miércoles, 2 de septiembre de 2026

Rectificar sin reescribir

 

Diez años y tres ediciones de Nos vemos en Chicote



Jueves 3 de septiembre de 2026

Rectificar forma parte de cualquier investigación. Aparecen nuevos documentos, se localizan expedientes que antes no habían sido consultados, se contrastan datos y algunas hipótesis dejan de sostenerse o necesitan ser matizadas.

El problema no está, por tanto, en rectificar.

La pregunta es qué ocurre después con lo que ya quedó escrito.

Nos vemos en Chicote, de Juan Antonio Ríos Carratalá, apareció en 2015. Una segunda edición fue publicada en 2019 y una tercera en 2025. Diez años separan la primera de la última.

Durante esos diez años cambiaron muchas cosas. Pero no sólo cambió la documentación disponible. Cambió también la documentación conocida por quienes participábamos en la controversia.

Parte de esa documentación no había sido considerada en la primera edición. Otra fue localizada posteriormente por el propio autor. Y otra fue puesta a su alcance a través de la web dedicada a Antonio Luis Baena Tocón y, más tarde, mediante la documentación incorporada a los procedimientos judiciales.

Buena parte de esa búsqueda documental la emprendí yo. No soy historiador ni investigador profesional. Soy un hijo que conoció suficientemente la trayectoria de su padre como para advertir que algunas de las cosas que estaba leyendo no coincidían con lo que sabía de su vida. Eso me obligó a buscar documentos, acudir a archivos y contrastar afirmaciones que otros habían dado por buenas.

Y aquella búsqueda fue abriendo nuevas preguntas.

Si se sostiene, por ejemplo, que determinados destinos profesionales fueron beneficios obtenidos como consecuencia de una actividad represiva anterior, parece razonable comprobar cuáles eran los requisitos legales para ocuparlos, cómo se proveyeron aquellas plazas y qué méritos fueron valorados. No es una cuestión accesoria: forma parte de la comprobación de la propia hipótesis.

Paralelamente, las afirmaciones publicadas sobre Antonio Luis Baena Tocón alcanzaron una considerable difusión. La discrepancia documental que yo intentaba plantear estuvo muy lejos de alcanzar una difusión comparable. La controversia terminó llegando también a los tribunales.

Durante esos años, Ríos Carratalá revisó algunos aspectos de la biografía de Antonio Luis Baena Tocón y publicó rectificaciones y ampliaciones en su blog y en trabajos depositados en el Repositorio de la Universidad de Alicante.

Las rectificaciones existieron. Sería incorrecto negarlo.

Pero su existencia plantea otra cuestión:

¿tuvo la rectificación una difusión comparable a aquello que se rectificaba?

Las afirmaciones originales habían circulado durante años no sólo mediante libros, sino también a través de entrevistas y distintos medios de comunicación. Las posteriores precisiones quedaron dispersas entre entradas de un blog, trabajos depositados en un repositorio y, finalmente, una nota de la tercera edición que remitía a ellos.

Y ahí comienza el problema que me interesa en esta entrada.

Una nota que reconoce «algunas inexactitudes»

La tercera edición de Nos vemos en Chicote incorpora una nota que no aparecía en las anteriores.

Es la nota 10.

En ella, Ríos Carratalá escribe:

«La información contenida en este apartado biográfico incluye algunas inexactitudes que he rectificado, al tiempo que he ampliado la información sobre el alférez Baena Tocón [...]».

A continuación remite a tres entradas de su blog Varietés y República, de 23 de enero de 2021, 3 de noviembre de 2024 y 8 de diciembre de 2024; y a dos artículos depositados en el Repositorio de la Universidad de Alicante, fechados el 17 de octubre y el 8 de noviembre de 2024.[1]

La misma nota explica que esa información sería la base del capítulo dedicado al oficial en el tercer volumen de la trilogía que el autor preparaba «en colaboración con la Universidad de Alicante y Renacimiento» y remite, finalmente, a mi web para «una visión contrapuesta acerca del alférez».[1]

Reconocer una inexactitud y proporcionar información posterior no constituye, en sí mismo, ningún problema.

La cuestión aparece cuando volvemos al cuerpo del libro.

Los dos ejemplos que siguen no pretenden agotar las discrepancias documentales que he venido planteando durante estos años. Hay otras y algunas merecen ser examinadas separadamente. Elijo estas dos porque permiten observar con especial claridad qué ocurrió entre la primera y la tercera edición.

Primer ejemplo: unos exámenes de 1939

En la edición de 2015 puede leerse, refiriéndose a Antonio Luis Baena Tocón:

«ningún documento conservado en los archivos públicos prueba que realizara uno de los exámenes patrióticos de 1939 para completar la licenciatura de Derecho y obtener así su plaza por la misma vía patriótica».

Inmediatamente después, el propio autor advierte:

«La lógica del observador no permite avanzar más allá de la suposición».[2]

He colocado mis tres ejemplares uno junto al otro y he cotejado personalmente el pasaje.

2015: igual.
2019: igual.
2025: igual.

Pero antes incluso de preguntarnos si existe un documento que pruebe aquellos hipotéticos exámenes de 1939, cabe una pregunta anterior:

¿Qué documento o indicio hacía necesario suponer que Baena Tocón necesitaba en 1939 «completar» la licenciatura de Derecho?

Su expediente académico recoge las asignaturas, cursos y calificaciones correspondientes a sus estudios de Derecho, incluidas materias del curso 1935-1936.[3]

No se trata, además, de un documento incorporado recientemente a nuestra discusión. El expediente académico figuraba ya como Documento 32 entre la documentación relacionada en la demanda de julio de 2020, donde se identificaba como «Expediente académico de Antonio Luis Baena Tocón como licenciado en Derecho y habilitación para el ejercicio de la abogacía».[4]

La investigación posterior del propio Ríos Carratalá fue modificando, además, el escenario que había presentado en 2015.

El 31 de mayo de 2020 publicó una entrada dedicada expresamente a la web sobre Antonio Luis Baena Tocón y manifestó haberla leído.[5]

En enero de 2021 publicó nuevas precisiones relacionadas con la cuestión y el 8 de diciembre de 2024 volvió expresamente sobre el expediente académico.[6]

Para entonces su planteamiento era considerablemente más complejo que la hipótesis que seguía impresa desde 2015.

En aquella entrada de diciembre de 2024 contemplaba expresamente la terminación de los estudios en junio de 1936 y afirmaba que la posibilidad académica utilizada para ello era «perfectamente legal».[7] Al mismo tiempo planteaba otras dudas derivadas de determinados registros de matrícula que había consultado.

Esas dudas posteriores deben mencionarse porque forman parte de la posición del autor.

Pero una duda, como cualquier afirmación, necesita una base documental que permita sostenerla.

El expediente académico no es una reconstrucción familiar de los estudios de Antonio Luis Baena Tocón. Es documentación académica oficial en la que constan asignaturas, cursos y calificaciones.

Si se cuestiona aquello que certifica, la cuestión ya no consiste simplemente en señalar que existe una duda, sino en determinar qué prueba permite desvirtuar el contenido del propio expediente.

En cualquier caso, hay algo mucho más sencillo de comprobar.

En diciembre de 2024 la explicación pública del propio autor acerca del expediente académico ya era diferente y considerablemente más compleja que aquella suposición de 2015 sobre unos posibles «exámenes patrióticos de 1939 para completar la licenciatura».

Pocos meses después apareció la tercera edición.

El párrafo permanecía intacto.

Segundo ejemplo: «Todos pasaron por las manos»

En otro momento del libro, al hablar del Juzgado Especial de Prensa, Nos vemos en Chicote enumera a varios periodistas y escritores:

«Valentín de Pedro, Virgilio de la Pascua Garrido, José Robledano Torres, Alberto Marín Alcaide, Joaquín Dicenta Alonso…»

Y añade:

«Todos pasaron por las manos de un juez implacable y un secretario empeñado en buscar las huellas de los delitos en la Hemeroteca Municipal de Madrid».[8]

También he cotejado este pasaje en los tres ejemplares.

2015: igual.
2019: igual.
2025: igual.

Aquí tenemos una ventaja documental: ese «Todos» puede someterse a comprobación.

Los procedimientos correspondientes a los cinco nombres expresamente citados antes de los puntos suspensivos fueron localizados y examinados.

Antonio Luis Baena Tocón aparece en el procedimiento de José Robledano Torres, donde interviene como secretario del juez instructor durante la fase de instrucción.

Sin embargo, en los procedimientos localizados correspondientes a Valentín de Pedro, Virgilio de la Pascua Garrido, Alberto Marín Alcaide y Joaquín Dicenta Alonso no aparece su nombre, firma o intervención documental.[9]

No se trata tampoco de una objeción surgida después de publicarse la tercera edición.

La identificación de esos procedimientos figuraba ya como Documento 35 entre la documentación aportada con la demanda de julio de 2020. En la relación documental de la propia demanda aparece descrito como «Identificación de expedientes de personas procesadas tras la Guerra Civil».[10]

Por tanto, la discrepancia documental sobre aquel «Todos» había sido planteada años antes de la edición de 2025.

No necesito calificar el resultado.

Prefiero formular una pregunta:

¿Qué alcance documental puede tener entonces ese «Todos»?

Los puntos suspensivos tampoco son irrelevantes. Los cinco nombres no aparecen como una relación cerrada, sino como ejemplos de un conjunto aparentemente mayor.

Pero de los cinco que el propio libro permite identificar y comprobar, la documentación examinada sólo permite constatar la intervención de Baena Tocón en uno.

Y, pese a ello, el pasaje seguía diciendo exactamente lo mismo en 2025.

La rectificación estaba fuera; el texto permanecía dentro

Aquí está la peculiaridad que me interesa.

La tercera edición no oculta que había problemas en la información anterior.

Su nota 10 reconoce «algunas inexactitudes». El autor remite a entradas de su blog y a trabajos depositados en el Repositorio de la Universidad de Alicante donde había rectificado o ampliado información.[1]

Por tanto, repito: sería incorrecto afirmar que nunca rectificó.

Hubo rectificaciones y ampliaciones.

Pero determinados pasajes permanecieron palabra por palabra en el cuerpo de la tercera edición.

La rectificación podía encontrarse en una nota, en un blog o en un repositorio.

El texto original continuaba en el libro.

Y esto plantea una cuestión que va mucho más allá de Antonio Luis Baena Tocón o de Juan Antonio Ríos Carratalá.

¿Dónde debe quedar una rectificación?

Un investigador puede equivocarse.

Un archivo puede proporcionar mañana el documento que ayer no conocíamos. Una hipótesis razonable puede dejar de serlo. Un dato nuevo puede obligarnos a modificar una conclusión anterior.

Nada de eso desacredita por sí mismo una investigación.

Reconocerlo puede ser precisamente una muestra de rigor.

Pero cuando existe la oportunidad de publicar una nueva edición aparece una responsabilidad distinta:

¿qué hacemos con las palabras mediante las cuales aquella afirmación llegó originalmente a los lectores?

¿Basta con conservarlas y remitir mediante una nota a las rectificaciones publicadas en otros lugares?

¿Debe el lector abandonar el libro, buscar una entrada de blog, localizar un trabajo en un repositorio y reconstruir por sí mismo qué parte de lo que acaba de leer sigue sosteniendo el autor y qué parte considera ahora inexacta?

No pretendo responder por todos.

Puedo explicar lo que he encontrado al colocar las tres ediciones una junto a otra.

En estos dos ejemplos concretos, diez años separan la primera edición de la tercera.

Cambió la documentación disponible.

Cambió también la documentación conocida.

Cambió la investigación posterior.

Cambió, en algunos aspectos, la explicación pública del propio autor.

Y apareció una nota reconociendo «algunas inexactitudes».

Pero aquellas palabras permanecieron.

Quizá rectificar no consista únicamente en dejar constancia, en algún otro lugar, de que ahora sabemos algo diferente.

Tal vez también exija volver al lugar donde dejamos escrito aquello que necesita ser corregido o matizado.

Porque una rectificación no sólo plantea la cuestión de qué se corrige.

Plantea también dónde se corrige.

Y, cuando la afirmación original alcanzó una amplia difusión, queda todavía una tercera pregunta:

¿llega alguna vez la rectificación hasta quienes recibieron la afirmación original?



Notas y referencias

[1] Juan Antonio Ríos Carratalá, Nos vemos en Chicote, 3.ª ed., 2025, p. 151, nota 10. La nota señala que el apartado biográfico incluye «algunas inexactitudes que he rectificado» y remite a entradas de Varietés y República de 23-I-2021, 3-XI-2024 y 8-XII-2024, y a los artículos «Aportaciones para la biografía del alférez Baena Tocón» (17-X-2024) y «Datos para la trayectoria del alférez Baena Tocón» (8-XI-2024), depositados en el Repositorio de la Universidad de Alicante. Añade que esa información constituye la base del capítulo que preparaba en colaboración con la Universidad de Alicante y Renacimiento y remite a antonioluisbaenatocon.es como «visión contrapuesta». Transcripción cotejada directamente con el ejemplar de la tercera edición.

[2] Juan Antonio Ríos Carratalá, Nos vemos en Chicote, 1.ª ed., 2015, pp. 151-153. Pasaje cotejado directamente con las ediciones de 2019 y 2025.

[3] Expediente académico de Antonio Luis Baena Tocón, Universidad de Madrid, Facultad de Derecho, «Expediente Académico para la expedición del Título Provisional de Licenciado». La relación académica contiene las asignaturas, cursos y calificaciones, incluidas materias correspondientes al curso 1935-1936.

[4] Demanda judicial fechada en Jerez de la Frontera el 22 de julio de 2020, relación de documentos: «DOC 32 Expediente académico de Antonio Luis Baena Tocón como licenciado en Derecho y habilitación para el ejercicio de la abogacía».

[5] Juan Antonio Ríos Carratalá, «Una web dedicada a la reivindicación de Antonio Luis Baena Tocón», Varietés y República, 31 de mayo de 2020.

[6] Véanse las referencias del propio autor recogidas posteriormente en la nota 10 de la tercera edición: entrada de Varietés y República de 23 de enero de 2021 y posteriores publicaciones de 2024.

[7] Juan Antonio Ríos Carratalá, «El expediente académico del alférez Baena Tocón», Varietés y República, 8 de diciembre de 2024: «Para terminarlos en junio de 1936 debió hacer caso omiso de la distribución prevista por el plan. La posibilidad es perfectamente legal». El autor plantea a continuación otras dudas relacionadas con determinados registros de matrícula.

[8] Juan Antonio Ríos Carratalá, Nos vemos en Chicote, 1.ª ed., 2015, p. 192. Pasaje cotejado directamente en las ediciones de 2015, 2019 y 2025.

[9] Archivo General e Histórico de Defensa, procedimientos judiciales incoados por la Justicia Militar. Referencias localizadas y examinadas:
Valentín de Pedro: Sumario 13919, Caja 3289, n.º 3; Sumario 15519, Caja 2272, n.º 10; Legajo 2257, Sumario 15119. Consta además Valentín de Pedro Antón, Sumario 5791, Legajo 4161.
Virgilio de la Pascua Garrido: Sumario 6356, Caja 1284, n.º 3; Sumario 2717.
José Robledano Torres: Sumario 33584, Legajo 4555. En este procedimiento consta la intervención de Antonio Luis Baena Tocón como secretario del juez instructor durante la instrucción.
Alberto Marín Alcaide: Sumario 23830, Legajos 2058 y 3080.
Joaquín Dicenta Alonso: Sumario 13149, Legajo 4595.

[10] Demanda judicial fechada en Jerez de la Frontera el 22 de julio de 2020, relación de documentos: «DOC 35 Identificación de expedientes de personas procesadas tras la Guerra Civil». La fecha consta al pie del escrito, firmado por la letrada María Mar Uriarte Baena y la procuradora María Dolores Reinoso Álvarez.

domingo, 30 de agosto de 2026

Cuando el problema ya no es el documento, sino lo que hacemos con él

 

Los documentos hablan. Pero no siempre dicen todo lo que queremos hacerles decir.




Domingo 30 de agosto de 2026

Durante mucho tiempo pensé que muchas discusiones sobre el pasado podían resolverse de una manera relativamente sencilla: buscando documentos.

Si alguien afirmaba que una persona había estudiado una carrera, habría que acudir a su expediente académico. Si se discutía cómo había accedido a un determinado puesto, habría que buscar el nombramiento, la convocatoria o el expediente correspondiente. Si se le atribuía una actuación concreta, habría que localizar el documento que permitiera acreditarla.

Parecía sencillo.

Con los años he aprendido que no lo es.

Porque a veces el verdadero problema comienza precisamente cuando aparece el documento.

Un documento puede acreditar una fecha, una firma, un nombramiento, un destino, una calificación, una declaración o una resolución. Pero entre lo que ese documento demuestra y la historia que después construimos a partir de él puede existir una distancia considerable.¹

Una firma demuestra, en principio, que alguien firmó.

No demuestra por sí sola que decidiera aquello que aparece en el documento, que estuviera de acuerdo con su contenido, que tuviera capacidad para modificarlo o que fuera responsable de las consecuencias posteriores.

Un nombramiento demuestra que alguien fue nombrado.

No explica necesariamente por qué lo fue.

Una ausencia documental tampoco demuestra automáticamente que un hecho nunca sucediera.

Y un dato biográfico verdadero no explica una vida entera por el simple hecho de formar parte de ella.

Ahí empieza una cuestión que me interesa cada vez más: ¿dónde termina el documento y dónde comienza nuestra interpretación?

No es una pregunta reservada a los historiadores. Nos afecta a todos los que alguna vez contamos lo sucedido.

También a los periodistas.

A los jueces y abogados.

A quienes escribimos en un blog.

Y, por supuesto, a quienes intentamos reconstruir nuestra propia memoria familiar.

Por eso quiero que ésta sea una regla de este espacio: distinguir siempre que sea posible entre lo que está documentado, lo que constituye una interpretación y lo que es simplemente una opinión personal.

No siempre será fácil.

Habrá documentos incompletos. Archivos donde falten expedientes. Testimonios que habrá que contrastar. Recuerdos personales que no puedan convertirse en pruebas. Libros que digan una cosa y documentos que parezcan decir otra. Afirmaciones que hayan cambiado con el paso de los años y otras que, pese a los documentos aparecidos después, permanezcan prácticamente inalteradas.

Habrá también errores.

Los míos incluidos.

Y si encontramos alguno, habrá que corregirlo.

Porque rectificar no debilita una investigación. Lo que la debilita es mantener una afirmación después de saber que las pruebas ya no permiten sostenerla.

Este blog hablará de todo eso.

De documentos y de archivos. De libros y de artículos periodísticos. De procedimientos judiciales y sentencias. De afirmaciones y rectificaciones. De contradicciones. De documentos encontrados y de otros que quizá se hayan perdido para siempre.

Pero también hablará de memoria.

Porque detrás de muchos de esos papeles hubo personas.²

Algunas ya no pueden explicar por qué hicieron algo, qué pensaban, qué temían o qué ocurrió realmente aquel día. Y precisamente por eso quienes hablamos después sobre sus vidas tenemos una responsabilidad especial: no pedir a los documentos que digan más de lo que realmente dicen.

Habrá ocasiones en que las pruebas permitan llegar muy lejos.

Otras en que sólo permitan formular una hipótesis.³

Y algunas en que la respuesta más rigurosa será simplemente:

no lo sabemos.

No me parece una derrota.

A veces, reconocer hasta dónde sabemos es la mejor manera de acercarnos a la verdad.

Porque quizá el problema no esté siempre en los documentos.

Quizá empiece cuando decidimos qué queremos hacer con ellos.



Notas y referencias

1. CARR, Edward Hallett: ¿Qué es la historia? (What Is History?), especialmente el capítulo I, «El historiador y los hechos». Carr aborda en esta obra la relación entre los hechos y la selección e interpretación que realiza el historiador, poniendo en cuestión la idea de que los hechos históricos lleguen hasta nosotros desprovistos de esa mediación.

2. BLOCH, Marc: Apología para la historia o el oficio de historiador (The Historian's Craft). Bloch recuerda que detrás de los paisajes, los instrumentos, las instituciones e incluso de los documentos escritos más formalizados se encuentran seres humanos, verdadero objeto último de la investigación histórica.

3. GINZBURG, Carlo: Clues, Myths, and the Historical Method, especialmente «Clues: Roots of an Evidential Paradigm» («Indicios: raíces de un paradigma indiciario»). Ginzburg estudia las posibilidades de un conocimiento histórico construido mediante indicios, huellas y rastros, así como las inferencias que esas evidencias permiten formular.

viernes, 21 de agosto de 2026

HE ESTADO CALLADO AQUÍ PORQUE HE ESTADO TRABAJANDO

 



Viernes, 21 de agosto de 2026


Desde el pasado 10 de julio esta página ha permanecido en silencio.

Algunas personas me han preguntado si había dejado de publicar, si el trabajo había terminado o, sencillamente, si había decidido abandonar un asunto al que durante bastante tiempo he dedicado muchas horas.

No ha sido así.

He estado callado aquí porque he estado trabajando.

A veces publicar menos es la consecuencia inevitable de querer comprobar más. Durante estas semanas he vuelto sobre documentos que ya conocía, he localizado otros, he ordenado expedientes, contrastado fechas, revisado afirmaciones y confrontado lo escrito con aquello que realmente dicen las fuentes.

Y todo eso requiere tiempo.

Cuanto más avanzo en este trabajo, más convencido estoy de algo que puede parecer elemental: cuando se escribe sobre la vida de una persona, y especialmente cuando se formulan afirmaciones que pueden afectar a su memoria y a su consideración pública, no basta con que una interpretación resulte posible, sugestiva o incluso verosímil. Hay que preguntarse también en qué documentos se apoya, qué dicen exactamente esos documentos y hasta dónde permiten llegar.

Precisamente por eso he preferido no publicar por publicar.

En estas semanas han pasado por mis manos expedientes administrativos, documentación militar, disposiciones legales, publicaciones, testimonios y otros materiales que era necesario ordenar antes de sacar conclusiones. Algunos confirman cosas que ya conocíamos. Otros obligan a introducir matices. Y algunos plantean preguntas que merecen ser examinadas con bastante más detenimiento del que permite una publicación apresurada.

No pretendo que quien lea estas páginas acepte mis conclusiones porque yo las afirme. Sería incurrir precisamente en aquello que tantas veces he criticado.

Mi propósito es otro: mostrar los documentos, explicar el razonamiento y permitir que cada cual pueda juzgar por sí mismo.

Por eso, en las próximas semanas esta página volverá a tener actividad. Iré publicando, sin prisas pero sin pausas, algunos de los resultados de este trabajo. No necesariamente siguiendo el orden en que fueron apareciendo las distintas afirmaciones, sino aquel que permita comprender mejor qué sabemos, cómo lo sabemos y, sobre todo, qué podemos afirmar legítimamente a partir de las fuentes disponibles.

Habrá documentos. Habrá preguntas. Habrá también rectificaciones cuando sean necesarias, porque ninguna investigación seria debería temerlas.

Y habrá algo que procuraré mantener siempre: distinguir entre lo que consta, lo que puede razonablemente deducirse y lo que pertenece ya al terreno de la interpretación.

Después de estas semanas de silencio, quizá ésta sea la mejor manera de volver.

No anunciando conclusiones.

Empezando, una vez más, por los documentos.

viernes, 10 de julio de 2026

ESTAMPA 13: LA SONRISA DE LA CALVICIE

 

ESTAMPA 13: La sonrisa de la calvicie

Serie: Mi padre, sin etiquetas.

“Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona nunca cabe dentro de una etiqueta”.



Yo estaba preparando las oposiciones de Magisterio.

Como tantos opositores, había días en que el cansancio y la incertidumbre pesaban más que los libros. Además, empezaban a aparecerme unas entradas en el cabello, siendo muy joven. Mi padre debió de darse cuenta. Se acercó despacio.

Me miró fijamente. Sonrió.

Y, con toda naturalidad, me dijo:

—Hijo, tú eres muy joven. Hoy en día hay muchos remedios para el cabello. Ve al dermatólogo. Porque yo me quedé calvo muy joven.

Volvió a sonreír. Y no añadió una sola palabra más.

La conversación terminó allí. Yo nunca le pregunté por qué. Ni él sintió la necesidad de explicarlo.

Durante muchos años pensé que aquella calvicie era simplemente una cuestión de herencia o de mala suerte.

No le di más importancia.

Hasta que, mucho tiempo después de su muerte, mientras intentaba reconstruir la verdadera historia de mi padre entre documentos, archivos y recuerdos familiares, apareció una confidencia que me dejó profundamente impresionado.

Una de mis primas me contó algo que había oído muchas veces en casa.

Mi abuela y también una hermana de mi padre, repetían con tristeza la misma frase:

—¡Qué pena de mi hijo!... - ¡Qué penita de mi hermano!... ¡Con el pelo tan bonito que tenía!

Entonces supe lo que nunca él me había contado.

En 1939, después del asesinato de mi abuelo, mi padre tuvo que acudir a recuperar sus restos de la fosa común donde habían sido arrojados, junto a los de otros desgraciados.

El cuerpo estaba ya en avanzado estado de descomposición. Lo reconoció por la ropa que llevaba. Después pudo darle cristiana sepultura.

Aquél fue uno de los últimos deberes que cumplió con su padre antes de incorporarse al servicio militar que todavía tenía pendiente.

Según recordaban su madre y sus hermanas, la impresión fue tan enorme que comenzó a perder el pelo a mechones.

No sé si la medicina puede explicar con exactitud lo que ocurrió.

Lo que sí sé es que ellas nunca olvidaron aquel episodio.

Y él nunca habló de él.

Entonces comprendí también aquella conversación que habíamos tenido años atrás.

Cuando me animó a visitar a un dermatólogo no estaba hablando de sí mismo.

Estaba intentando evitar que yo me preocupara por algo que para él ya carecía de importancia.

Me regaló una sonrisa.

Y escondió detrás de ella una de las heridas más profundas de su juventud.

Nunca utilizó aquel sufrimiento para despertar compasión.

Nunca lo convirtió en un argumento.

Nunca buscó que nadie sintiera lástima por él.

Simplemente siguió viviendo.

Con una serenidad que sólo muchos años después fui capaz de entender.

Hoy, cuando recuerdo aquella conversación, ya no veo únicamente a un padre bromeando sobre su calvicie.

Veo a un hijo que había aprendido a convivir con un dolor inmenso sin permitir que ese dolor definiera toda su vida, ni afectara a la de los demás..

Y comprendo que la mayor herencia que recibí de él no fue una forma de peinarse.

Fue una forma de afrontar las cicatrices.

Con dignidad.

Con serenidad.

Y, siempre que fuera posible...

Con una sonrisa.

ESTAMPA 12: EL BOCADILLO COMPARTIDO

 

ESTAMPA 12: El bocadillo compartido

Serie: Mi padre, sin etiquetas.

“Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona nunca cabe dentro de una etiqueta”.



 

Hay historias de amor que comienzan con un ramo de flores. Otras, con una carta.

La de mis padres, al menos en mi memoria, siempre comenzará con un bocadillo.

Mi madre me hizo un día una confidencia que jamás he olvidado. No lo hizo para engrandecer a mi padre. Ni para despertar compasión.

Lo contó casi con pudor, como si todavía le costara recordar aquellos años de necesidad.

La guerra había terminado. Pero la paz tardó mucho en llegar a muchas familias. La de mi madre era una de ellas.

Antes de la guerra habían conocido una situación económica desahogada.

Después, siendo la mayor de diez hermanos, tuvo que dejar los estudios y ponerse a trabajar para ayudar en casa.

Cada mañana recorría andando buena parte de Sevilla. Lo hacía con unas alpargatas para no desgastar los zapatos que llevaba en una bolsa. Poco antes de llegar al trabajo se cambiaba de calzado. No era cuestión de aparentar. Era cuestión de conservar lo poco que se tenía y, al mismo tiempo, presentarse con la dignidad que ella siempre procuró mantener. Ese detalle, aparentemente insignificante, siempre me ha impresionado más que cualquier discurso sobre la posguerra.

Fue entonces cuando conoció a mi padre. Ella trabajaba como secretaria. Él era su responsable. Al principio le imponía mucho respeto, porque en cierta manera lo veía serio. Exigente.

Llegaba a casa preocupada y se lo contaba a mi abuela.

Mi abuela, con la serenidad de quien había visto ya demasiadas cosas, le respondía siempre lo mismo:

—Si cumples con tu trabajo, no tendrás ningún problema.

Y no se equivocó.

Lo que mi madre descubrió con el tiempo fue algo muy distinto.

Descubrió a un hombre exigente consigo mismo, pero profundamente humano con los demás.

Hay un detalle que nunca olvidó.

Algunos días ella no llevaba nada para comer. Simplemente no había.

Entonces mi padre abría el envoltorio de su propio bocadillo y lo compartía con ella. Nunca convirtió aquel gesto en algo extraordinario. Ni esperaba agradecimientos. Ni volvió a mencionarlo. Era algo tan natural para él que probablemente ni siquiera pensó que pudiera ser recordado.

Lo que mi madre tampoco sabía entonces era que mi padre tampoco vivía una situación cómoda.

Después del asesinato de su padre, del refugio, del exilio y del regreso, tampoco tenía una casa propia.

Mi padre tampoco tenía entonces una casa propia. Tras el asesinato de su padre, el refugio, el exilio y el regreso, toda la familia había encontrado amparo en la casa de una hermana de mi abuelo, mi tía Antonia. Hoy siguen viviendo en aquella casa descendientes de personas que estuvieron al amparo de la madrina de mi padre. Aquella mujer abrió las puertas de su hogar para acoger no sólo a los suyos, sino también a otras familias que intentaban reconstruir una vida hecha pedazos. Bajo aquel techo comenzaron, poco a poco, a convertirse en una sola familia.

Los dos estaban intentando empezar de nuevo. Los dos conocían perfectamente lo que significaba salir adelante con muy poco.

Quizá por eso aquel bocadillo tenía un valor que hoy resulta difícil explicar. No era compartir lo que sobraba. Era compartir lo que también hacía falta.

Con el tiempo, mi madre consiguió una humilde vivienda protegida para su familia en las afueras de Sevilla. Aquella casa no representaba un privilegio. Representaba la posibilidad de empezar de nuevo.

Cuando años después escucho hablar con ligereza de supuestos privilegios, recompensas o vidas acomodadas, mi memoria viaja inevitablemente hasta aquella escena.

Una muchacha que caminaba con alpargatas para no gastar los zapatos.

Un joven que tampoco tenía casa propia y compartía el único bocadillo que llevaba para toda la jornada.

Y dos personas que, sin saberlo todavía, estaban comenzando la familia de la que un día naceríamos nosotros.

Con los años comprendí que el verdadero valor de aquel bocadillo no estaba en el pan. Ni en el embutido. Estaba en la forma de entender la vida.

Mi padre nunca compartió porque le sobraran las cosas. Compartía porque sabía muy bien lo que era necesitar. Compartía porque conocía el precio de cada una de ellas.

Y quizá por eso nunca dejó de hacerlo. Lo hizo con mi madre. Lo hizo después con sus hijos. Y lo hizo también con otras personas a las que la vida colocó en situaciones difíciles, sin pedir nunca nada a cambio y sin contarlo jamás.

Hay gestos que cambian una vida.

Y otros que, sin que nadie lo imagine, terminan dando origen a una familia entera.

A veces pienso que la historia de la nuestra comenzó, sencillamente, con un bocadillo partido por la mitad.

“Con los años comprendí que aquel bocadillo no alimentó solamente a una muchacha que pasaba necesidad. Alimentó una forma de entender la vida en la que la dignidad siempre estuvo por encima de las circunstancias.”

miércoles, 8 de julio de 2026

ESTAMPA 11: LA BUFANDA GRIS

 

ESTAMPA 11: La bufanda gris

Serie: Mi padre, sin etiquetas.

“Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona nunca cabe dentro de una etiqueta”


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Hay recuerdos que no conservan una fecha, ni una explicación. Simplemente permanecen.

Cuando pienso en mi padre durante los inviernos de Córdoba, casi siempre aparece con una bufanda oscura alrededor del cuello.

No sabría decir si era siempre la misma. Probablemente no. Con los años iría cambiando, como cambian todas las prendas que acompañan una vida.

Pero en mi memoria siempre es la misma. Gris oscura. Quizá azul marino. De lana. Sencilla. Sin estridencias. Como él.

Nunca la llevaba de cualquier manera. Le daba una vuelta alrededor del cuello y cruzaba los extremos por delante del pecho, protegidos bajo la chaqueta, la gabardina o el abrigo. Era un gesto automático. Tan suyo como ponerse las gafas para leer o guardar la cartera en el bolsillo interior.

No buscaba llamar la atención. Todo lo contrario.

Mi padre nunca entendió la elegancia como una forma de destacar.

La entendía como una forma de respeto. Respeto hacia los demás. Y también hacia uno mismo.

Por eso nunca recuerdo colores llamativos, ni modas extravagantes, ni prendas que parecieran pedir protagonismo.

Mi madre cuidaba mucho esos detalles. Tenía un gusto extraordinario para elegir la ropa que mejor armonizaba con él. Y él confiaba plenamente en ese criterio.

Ahora pienso que aquella bufanda también hablaba de ellos. De un matrimonio que llevaba muchos años compartiendo la vida hasta el punto de que ya no hacían falta grandes palabras para cuidar uno del otro.

Bastaba una bufanda bien elegida. Un abrigo preparado antes de salir. Un botón cosido. Un cuello bien colocado.

Pequeños gestos que nunca aparecen en las fotografías familiares y que, sin embargo, sostienen una vida entera.

Nunca supe qué fue de aquella bufanda. Probablemente desapareció como desaparecen tantas cosas cuando pasan los años. Pero no la he perdido. Sigue donde siempre estuvo. En mi memoria.

Porque hay prendas que abrigan del frío.

Y otras que terminan abrigando los recuerdos.

Cada vez que llega el invierno y veo a un hombre cruzarse una bufanda sobre el pecho antes de salir a la calle, vuelvo a verlo caminando por Córdoba. Con paso tranquilo. Con aquella elegancia discreta que nunca necesitó hacerse notar.

Y entonces comprendo que la verdadera elegancia casi nunca está en la ropa. Está en la persona que la lleva.

"Todavía hoy, cuando hace frío, a veces me descubro colocándome la bufanda exactamente igual que él."

 

martes, 7 de julio de 2026

ESTAMPA 10: EL EXAMEN

 

ESTAMPA 10: El examen

Serie Mi padre, sin etiquetas

"Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona no cabe dentro de una etiqueta."

Hay recuerdos que explican mejor a una persona que cualquier currículum.

 


Hay imágenes que el tiempo no consigue borrar.

No porque fueran extraordinarias. Sino porque, muchos años después, uno comprende que resumían toda una forma de vivir.

La imagen que mejor recuerdo de mi padre estudiando no transcurre en una universidad ni en una biblioteca. Transcurre en el salón o en cualquier rincón de casa.

Con uno de mis hermanos pequeños en un brazo y un temario abierto en la otra mano.

Entonces no pensé que aquella escena tuviera nada de especial. Hoy me parece una de las mejores definiciones de lo que fue. Mi padre estudiaba como podía. Y cuando podía.

Nunca escuché quejarse de la falta de tiempo.

Simplemente aprovechaba el que tenía: un rato por la noche, un momento de tranquilidad, un hijo dormido en brazos...

Cualquier ocasión era buena para seguir aprendiendo. Con los años comprendí que para él estudiar no terminaba nunca. No era una obligación. Era una forma de vivir.

Cuando llegaban nuestros exámenes tampoco montaba grandes ceremonias.

No hacía discursos. Ni amenazas. Ni premios extraordinarios. Daba por hecho que estudiar era nuestro trabajo. Como trabajar era el suyo.

Eso no significa que nos dejara tranquilos. Todo lo contrario.

Al volver a casa comenzaba una especie de interrogatorio que yo vivía casi como una pequeña tortura.

—A ver... cuéntame el examen.

Y no bastaba un resumen.

Había que reconstruirlo casi entero.

Las preguntas.

Las respuestas.

Los ejercicios.

Las dudas. Si se dejó algo en blanco…

Yo reconozco que no siempre ponía demasiado entusiasmo en aquella reconstrucción.

Pero hoy sonrío al recordarlo.

No intentaba averiguar la nota. Intentaba saber cómo habíamos razonado.

Curiosamente, los aprobados nunca se celebraban como una hazaña. Eran algo natural. La consecuencia lógica del esfuerzo.

Y cuando llegaba un suspenso tampoco recuerdo broncas memorables.

Lo primero era buscar una solución.

Un profesor particular.

Una academia.

Algún amigo que pudiera explicar mejor aquella materia.

Recuerdo perfectamente cómo buscó ayuda para que pudiera superar la Química, que tanto acabó gustándome.

O cómo él mismo se sentaba conmigo para repasar las declinaciones de Latín, haciéndome pequeñas traducciones y preguntándome una y otra vez hasta que conseguía aprenderlas.

Con mis hermanos hizo exactamente lo mismo.

Muchos años después, cuando yo ya trabajaba como profesor y acudía algunas tardes a casa de mis padres, todavía me encontraba a mi padre tomando el temario a mi hermana mientras preparaba su licenciatura en Derecho. Y antes la había ayudado también con unas oposiciones de administrativo.

Nunca dejó de ser estudiante. Y, de algún modo, tampoco dejó nunca de ser maestro.  Aunque jamás ejerciera oficialmente como tal.

Tampoco recuerdo que nos hablara demasiado de sus propios exámenes. Ni de cómo preparó la licenciatura. Ni de las pruebas que tuvo que superar a lo largo de su vida.

Prefería transmitir otra idea.

Si un objetivo no se conseguía a la primera, no pasaba nada. Se volvía a intentar. Y si aquel camino no era el adecuado, siempre existía otro.

Nunca identificó el valor de una persona con una nota.

Sí identificaba, en cambio, el esfuerzo con la dignidad.

Recuerdo especialmente una conversación cuando yo atravesaba una de esas pequeñas crisis propias de la adolescencia.

Tendría unos trece años. Había perdido bastante interés por los estudios.

Entonces me dijo, con absoluta serenidad, que si no quería estudiar hablaría con un conocido suyo que dirigía una obra muy cerca de casa para que empezara a trabajar allí.

No había amenaza en sus palabras. Había una elección. Y una consecuencia.

Años después me dio un consejo mucho más importante.

Me dijo que pensara qué era lo que realmente me gustaba. Y que estudiara precisamente eso. No otra cosa.

Nunca intentó decidir mi vida. Intentó que la decidiera yo. Con responsabilidad.

Hoy, cuando miro hacia atrás, comprendo que mi padre nunca nos enseñó a aprobar exámenes.

Nos enseñó algo mucho más valioso.

Que aprender merece la pena.

Que el esfuerzo casi nunca se pierde.

Que pedir ayuda no es un fracaso.

Y que una nota sólo ocupa una línea en un boletín.

Pero el hábito de seguir aprendiendo puede acompañar a una persona durante toda la vida.

Quizá por eso, cuando alguien habla de Antonio Luis Baena Tocón como si hubiera sido un hombre poco formado o desinteresado por el estudio, que no reconocen al hombre que yo conocí, no siento necesidad de discutir.

Prefiero recordar aquella imagen.

Un hijo pequeño en un brazo.

Un temario en el otro.

Y un hombre aprovechando cualquier momento para seguir aprendiendo.

Porque hay fotografías que nunca se hicieron.

Pero permanecen para siempre en la memoria de quienes tuvieron la suerte de vivirlas.

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