ESTAMPA 2: El periódico de los domingos.
Antes de enseñarme a opinar, mi padre me enseñó a leer.
"Pequeñas historias de una
vida corriente. Porque una persona no cabe dentro de una etiqueta."
Los
domingos tenían un olor distinto.
No
era el olor del café ni el de los mantecados cuando llegaba la Navidad. Era el
olor del papel recién impreso. Todavía hoy, cuando abro un periódico, vuelvo
por un instante a la Córdoba de mi infancia.
Recuerdo
perfectamente el paseo por la Avenida de la Victoria, que entonces era
simplemente la Avenida de la Victoria y nunca pensamos que pudiera llamarse de
otra manera (Hoy sigue llamándose igual).
Mi
padre caminaba sin prisas. No necesitaba grandes viajes para disfrutar de un
domingo.
Le
bastaban un paseo, unos jardines, un banco donde sentarse a leer o un concierto
de la banda municipal junto al templete.
Antes
había una parada obligatoria.
El
quiosco.
Allí
compraba el ABC o el Diario Córdoba y, casi siempre, nos dejaba elegir un
tebeo. Para nosotros aquello era un acontecimiento: Capitán Trueno, El Jabato,
Roberto Alcázar y Pedrín, Vidas ejemplares, Zipi y Zape, Las hermanas Gilda, La
familia Cebolleta, El Botones Sacarino, Mortadelo y Filemón...
Cada
uno buscaba rápidamente su favorito mientras mi padre enrollaba el periódico y
seguíamos caminando.
Nunca
le oí decir que un periódico fuera bueno o malo por pertenecer a una
determinada tendencia.
En
casa aparecían con naturalidad el ABC, Diario Córdoba, Diario 16, El País,
Pueblo, La Vanguardia e incluso revistas como Diez Minutos.
Con
los años comprendí que aquello no era casual.
Mi
padre era un lector antes que un partidario.
Leía
por curiosidad. Por obligación profesional. Por placer.
Y
porque pensaba que era imposible comprender la realidad escuchando una sola
voz.
No
recuerdo que recortara artículos.
Pero
sí recuerdo un gesto que repitió muchas veces.
Me
entregaba el periódico doblado por una página concreta y decía:
—Lee
esto.
Sin
más explicación.
Una
tarde protesté, siendo ya un adolescente, porque el autor me parecía demasiado
conservador (“carca” le dije).
Él
sonrió con esa mezcla de ironía y paciencia que utilizaba cuando quería
enseñarme algo.
—Pues
es de izquierdas.
No
añadió nada más.
La
lección ya estaba dada.
Antes
de opinar había que leer.
Y
antes de etiquetar a una persona convenía conocerla.
Los
periódicos terminaban acumulándose en el revistero del televisor Iberia.
Cuando
ya no cabían más, mi madre nos mandaba llevarlos a un almacén cercano donde los
compraban al peso. Si pesaban mucho los atábamos y los llevábamos sobre el
sillín de una bicicleta de mi hermano mayor.
El
dinero nos lo dejaba para comprar un helado en verano.
Así
aprendimos que hasta un periódico viejo podía tener una segunda vida.
Como
tantas otras cosas en una casa donde nada se desperdiciaba.
Con
el paso de los años he comprendido que aquellos domingos no me enseñaron
solamente a disfrutar de un paseo.
Me
enseñaron a escuchar, a leer opiniones distintas y a desconfiar de las
etiquetas fáciles.
Quizá
por eso sigo creyendo que ninguna persona puede resumirse en una frase, en un
titular o en una opinión repetida muchas veces.
Cuando
cierro los ojos no recuerdo un gran discurso sobre la libertad de pensamiento.
Recuerdo
algo mucho más sencillo.
Un padre caminando por Córdoba con un periódico enrollado bajo el brazo.
Un
grupo de hijos discutiendo qué tebeo elegir.
Un
banco junto al templete.
Y
un hombre que, sin proponérselo, estaba enseñándonos que la mejor forma de
pensar por uno mismo consiste, primero, en aprender a leer a los demás.
Porque
hay periódicos que se olvidan al día siguiente.
Pero
hay domingos que permanecen toda la vida.


No hay comentarios:
Publicar un comentario