Estampa 5: Los sábados de cine
En
casa había una costumbre que nunca apareció escrita en ningún sitio.
Los
sábados por la tarde, mis padres tenían una cita. No hacía falta celebrarla ni
anunciarla. Simplemente ocurría.
Mi
madre se arreglaba con un cuidado especial.
Elegía
un vestido, probablemente hecho por ella misma o con la ayuda de una modista,
se peinaba despacio, se miraba una última vez en el espejo y salía del
dormitorio con esa elegancia discreta que nunca necesitó llamar la atención.
Mi
padre la esperaba como si aquello fuera la cosa más natural del mundo. Y, quizá
precisamente por eso, era extraordinario.
Los
hermanos mayores nos quedábamos en casa cuidando de los pequeños. Nunca lo
vivimos como un sacrificio. Formaba parte de la vida familiar.
Además,
sabíamos que, al volver, mi madre siempre traería o nos dejaría algún pequeño
detalle para nosotros: una cena fría de algo que nos gustara mucho, unos
caramelos, una chocolatina, unas pipas o cualquier cosa sencilla que convertía
la espera en una fiesta.
Con
los años he comprendido que aquellos sábados no eran una costumbre.
Eran
una forma silenciosa de cuidar un matrimonio.
Sin
grandes viajes.
Sin
fotografías para enseñar.
Sin
necesidad de demostrar nada.
Dos
personas que, después de toda una semana de trabajo y responsabilidades,
seguían reservándose unas horas para caminar juntas, ver una película y volver
comentándola tranquilamente por las calles de Córdoba.
Quizá
por eso, cuando hoy escucho hablar de mi padre como si fuera una simple
etiqueta, me viene siempre la misma imagen.
No
un despacho.
No
un documento.
No
un cargo.
Sino
un hombre esperando a su mujer un sábado por la tarde, mientras ella termina de
arreglarse para ir juntos al cine.
Algunas
veces, cuando fuimos creciendo o alguno de los mayores regresaba de la
universidad, los acompañábamos.
Pero,
sinceramente, el recuerdo más bonito es otro.
Verlos
salir solos.
Mi
padre disfrutaba como uno más cuando íbamos todos o les acompañábamos alguno.
Nunca
hacía de profesor.
Nunca
explicaba la película antes de verla ni después pretendía decirnos lo que
debíamos pensar.
Simplemente
la veía.
Se
reía cuando había que reír.
Guardaba
silencio cuando la historia lo pedía.
Y,
al salir, comenzaba una conversación que podía durar todo el camino de vuelta.
—¿Qué
os ha parecido?
Cada
uno respondía una cosa distinta.
Y
todas las respuestas eran bienvenidas. No había exámenes. No había respuestas
correctas. Solo opiniones.
Con
el tiempo comprendí que aquellas conversaciones eran una forma de educar.
Sin
discursos.
Sin
imponer.
Sin
convertir una diferencia de criterio en una batalla.
A
veces la película se olvidaba a los pocos días.
Pero
seguían vivas las risas compartidas, el comentario de mi madre sobre un
personaje, la observación de alguno de nosotros o la sonrisa de mi padre cuando
alguien descubría un detalle que él no había visto.
Nunca
necesitó tener siempre la razón.
Le
bastaba con disfrutar del momento.
Hoy
pienso que aquellas tardes de cine se parecían mucho a su manera de entender la
vida.
Escuchar.
Compartir.
Pensar.
Y
dejar que cada uno encontrara su propia mirada.
Por
eso me cuesta reconocer en ciertas descripciones al hombre que yo conocí.
Porque
quien era capaz de pasar una tarde entera comentando una película con
naturalidad, aceptando opiniones distintas y celebrando las ocurrencias de sus
hijos, difícilmente podía vivir encerrado en una etiqueta.
Yo
prefiero recordarlo caminando despacio por una calle de Córdoba, con la entrada
del cine todavía en el bolsillo, mientras nosotros discutíamos sobre el
protagonista y él sonreía en silencio.
Quizá
porque, sin proponérselo, mucho antes de enseñarnos a mirar una pantalla, nos
estaba enseñando algo mucho más importante: que el respeto, la conversación, el
cariño cotidiano y el tiempo compartido también forman parte de la educación de
una familia.
