Un despacho que desapareció
Hay despachos que se
convierten en dormitorios. Y hay familias que convierten cualquier habitación
en un hogar.
Como si la familia tuviera
siempre prioridad sobre cualquier comodidad personal.
"Pequeñas historias de una
vida corriente. Porque una persona no cabe dentro de una etiqueta."
Cuando
llegamos a Córdoba yo era demasiado pequeño para comprender muchas cosas.
Sin
embargo, hay una habitación que sigue perfectamente dibujada en mi memoria.
Era
el despacho de mi padre. No tenía nada de extraordinario. Precisamente por eso
nunca lo olvidé.
En
una de las paredes colgaba un crucifijo, en otra su título universitario y en
otra una orla con sus compañeros de promoción. Cada uno de esos objetos
presidía cada una de las paredes, excepto la cuarta pared, que estaba tapada
con una gran librería.
Sobre
la mesa descansaba una carpeta de cuero donde escribía, un secador de tinta y
unos pocos útiles de escritorio cuidadosamente colocados. Alguna vez hice la
tarea del colegio allí.
No
recuerdo adornos innecesarios. Todo tenía una utilidad. Era un lugar de
trabajo, de lectura y de silencio.
A
veces llegaban personas para consultarle alguna cuestión. Yo apenas entendía
aquellas conversaciones.
Sólo
veía a un hombre escuchando con atención, buscando un libro, abriendo un
boletín o tomando unas notas con la tranquilidad de quien piensa antes de
responder.
Con
el paso del tiempo ocurrió algo curioso.
El
despacho empezó a hacerse pequeño. Primero se ocupó un estante del mueble. Después
un cajón de la mesa.
Más
tarde y para optimizar el espacio se cambió la librería por un mueble bar con
una cama que desaparecía por las mañanas. Una nueva hermana necesitó espacio.
La
casa seguía siendo la misma, pero la familia no dejaba de crecer. Primero llegó
una nueva hermana. Después, otro hermano.
Sin
que nadie lo anunciara, el despacho comenzó a desaparecer. No desapareció de
golpe. Fue una retirada lenta y silenciosa. Los libros siguieron allí. La
carpeta de cuero fue desapareciendo.
El
crucifijo continuó en su sitio.
Pero
la habitación dejó de pertenecer exclusivamente al trabajo para convertirse en
parte de la vida familiar.
Nunca
escuché una queja. Nunca oí decir que faltara espacio para estudiar o para
trabajar. Simplemente se reorganizaba todo.
Como
si la familia tuviera siempre prioridad sobre cualquier comodidad personal.
Años
después, cuando los hermanos mayores fuimos marchándonos de casa y mis padres
pudieron disfrutar de una vivienda más amplia, pensé que mi padre volvería a
tener un gran despacho.
No
fue así. Eligió un cómodo sillón. Y alrededor de él crecieron montañas de
libros. Novelas de Galdós, libros de historia, boletines, revistas, periódicos
y ejemplares prestados por la biblioteca municipal. Desde el suelo hasta los
reposabrazos. Ése era su verdadero despacho .
Un
sillón.
Una
lámpara.
Un
libro abierto.
Y
horas de lectura.
Muchas
veces he pensado que un despacho dice mucho de una persona. Hay despachos que
impresionan por sus muebles. Otros por sus títulos.
El
de mi padre terminó impresionándome por otra razón. Porque fue capaz de
desaparecer sin que nadie sintiera que había perdido nada.
Ganó
la familia.
Ganaron
los hijos.
Ganó
la vida cotidiana.
Quizá
por eso nunca he asociado el estudio con una habitación cerrada.
Lo
asocio a un hombre leyendo en cualquier rincón de la casa.
A
un libro apoyado sobre las piernas.
A
un periódico doblado por una página concreta.
A
una conversación que empezaba con una frase muy sencilla:
—Lee
esto.
Con
el tiempo comprendí que aquel despacho nunca dejó de existir. Sólo cambió de
forma.
Se
convirtió en una mesa compartida, en un sillón rodeado de libros, en una
estantería improvisada, en una habitación donde siempre cabía alguien más.
Y
esa transformación, que entonces me pareció completamente normal, hoy me parece
una de las lecciones más hermosas que recibí sin darme cuenta.
Hay
personas que construyen una casa para proteger sus cosas.
Otras,
sin embargo, terminan entregando sus cosas para que la casa siga siendo un
hogar.
Cuando
cierro los ojos todavía puedo ver aquella carpeta de cuero, el crucifijo, el
título universitario y la orla.
Pero
lo que realmente permanece es otra imagen. La de un despacho que fue
desapareciendo poco a poco hasta convertirse, simplemente, en una familia.
Y
creo que no existe mejor destino para una habitación.

No hay comentarios:
Publicar un comentario