jueves, 21 de mayo de 2026

LA GUERRA CIVIL NO PUEDE SER UN ARMA DE PARTIDO

 

La Guerra Civil no puede ser un arma de partido

Pedro Corral, Muñoz Seca y el sectarismo selectivo de la memoria



Jueves 21 de mayo de 2026

Hay frases que, dichas con serenidad, terminan retratando un problema mucho más amplio que el asunto concreto del que se está hablando.

Eso ocurre con una reflexión reciente de Pedro Corral en una entrevista sobre Pedro Muñoz Seca y la Guerra Civil española:

“La Guerra Civil está para los estudiosos, para los aficionados, para quienes sienten pasión por comprenderla. Hay que apartarla de la utilización partidista, interesada, cortoplacista y oportunista”.

La frase puede parecer evidente.

Pero en la España actual casi se ha convertido en una provocación.

Porque desde hace años la Guerra Civil ya no se utiliza solamente para estudiar el pasado:
se utiliza también para organizar moralmente el presente.

Y ahí aparece el verdadero problema.




Cuando la Historia deja de buscar comprensión y empieza a buscar culpables

Toda sociedad necesita estudiar su pasado.

Y la Guerra Civil española sigue siendo una herida histórica enorme:

  • por su violencia,

  • por su complejidad,

  • por sus represiones cruzadas,

  • y por el sufrimiento acumulado durante generaciones enteras.

El problema no es investigarla.

El problema aparece cuando el estudio histórico deja paso a un mecanismo mucho más simple:

  • dividir moralmente el pasado,

  • repartir etiquetas absolutas,

  • fabricar héroes incontestables,

  • y construir culpables retrospectivos fácilmente reconocibles.

Entonces la Historia deja de ser investigación.
Y empieza a convertirse en herramienta ideológica.


Las víctimas incómodas

La figura de Pedro Muñoz Seca resulta especialmente incómoda para determinados relatos simplificados.

Porque obliga a recordar algo que algunos preferirían mantener siempre en segundo plano:
que la barbarie no fue patrimonio exclusivo de un solo bando.

Y esto debería ser perfectamente asumible por cualquier historiador serio.

Reconocer:

  • asesinatos republicanos,

  • persecuciones,

  • checas,

  • sacas,

  • o Paracuellos,

no convierte automáticamente a nadie en franquista.

Del mismo modo que estudiar:

  • represiones franquistas,

  • consejos de guerra,

  • cárceles,

  • depuraciones,

  • o ejecuciones,

no convierte automáticamente a nadie en comunista.

Y, sin embargo, en la España contemporánea parece que muchos siguen necesitando dividir el pasado en bloques morales rígidos:

  • víctimas legítimas,

  • víctimas incómodas,

  • memorias oficiales,

  • y memorias sospechosas.


El problema del sectarismo selectivo

Quizá uno de los mayores problemas actuales no sea el olvido de la Historia.

Quizá sea su utilización selectiva.

Porque determinadas tragedias:

  • se amplifican,

  • se institucionalizan,

  • se convierten en símbolo nacional,

  • y generan enorme sensibilidad pública.

Mientras otras:

  • se relativizan,

  • se silencian,

  • o directamente incomodan.

Y eso termina generando algo peligrosísimo:
una memoria jerarquizada.

Como si el sufrimiento humano necesitara carnet ideológico previo para merecer respeto.


Cuando la Guerra Civil se convierte en herramienta política

Aquí es donde la reflexión de Pedro Corral adquiere verdadera importancia.

Porque hoy la Guerra Civil aparece constantemente:

  • en debates parlamentarios,

  • campañas políticas,

  • medios de comunicación,

  • universidades,

  • redes sociales,

  • e incluso productos culturales contemporáneos.

No siempre para comprender mejor el pasado.
Muchas veces para legitimar posiciones presentes.

Y eso termina provocando algo profundamente dañino:
la reducción de personas reales y contextos complejos a simples símbolos ideológicos.


El caso de Antonio Luis Baena Tocón

Ahí es precisamente donde conecta mi caso personal.

Porque durante años he visto cómo la figura de Antonio Luis Baena Tocón ha sido absorbida por determinados marcos narrativos contemporáneos.

No como persona concreta:

  • con contexto,

  • limitaciones,

  • circunstancias históricas,

  • funciones reales,

  • y complejidades documentales.

Sino como pieza útil dentro de un relato moral ya prefabricado.

Y ahí aparecen:

  • insinuaciones,

  • asociaciones emocionales,

  • responsabilidades amplificadas,

  • expresiones ambiguas,

  • y construcciones narrativas donde el matiz desaparece.

No hacía falta afirmar determinadas cosas de manera literal.

Bastaba construir la atmósfera adecuada.

Después llegarían:

  • entrevistas,

  • artículos,

  • titulares,

  • comentarios académicos,

  • ecos mediáticos,

  • y reproducciones constantes de una determinada percepción pública.

Y cuando alguien cuestiona documentalmente esas construcciones,
aparece entonces el repliegue habitual:

  • “yo no he dicho eso”,

  • “usted lo interpreta así”,

  • “yo sólo reproduzco documentos”.


La moral variable de las palabras

Resulta además llamativo comprobar cómo determinadas expresiones cambian completamente de carga moral según el destinatario.

Hay colaboraciones familiares que se presentan —lógicamente— como motivo de orgullo y afecto.

Y probablemente lo sean.

Pero en otros contextos históricos la expresión “colaborador necesario” adquiere de pronto una enorme carga acusatoria y moralizante.

Ahí es donde uno comprende que las palabras nunca son neutrales.

Dependiendo del marco ideológico:

  • unas veces humanizan,

  • y otras veces condenan.


El doble rasero judicial

Algo parecido ocurre con determinadas resoluciones judiciales.

Parece existir un curioso criterio selectivo:

  • si la resolución favorece un determinado relato ideológico,
    entonces la democracia funciona admirablemente;

  • si resulta incómoda,
    aparecen enseguida referencias a:

    • jueces de otros tiempos,

    • inercias heredadas,

    • mentalidades franquistas,

    • o decisiones impropias de una democracia moderna.

Y eso plantea una cuestión inquietante.

Porque la independencia judicial no puede convertirse en un principio condicionado a que las sentencias coincidan con nuestras preferencias ideológicas.

De lo contrario:

  • el juez “demócrata” sería únicamente quien falla como esperamos;

  • y el juez sospechoso sería simplemente quien no lo hace.


La memoria no debería servir para fabricar enemigos

Tal vez el mayor peligro actual no sea olvidar la Guerra Civil.

Tal vez el verdadero peligro sea utilizarla constantemente como arma política contemporánea.

Porque entonces:

  • la memoria deja de buscar comprensión,

  • el matiz desaparece,

  • las complejidades molestan,

  • y las personas reales quedan reducidas a caricaturas morales útiles para el presente.

Y eso termina generando algo profundamente injusto:
que hijos, nietos y familias enteras tengan que dedicar años de su vida a defenderse de relatos construidos desde la simplificación ideológica.


Conclusión

La Guerra Civil española merece estudio, rigor y memoria.

Pero no debería convertirse en una herramienta permanente de división moral contemporánea.

Porque cuando la Historia deja de servir para comprender y empieza a utilizarse para señalar,
ya no estamos ante memoria democrática.

Estamos ante otra cosa:
una reinterpretación selectiva del pasado donde las víctimas, las culpas y hasta la legitimidad moral parecen depender demasiado de quién controle el relato.

CUANDO EL RELATO CAMBIA DE CUBILETE

 

Cuando el relato cambia de cubilete

Documentos incómodos, humor defensivo y la moral variable de las palabras

(Ficha complemento de la anterior entrada)



Jueves 21 de mayo de 2026

Hay momentos en los que un documento histórico no sólo aporta información.
También desmonta atmósferas.

Eso es precisamente lo que ocurre con la reciente difusión del documento publicado por Mario Amorós y comentado posteriormente por Juan Antonio Ríos Carratalá en relación con Miguel Hernández.

Porque el documento resulta enormemente revelador:
los hechos atribuidos al poeta son calificados como de “escasa trascendencia” y, además, se recomienda la conmutación de la pena.

Y entonces surge inevitablemente una pregunta incómoda:

Si durante años se ha insinuado —de manera más o menos explícita según conviniera en cada momento— que Miguel Hernández fue condenado por la “instrucción” atribuida a Antonio Luis Baena Tocón,
¿cómo encaja ahora ese entusiasmo ante un documento que precisamente minimiza los hechos y recomienda la conmutación?

Ahí es donde el relato empieza a cambiar de cubilete.




La técnica de insinuar sin asumir

Uno de los rasgos más constantes del discurso de Juan Antonio Ríos Carratalá ha sido siempre una determinada ambigüedad calculada.

No suele afirmarse frontalmente aquello que luego queda instalado en la percepción pública.

La técnica es más sofisticada:

  • sugerir,

  • aproximar,

  • contextualizar emocionalmente,

  • dejar flotando asociaciones morales,

  • y permitir que sea el lector quien complete el sentido.

Después, cuando alguien señala las consecuencias de esas insinuaciones, aparece el repliegue:

  • “yo no he dicho eso”,

  • “usted lo interpreta así”,

  • “yo sólo reproduzco documentos”,

  • “nadie ha llamado verdugo a nadie”.

Pero el problema nunca estuvo únicamente en las palabras literales.

El problema está en el efecto acumulativo del relato.

Porque cuando durante años:

  • se asocia reiteradamente un nombre con consejos de guerra,

  • condenas,

  • represión,

  • responsabilidades históricas,

  • y culpabilidades morales implícitas,

el daño público ya se ha producido.

Aunque después llegue el eterno juego semántico.


La trilería de las palabras

Quizá el problema más profundo no sea una afirmación concreta.

Quizá sea un método.

Un modo de mover continuamente el significado de las palabras:

  • hoy insinuando,

  • mañana matizando,

  • pasado negando haber insinuado.

Como un trilero que cambia el cubilete justo cuando alguien cree haber encontrado la bola.

Porque aquí no hablamos sólo de Historia.

Hablamos también de:

  • prestigio académico,

  • influencia mediática,

  • construcción de marcos morales,

  • y utilización emocional del lenguaje.

No hacía falta escribir literalmente determinadas acusaciones.

Bastaba construir la atmósfera adecuada.

Y durante años esa atmósfera se construyó alrededor de Antonio Luis Baena Tocón.

Por eso resulta tan revelador que ahora se destaque precisamente un documento que rebaja enormemente la gravedad de los hechos atribuidos a Miguel Hernández.

Porque los documentos, a veces, terminan contradiciendo la narrativa que se levantó alrededor de ellos.

La reciente difusión del documento comentado tanto por Mario Amorós como por Juan Antonio Ríos Carratalá vuelve especialmente llamativa esta contradicción narrativa.[1]

Cuando el humor se convierte en refugio

Resulta también significativo comprobar cómo determinadas críticas documentales suelen responderse mediante caricaturas personales o descalificaciones psicológicas más o menos veladas.

Aparecen entonces expresiones sobre:

  • “senilidad malhumorada”,

  • jubilados avinagrados,

  • personajes obsesivos,

  • o discrepantes caricaturizados.

Naturalmente, cada lector interpretará a quién o a qué se refiere cada comentario.

Pero el mecanismo resulta reconocible:
cuando el debate documental empieza a incomodar, el foco se desplaza hacia la caricatura del discrepante.

Y aquí entra otro elemento curioso:
el humor.

Porque el propio Ríos Carratalá ha reivindicado en más de una ocasión que la ficción y el humor es “lo suyo”.

Y el humor puede ser magnífico.
Incluso necesario.

El problema aparece cuando el humor deja de ser una herramienta literaria y pasa a convertirse en un escudo de superioridad moral:

  • ironizar al discrepante,

  • ridiculizar objeciones,

  • convertir el sufrimiento ajeno en motivo de sarcasmo elegante,

  • o presentar toda crítica como producto de obsesiones personales.

Hay veces en que el humor no aclara.
Simplemente sirve para esquivar.

Resulta incluso significativo que el nuevo espacio digital anunciado por Ríos Carratalá lleve precisamente por título Memoria y ficción.[2]
Cada lector interpretará libremente el alcance de determinadas ironías o referencias personales.
Pero quizá el problema de fondo aparezca cuando la frontera entre memoria, relato y ficción empieza a desplazarse continuamente según convenga al marco narrativo del momento.

Cuando la Justicia sólo es democrática si coincide conmigo

Otro aspecto llamativo de este ecosistema discursivo es el tratamiento variable de las resoluciones judiciales.

Porque parece existir un curioso criterio selectivo:

  • si una resolución favorece el marco ideológico deseado,
    entonces la democracia funciona admirablemente;

  • pero si una resolución resulta incómoda,
    aparecen enseguida referencias a jueces de otros tiempos,
    inercias franquistas,
    mentalidades heredadas
    o decisiones impropias de una democracia moderna.

Y aquí conviene detenerse un momento.

La independencia judicial no puede convertirse en un principio condicional.

Porque entonces el juez “demócrata” sería únicamente el que coincide con nuestras convicciones ideológicas.

Y el juez sospechoso sería simplemente quien no dicta la resolución esperada.

Esa lógica resulta enormemente peligrosa.
Especialmente cuando se utiliza desde posiciones de autoridad intelectual o mediática.


El peso variable de las palabras

Hay además una ironía involuntaria particularmente reveladora.

En una reciente publicación (2), Ríos Carratalá habla con evidente orgullo —y probablemente legítimo— de la ayuda prestada por su hijo, ingeniero informático, en el desarrollo de nuevos proyectos digitales y blogs.

Y es lógico que un padre se sienta orgulloso.

Pero precisamente por eso conviene reflexionar sobre el peso de determinadas expresiones.

Porque durante años la expresión “colaborador necesario” ha aparecido cargada de enorme gravedad moral cuando se proyectaba sobre otras personas y otros contextos históricos.

Sin embargo, en ámbitos personales o familiares, la colaboración se presenta —como es natural— como motivo de afecto, apoyo y admiración.

Y probablemente ahí reside la cuestión de fondo:
las palabras nunca son inocentes.

Dependiendo del contexto y de quién sea el destinatario:

  • unas veces humanizan,

  • y otras veces condenan.

Por eso quizá convendría reflexionar alguna vez sobre lo que ocurre cuando determinadas construcciones morales se proyectan sobre familias ajenas.

Porque detrás de cada relato hay personas reales.
Y detrás de ciertas insinuaciones hay décadas enteras de sufrimiento, desgaste y destrucción reputacional.


El verdadero problema

El problema nunca fue investigar.

Nunca fue estudiar documentos históricos.

Nunca fue analizar contextos complejos de la posguerra.

El problema aparece cuando:

  • la Historia se convierte en marco ideológico cerrado,

  • el matiz desaparece,

  • las personas quedan reducidas a símbolos,

  • y el relato pesa más que la proporcionalidad documental.

Y eso es precisamente lo que muchos llevamos años observando.

Una forma de construir relatos donde:

  • la insinuación vale más que la precisión,

  • el impacto emocional pesa más que la contextualización,

  • y las rectificaciones posteriores jamás alcanzan la difusión del señalamiento inicial.


Conclusión

Quizá lo más revelador de todo no sea el documento de “escasa trascendencia”.

Quizá lo verdaderamente revelador sea la contradicción que deja al descubierto.

Porque demuestra hasta qué punto determinados relatos necesitan mover continuamente los cubiletes del lenguaje:

  • hoy insinuando,

  • mañana matizando,

  • pasado negando haber insinuado.

Pero llega un momento en que los propios documentos empiezan a romper la atmósfera creada.

Y entonces ya no basta el humor.
Ni la ironía.
Ni el repliegue semántico.

Porque las palabras tienen consecuencias.

Especialmente cuando durante años se han utilizado para construir sospechas morales sobre personas que ya no pueden defenderse.

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“Lecturas y referencias relacionadas”.

[1] Artículo publicado en Público: “Un documento del franquismo admite que Miguel Hernández fue condenado a muerte por hechos de escasa trascendencia”. https://www.publico.es/culturas/libros/documento-franquismo-admite-miguel-hernandez-condenado-muerte-hechos-escasa-trascendencia.amp.html
[2] Entrada “999 entradas y un nuevo blog en la web”. https://varietesyrepublica.blogspot.com/2026/04/999-entradas-y-un-nuevo-blog-en-la-web.html?m=1


miércoles, 20 de mayo de 2026

CUANDO EL DOCUMENTO DEJA EN EVIDENCIA EL RELATO

 

Cuando el documento deja en evidencia el relato

O cómo una nueva publicación vuelve a mostrar las contradicciones discursivas de Juan Antonio Ríos Carratalá



Miércoles, 20 de mayo de 2026

La reciente entrada publicada por Juan Antonio Ríos Carratalá en su blog Varietés y República, titulada “Un poeta en la Historia, de Mario Amorós” (17 de mayo de 2026), vuelve a ofrecer uno de esos momentos reveladores donde el propio discurso termina chocando con las insinuaciones mantenidas durante años sobre Antonio Luis Baena Tocón.

Porque hay algo profundamente llamativo en el entusiasmo con el que ahora se destaca un documento donde se afirma que los hechos atribuidos a Miguel Hernández eran de “escasa trascendencia” y donde incluso se recomendaba la conmutación de la pena.

Y aquí surge inevitablemente la pregunta:

Si durante años se ha sugerido —de forma más o menos explícita, según conviniera en cada momento— que Miguel Hernández fue condenado “por la instrucción” atribuida a mi padre…
¿cómo encaja ahora esa insistencia en un documento que precisamente rebaja la gravedad de los hechos y recomienda la conmutación?

Ahí es donde el relato empieza a desmoronarse bajo el peso de sus propias palabras.




La vieja estrategia: insinuar sin afirmar del todo

Una de las características más constantes del estilo discursivo de RC ha sido siempre la ambigüedad calculada.

No suele afirmar frontalmente aquello que después genera el impacto público.

Prefiere otra técnica mucho más eficaz mediáticamente:

  • insinuar,

  • sugerir,

  • asociar,

  • construir atmósferas,

  • dejar caer responsabilidades morales,

  • y permitir que el lector complete mentalmente el relato.

Después, cuando alguien señala las consecuencias de esas insinuaciones, aparece el conocido repliegue verbal:

  • “yo no he dicho eso”,

  • “se ha interpretado mal”,

  • “yo no llamé verdugo a nadie”,

  • “eso lo dice usted”,

  • “yo sólo reproduzco documentos”.

Sin embargo, el problema no está únicamente en las palabras literales.
El problema está en el efecto acumulativo del discurso.

Porque cuando durante años:

  • se asocia reiteradamente un nombre a consejos de guerra,

  • se habla de condenas a muerte,

  • se menciona una “instrucción”,

  • se introduce el nombre en relatos represivos,

  • se utilizan fórmulas narrativas moralizantes,

  • y además se hace desde tribunas académicas, medios nacionales, radio y publicaciones universitarias,

el resultado social ya está producido.

Aunque luego llegue la eterna retirada táctica:

“yo no he dicho exactamente eso”.

La “trilería de las palabras”

Lo verdaderamente significativo del texto sobre Mario Amorós no es sólo el documento citado.

Lo importante es lo que ese documento deja en evidencia respecto al relato mantenido durante años.

Porque si el propio material ahora ensalzado:

  • minimiza la trascendencia de los hechos,

  • recomienda conmutación,

  • y se aleja de cualquier caricatura simplista de “represor sanguinario”,

entonces resulta aún más insostenible el modo en que se ha intentado proyectar públicamente la figura de Antonio Luis Baena Tocón.

Y aquí aparece lo que podría llamarse la “trilería de las palabras”.

No consiste en mentir de forma burda.
Eso sería demasiado fácil de desmontar.

Consiste en algo más sofisticado:

  • mover continuamente el significado,

  • deslizar asociaciones,

  • aprovechar la carga emocional de determinados términos,

  • y después refugiarse en tecnicismos semánticos.

Algo así como:

  • insinuar responsabilidad moral sin asumir la afirmación directa,

  • provocar una lectura pública determinada,

  • y luego esconderse detrás de la literalidad estricta.

Es una técnica muy eficaz.
Especialmente cuando cuenta con amplificación mediática e ideológica.


El problema no es investigar. El problema es construir culpables narrativos

Nadie discute el derecho —ni la necesidad— de investigar la historia.

El verdadero problema aparece cuando la investigación deja paso al molde narrativo.

Y eso es precisamente lo que lleva años ocurriendo.

Porque una cosa es estudiar documentos históricos.
Y otra muy distinta:

  • seleccionar determinados fragmentos,

  • envolverlos en adjetivos moralizantes,

  • contextualizarlos de manera sesgada,

  • y convertir personajes secundarios o administrativos en símbolos de una maquinaria represiva diseñada retrospectivamente.

En el caso de Antonio Luis Baena Tocón, el problema nunca fue la investigación histórica.

El problema fue convertir una función burocrática y subordinada en una pieza narrativa útil para un determinado relato ideológico contemporáneo.

Y eso se hizo:

  • en libros,

  • en entrevistas,

  • en medios,

  • en artículos,

  • y posteriormente en el ecosistema digital y mediático.


Cuando el documento contradice la atmósfera creada

La paradoja del texto de Mario Amorós es precisamente esa:
que el documento celebrado hoy desmonta parcialmente la atmósfera construida durante años.

Porque si los hechos eran considerados de “escasa trascendencia”,
si se recomendaba conmutación,
si el expediente no respondía al esquema simplista que después se popularizó,
entonces muchas de las insinuaciones posteriores empiezan a adquirir otro aspecto.

Y aquí aparece una cuestión incómoda:

¿cuántas personas conservarán en la memoria pública la insinuación inicial…
y cuántas conocerán ahora estas matizaciones?

Porque el daño reputacional siempre circula más rápido que las aclaraciones.

La sospecha se viraliza.
La precisión documental apenas interesa.


El verdadero problema de fondo

Lo más preocupante no es ya una contradicción concreta.

Lo preocupante es un método.

Un modo de construir relatos donde:

  • la insinuación pesa más que la precisión,

  • el marco ideológico pesa más que la proporcionalidad,

  • y la rentabilidad mediática pesa más que el rigor completo.

Por eso este nuevo texto resulta tan revelador.

Porque vuelve a demostrar algo que llevo años denunciando:

que muchas veces no estamos ante afirmaciones históricas sólidas,
sino ante construcciones narrativas cuidadosamente ambiguas,
donde siempre existe una puerta de salida semántica para negar después las consecuencias de lo insinuado.

Y mientras tanto:

  • familias destrozadas,

  • nombres señalados,

  • décadas de honor cuestionadas,

  • y personas obligadas a gastar tiempo, dinero y salud defendiendo algo que jamás debió haberse deformado así.


Conclusión

Quizá el problema no sea únicamente lo que se escribe.

Quizá el verdadero problema sea el modo en que se escribe:
esa permanente capacidad de sugerir sin terminar de asumir,
de dejar caer sin sostener del todo,
de provocar una conclusión pública para después negar haberla formulado.

Pero llega un momento en que los propios documentos terminan chocando con el relato.

Y entonces aparece algo incómodo:
la hemeroteca,
las contradicciones,
y las consecuencias de años jugando con palabras que para otros nunca fueron un juego.

Ficha 8 — CUANDO EL SILENCIO TAMBIÉN SE CONVIERTE EN ACUSACIÓN

 NUEVA SERIE dedicada al análisis de Nos vemos en Chicote (Juan Antonio Ríos Carratalá)

Ficha 8 — Cuando el silencio también se convierte en acusación

Del anonimato administrativo a la interpretación moral retrospectiva



Fragmento analizado

Páginas 175–180 de Nos vemos en Chicote, obra del catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá.

En este tramo del libro, el relato empieza a desplazarse desde:

  • actuaciones documentales concretas,

  • sumarios,

  • informes,

  • y funciones instructoras,

hacia otra cuestión mucho más delicada:
👉 el significado moral del silencio posterior, el anonimato y la ausencia de reconsideración pública de determinados participantes secundarios del aparato represivo franquista.

En estas páginas aparecen expresiones relacionadas con:

  • “la eficacia de las tareas anónimas”,

  • la continuidad vital posterior,

  • y la ausencia de reflexión pública conocida sobre determinadas actuaciones desarrolladas durante la posguerra.




Estrategia discursiva

Aquí el mecanismo narrativo cambia otra vez.

Hasta ahora:

  • aparecían documentos,

  • firmas,

  • sumarios,

  • expedientes,

  • y reconstrucciones de actuaciones concretas.

Ahora el foco empieza a desplazarse hacia algo mucho más difícil de demostrar:
👉 la interpretación moral del silencio.

Es decir:

  • anonimato,

  • discreción,

  • continuidad profesional,

  • ausencia de declaraciones públicas,

  • o falta de testimonios conocidos,

empiezan a adquirir significado político y moral dentro del relato.

Y eso resulta especialmente delicado.

Porque ya no se analizan únicamente:

  • hechos,

  • documentos,

  • ni actuaciones acreditadas.

Ahora empieza a interpretarse:
👉 lo que una persona no dijo,
👉 no escribió,
👉 o no explicó públicamente décadas después.

Porque el lector ya no percibe únicamente:
  • un secretario,
  • un auxiliar,
  • o una figura administrativa subordinada.
Poco a poco empieza a percibir:
👉 un “protagonista”, aunque sea “secundario”, de un aparato represivo más amplio.
Y ahí el lenguaje narrativo empieza a sustituir progresivamente a la precisión funcional y documental.

Puntos discutibles

1. El silencio no equivale automáticamente a adhesión ideológica

Uno de los principales problemas de este tipo de enfoque aparece cuando:

  • ausencia de reflexión pública,

  • discreción posterior,

  • o continuidad vital sin declaraciones conocidas,

se convierten implícitamente en:
👉 prueba moral retrospectiva.

Pero históricamente eso resulta enormemente problemático.

Especialmente en generaciones marcadas por:

  • guerra,

  • miedo,

  • trauma,

  • represión,

  • supervivencia,

  • silencios familiares,

  • y necesidad de reconstruir la vida.

Muchas personas sencillamente:

  • no hablaron,

  • no escribieron memorias,

  • no dieron entrevistas,

  • ni realizaron balances públicos de su pasado.

Y convertir ese silencio en una forma indirecta de confirmación moral resulta historiográficamente muy delicado.


2. El anonimato administrativo como sospecha retrospectiva

En estas páginas aparece también otra idea importante:
👉 la de las “tareas anónimas”.

Y ahí el relato parece sugerir que precisamente el anonimato permitió:

  • diluir responsabilidades,

  • invisibilizar actuaciones,

  • y normalizar determinadas trayectorias posteriores.

Pero aquí vuelve a surgir una cuestión esencial:
👉 una cosa es analizar críticamente el funcionamiento burocrático de un sistema político.

Y otra muy distinta:
👉 transformar retrospectivamente el anonimato administrativo en sospecha moral individual permanente.

Porque miles de personas desarrollaron:

  • funciones subordinadas,

  • tareas burocráticas,

  • destinos administrativos,

  • o actividades auxiliares,

sin dejar posteriormente:

  • escritos ideológicos,

  • testimonios públicos,

  • ni justificaciones retrospectivas.

Y eso, por sí solo, no demuestra automáticamente:

  • identificación doctrinal,

  • falta de conciencia moral,

  • ni continuidad ideológica.


3. El problema de interpretar psicológicamente a personas fallecidas

Aquí aparece además un problema metodológico especialmente serio.

Porque el relato empieza a sugerir:

  • ausencia de reconsideración,

  • falta de reflexión pública,

  • o continuidad silenciosa,

sin que existan realmente:

  • testimonios directos,

  • declaraciones explícitas,

  • diarios personales,

  • memorias,

  • ni manifestaciones ideológicas posteriores conocidas.

Y ahí surge un límite historiográfico importante:
👉 hasta qué punto puede reconstruirse moral o psicológicamente a una persona fallecida a partir de silencios o ausencias documentales.

Porque una cosa es:

  • estudiar documentos reales,

  • actuaciones acreditadas,

  • o estructuras administrativas.

Y otra distinta:
👉 inferir estados morales interiores décadas después.


4. La diferencia entre discreción y ausencia de conciencia moral

Otro aspecto importante es que el texto parece deslizar una identificación implícita entre:

  • discreción posterior,

  • vida profesional silenciosa,

  • y ausencia de revisión moral.

Pero las generaciones de posguerra vivieron frecuentemente bajo:

  • prudencia,

  • silencios familiares,

  • temor,

  • desgaste emocional,

  • y voluntad de reconstrucción vital.

En muchos casos:
👉 no hablar no significaba justificar.

Simplemente significaba:

  • sobrevivir,

  • continuar,

  • proteger a la familia,

  • o intentar dejar atrás determinadas experiencias traumáticas.

Y ese matiz resulta esencial.


5. Del documento al juicio moral retrospectivo

Aquí se aprecia claramente uno de los grandes desplazamientos narrativos del libro.

Antes:

  • documentos,

  • informes,

  • sumarios,

  • actuaciones instructoras.

Ahora:
👉 interpretación moral retrospectiva.

Y ése es precisamente uno de los puntos más delicados de toda la serie.

Porque el problema ya no consiste solamente en:

  • qué hizo exactamente una persona,

  • qué firmó,

  • o dónde intervino documentalmente.

Ahora el relato empieza a sugerir:
👉 qué habría pensado,
👉 cómo habría vivido moralmente aquello,
👉 o qué significaría su posterior silencio.

Y ahí el archivo empieza a dejar paso a la interpretación psicológica.

El paso desde categorías funcionales concretas hacia expresiones de carácter moral o memorialístico transforma progresivamente a la persona histórica en personaje interpretativo del relato.

Observación final

Esta forma de construcción narrativa resulta especialmente relevante dentro del conjunto de Nos vemos en Chicote porque muestra cómo el relato se desplaza progresivamente:

  • desde actuaciones documentales concretas,

  • hacia interpretaciones morales más amplias sobre biografías completas, silencios posteriores y supuestas posiciones interiores de personas ya fallecidas.

Y ahí aparece precisamente uno de los principales puntos de discrepancia crítica respecto al enfoque utilizado por Juan Antonio Ríos Carratalá en relación con Antonio Luis Baena Tocón.




Réplica narrativa

Cuando el silencio empieza a interpretarse como culpabilidad

Hay silencios que nacen del miedo.

Otros:
del cansancio,
de la pérdida,
del trauma,
o simplemente del deseo de continuar viviendo.

Las generaciones que atravesaron:

  • guerra,

  • persecución,

  • exilio,

  • cárceles,

  • hambre,

  • depuración,

  • y reconstrucción posterior,

muchas veces aprendieron precisamente eso:
👉 a callar.

No todos escribieron memorias.

No todos dejaron declaraciones públicas.

No todos quisieron volver constantemente sobre lo vivido.

Y convertir retrospectivamente ese silencio en sospecha moral resulta enormemente delicado.

Porque entonces ya no se interpretan solamente documentos.

Se empiezan a interpretar:

  • ausencias,

  • silencios,

  • y vidas enteras desde fuera.

Antonio Luis Baena Tocón nunca dejó —que se conozca— manifiestos ideológicos, escritos doctrinales ni reivindicaciones públicas de actuaciones represivas.

Pero el relato parece insinuar que su discreción posterior tendría también significado moral.

Y ahí aparece un problema importante.

Porque entre:

  • no hablar
    y

  • justificar,

existe una distancia enorme.

Como también existe una distancia enorme entre:

  • sobrevivir dentro de un contexto histórico complejo
    y

  • identificarse plenamente con todo lo ocurrido en él.

El problema no aparece únicamente cuando se exagera una actuación documental concreta.

También aparece cuando el relato empieza a interpretar retrospectivamente:

  • silencios,

  • ausencias,

  • discreciones

  • y vidas enteras

desde una única clave moral e ideológica.

Y ahí el análisis histórico corre el riesgo de dejar de describir documentos para empezar a reconstruir conciencias.

Quizá uno de los mayores riesgos de ciertos relatos retrospectivos sea precisamente éste:
👉 transformar el silencio en confesión indirecta.

 👉 Y cuando esto ocurre, el análisis histórico deja de apoyarse en documentos para empezar a interpretar conciencias.

martes, 19 de mayo de 2026

Ficha 7 — CUANDO LA ACUMULACIÓN NARRATIVA CREA UNA RESPONSABILIDAD GENERALIZADA

NUEVA SERIE dedicada al análisis de Nos vemos en Chicote (Juan Antonio Ríos Carratalá)

Ficha 7 — Cuando la acumulación narrativa crea una responsabilidad generalizada

Del secretario instructor al personaje omnipresente del relato represivo

 

Fragmento analizado

Página 192 de Nos vemos en Chicote, obra del catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá.

En estas páginas, Juan Antonio Ríos Carratalá sugiere una presencia continuada de Antonio Luis Baena Tocón en numerosos sumarios relacionados con escritores y periodistas represaliados, dentro de un contexto descrito como orientado a:

“garantizar una represión eficaz por su especialización en la gente de pluma”.

Además, el autor menciona a:

“numerosos colegas de Diego San José en su deambular de cárcel en cárcel”,

mientras enlaza distintos procedimientos y nombres de represaliados con:

·      “un juez implacable”,

·      y

·      “un secretario empeñado en buscar las huellas de los delitos”.

A continuación aparecen citados distintos escritores y procedimientos dentro de un relato que transmite al lector una impresión de presencia continuada y estructural de Antonio Luis Baena Tocón en numerosos sumarios represivos.


 

Importancia central de esta ficha

Ésta es probablemente una de las fichas más importantes de toda la serie.

Porque aquí ya no se construye únicamente:

·      una actuación concreta,

·      un informe concreto,

·      o una interpretación concreta.

Aquí empieza a construirse:
👉 una presencia estructural,
👉 reiterada,
👉 extensa,
👉 y casi omnipresente.

Y eso cambia completamente la percepción del lector.

Porque el efecto psicológico ya no es:

“participó en un expediente”.

Ahora el lector empieza a recibir algo mucho más amplio:

·      “intervino en muchos casos”,

·      “participó habitualmente”,

·      “estaba presente en numerosos sumarios”,

·      “formaba parte estable del engranaje represivo”.

Y precisamente ahí aparece uno de los núcleos más delicados del conflicto.

 

Estrategia discursiva

La expresión:

“pasaron por sus manos”

parece aparentemente ambigua e incluso inocente.

Pero narrativamente posee una enorme fuerza.

Porque no delimita:

·      función concreta,

·      competencia real,

·      grado de responsabilidad,

·      capacidad decisoria,

·      ni intervención efectiva en cada procedimiento.

Y precisamente esa ambigüedad permite ampliar enormemente la impresión de implicación.

Porque “pasaron por sus manos” puede significar:

·      mecanografiar,

·      registrar,

·      custodiar,

·      tramitar,

·      ordenar documentación,

·      firmar diligencias,

·      actuar como secretario adscrito,

·      o intervenir materialmente en alguna fase del procedimiento.

Pero el lector medio suele quedarse con la interpretación más fuerte:
👉 participación extensa y activa en numerosos procesos represivos.

Y ahí aparece uno de los grandes mecanismos del libro:
👉 la distancia entre función documental concreta e impresión moral generada.

 

Puntos discutibles

1. La acumulación narrativa como mecanismo de construcción moral

Aquí Juan Antonio Ríos Carratalá utiliza un recurso narrativo especialmente potente:
👉 la acumulación.

No necesita demostrar:

·      autoría de condenas,

·      decisiones personales,

·      ni protagonismo decisorio concreto.

Le basta con:

·      acumular nombres,

·      sumarios,

·      cárceles,

·      expedientes,

·      escritores represaliados,

·      y reiterar la presencia documental de Antonio Luis Baena Tocón.

Así se genera:
👉 sensación de centralidad.

Aunque documentalmente esa centralidad pueda no existir realmente.

Y éste es uno de los aspectos más delicados del relato:
la construcción progresiva de una responsabilidad estructural amplia mediante asociación acumulativa.

 

2. Aclaración esencial sobre los sumarios y la firma de Antonio Luis Baena Tocón

Conviene introducir aquí una precisión importante para evitar simplificaciones.

Antonio Luis Baena Tocón sí actuó como secretario adscrito al juez instructor durante su servicio militar obligatorio en el Juzgado de Prensa, y por ello su firma aparece efectivamente en determinados sumarios durante fase instructora, dentro de las funciones regladas atribuidas al secretario judicial militar.

Eso nunca ha sido negado.

Durante su servicio militar obligatorio tuvo distintos destinos:

·      Policía Militar,

·      Juzgado de Prensa,

·      y posteriormente Auditoría de Marruecos.

En el periodo en que estuvo adscrito al Juzgado de Prensa ejerció funciones de secretario del juez instructor conforme a la normativa y estructura jerárquica vigente.

Por tanto, la existencia de su firma en determinados documentos instructorios no obedecía necesariamente:

·      a iniciativa personal,

·      selección voluntaria de procedimientos,

·      ni especial interés en figuras concretas como Miguel Hernández u otros escritores represaliados (tal y como se ha sugerido),

sino al propio funcionamiento reglado del juzgado militar y a las funciones formalmente atribuidas al secretario instructor.

Pero resulta igualmente esencial precisar algo:
👉 Antonio Luis Baena Tocón jamás formó parte de ningún Consejo de Guerra.

Su intervención se limitó, en los casos donde aparece documentalmente acreditada, a actuaciones instructoras propias de su condición de secretario adscrito al juez instructor durante el servicio militar obligatorio.

Por ello:

·      no integró tribunales,

·      no ejerció funciones decisorias,

·      no participó en deliberaciones,

·      ni tuvo competencia para solicitar, imponer o firmar condenas.

Y esta precisión resulta especialmente importante porque buena parte del relato público posterior difundido en prensa, redes y otros medios terminó trasladando precisamente la impresión contraria.

La cuestión discutida no es la existencia de actuaciones instructoras concretas, sino la ampliación retrospectiva de su supuesta intervención a otros procedimientos donde:

·      no figura su firma,

·      no consta documentalmente su presencia,

·      ni aparece vinculación acreditada en fase instructora.

Y ahí surge precisamente uno de los problemas centrales de esta ficha.

Porque el lector puede terminar recibiendo la impresión de una participación extensa y generalizada en numerosos procedimientos represivos que los propios documentos no sostienen realmente.

Tampoco figura su firma solicitando penas, precisamente porque tales facultades correspondían a órganos y funciones completamente distintos dentro de la estructura judicial militar.

 

3. El problema de los sumarios donde no aparece Antonio Luis Baena Tocón

Aquí surge una cuestión especialmente delicada.

Las investigaciones realizadas posteriormente sobre diversos sumarios mencionados por Juan Antonio Ríos Carratalá muestran diferencias importantes respecto a la impresión general construida en el relato.

Según documentación consultada en el Archivo General e Histórico de Defensa y aportada posteriormente como prueba documental:

·      Virgilio de la Pascua Garrido (Sumarios 6356 y 2717): no figura Antonio Luis Baena Tocón.

·      Alberto Marín Alcalde (Sumario 23830, Legajos 2058 y 3080): no figura Antonio Luis Baena Tocón.

·      Valentín de Pedro:

·      Sumario 13919/Caja 3289,

·      Sumario 15519/Caja 2272,

·      Legajo 2257/Sumario 15119,

·      y causa con segundo apellido Antón (Legajo 4161/Sumario 5791):
no aparece Antonio Luis Baena Tocón ni su firma.

·      Joaquín Dicenta Alonso: tampoco figura su nombre ni su firma.

·      José Robledano Torres: único caso localizado donde sí aparece, exclusivamente como secretario del juez instructor en fase instructora.

Y ésta es precisamente una de las cuestiones centrales de la crítica:
👉 convertir una intervención documental concreta y delimitada en una impresión narrativa de presencia estructural mucho más amplia.

 

4. “Un secretario empeñado en buscar las huellas de los delitos”

Ésta es otra de las expresiones más delicadas del fragmento.

Porque ya no se describe solamente:

·      una función administrativa,

·      una labor burocrática,

·      o una posición subordinada dentro de una estructura instructora.

Ahora aparece:
👉 voluntad,
👉 intención,
👉 empeño personal.

La frase construye psicológicamente la figura de:

·      alguien activamente motivado,

·      ideológicamente comprometido,

·      y personalmente interesado en perseguir.

Pero:

·      ¿dónde se demuestra realmente ese “empeño”?

·      ¿qué documentos prueban motivación personal?

·      ¿qué escritos doctrinales existen?

·      ¿qué decisiones propias acreditan iniciativa autónoma?

El problema es que el relato transforma progresivamente:

·      presencia documental
en

·      intencionalidad moral.

Y ése es precisamente uno de los grandes núcleos del conflicto.

 

5. La diferencia entre secretario instructor y órgano decisorio

Aquí conviene insistir especialmente en algo fundamental.

En estructuras burocrático-militares complejas:

·      aparecer en documentos,

·      intervenir formalmente,

·      o actuar como secretario adscrito,

no equivale automáticamente a:

·      decidir,

·      acusar,

·      condenar,

·      ni dirigir procedimientos represivos.

Las funciones del secretario instructor aparecen además específicamente delimitadas en documentación oficial posterior del propio Ministerio de Defensa.

Y precisamente ahí surge una de las críticas centrales a este tipo de relato:
👉 la tendencia a borrar progresivamente las diferencias entre:

·      función documental,

·      intervención administrativa,

·      y responsabilidad decisoria.

 

6. El problema historiográfico de fondo

Aquí ya no estamos solamente ante:

·      una frase desafortunada,

·      una interpretación discutible,

·      o una exageración narrativa aislada.

Aquí empieza a plantearse una cuestión mucho más seria:
👉 la posible reconstrucción retrospectiva de una centralidad represiva que los propios documentos no sostienen plenamente.

Y eso resulta especialmente delicado cuando:

·      las afirmaciones se mantienen durante años,

·      se reeditan,

·      se reproducen públicamente,

·      pasan a prensa,

·      llegan a Wikipedia,

·      y terminan consolidándose como “verdad histórica” sin rectificación posterior.

Porque entonces el problema deja de ser solamente interpretativo.

Pasa a convertirse en:
👉 construcción pública de una imagen histórica posiblemente distorsionada.

 

7. La firma documental no implica selección personal de los casos

Otro aspecto importante que el relato apenas matiza es que la presencia de la firma de Antonio Luis Baena Tocón en determinados documentos no puede interpretarse automáticamente como resultado de una implicación personal voluntaria, selectiva o ideológicamente motivada respecto a figuras concretas como Miguel Hernández u otros escritores represaliados.

Antonio Luis Baena Tocón actuaba como secretario adscrito al juez instructor dentro de una estructura jerárquica sometida a normas de funcionamiento determinadas.

Por tanto, la aparición de su firma en diligencias, informes o actuaciones concretas respondía al propio funcionamiento ordinario del juzgado militar y a las funciones formalmente atribuidas al secretario instructor, no necesariamente a:

·      iniciativa propia,

·      selección de procedimientos,

·      interés personal,

·      ni voluntad específica de intervenir contra determinadas personas.

Y éste es un matiz fundamental.

Porque el relato puede inducir al lector a interpretar que la presencia documental en sumarios especialmente simbólicos obedecía a una especie de implicación singular o empeño personal, cuando en realidad las funciones del secretario venían determinadas por la estructura burocrática y procesal existente.

La diferencia entre:

·      cumplir funciones regladas dentro de un órgano instructor,
y

·      dirigir voluntariamente una persecución ideológica,

resulta esencial desde el punto de vista histórico y jurídico.

 

Réplica narrativa

Cuando el relato amplía lo que los documentos no demuestran

Hay una forma muy eficaz de construir centralidad histórica.

No hace falta demostrar:

·      órdenes firmadas,

·      condenas dictadas,

·      decisiones personales,

·      ni protagonismo directo.

Basta con repetir un nombre.

Una vez.
Y otra.
Y otra más.

Entre sumarios,
cárceles,
represaliados,
escritores perseguidos,
y procedimientos dramáticos.

Entonces el lector empieza a percibir algo:
👉 que aquella persona estaba en todas partes.

Ése es el verdadero mecanismo.

La acumulación narrativa termina produciendo una impresión de responsabilidad estructural mucho mayor que la realmente demostrada documentalmente.

Y quizá ahí aparezca uno de los problemas más delicados de todo este caso.

Porque Antonio Luis Baena Tocón sí actuó como secretario adscrito al juez instructor en determinados procedimientos durante su servicio militar obligatorio.

Eso nunca ha sido negado.

Y precisamente por ello su firma aparece en algunos sumarios durante fase instructora, dentro de las funciones regladas atribuidas al secretario judicial militar.

Pero esa realidad documental concreta no puede transformarse retrospectivamente en otra completamente distinta.

Porque Antonio Luis Baena Tocón:

·      jamás formó parte de ningún Consejo de Guerra,

·      no integró tribunales,

·      no participó en deliberaciones,

·      no ejerció funciones decisorias,

·      ni tuvo competencia para solicitar o imponer penas.

Lo discutido aquí no es la existencia de determinadas actuaciones instructoras documentadas.

Lo discutido es otra cosa:
👉 la ampliación retrospectiva de esa presencia a sumarios donde ni siquiera figura documentalmente,
y la transformación progresiva de funciones burocrático-instructoras subordinadas en una imagen de implicación represiva estructural mucho más amplia.

Y ahí el problema deja de ser una simple interpretación.

Porque algunos de los procedimientos citados no contienen:

·      su nombre,

·      su firma,

·      ni intervención acreditada alguna.

Sin embargo, el relato sigue ampliando retrospectivamente su presencia.

Poco a poco:

·      el secretario adscrito,

·      el funcionario subordinado,

·      el hombre situado dentro de una estructura jerárquica,

desaparece.

Y en su lugar surge otra figura:
👉 el secretario “empeñado” en perseguir delitos.

Pero entre:

·      tramitar documentos en fase instructora
y

·      participar en decisiones condenatorias

existe una distancia enorme.

Y cuando esa distancia desaparece, el riesgo ya no es solo literario.

Es historiográfico.

Porque entonces el relato empieza a ocupar el lugar del archivo.

 Y sin embargo, el efecto acumulativo del relato termina acercando progresivamente al lector precisamente a esa impresión:
la de alguien vinculado directamente a condenas, consejos de guerra y decisiones represivas que documentalmente nunca formaron parte de sus competencias reales.  

 

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