miércoles, 24 de junio de 2026

LOS GUARDIANES DEL RELATO

 Los guardianes del relato

Cómo una interpretación acaba convirtiéndose en verdad cuando demasiada gente prefiere repetir antes que leer



Miércoles, 24 de junio de 2026. San Juan

Esta mañana me había propuesto escribir una entrada distinta.

Sin nombres.

Sin responder a nadie.

Sin recordar una historia que lleva demasiados años ocupando tiempo, recursos, 

procedimientos judiciales y demasiada tranquilidad familiar.

Pensaba escribir una de esas entradas que permiten descansar del ruido.

Pero, como tantas veces, la actualidad ha decidido llevarme por otro camino.


Alejandro Torrús. Fuente: Okdiario
Alejandro Torrús. Fuente: Okdiario
Abro la prensa y aparece un viejo conocido: Alejandro Torrús, hoy director de comunicación del Ministerio de Derechos Sociales y anteriormente responsable de Opinión de Público, medio que publicó informaciones sobre mi padre sin que nadie de mi familia fuera consultado ni se contrastaran los documentos que siempre estuvieron al alcance de cualquier investigador de buena fe.

No voy a analizar aquí la noticia.

No voy a discutir si una reunión fue importante o irrelevante.

No voy a valorar las explicaciones que su protagonista ha ofrecido públicamente.

Todo lo contrario.

Tiene derecho a que se escuche su versión.

Tiene derecho a que nadie lo condene antes de tiempo.

Tiene derecho a la presunción de inocencia.

Tiene derecho al contraste.



Exactamente los mismos derechos que nunca tuvo mi padre.

Porque cuando se habló de Antonio Luis Baena Tocón no hubo llamadas para verificar los datos.

No hubo interés por consultar expedientes.

No hubo preocupación por distinguir entre hechos y opiniones.

No hubo prudencia.

No hubo dudas.

No hubo "supuestamente".

Simplemente se construyó un personaje.

Y, una vez construido, comenzó un proceso tan sencillo como eficaz.

Un académico publica una interpretación.

Un periodista la reproduce.

Un medio la amplifica.

Un responsable político encuentra oportuno hacer una gracieta a costa de una persona fallecida...

"Hubo incluso responsables políticos (por ejemplo: Sr. Ábalos, no demandado), no tanto por su condena, sino por la facilidad con la que opinaron y encontraron tiempo para hacer bromas sobre mi padre. Me cuesta imaginar que dedicaran el mismo esfuerzo a consultar un expediente en un archivo de Madrid antes de pronunciarse. Es más sencillo repetir un relato que comprobar un documento."

Un editor de Wikipedia incorpora ese relato como si fuera una verdad asentada.

"Algunos tienen una biografía cuidadosamente pulida en Wikipedia; mi padre tiene una biografía cuidadosamente deformada."

Las redes sociales lo multiplican miles de veces.

Y, de repente, una interpretación adquiere apariencia de hecho histórico.

Con el paso de los años he llegado a la conclusión de que el problema no son unas pocas personas concretas.

Es un mecanismo mucho más simple y, precisamente por eso, mucho más peligroso.

Alguien escribe.

Otros copian.

Otros difunden.

Otros aplauden.

Y casi nadie comprueba.

La afinidad ideológica sustituye al contraste documental y la repetición acaba ocupando el lugar de la verdad.

Resulta igualmente significativo comprobar cómo la página de Wikipedia dedicada a mi padre fue creada por una persona vinculada a Podemos, hoy declarada en rebeldía procesal en el procedimiento civil que se sigue en Cádiz, mientras el propio catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá continúa interviniendo en esa misma entrada en pro de su relato.

Cada lector extraerá sus propias conclusiones.

La mía es sencilla.

Cuando quienes construyen un relato son también quienes lo corrigen, lo amplían, lo citan y lo legitiman mutuamente, el riesgo de que la ideología termine sustituyendo a los documentos aumenta de forma preocupante.

Pero hay algo que todavía me llama más la atención.

Hay algo que siempre me ha llamado la atención. Personas que trataron personalmente a mi padre durante años, especialmente políticos (Sr. Herminio Trigo, demandado), que nunca le formularon el menor reproche y que conocieron de primera mano su forma de trabajar, encontraron después de su fallecimiento el momento oportuno para sumarse a un relato construido por terceros. No necesitaron consultar un solo documento. Les bastó con reconocer una historia que encajaba con sus propias convicciones.

No necesitaron consultar un expediente.

No necesitaron leer una sola resolución judicial.

No necesitaron abrir un archivo militar o administrativo.

Les bastó con reconocer una historia que encajaba perfectamente con sus propias convicciones.

Quizá sea esa la forma más cómoda de hacer memoria.

No la memoria de los documentos.

La memoria del prejuicio.

Y no deja de sorprender que muchos de quienes se presentan como guardianes de la memoria democrática, del periodismo responsable, de la ética pública y de los derechos fundamentales hayan mostrado tan escasa preocupación por el derecho al honor de una persona fallecida y de toda una familia.

No hablo de una persona.

No hablo de un medio.

No hablo de un partido político.

Hablo de una forma de actuar.

No sé si existe una conspiración.

Probablemente no.

Ni siquiera hace falta.

Basta con un prejuicio compartido.

Basta con una misma mirada ideológica.

Basta con que nadie considere necesario abrir un archivo porque el relato ya está escrito de antemano.

Y entonces ocurre algo extraordinario.

Quienes reclaman para sí todas las garantías democráticas consideran perfectamente aceptable negar esas mismas garantías a quienes piensan distinto o, peor aún, a quienes ya no pueden defenderse.

Hay quienes disfrutan de una biografía cuidadosamente pulida en Wikipedia.

Mi padre, en cambio, sigue soportando una biografía cuidadosamente deformada.

Esa diferencia dice mucho de nuestra época.

No pretendo que nadie piense como yo.

Ni siquiera que comparta mi interpretación de la historia.

Sólo pido algo infinitamente más modesto.

Que antes de destruir el honor de una persona viva o muerta alguien tenga la decencia intelectual de abrir un expediente, leer un documento y comprobar si lo que está repitiendo es cierto.

Parece una exigencia mínima.

Sin embargo, después de tantos años de procedimientos judiciales, archivos consultados, resoluciones, documentos oficiales y publicaciones, sigo descubriendo que es la más difícil de todas.

Porque los documentos no tienen ideología.

Los archivos no votan.

Y la verdad, aunque llegue tarde, suele tener la incómoda costumbre de sobrevivir a los relatos.

Por eso seguiré haciendo lo mismo que llevo años haciendo.

Leer.

Contrastar.

Publicar documentos.

Responder con serenidad.

No por quienes nunca cambiarán de opinión.

Sino por quienes todavía creen que la investigación rigurosa y la memoria democrática deberían construirse sobre pruebas y no sobre consignas.

He pasado más horas en archivos que muchos de los que escribieron sobre mi padre.

Quizá por eso sigo creyendo que la verdad no pertenece a quien más grita, sino a quien más contrasta.

Y quizá esa sea, hoy, la forma más sencilla y más difícil de resistencia democrática.

"Nunca he pedido que nadie piense como yo. Lo único que he pedido es que, antes de hablar de mi padre, hagan lo que yo sí he hecho: ir a los archivos."

"He pasado más horas en archivos que muchos de los que escribieron sobre mi padre. Quizá por eso sigo creyendo que la verdad no pertenece a quien más grita, sino a quien más contrasta."

No hay comentarios:

Publicar un comentario

LOS GUARDIANES DEL RELATO

  Los guardianes del relato Cómo una interpretación acaba convirtiéndose en verdad cuando demasiada gente prefiere repetir antes que leer ...