ESTAMPA 11: La
bufanda gris
Serie: Mi padre, sin etiquetas.
“Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona nunca cabe dentro de una etiqueta”
.Hay recuerdos que no conservan una
fecha, ni una explicación. Simplemente permanecen.
Cuando pienso en mi padre durante
los inviernos de Córdoba, casi siempre aparece con una bufanda oscura alrededor
del cuello.
No sabría decir si era siempre la
misma. Probablemente no. Con los años iría cambiando, como cambian todas las
prendas que acompañan una vida.
Pero en mi memoria siempre es la
misma. Gris oscura. Quizá azul marino. De lana. Sencilla. Sin estridencias. Como
él.
Nunca la llevaba de cualquier
manera. Le daba una vuelta alrededor del cuello y cruzaba los extremos por
delante del pecho, protegidos bajo la chaqueta, la gabardina o el abrigo. Era
un gesto automático. Tan suyo como ponerse las gafas para leer o guardar la
cartera en el bolsillo interior.
No buscaba llamar la atención. Todo
lo contrario.
Mi padre nunca entendió la elegancia
como una forma de destacar.
La entendía como una forma de
respeto. Respeto hacia los demás. Y también hacia uno mismo.
Por eso nunca recuerdo colores
llamativos, ni modas extravagantes, ni prendas que parecieran pedir
protagonismo.
Mi madre cuidaba mucho esos
detalles. Tenía un gusto extraordinario para elegir la ropa que mejor
armonizaba con él. Y él confiaba plenamente en ese criterio.
Ahora pienso que aquella bufanda
también hablaba de ellos. De un matrimonio que llevaba muchos años compartiendo
la vida hasta el punto de que ya no hacían falta grandes palabras para cuidar
uno del otro.
Bastaba una bufanda bien elegida. Un
abrigo preparado antes de salir. Un botón cosido. Un cuello bien colocado.
Pequeños gestos que nunca aparecen
en las fotografías familiares y que, sin embargo, sostienen una vida entera.
Nunca supe qué fue de aquella
bufanda. Probablemente desapareció como desaparecen tantas cosas cuando pasan
los años. Pero no la he perdido. Sigue donde siempre estuvo. En mi memoria.
Porque hay prendas que abrigan del
frío.
Y otras que terminan abrigando los
recuerdos.
Cada vez que llega el invierno y veo
a un hombre cruzarse una bufanda sobre el pecho antes de salir a la calle,
vuelvo a verlo caminando por Córdoba. Con paso tranquilo. Con aquella elegancia
discreta que nunca necesitó hacerse notar.
Y entonces comprendo que la
verdadera elegancia casi nunca está en la ropa. Está en la persona que la
lleva.
"Todavía hoy, cuando hace frío, a veces me descubro colocándome
la bufanda exactamente igual que él."

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