ESTAMPA 10: El examen
Serie Mi padre, sin etiquetas
"Pequeñas
historias de una vida corriente. Porque una persona no cabe dentro de una
etiqueta."
Hay recuerdos que
explican mejor a una persona que cualquier currículum.
Hay imágenes que el tiempo no consigue borrar.
No porque fueran extraordinarias. Sino porque, muchos
años después, uno comprende que resumían toda una forma de vivir.
La imagen que mejor recuerdo de mi padre estudiando no
transcurre en una universidad ni en una biblioteca. Transcurre en el salón
o en cualquier rincón de casa.
Con uno de mis hermanos pequeños
en un brazo y un temario abierto en la otra mano.
Entonces no pensé que aquella escena tuviera nada de
especial. Hoy me parece una de las mejores definiciones de lo que
fue. Mi padre estudiaba como podía. Y cuando podía.
Nunca escuché quejarse de la falta de tiempo.
Simplemente aprovechaba el que tenía: un rato por la noche,
un momento de tranquilidad, un hijo dormido en brazos...
Cualquier ocasión era buena para seguir aprendiendo. Con
los años comprendí que para él estudiar no terminaba nunca. No era una
obligación. Era una forma de vivir.
Cuando llegaban nuestros exámenes tampoco montaba grandes
ceremonias.
No hacía discursos. Ni amenazas. Ni premios
extraordinarios. Daba por hecho que estudiar era nuestro
trabajo. Como trabajar era el suyo.
Eso no significa que nos dejara tranquilos. Todo lo
contrario.
Al volver a casa comenzaba una especie de interrogatorio que
yo vivía casi como una pequeña tortura.
—A ver... cuéntame el examen.
Y no bastaba un resumen.
Había que reconstruirlo casi entero.
Las preguntas.
Las respuestas.
Los ejercicios.
Las dudas. Si se dejó algo en blanco…
Yo reconozco que no siempre ponía demasiado entusiasmo en
aquella reconstrucción.
Pero hoy sonrío al recordarlo.
No intentaba averiguar la nota. Intentaba saber cómo
habíamos razonado.
Curiosamente, los aprobados nunca se celebraban como una
hazaña. Eran algo natural. La consecuencia lógica del esfuerzo.
Y cuando llegaba un suspenso tampoco recuerdo broncas
memorables.
Lo primero era buscar una solución.
Un profesor particular.
Una academia.
Algún amigo que pudiera explicar mejor aquella materia.
Recuerdo perfectamente cómo buscó ayuda para que pudiera
superar la Química, que tanto acabó gustándome.
O cómo él mismo se sentaba conmigo para repasar las
declinaciones de Latín, haciéndome pequeñas traducciones y preguntándome una y
otra vez hasta que conseguía aprenderlas.
Con mis hermanos hizo exactamente lo mismo.
Muchos años después, cuando yo ya trabajaba como profesor y
acudía algunas tardes a casa de mis padres, todavía me encontraba a mi padre
tomando el temario a mi hermana mientras preparaba su licenciatura en
Derecho. Y antes la había ayudado también con unas oposiciones de
administrativo.
Nunca dejó de ser estudiante. Y,
de algún modo, tampoco dejó nunca de ser maestro. Aunque jamás ejerciera oficialmente como tal.
Tampoco recuerdo que nos hablara demasiado de sus propios
exámenes. Ni de cómo preparó la licenciatura. Ni de las pruebas que
tuvo que superar a lo largo de su vida.
Prefería transmitir otra idea.
Si un objetivo no se conseguía a la primera, no pasaba
nada. Se volvía a intentar. Y si aquel camino no era el adecuado,
siempre existía otro.
Nunca identificó el valor de una persona con una nota.
Sí identificaba, en cambio, el esfuerzo con la dignidad.
Recuerdo especialmente una conversación cuando yo atravesaba
una de esas pequeñas crisis propias de la adolescencia.
Tendría unos trece años. Había perdido bastante interés
por los estudios.
Entonces me dijo, con absoluta serenidad, que si no quería
estudiar hablaría con un conocido suyo que dirigía una obra muy cerca de casa
para que empezara a trabajar allí.
No había amenaza en sus palabras. Había una
elección. Y una consecuencia.
Años después me dio un consejo mucho más importante.
Me dijo que pensara qué era lo que realmente me gustaba. Y
que estudiara precisamente eso. No otra cosa.
Nunca intentó decidir mi vida. Intentó que la decidiera
yo. Con responsabilidad.
Hoy, cuando miro hacia atrás, comprendo que mi padre nunca
nos enseñó a aprobar exámenes.
Nos enseñó algo mucho más valioso.
Que aprender merece la pena.
Que el esfuerzo casi nunca se pierde.
Que pedir ayuda no es un fracaso.
Y que una nota sólo ocupa una línea en un boletín.
Pero el hábito de seguir aprendiendo puede acompañar a una
persona durante toda la vida.
Quizá por eso, cuando alguien
habla de Antonio Luis Baena Tocón como si hubiera sido un hombre poco formado o
desinteresado por el estudio, que no reconocen al hombre que yo conocí, no
siento necesidad de discutir.
Prefiero recordar aquella imagen.
Un hijo pequeño en un brazo.
Un temario en el otro.
Y un hombre aprovechando cualquier momento para seguir
aprendiendo.
Porque hay fotografías que nunca se hicieron.
Pero permanecen para siempre en la memoria de quienes
tuvieron la suerte de vivirlas.








