Estampa 6: El hombre que
cantaba bajo la ducha
Serie: Mi padre, sin etiquetas
"Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona
no cabe dentro de una etiqueta."
En
mi casa había una discusión que se repetía con cierta frecuencia cuando yo era
un niño o un adolescente.
No
era por dinero. Ni por la educación de los hijos. Ni por el reparto de las
tareas.
Era
por las canciones que mi padre cantaba bajo la ducha.
Mi
padre cantaba a su manera de todo. Coplas, zarzuelas, boleros...
Pero
había algunas coplas que parecían entusiasmarle especialmente. Yo las definiría
o clasificaría de una manera muy concreta, pero prefiero que el lector las
deduzca. Eran precisamente las que hacían que mi madre abandonara cualquier
cosa que estuviera haciendo y se acercara deprisa al cuarto de baño.
—¡Antonio,
cállate!
Y
unos golpes secos en la puerta.
Yo
no entendía nada. Mis hermanos tampoco.
Pensaba
que mi madre simplemente prefería el silencio. O que mi padre desafinaba más de
la cuenta.
Años
más tarde comprendí que mi madre no tenía miedo de las canciones. Tenía miedo de los oídos ajenos.
Había vivido
demasiadas cosas como para creer que una copla era solo una copla.
Con
el tiempo he pensado muchas veces en aquella escena.
Un
hombre que seguía cantando.
Una
mujer que seguía protegiendo a su familia.
Y
unos hijos que no entendíamos por qué
una canción podía preocupar tanto.
Hoy sí lo entiendo.
Y
precisamente por eso me resulta imposible aceptar las etiquetas sencillas.
Porque
la misma persona que algunos describen de una sola manera era capaz de
cantar, entre el vapor de una ducha, coplas que hacían a su mujer correr hasta
la puerta por miedo a que alguien pudiera escucharlas.
Las
personas reales casi nunca caben en los relatos simples.
Mi
padre, desde luego, no cabía.
P.D.:
Creo que esta escena tiene un enorme
valor histórico. No porque sea dramática, sino
porque es profundamente humana: un hombre que canta sin pensar, una mujer que
protege sin explicar, unos hijos que no entienden y un adulto (yo) que, muchos
años después, por fin comprende. Eso no se inventa. Eso se recuerda.
No porque demuestre
que mi padre fuera una cosa u otra. Sino porque muestra una realidad que
vivieron muchísimas familias españolas: la
autocensura doméstica.
No hace falta
explicar quién tenía razón. No hace falta juzgar.
Solo mostrar una
madre golpeando una puerta y unos hijos que no entienden por qué.
La protagonista
silenciosa acaba siendo mi madre.
Ella no discute con
él. No le reprocha nada. Simplemente piensa en el pasado inmediato e intenta
proteger a los suyos.
Es un homenaje a los
dos.
(¡Como
para que ahora vengan algunos “listillos” a descubrirnos todo según su relato!..
que nada tiene que ver con la realidad vivida.).

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