domingo, 5 de julio de 2026

ENTRADA 8: EL SILLÓN DE LOS LIBROS

 

ESTAMPA 8: El sillón de los libros

Serie Mi padre, sin etiquetas

"Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona no cabe dentro de una etiqueta."

 

 


Hay personas que llevan media vida delante de una pantalla.

Mi padre prefería un sillón, una lámpara y un buen libro.

Todas las casas tienen un rincón que termina pareciéndose a quien más tiempo pasa en él.

En la nuestra era aquel sillón del salón. No era especialmente bonito. Ni moderno. Ni llamaba la atención de quien entraba por primera vez.

Sin embargo, para nosotros era un lugar casi sagrado. Porque, cuando mi padre se sentaba allí con un libro, un periódico o una revista entre las manos, parecía que el resto de la casa comenzaba a respirar más despacio.

Leía como había vivido. Sin prisas. Sin hacer ruido. Sin necesidad de demostrar a nadie lo que sabía.

Había un gesto suyo que nunca he olvidado. Antes de empezar a leer se ponía las gafas. De niño aquello me llamaba mucho la atención. Yo estaba convencido de que veía perfectamente.

Recuerdo que, cuando visitábamos a mi abuela materna en Sevilla, más de una vez le pedía prestadas sus gafas para leer el periódico. Aquello aumentaba todavía más mi desconcierto. ¿Cómo era posible que necesitara las gafas de mi abuela si yo lo veía desenvolverse con absoluta normalidad?

Muchos años después comprendí que seguramente sólo era la vista cansada. Pero entonces me parecía un pequeño misterio.

Si alguien le interrumpía, dejaba las gafas cuidadosamente sobre el periódico o sobre el libro abierto. Nunca de cualquier manera. Las colocaba con cuidado, como quien sabe que dentro de unos minutos volverá exactamente al mismo párrafo donde había dejado la lectura. Y casi siempre volvía.

No era hombre de abandonar las cosas a medias. Los libros ocupaban un lugar importante en su vida. No los subrayaba. No escribía en los márgenes. Los trataba con respeto.

Como quien conversa con un viejo amigo al que merece la pena escuchar antes de responder.

Algunos los releía. Eso siempre me sorprendió. Yo pensaba que un libro, una vez leído, ya había cumplido su misión.

Él parecía saber que los buenos libros nunca dicen exactamente lo mismo cuando uno vuelve a ellos años después.

Entre sus autores preferidos estaban Cervantes, Benito Pérez Galdós, Juan Ramón Jiménez, P. Luis Coloma…

Sé que leyó varias veces El Quijote.

Y todavía conservo un recuerdo que me hace sonreír. Paseábamos juntos por Cádiz. De pronto se detuvo un instante, miró aquellas calles y comentó con la naturalidad de quien habla de un viejo conocido:

—¡Qué bien describía Galdós estas calles!

No hablaba como un profesor. Ni como un crítico literario. Hablaba como un lector agradecido. Como alguien que había encontrado compañía en aquellas páginas.

A veces tenía dos o tres libros empezados al mismo tiempo.

Y cuando preparaba algún informe o estudiaba asuntos de trabajo, todavía más.

Consultaba distintas fuentes. Comparaba datos. Leía antes de escribir.

Era una costumbre que llevaba incorporada a su forma de trabajar y también a su forma de vivir.

De vez en cuando el sueño le vencía y alguna tarde el libro quedaba abierto sobre el pecho y las gafas descansaban, una vez más, entre las páginas.

Aquella escena tenía una paz difícil de explicar.

Con los años comprendí que aquel sillón no era solamente un mueble. Era una manera de entender la vida.

Leer antes de opinar.

Pensar antes de hablar.

Escuchar antes de responder.

Aprender antes de enseñar.

Quizá por eso nunca recuerdo grandes discusiones alrededor de sus lecturas.

Los libros no eran un arma. Eran compañía.

Todavía hoy, cuando entro en una biblioteca y veo un sillón junto a una lámpara de lectura, no pienso en un mueble. Pienso en el silencio.

En ese silencio tranquilo con el que mi padre pasaba una página, levantaba un momento la vista, se quitaba las gafas y las dejaba cuidadosamente sobre el libro antes de continuar leyendo.

Y entonces comprendo que hay personas que no dejan una herencia hecha de objetos. La dejan hecha de costumbres. De pequeños gestos. De silencios.

Porque, al fin y al cabo, los libros que más enseñan no siempre son los que están en una estantería.

A veces son las personas que nos enseñaron, sin decirlo, cómo había que leerlos.

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