llegaron algunos ministros.

La ministra de Vivienda, Isabel Rodríguez:

«O con la gente, o con los buitres».[12]

Óscar Puente:

«Votar con V de vivienda o con B de buitre. Esa es la disyuntiva».[13]

Óscar López:

«Frente a la indignidad de los áticos, la dignidad de las calles. Frente a la involución, más derechos».[14]

Félix Bolaños pronosticó que los ciudadanos votarían a quienes «les defienden» frente a quienes, «si pueden, les hacen daño».[15]

Y Ángel Víctor Torres estableció también dos alternativas:

«seguir avanzando en derechos para la mayoría social o poner el futuro del país en manos de aquellos que traicionan al pueblo y solo trabajan para quienes más tienen».[16]

La campaña acaba de empezar.

Promete ser tranquila.

No necesito responder a estas frases con una colección de insultos de signo contrario.

Me interesa algo mucho más sencillo.

¿Quién es «la gente»?

¿Solo quienes votarán al PSOE o a sus socios?

¿Quiénes son los «buitres»?

¿Un ciudadano que considera equivocada una determinada regulación del alquiler?

¿Un pequeño propietario?

¿Un diputado que vota contra un decreto?

¿Un elector del PP?

¿Uno de Vox?

¿Dónde empieza exactamente «la gente» y dónde comienzan «ellos»?

Y si determinados partidos «traicionan al pueblo», ¿qué hacemos con los millones de ciudadanos que libremente los votan?

¿Han sido engañados?

¿No comprenden sus propios intereses?

¿Han dejado de pertenecer al pueblo?

Quizá el problema de este lenguaje sea precisamente ése:

empieza descalificando al adversario político y puede terminar alcanzando al ciudadano que lo vota.


El «inventario de medallitas»

Al día siguiente de la declaración presidencial vi en Antena 3 Noticias una pieza que me llamó especialmente la atención.

El periodista resumía la comparecencia con una expresión poco protocolaria:

«inventario de medallitas».[17]

Hablaba después del «autobombo», de los «archienemigos de su supergobierno», calificaba la vivienda como «la criptonita del superpresidente» y resumía la parte final del discurso con una ironía:

«meternos miedo: ojito como venga la derecha».

Es el lenguaje de una pieza periodística, no el mío.

Y tampoco convierto a Antena 3 en árbitro de la verdad.

Pero la pieza tiene una virtud.

Obliga a volver a escuchar el discurso presidencial sin la solemnidad del atril de La Moncloa.

Y entonces resulta más fácil distinguir tres cosas que no siempre son lo mismo:

un dato, una interpretación y un mensaje electoral.

España crea empleo.

Dato.

Este Gobierno ha obtenido «los mejores resultados» de toda nuestra democracia.

Valoración.

Si llega una determinada mayoría política, España se incorporará a una «ola ultraderechista» que amenaza derechos y libertades.

Mensaje electoral.

Las tres afirmaciones pueden formar parte legítimamente de un discurso político.

Lo que quizá no debamos hacer es colocar a las tres la misma etiqueta:

«hecho contrastable».


Juan Manuel Jiménez Muñoz: la indignación no sustituye a la prueba

Hace unos días cité un texto de Juan Manuel Jiménez Muñoz, médico y escritor malagueño al que aprecio y sigo desde hace tiempo.

El 3 de octubre publicó Los decretos Maricarmen. Dos días después, Hay elecciones. Y hoy, 8 de octubre, ha publicado en Facebook otro artículo, de título bastante expresivo: PURA MAFIA. PUTA MAFIA.[18]

No puede decirse que haya suavizado el lenguaje.

Sus escritos contienen críticas duras al Gobierno, denuncias sobre el funcionamiento de determinadas instituciones y acusaciones graves.

Algunas se refieren a cuestiones públicas que merecen examen. Otras exigirían una documentación anexa..

No lo cito como autoridad documental ni como prueba de sus acusaciones.

Lo cito porque sus escritos expresan una indignación política que también percibo en otras personas.

No sé cuántos ciudadanos comparten sus opiniones, aunque sí sé que son muchos. No dispongo de una encuesta que permita cuantificarlo.

Pero tampoco creo razonable despachar cualquier expresión de ese malestar atribuyéndola automáticamente a la «fachosfera», al «reaccionarismo» o a la «ultraderecha».

Poner una etiqueta a quien protesta no responde a aquello por lo que protesta.

Ahora bien, el nuevo artículo de Jiménez Muñoz me lleva a introducir otra consideración.

Si criticamos que desde el poder se descalifique globalmente a los adversarios, ¿no debemos ser también cuidadosos cuando la descalificación procede de quienes se oponen a ese poder?

No es lo mismo la responsabilidad institucional de un presidente del Gobierno que la de un ciudadano que expresa su indignación en Facebook.

La indignación puede explicar un escrito. No convierte automáticamente en verdaderas sus afirmaciones.

Y precisamente por eso me parece importante distinguir entre tres cosas:

el derecho a protestar, la legitimidad de la crítica y la obligación de probar aquello que se afirma como un hecho.

Son perfectamente compatibles.

Deberían serlo, al menos, en una democracia.




Vivienda: trabajar y no poder comprar una casa

Y volvamos a uno de los grandes asuntos de esta campaña.

La vivienda.

Aquí el contraste entre las grandes palabras y la vida cotidiana resulta especialmente visible.

El Banco de España ha calculado que en 2024 el precio de adquirir una vivienda equivalía, para los hogares que no eran propietarios, a 6,8 años completos de su renta neta media.

Entre los hogares jóvenes la cifra ascendía a 7,1 años.[19]

No hablamos de personas que necesariamente estén desempleadas.

Hablamos también de personas que trabajan.

Por eso, después de celebrar que España tiene más ocupados, aparece otra pregunta:

¿tener trabajo significa hoy poder vivir de ese trabajo?

Porque la estadística laboral no nos dice por sí sola si una persona puede independizarse, pagar un alquiler, ahorrar para una entrada, mantener una familia y llegar razonablemente tranquila a final de mes.

Puede aumentar el empleo y seguir resultando extraordinariamente difícil comprar una vivienda.

Ambas cosas pueden ser verdad simultáneamente.


Una plaquita en una casa de posguerra

Quizá mi interés por este asunto tenga también una raíz familiar.

Mi madre era la mayor de diez hermanos.

Su familia había tenido posibles.

La guerra y sus consecuencias acabaron arruinándola.

Y, si tuviera que resumir aquella experiencia familiar en pocas palabras, probablemente utilizaría éstas:

unos por la Patria y otros por el Pueblo.

Aquella familia conoció las consecuencias de los extremismos y de las arbitrariedades procedentes de unos y de otros.

En la inmediata posguerra pudo acceder a una de aquellas viviendas sociales.

Era una casa humilde.

Muy humilde.

No tenía piscina.

Ni garaje.

Ni grandes habitaciones.

Sus condiciones nos parecerían hoy muy modestas.

Pero tenía una pequeña placa.

Allí vivieron mis abuelos, mi madre y sus nueve hermanos.

Después continuó siendo una casa de la familia.

Yo también pasé allí muchos momentos de mi infancia.

Y cuando la recuerdo no pienso primero en sus carencias.

Recuerdo algo bastante más difícil de medir:

allí se respiraban paz y felicidad.

No pretendo convertir la política de vivienda de una dictadura en modelo para una democracia.

Sería absurdo.

Una casa familiar no demuestra una política de vivienda.

Pero aquella casa sí me permite formular una pregunta.

Han pasado más de ochenta años.

España es incomparablemente más rica.

Vivimos afortunadamente en democracia.

Tenemos derechos, servicios públicos, tecnología y condiciones materiales que aquella familia ni siquiera habría podido imaginar.

Y, sin embargo, mi propia hija trabaja y conoce perfectamente la dificultad de acceder a una vivienda.

Entonces:

¿cómo es posible que, después de ocho décadas de progreso económico, social y democrático, comprar una casa vuelva a resultar extraordinariamente difícil para tantos españoles?

Esa pregunta me interesa bastante más que averiguar quién merece ser llamado «buitre».


Hagamos una cuenta

Tomemos una vivienda de 220.000 euros.

Nada extraordinario en muchas ciudades españolas.

Si el banco financia el 80 %, el comprador necesita inicialmente:

44.000 euros.

Si se trata de una vivienda usada adquirida en Andalucía y se aplica el tipo general del 7 % del Impuesto sobre Transmisiones Patrimoniales:

15.400 euros más.[20]

Ya vamos por:

59.400 euros.

Y todavía no hemos empezado a pagar la hipoteca.

Ni sus intereses.

Ni otros gastos.

Cincuenta y nueve mil cuatrocientos euros.

¿Cuántos jóvenes —y no tan jóvenes— que viven exclusivamente de su trabajo pueden reunir esa cantidad mientras pagan alquiler, suministros, alimentación, transporte y el resto de los gastos de una vida normal?

No hace falta ninguna teoría económica.

Basta hacer la cuenta.

Y después de comprar hay que continuar viviendo.

Hipoteca.

IBI.

Comunidad.

Electricidad.

Agua.

Seguros.

Mantenimiento.

Reparaciones.

Tasas.

Alimentación.

Transporte.

Hijos.

No todo son impuestos.

No todo termina en las arcas públicas.

Pero todo sale del mismo lugar:

la renta disponible de una familia.

Una familia no dispone de una nómina para Hacienda, otra para el supermercado, otra para la hipoteca y otra para criar a sus hijos.

Lo paga todo con el mismo sueldo.

Y tiene que llegar a final de mes.


Ni milagro económico ni apocalipsis

Llegados aquí podría hacer exactamente aquello que estoy criticando:

seleccionar únicamente los datos que perjudican al Gobierno.

No quiero hacerlo.

España crea mucho empleo.

Es verdad.

La deuda continúa siendo enorme, pero su peso sobre el PIB ha descendido.

También es verdad.

Y negar los avances sociales producidos durante estos años sería tan poco serio como negar los problemas.

Pero tampoco encuentro en los datos ese extraordinario paisaje casi sin sombras que aparece en el discurso presidencial.

España llega al final anticipado de una legislatura con unos Presupuestos procedentes de 2023 prorrogados; con una mayoría parlamentaria que acabó rompiéndose en votaciones importantes; con un problema gravísimo de acceso a la vivienda; con una deuda cercana al 100 % del PIB; con investigaciones judiciales que han afectado al partido del Gobierno y al entorno del presidente; y con preguntas pendientes en asuntos como Ceuta.

A eso podemos añadir la educación.

Los resultados de PISA 2025 muestran que España obtuvo resultados inferiores a los de 2022 en matemáticas y lectura, mientras que en ciencias se mantuvieron aproximadamente estables. La OCDE señala además que los resultados de 2025 están por debajo de los de 2015 y entre los más bajos registrados por España en las tres materias.[21]

Conviene introducir aquí otro matiz.

El deterioro en matemáticas y lectura no es exclusivamente español. La propia OCDE ha advertido de un descenso pronunciado en numerosos países y de mínimos históricos en sus promedios de matemáticas y lectura.

Por tanto, tampoco sería serio convertir PISA en una prueba exclusiva contra el Gobierno español.

Mucho menos afirmar que España tiene «la peor educación de Europa».

No sería cierto.

Pero tampoco parece que esos resultados encajen cómodamente dentro de «los mejores resultados económicos, sociales y medioambientales» de nuestra democracia.

Entre el país perfecto que describen unos y el desastre absoluto que describen otros existe algo bastante menos espectacular:

la realidad.

Y la realidad rara vez cabe entera en un eslogan electoral.



¿Quién decide entonces quién es demócrata?

Volvamos al principio.

¿Quién lo decide?

¿Pedro Sánchez?

¿Alberto Núñez Feijóo?

¿Santiago Abascal?

¿Un ministro?

¿Un profesor universitario?

¿Un periodista?

¿Un historiador?

¿Juan Antonio Ríos Carratalá?

¿Yo?


Creo, en realidad, que ninguno, aunque algunos se permitan repartir etiquetas en sus escritos o discursos.

Dentro de unas semanas habrá ciudadanos que votarán al PSOE convencidos de que es la mejor opción para España.

Otros votarán al PP.

Otros a Vox, Sumar, Podemos o a otras formaciones.

Y otros decidirán quedarse en casa.

Podremos discutir sus razones.

Podremos considerar equivocadísima su elección.

Podremos combatir sus ideas.

Eso es precisamente la democracia.

Lo que no deberíamos hacer es repartir certificados de pureza democrática dependiendo de la papeleta.

Un ciudadano puede valorar positivamente el crecimiento económico y estar preocupado por la deuda.

Puede defender determinadas políticas sociales y rechazar la amnistía.

Puede alegrarse de que haya más empleo y comprobar cada semana que el dinero le alcanza para menos cosas.

Puede ser de izquierdas y criticar profundamente a Pedro Sánchez.

Puede ser de derechas y ser impecablemente demócrata.

Puede cambiar de voto.

Y puede equivocarse.

Como yo.

Como cualquiera.

Ningún político, profesor, periodista o historiador debería poseer la facultad de expedir o retirar certificados de ciudadanía democrática en función de las ideas del otro.

Porque existe una diferencia enorme entre decir:

«Creo que estás equivocado»

y decir:

«Si no piensas como yo, perteneces al bando de quienes amenazan la democracia».





Que decidan los ciudadanos

Ya han comenzado las profecías.

Unos aseguran que Pedro Sánchez remontará.

Otros dan por segura una mayoría alternativa.

Durante las próximas semanas tendremos encuestas, tertulias, vídeos, insultos, miedos, salvadores, buitres, élites, ultras, reaccionarios y probablemente algún calificativo que todavía no hemos inventado.

Quizá podamos pedir algo más sencillo.

Que cada partido explique qué hizo.

Qué prometió.

Qué cumplió.

Qué prometió y después cambió.

Qué no pudo hacer.

Cuánto cuesta lo que ahora propone.

Con quién está dispuesto a pactar.

Y qué piensa hacer con problemas tan poco retóricos como la vivienda, la educación, la deuda, la calidad de nuestras instituciones o la capacidad de un salario para proporcionar una vida digna.

Que expliquen también sus errores.

No sólo los del adversario.

Que los periodistas contrasten.

Que los historiadores documenten.

Que los jueces juzguen.

Y que los ciudadanos voten.

Después contaremos las papeletas.

Eso, precisamente, es la democracia.

Y quizá deberíamos empezar por dejar de utilizar la palabra demócrata como un premio que unos españoles conceden graciosamente a otros.

Porque la democracia no consiste en decidir quién merece llamarse demócrata.

Consiste también en aceptar algo mucho más difícil:

que el ciudadano que tenemos enfrente puede votar exactamente lo contrario que nosotros y continuar siendo tan ciudadano —y tan demócrata— como nosotros.


NOTAS

[1] Presidencia del Gobierno, «Pedro Sánchez anuncia la convocatoria de elecciones generales para el 29 de noviembre», 5 de octubre de 2026. Transcripción oficial de la declaración. Contiene, entre otras, las expresiones «los mejores», «esto no es una exageración», «es un dato contrastable», la comparación del poder adquisitivo con Francia y Alemania, «la peor oposición», «élites económicas y sociales muy poderosas», «genocidas», «tiranos», «tecno-oligarcas», «especuladores», «gente de a pie», «pisoteados en el Parlamento», «doblegar a las élites» y la referencia a la «ola ultraderechista».

[2] Presidencia del Gobierno, rueda de prensa de balance del curso político y presentación del informe Cumpliendo, 28 de julio de 2026. Sánchez afirmó que la renta real de los hogares, descontada la inflación, había aumentado un 9 % y vinculó ese dato a un mayor poder adquisitivo de las familias.

[3] Instituto Nacional de Estadística, Indicador adelantado del Índice de Precios de Consumo. Septiembre de 2026, 29 de septiembre de 2026. Variación anual estimada del IPC: 4,9 %; inflación subyacente: 3,1 %.

[4] Instituto Nacional de Estadística, Encuesta de Población Activa. Segundo trimestre de 2026, 28 de julio de 2026. Ocupados: 22.779.000; incremento interanual: 510.200 personas; tasa de paro: 9,87 %.

[5] Banco de España, «La deuda de las Administraciones Públicas se situó en julio de 2026 en el 99,9 % del PIB», 17 de septiembre de 2026. La ratio descendió 2,4 puntos porcentuales en términos interanuales, aunque el volumen nominal de deuda aumentó un 3,8 %.

[6] Ministerio de Hacienda, Secretaría de Estado de Presupuestos y Gastos, «Prórroga del Presupuesto para 2026». La documentación oficial señala que el resto de la documentación presupuestaria debe consultarse en los Presupuestos Generales del Estado de 2023.

[7] Congreso de los Diputados e informaciones de EFE y RTVE sobre las votaciones del 2 de octubre de 2026. Los dos reales decretos-leyes de vivienda fueron rechazados con los votos contrarios de PP, Vox, Junts y UPN; uno de ellos obtuvo 172 votos favorables frente a 178 contrarios.

[8] Constitución Española, arts. 78 y 86; y Presidencia del Gobierno, «Medidas urgentes para el fomento y protección del derecho a la vivienda», 7 de octubre de 2026. Véase también RTVE, 7 de octubre de 2026, sobre la publicación en el BOE de los nuevos decretos y su necesaria convalidación por la Diputación Permanente. Los nuevos textos mantienen la esencia de los anteriores, según el Gobierno, pero incorporan modificaciones y nuevas medidas; no deben presentarse como una reproducción literal de los rechazados.

[9] RTVE, «Del “no cabe en la Constitución” a “por la convivencia”: los pasos de Sánchez hacia la amnistía», 30 de octubre de 2023. Sánchez reconoció que la amnistía no estaba en sus planes «en este momento» y utilizó la expresión «hacer de la necesidad virtud».

[10] Informaciones de septiembre de 2026 sobre la convocatoria de Margarita Robles ante la Comisión de control de los créditos destinados a gastos reservados para el 6 de octubre, en relación, entre otros asuntos, con la actuación de los servicios de inteligencia antes de la crisis migratoria de Ceuta.

[11] Europa Press, «Armengol desconvoca la comparecencia secreta de Robles en la que iba a hablar de los avisos del CNI sobre Ceuta», 5 de octubre de 2026. La información señala que Robles debía informar sobre la actuación de los servicios de inteligencia antes de la entrada masiva de inmigrantes de julio y que la reunión fue desconvocada tras anunciarse la disolución de las Cortes.

[12] Isabel Rodríguez, ministra de Vivienda y Agenda Urbana, reacción pública a la convocatoria electoral, 5 de octubre de 2026: «O con la gente, o con los buitres».

[13] Óscar Puente, ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, publicación del 5 de octubre de 2026: «Votar con V de vivienda o con B de buitre. Esa es la disyuntiva».

[14] Óscar López, ministro para la Transformación Digital y de la Función Pública, publicación del 5 de octubre de 2026: «Frente a la indignidad de los áticos, la dignidad de las calles. Frente a la involución, más derechos. Es hora de elegir qué país queremos».

[15] Félix Bolaños, ministro de Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, publicación del 5 de octubre de 2026: «el 29N el PSOE será 1.ª fuerza porque la ciudadanía votará a los que les defienden frente a los que, si pueden, les hacen daño».

[16] Ángel Víctor Torres, ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, publicación del 5 de octubre de 2026: «seguir avanzando en derechos para la mayoría social o poner el futuro del país en manos de aquellos que traicionan al pueblo y solo trabajan para quienes más tienen».

[17] Antena 3 Noticias, 6 de octubre de 2026. Pieza televisiva posterior a la declaración institucional de Pedro Sánchez, conservada y transcrita para esta entrada. La locución utiliza, entre otras, las expresiones «inventario de medallitas», «autobombo», «archienemigos de su supergobierno», «la criptonita del superpresidente» y «ojito como venga la derecha». Las expresiones corresponden a la locución televisiva, no a la transcripción escrita de la página web de Antena 3.

[18] Juan Manuel Jiménez Muñoz, «Los decretos Maricarmen», SevillaInfo, 3 de octubre de 2026; «Hay elecciones», publicación pública de 5 de octubre de 2026; y «PURA MAFIA. PUTA MAFIA», publicación pública en Facebook de 8 de octubre de 2026. Los textos se citan como expresión de opiniones, críticas y percepciones políticas de su autor, no como fuentes probatorias de las acusaciones que puedan contener.

[19] Banco de España, Informe Anual 2025, capítulo 2, cuadro 2.4. En 2024, el precio medio de adquisición de una vivienda equivalía a 6,8 años de renta neta media para el conjunto de los hogares no propietarios y a 7,1 años para los hogares jóvenes.

[20] Junta de Andalucía, información sobre Transmisiones Patrimoniales Onerosas. El tipo general aplicable a las transmisiones de inmuebles es del 7 %, sin perjuicio de los tipos reducidos establecidos para determinados supuestos.

[21] OCDE, PISA 2025 Results (Volume I): Spain, 8 de septiembre de 2026. Los resultados españoles fueron inferiores a los de 2022 en matemáticas y lectura y aproximadamente iguales en ciencias; se situaron por debajo de 2015 y entre los más bajos observados en España en las tres materias. La OCDE advierte, al mismo tiempo, de un deterioro generalizado en matemáticas y lectura en numerosos países participantes.

FUENTES Y DOCUMENTACIÓN PRINCIPAL

Presidencia del Gobierno; Congreso de los Diputados; Ministerio de Hacienda; Instituto Nacional de Estadística; Banco de España; Junta de Andalucía; Boletín Oficial del Estado; OCDE; Constitución Española; RTVE; EFE; Europa Press; Antena 3 Noticias; y los textos públicos citados de Juan Manuel Jiménez Muñoz.






martes, 6 de octubre de 2026

PARÉNTESIS: YO NO PEDÍ ESO

 

Una protesta a partir de los documentos, los correos y las horas



Esta vez voy a permitirme un paréntesis.

En las cuatro entradas anteriores he procurado reconstruir los hechos con la mayor frialdad posible: documentos, fechas, publicaciones, palabras utilizadas y fuentes. He intentado que el lector pudiera formarse su propia opinión sin que mi indignación ocupase el lugar de las pruebas.

Pero yo también estuve allí.

Fui quien decidió formular aquella petición, quien habló con el abogado que redactó el requerimiento y quien finalmente lo firmó y presentó como peticionario. Fui quien recibió aquellos correos. Fui quien vio cómo, en muy poco tiempo, una petición concreta empezó a ser descrita públicamente como algo muy diferente. Y fui también quien, junto con su familia, tuvo que contemplar cómo aquella versión se multiplicaba mientras trataba de entender qué estaba sucediendo.

Por eso esta vez no voy a limitarme a reconstruir.

También voy a protestar.

Lo haré con una regla: cuando afirme un hecho, procuraré que esté respaldado por un documento. Cuando exprese una opinión, será mi opinión. Y cuando los documentos permitan plantear una sospecha o una pregunta, no la convertiré en certeza.

Porque hay algo que después de tantos años sigo teniendo muy claro:

yo no pedí eso.



Un inconveniente llamado requerimiento

A veces tengo la impresión de que debí de firmar un requerimiento mucho más ambicioso del que conservo.

Al parecer, pretendía borrar la Historia.

Censurar a los historiadores.

Atentar contra la libertad de expresión.

Poner en peligro la libertad de cátedra.

Dificultar la investigación.

Incluso hacer desaparecer nombres de los archivos históricos.

El problema para semejante interpretación es bastante sencillo:

conservo el requerimiento.

Lo redactó mi abogado de entonces después de que habláramos sobre lo que pretendía solicitar. Yo lo firmé como peticionario.

Y el requerimiento, poco colaborador con tan grandiosa empresa, se empeña en hablar de datos personales y en identificar unos enlaces concretos.

No pedí cerrar ningún archivo.

No pedí destruir ningún documento histórico.

No pedí prohibir ningún libro.

No pedí que se impidiera investigar sobre Miguel Hernández.

No pedí que nadie dejara de estudiar la represión franquista.

No pedí borrar el nombre de mi padre de los documentos conservados en los archivos.

Pedí lo que dice el requerimiento.

Y, afortunadamente, no hace falta creerme:

se puede leer.



El 20 de mayo tampoco parecía peligrar la Historia

Hay algo que, contemplado ahora, me sigue llamando poderosamente la atención.

El 20 de mayo de 2019, cinco días después del requerimiento, Juan Antonio Ríos Carratalá desarrolló una intensa actividad relacionada con aquella petición.

A las 14:49 escribió al responsable de RUA:

«Te adjunto el requerimiento que me ha llegado para que suprima unos datos personales insertos en enlaces de RUA».

A las 17:51 escribió a responsables de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes:

«Os adjunto el requerimiento recibido hoy por el que se me insta a eliminar los datos personales del señor Baena Tocón que aparecen en varios enlaces a estudios que he publicado».

Y a las 17:59 me comunicó las gestiones realizadas, señalando que había eliminado el enlace del que era responsable y que había trasladado la petición a otros responsables. Terminaba diciendo:

«Creo haber cumplido de sobra con lo requerido».

Conviene leer despacio estas frases.

Porque quien había recibido el documento sabía describir perfectamente lo que contenía:

«datos personales».

«enlaces».

«eliminar».

«suprimir».

Y hasta consideraba haber cumplido con lo requerido después de efectuar determinadas actuaciones.

Curiosa manera de enfrentarse a un intento de borrar la Historia.

Durante aquellas primeras horas nadie parecía haber advertido todavía que estuvieran en peligro la historiografía española, los archivos, la libertad de expresión o la libertad de cátedra.

Se hablaba de enlaces, datos personales, consultas jurídicas y modificaciones.

La amenaza a la Historia debía de estar todavía por descubrir.



Y durante unos días, todo parecía funcionar

Los correos continuaron.

El 20 de mayo, a las 20:55, Ríos Carratalá me comunicó que había efectuado consultas y preparado una respuesta al requerimiento. El 6 de junio me reenvió además la comunicación de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes informándole de modificaciones realizadas en dos artículos incluidos en mi solicitud.

Desde mi lado, aquello podía parecer el desarrollo —más o menos satisfactorio, más o menos discutible— de una petición administrativa.

De hecho, mi propio abogado de entonces interpretaba algunas de aquellas actuaciones como señales de colaboración.

Yo tenía dudas.

Y no eran solamente una intuición.

Había empezado a leer trabajos de RC relacionados con mi padre y, al mismo tiempo, a consultar documentación por mi cuenta. Encontraba afirmaciones e interpretaciones que no conseguía conciliar con lo que yo estaba leyendo en los documentos.

Aquello me hizo desconfiar.

Pero todavía estábamos hablando de un requerimiento.

Y entonces llegó el 17 de junio.



17 de junio, 14:22

Ese día recibí un correo de Ferrán Bono, periodista de El País.

Le contesté a las 22:03.

Él volvió a escribirme a las 23:07.

A la mañana siguiente mis palabras aparecían incorporadas a una información de El País.

No voy a repetir aquí toda aquella correspondencia porque ya la he reproducido y explicado en otra entrada. Sí quiero recordar una precisión importante: yo sabía que estaba hablando con un periodista de El País y sabía que el periódico consideraba interesante el asunto.

Lo que posteriormente manifesté fue otra cosa: que no se me había advertido de que mis palabras fueran a ser utilizadas de aquella manera.

Por eso escribí después al periodista:

«No me dijo que utilizaría mis palabras. Sin problema, es cierto lo que le dije, pero evidentemente no es la mejor manera de olvidar».

No necesito adornarlo ahora.

El correo conserva lo que pensé entonces.

Y lo escribí cuando todavía no podía imaginar la dimensión que alcanzaría aquello.



18 de junio, 17:57: «Colaboración»

Aquí llegamos a uno de los episodios que más perplejidad me produjo.

Aquella tarde Ríos Carratalá volvió a escribirme.

El asunto del correo era:

«Colaboración».

Había leído lo publicado por El País y me decía:

«Si usted pudiera demostrarme alguna falsedad de los mismos o estimara conveniente aportarme algún testimonio o documentación complementaria, no dude de que estas fuentes las tendría en cuenta en mis investigaciones».

Me ofrecía también su blog para publicar lo que estimara oportuno y terminaba poniéndose a mi disposición como historiador y como persona que comprendía mi deseo de «reivindicar la figura de su padre».

Todo muy cordial.

Quizá demasiado cordial para mi estado de ánimo de aquellas horas.

Porque mientras recibía aquella invitación a colaborar, yo empezaba a descubrir la dimensión pública que estaba adquiriendo el asunto y las cosas que se estaban diciendo sobre mis pretensiones.

La posibilidad de utilizar su blog tampoco me tranquilizaba. Para entonces ya lo había consultado y no era un espacio en el que, dadas las circunstancias y el clima que yo percibía, considerase conveniente plantear mi respuesta.

A las 20:31 le contesté.

Fue la primera vez que lo hice directamente.

Y escribí:

«Ahora estoy tragándome el “efecto Streisand”, que no sabía que se llamaba así, por el que le felicito, está consiguiendo su objetivo ampliamente. Mal camino para el asunto de su correo “Colaboración”...»

No estoy poniendo palabras actuales en boca de quien era yo en 2019.

Eso lo escribí aquella misma tarde.

Y esta es precisamente una de las razones por las que las horas importan.



Al día siguiente: «me comprometo a rectificar»

El 19 de junio, a las 21:36, recibí otro correo:

«Si dispone de algún dato o documento que contradiga lo publicado, no dude en hacérmelo llegar y, en su caso, me comprometo a rectificar mis textos».

Reconozco que releer hoy esas palabras me sigue produciendo una sensación difícil de describir sin abandonar la prudencia que me he impuesto.

No intentaré adivinar qué pensaba quien las escribió.

Sí puedo decir cómo las viví yo.

Mientras contemplaba cómo crecía públicamente un relato sobre lo que supuestamente pretendía, recibía en privado cordiales ofrecimientos de colaboración y compromisos de rectificación.

¿Cómo debía interpretar ambas cosas al mismo tiempo?

La cordialidad, desde luego, no escaseaba.

Lo que empezaba a escasear era mi capacidad para comprender cómo podían convivir aquellas invitaciones privadas con la dimensión pública que estaba adquiriendo el asunto.

Lo diré también con claridad porque esta es una pieza de opinión y no quiero esconderme detrás de palabras demasiado pulidas: yo viví aquella contradicción como una forma de cinismo.

Esa es mi valoración.

No pretendo convertirla en un hecho demostrado ni obligar a nadie a compartirla.

Los hechos son los correos, las fechas, las publicaciones y las palabras utilizadas.

El lector puede juzgar por sí mismo.



25 de junio: otra vez «Colaboración»

Seis días después llegó otro correo.

Otra vez con el asunto:

«Colaboración».

RC me ofrecía el listado de fuentes utilizadas, la localización del expediente militar de mi padre, una transcripción, ayuda para localizar documentación de los consejos de guerra y la posibilidad de corregir o ampliar sus trabajos si yo aportaba información complementaria.

Hay aquí otra precisión importante.

Para entonces yo no estaba esperando simplemente que alguien me indicara dónde podía encontrar documentos. Había empezado mi propia investigación y había consultado archivos. Parte de mi desconcierto procedía precisamente de eso: leía determinados documentos y no encontraba en ellos algunas de las conclusiones que estaba encontrando publicadas.

¿Y por qué, entonces, no le envié la documentación que iba reuniendo?

Esta pregunta importa porque, contemplada muchos años después, alguien podría pensar:

Si tenía documentos que contradecían lo publicado, ¿por qué no se los entregó?

También para esto conservamos un documento.

El 28 de junio, a las 9:28, mi abogado de entonces me respondió:

«De momento, no le envíe información alguna, ya que debemos marcar líneas de defensa y él utilizaría esa información a su favor».

Yo seguí el consejo de mi abogado.

Se podrá considerar acertado o equivocado. Yo mismo puedo preguntarme hoy qué habría ocurrido de haber actuado de otra manera.

Pero lo que no debería hacerse es rellenar retrospectivamente aquel silencio con una explicación inventada.

No dejé de enviarle documentación porque no existiera o porque no estuviera buscando respuestas. Recibí el consejo jurídico expreso de no hacerlo en aquel momento.

Eso también forma parte de la historia.



Lo que yo pedía y lo que se decía que pedía

Mientras todo aquello sucedía, el lenguaje público fue creciendo.

Derecho al olvido.

Borrado.

Censura.

Borrar la Historia.

Reescribir la Historia.

Libertad de expresión.

Libertad de cátedra.

Libertad de investigación.

Y yo asistía desde fuera a una discusión sobre mis supuestas intenciones.

Esta es quizá la parte que más difícil resulta explicar tantos años después.

Porque una cosa es que alguien considere jurídicamente improcedente mi petición.

Otra, que piense que el derecho de supresión debía ceder ante la investigación histórica.

Otra, que critique la decisión inicialmente adoptada por una universidad.

Todo eso puede discutirse.

Lo que resulta mucho más difícil de aceptar es que se atribuya a quien formuló y presentó una petición una pretensión que el propio documento no formula.

Se podía estar en contra del requerimiento.

Se podía recurrir.

Se podía sostener que jurídicamente no debía prosperar.

Se podía defender con toda energía la libertad de investigación.

Pero ¿era necesario convertir para ello una solicitud sobre determinados datos y enlaces en el propósito de borrar la Historia?

Esa es mi protesta.



Libertad de expresión. ¿También la mía?

Y aquí aparece una paradoja que todavía me incomoda.

Durante aquellos días hablaron periodistas, historiadores, profesores, juristas, asociaciones e instituciones.

Se discutió sobre libertad de expresión.

Sobre libertad de investigación.

Sobre libertad de cátedra.

Y se hizo, en buena medida, interpretando públicamente qué pretendía yo.

Pero ¿qué espacio tuve yo para explicar con la misma amplitud qué pretendía realmente?

No afirmo que alguien organizara deliberadamente mi silencio. Eso habría que demostrarlo y no lo afirmo.

La pregunta es otra y puede investigarse documentalmente:

¿qué presencia tuvo la versión de quienes interpretaban mi requerimiento y qué presencia tuvo la explicación de quien lo había presentado?

¿Quién fue consultado?

¿Cuántas veces?

¿Qué versión se reprodujo?

¿Qué documentación conocía cada persona cuando opinó?

¿Y qué posibilidades tuve yo de explicar, con una difusión comparable, qué había solicitado y por qué?

Eso merece una investigación propia.

Porque defender la libertad de expresión mientras la voz de una de las partes apenas consigue hacerse oír produciría, como mínimo, una paradoja digna de estudio.

Y pienso estudiarla.



Miguel Hernández

Hay además un nombre que sería absurdo ignorar.

Miguel Hernández.

No puedo demostrar qué habría ocurrido si el requerimiento hubiera afectado a publicaciones sobre una persona históricamente mucho menos conocida.

Tampoco puedo atribuir una motivación común a periodistas, historiadores, profesores, asociaciones o instituciones que intervinieron en la controversia.

Puedo tener mi opinión.

Pero no voy a presentarla como prueba.

Sí puedo formular una pregunta:

¿habría alcanzado todo aquello la misma dimensión si en el centro de la noticia no hubiera estado Miguel Hernández?

No tengo un documento que permita convertir la respuesta en certeza.

Por eso dejo la pregunta donde corresponde.

Ante el lector.



Detrás del apellido había personas

Y hay algo que los documentos administrativos, las discusiones jurídicas y los artículos académicos no cuentan por sí solos.

Detrás de «Baena Tocón» había una familia.

Mi padre había muerto en 1998.

No podía explicar qué había hecho.

No podía defenderse de lo que se publicaba sobre él.

No podía aportar sus documentos.

Nosotros sí podíamos leer lo que se decía.

Y aquello no se quedó en una polémica académica o periodística.

La difusión tuvo también consecuencias personales. Aparecieron insultos y amenazas. Algunos fueron denunciados ante la Policía y parte de ese material fue posteriormente aportado al procedimiento judicial.

Y no se trata únicamente de mi recuerdo de aquellos días.

Al informar sobre la sentencia de primera instancia, Diario de Cádiz recogió que la resolución judicial distinguía entre los textos inicialmente publicados y las reacciones mediáticas y sociales que se produjeron después, en las que aparecieron expresiones referidas a mi padre como «verdugo», «asesino», «hiena asesina», «ratita delatora» o «cabrón», además de atribuirle responsabilidad en la ejecución de Miguel Hernández.

No necesito reproducir aquí mucho más.

Mientras públicamente se discutía sobre libertad de expresión, libertad de cátedra, Historia y derecho al olvido, al otro lado de aquellas palabras había una familia que estaba recibiendo sus consecuencias.

Que aquello nos hiciera sufrir no demuestra por sí solo que tuviéramos razón histórica o jurídica.

Nunca utilizaré el sufrimiento como sustituto de una prueba.

Pero tampoco aceptaré que se escriba esta historia como si hubiera ocurrido únicamente entre artículos de leyes, archivos, profesores y periódicos.

Hubo personas al otro lado.

Y esas personas también formamos parte de lo ocurrido.



No sé por qué. Sí sé qué ocurrió

Después de todos estos años podría intentar explicar las intenciones de cada uno.

No voy a hacerlo.

No sé qué pensaba un periodista cuando escribió determinado titular.

No sé qué pensaba un historiador cuando utilizó determinada expresión.

No sé por qué alguien decidió hablar de «borrar la Historia» después de haber tenido delante un requerimiento que hablaba de datos y enlaces.

Puedo sospechar cosas.

Puedo tener mi opinión.

Y, naturalmente, la tengo.

Pero una sospecha no se convierte en documento porque hayan pasado siete años.

Lo que sí puedo hacer es algo más sencillo:

poner una hora junto a otra.
Un correo junto a otro.
Una declaración pública junto a una comunicación privada.
Y todas ellas junto al requerimiento que inició el asunto.

Entonces aparecen contradicciones, tensiones y preguntas que no necesitan que yo invente las respuestas.

Quizá esa sea también una forma de protesta.



Yo no pedí eso

Por eso he querido interrumpir por un momento la serie documental que estoy publicando.

No para sustituir los documentos por mi indignación.

Sino para explicar por qué esos documentos me indignan.

Yo formulé aquella petición y firmé el requerimiento que mi abogado preparó después de hablar conmigo sobre lo que pretendía solicitar.

Podrá discutirse si estaba bien planteado.

Podrá discutirse su fundamento jurídico.

Podrá discutirse la respuesta inicial de la Universidad de Alicante.

Podrá discutirse el conflicto entre protección de datos, investigación histórica e información pública.

Lo que no debería necesitar siete años de discusión es algo mucho más elemental:

qué decía el papel.

Y el papel sigue estando ahí.

No solicitaba destruir archivos.

No solicitaba prohibir investigaciones.

No solicitaba borrar documentos históricos.

No solicitaba silenciar a Miguel Hernández.

No solicitaba acabar con la libertad de cátedra.

No solicitaba poner en peligro la investigación española.

Por eso, después de escuchar durante años lo que supuestamente pretendía, quiero dejar escrita también mi protesta:

Yo no pedí eso.

Muchos se han manifestado sin conocer realmente lo que pedí, no lo que se ha dicho que pedí.

Y quien tenga dudas no necesita creerme.

Que lea el requerimiento.




Fuentes y documentos


1. Requerimiento de 15 de mayo de 2019. Documento firmado por José Francisco Baena González en ejercicio del derecho de supresión, conservado en el archivo documental y posteriormente incorporado a las actuaciones. Creo conveniente reproducir en esta entrada las dos páginas del documento.

2. Correspondencia de Juan Antonio Ríos Carratalá, 20 de mayo de 2019. Correos de las 14:49, 17:51, 17:59 y 20:55 horas relativos al requerimiento, RUA y Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

3. Correspondencia con Ferrán Bono, 17–18 de junio de 2019. Correos conservados en el archivo documental.

4. Juan Antonio Ríos Carratalá, correo «Colaboración», 18 de junio de 2019, 17:57 horas; respuesta de José Francisco Baena González, 20:31 horas.

5. Juan Antonio Ríos Carratalá, correo de 19 de junio de 2019, 21:36 horas. Compromiso de tener en cuenta documentación y, en su caso, rectificar sus textos.

6. Juan Antonio Ríos Carratalá, correo «Colaboración», 25 de junio de 2019, 22:53 horas.

7. BustiLex Abogados, correo de 28 de junio de 2019, 9:28 horas. Indicación de no remitir por el momento información a Ríos Carratalá.

8. Denuncias policiales y documentación posteriormente aportada al procedimiento judicial. Para la versión definitiva podemos completar aquí fechas y referencias concretas cuando localicemos las denuncias, sin reproducir datos personales innecesarios.

9. Diario de Cádiz, 14 de octubre de 2024, «Comienza en Cádiz el mediático juicio originado por el intento de borrar el nombre de un militar del proceso de Miguel Hernández».
Diario de Cádiz — 14 de octubre de 2024

10. Diario de Cádiz, 11 de marzo de 2025, «Condenan al catedrático Ríos Carratalá y a siete medios por vulnerar el honor de Baena Tocón en relación con el estudio de Miguel Hernández». Información sobre la sentencia de primera instancia y las expresiones ofensivas recogidas en ella.
Diario de Cádiz — 11 de marzo de 2025

domingo, 4 de octubre de 2026

De un requerimiento al relato de la censura (IV)

 De un requerimiento al relato de la censura (IV)


Cómo fue cambiando la descripción pública de una 

petición formulada en mayo de 2019



En las tres entradas anteriores he intentado reconstruir una secuencia.

Primero, qué decía el requerimiento.

Después, cómo aquel asunto privado llegó a los medios.

Y finalmente, cómo se propagó y continuó circulando durante semanas.

Ahora quiero detenerme en algo diferente.


No en cuántas veces se habló del asunto, sino en 

qué se decía que yo había pedido.

Porque las palabras fueron cambiando.

Y los documentos permiten seguir ese cambio casi día a día.



20 de mayo: todavía eran «datos personales» y «enlaces»

Cinco días después de mi requerimiento, Juan Antonio Ríos Carratalá escribió al responsable del Repositorio de la Universidad de Alicante:

«Te adjunto el requerimiento que me ha llegado para que suprima unos datos personales insertos en enlaces de RUA».

Ese mismo día remitió también el escrito a responsables de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes y volvió a describirlo así:

«...se me insta a eliminar los datos personales del señor Baena Tocón que aparecen en varios enlaces a estudios que he publicado».

Me interesa detenerme en esas palabras porque fueron escritas antes de que existiera la polémica pública.

No hablaban de borrar la Historia.

No hablaban de censura.

No hablaban de impedir la investigación.

Hablaban de datos personales, eliminación, supresión y enlaces.

Ese es nuestro punto de partida documental.

 

Junio: aparece el «derecho al olvido»

Un mes después comenzó a utilizarse otra expresión.

Como vimos en la segunda entrada, Ferrán Bono me preguntó el 17 de junio:

«¿Por qué solicita el derecho al olvido sobre el nombre de su padre?»

Mi requerimiento se había formulado como ejercicio del derecho de supresión.

Ahora el asunto empezaba a explicarse mediante el derecho al olvido.

La diferencia podría parecer pequeña.

Pero fue solo el principio.

 

18 de junio: del «derecho al olvido» al «borrado»

El 18 de junio, Público titulaba:

«El ‘borrado’ del juicio a Miguel Hernández amenaza a medios y webs memorialistas».

Y afirmaba que se habían remitido peticiones para que el nombre de Antonio Luis Baena Tocón «desaparezca de la historia».

Ese mismo día, elDiario.es empleaba directamente en su titular la palabra «censura» y recogía la opinión del jurista Ricard Martínez:

«No tiene ningún sentido y no hay discusión, es censura».

También recogía la declaración de Rosa Pérez Garijo: «no es posible borrar la historia».

En muy poco tiempo, por tanto, el vocabulario había recorrido una distancia considerable:

supresión de datos → derecho al olvido → borrado → censura → borrar la Historia.

Pero hay algo todavía más interesante que las palabras.

No todos quienes las empleaban conocían el asunto de la misma manera.

 

Nueva Tribuna y Herminio Trigo: cuando el documento estaba disponible

Este es uno de los casos que merece distinguirse de los demás.

Nueva Tribuna había recibido un requerimiento relativo a un artículo de Herminio Trigo.

No dependía, por tanto, únicamente de lo publicado por otros medios para conocer que existía una petición formal.

Trigo había escrito anteriormente que Antonio Luis Baena Tocón «fue miembro del Tribunal Militar que condenó a Miguel Hernández». Esa afirmación pasó a formar parte del conflicto documental que estaba en el origen de mi actuación.

Aquí no quiero resolver todavía si aquella caracterización era correcta.

Me interesa algo previo.

El medio disponía del escrito que motivaba la controversia.

Eso nos permite formular una pregunta diferente de la que plantearemos en otros casos:

cuando se conocía el documento, ¿cómo se describió después públicamente lo que aquel documento solicitaba?

La pregunta importa porque Público, al informar aquel 18 de junio sobre las peticiones dirigidas también a Nueva Tribuna y a la web Todos los nombres, ya presentaba el conflicto como una pretensión de que el nombre de mi padre «desaparezca de la historia».

No necesito atribuir intención alguna para señalar la diferencia.

Basta colocar una formulación junto a la otra:

eliminar determinados datos personales de unos contenidos concretos

frente a

hacer desaparecer un nombre de la Historia.

No significan exactamente lo mismo.

 

María del Olmo: cuando sí había conocimiento de documentos primarios

El caso de María del Olmo obliga a introducir otra cautela.

Sería incorrecto afirmar que todas las personas que se pronunciaron aquellos días hablaban únicamente a partir de informaciones periodísticas.

Del Olmo conocía documentación relacionada con el procedimiento contra Miguel Hernández.

El País recogió el 21 de junio su afirmación de que la firma de Antonio Luis Baena Tocón aparecía «sin género de dudas» en al menos diez documentos del expediente. Añadió:

«de los documentos guardados en los archivos no se puede borrar ningún nombre».

Aquí el problema metodológico es distinto.

Que un nombre aparezca en documentos es un hecho susceptible de comprobación.

Que exista una firma también.

Pero de la presencia de un nombre o una firma no se desprende automáticamente todo lo que pueda afirmarse acerca de la función concreta desempeñada por esa persona en cada actuación.

Son dos niveles diferentes:

el documento existe y contiene un nombre o una firma;

y

el historiador interpreta qué demuestra esa presencia.

Precisamente esa diferencia entre documento e interpretación constituye uno de los asuntos centrales de toda esta serie.

 

21 de junio: ya están en juego las grandes libertades

Tres días después de las primeras informaciones, El País titulaba:

«Los investigadores rechazan la censura de escribir la historia sin nombres».

La información reunía opiniones que situaban ya la controversia en el terreno de la libertad de cátedra, libertad de investigación, derecho a la información y libertad de expresión.

La Fundación Española de Historia Moderna se pronunciaría también contra lo que denominaba un «inadmisible acto de censura» y consideraba vulneradas la libertad de investigación y la libertad de expresión.

No discuto aquí la legitimidad de defender esas libertades.

Tampoco pretendo decidir en estas páginas cómo debían ponderarse jurídicamente los distintos derechos que podían entrar en conflicto.

Mi pregunta es anterior:

¿qué petición concreta estaba siendo descrita ya como una amenaza para todas esas libertades?

Para responder hay que volver una y otra vez al documento inicial.


Ángel Viñas: «conozco solo por lo leído»

El 25 de junio aparece un caso especialmente útil porque el propio autor explica cuál era entonces su conocimiento del asunto.

Ángel Viñas escribió:

«Sin entrar en los pormenores del caso, que conozco solo por lo leído...»

También describía la trayectoria de la polémica: había llegado a las páginas de El País y desde allí se había difundido «viralmente por las redes sociales».

Viñas desarrollaba a continuación un razonamiento general sobre la investigación histórica y sobre las posibles repercusiones del caso para la libertad de cátedra, investigación y expresión.

No hay que reprocharle aquí que formulara una opinión.

Lo documentalmente relevante es otra cosa:

él mismo dejó establecido el límite de la información de la que partía: conocía el caso «solo por lo leído».

Eso permite compararlo con los casos anteriores sin meterlos a todos en el mismo saco.

Nueva Tribuna había recibido un requerimiento.

María del Olmo conocía documentación primaria.

Ángel Viñas explicaba que conocía el caso por lo que había leído.

Tres intervenciones públicas. Tres puntos de partida distintos.

 

De la petición concreta al problema general

A finales de junio el desplazamiento estaba prácticamente completado.

La discusión ya no giraba solamente alrededor de unos enlaces determinados o de la aplicación de la normativa de protección de datos.

Se discutía sobre:

censura, Historia, memoria, libertad de expresión, libertad de investigación y libertad de cátedra.

El 23 de junio la Fundación Española de Historia Moderna hablaba expresamente de «censura».

Al día siguiente, El País publicaba un editorial titulado «Borrar la historia», cuyo planteamiento general era que torpedear el trabajo de los historiadores constituía una forma injustificable de censura.

La controversia había adquirido ya una dimensión que sobrepasaba ampliamente el texto del requerimiento que la había iniciado.

 

Y entonces los propios documentos se hicieron públicos

Hay un episodio posterior que me parece particularmente significativo.

Entre el 29 y el 31 de julio, Ríos Carratalá publicó en su blog la serie «El olvido digital vs. la Historia».

En la primera entrega explicaba que iba a publicar los documentos para facilitar información a quienes habían seguido el caso y describía todavía la solicitud como una petición de «eliminación de los datos referidos a su padre».

Las entradas aparecían etiquetadas, entre otros conceptos, como «derecho al olvido» y «libertad de cátedra».

Este momento me parece revelador por una razón sencilla.

El documento original estaba ya al alcance de quienes quisieran leerlo.

A partir de entonces, cualquiera podía comparar por sí mismo el contenido de la petición con las distintas maneras en que había sido descrita públicamente.

Y esa comparación es exactamente la que estoy haciendo ahora.

 

No todos sabían lo mismo

Después de recorrer esta cronología, creo que sería injusto llegar a una conclusión simplista.

No todos los periodistas, historiadores, profesores o asociaciones que se pronunciaron conocían los mismos documentos.

Tampoco utilizaron necesariamente las mismas palabras ni defendieron exactamente la misma posición.

Por eso no me interesa construir una lista de responsables.

Me interesa reconstruir una cadena de transmisión.

En cada eslabón debemos preguntarnos:

¿qué documento existía?
¿Qué demostraba?
¿Qué sabía quien hablaba?
¿Qué interpretación hizo?
¿Y qué afirmación llegó finalmente al público?

Solo así puede distinguirse la repetición de una noticia de su comprobación independiente.

 

Volver al principio

Ahora podemos regresar al 15 de mayo de 2019.

El requerimiento estaba allí.

También estaban los enlaces concretos.

Y cinco días después el propio destinatario seguía hablando de:

«datos personales insertos en enlaces».

Un mes después se hablaba de derecho al olvido.

Después, de borrado.

Después, de censura.

Después, de borrar o reescribir la Historia.

Y finalmente entraron en escena la libertad de expresión, la libertad de cátedra y la libertad de investigación.

Nada de esto significa que esos debates jurídicos y académicos carecieran de legitimidad.

Significa algo mucho más sencillo:

el objeto del debate había ido ampliándose.

Por eso, cuando tantos años después intento reconstruir lo ocurrido, procuro aplicar una regla muy elemental:

primero el documento; después, la interpretación.

Porque cuando las palabras cambian, el documento permanece.


 

Las palabras

Primero fueron
datos y enlaces.

Después, olvido.

Luego, borrado.

Más tarde, censura,
Historia,
libertad.

Las palabras crecieron
mientras el papel
seguía en el mismo sitio.

Quizá por eso
conviene volver a leerlo.



Notas y fuentes

1. Requerimiento de 15 de mayo de 2019. Solicitud formulada al amparo del derecho de supresión y referida a datos personales contenidos en enlaces expresamente identificados. Documento conservado por el autor y reproducido en la documentación del procedimiento. Véase también la primera entrada de esta serie.

2. Correspondencia de Juan Antonio Ríos Carratalá, 20 de mayo de 2019. Comunicaciones remitidas a responsables de RUA y de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes en las que describe el requerimiento mediante las expresiones «suprima unos datos personales insertos en enlaces de RUA» y «eliminar los datos personales [...] que aparecen en varios enlaces». Documentación conservada por el autor.

3. Ferrán Bono / El País, junio de 2019. Correspondencia de 17 de junio y publicación posterior sobre la controversia. La correspondencia se conserva en el archivo del autor.

Dirección web de la información de El País:
https://elpais.com/cultura/2019/06/17/actualidad/1560798031_638949.html

4. Público, 18 de junio de 2019. «El “borrado” del juicio a Miguel Hernández amenaza a medios y webs memorialistas». La información se refiere también a las peticiones recibidas por Nueva Tribuna y Todos los nombres.

Dirección web:
https://www.publico.es/politica/borrado-juicio-miguel-hernandez-amenaza-medios-webs-memorialistas.html

5. elDiario.es, 18 de junio de 2019. Información sobre la decisión de la Universidad de Alicante que emplea «censura» en el titular y recoge opiniones sobre la imposibilidad de «borrar la historia».

Dirección web:
https://www.eldiario.es/comunitat-valenciana/consell-universidad-alicante-censurar-historia_1_1495741.html

6. Herminio Trigo / Nueva Tribuna. Artículo previo de Trigo en el que se afirmaba que Antonio Luis Baena Tocón «fue miembro del Tribunal Militar que condenó a Miguel Hernández», y documentación posterior relacionada con el requerimiento recibido por Nueva Tribuna. Se conserva copia documental en el archivo utilizado para esta serie.

7. El País, 21 de junio de 2019. «Los investigadores rechazan la censura de escribir la historia sin nombres». Incluye opiniones de historiadores y expertos, entre ellas las de María del Olmo, así como referencias a la presencia del nombre y firma de Antonio Luis Baena Tocón en documentación del expediente.

Dirección web:
https://elpais.com/cultura/2019/06/18/actualidad/1560889005_328302.html

8. Fundación Española de Historia Moderna, junio de 2019. Pronunciamiento contra la retirada del nombre de Antonio Luis Baena Tocón, reproducido por El País el 23 de junio, en el que se utiliza la expresión «inadmisible acto de censura» y se invocan las libertades de investigación y expresión.

Dirección web:
https://elpais.com/cultura/2019/06/23/actualidad/1561267524_711820.html

9. Ángel Viñas, 25 de junio de 2019. «El caso del alférez secretario del consejo de guerra que condenó a Miguel Hernández». En el texto declara conocer los pormenores del caso «solo por lo leído» y desarrolla después su reflexión sobre la investigación histórica. Copia conservada entre la documentación incorporada al procedimiento.

10. El País, 24 de junio de 2019. Editorial «Borrar la historia». La pieza sitúa la controversia en el terreno de la investigación histórica y la censura.

Dirección web:
https://elpais.com/elpais/2019/06/23/opinion/1561304889_926809.html

11. Juan Antonio Ríos Carratalá, blog Varietés y República, 29–31 de julio de 2019. Serie «El olvido digital vs. la Historia», en la que publicó documentación relativa al procedimiento administrativo.

Archivo del blog correspondiente a 2019:
https://varietesyrepublica.blogspot.com/2019/


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