domingo, 28 de junio de 2026

ESTAMPA 1: Las llaves de las dos y media

 

ESTAMPA 1: Las llaves de las dos y media

"Hay recuerdos que no se guardan en la memoria, sino en el oído."

"Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona no cabe dentro de una etiqueta."





Si cierro los ojos y vuelvo a mi infancia, no veo una fotografía.

Escucho un sonido. El de unas llaves girando lentamente en la cerradura de un piso alquilado de Córdoba.

Todos los días, más o menos a la misma hora, ocurría lo mismo.

Yo estaba terminando de escuchar un breve programa de flamenco en Radio Popular de Córdoba. Lo dirigía Agustín Gómez, de quien más tarde yo sería compañero suyo y me ayudaría en algunas propuestas de difusión, y tenía la rara habilidad de hacer comprender y gustar el flamenco, todo un experto en ese arte, incluso a quienes apenas sabíamos nada de él.

Pero llegaba un momento en que dejaba de prestar atención a la radio.

Esperaba otra cosa. Las llaves.

En cuanto las oíamos, los hermanos salíamos corriendo. No para pedir nada. No para recibir un regalo.

Simplemente para darle un beso a nuestro padre y, sobre todo los mayores, quitarle el periódico que siempre traía consigo.

Era un gesto que se repetía casi todos los días y que entonces nos parecía completamente normal.

Hoy sé que era un pequeño ritual familiar.

Mi padre llegaba siempre vestido de la misma manera.

Traje oscuro.

Corbata.

Y durante muchos años, sombrero.

Un sombrero que hoy algunos verían como un símbolo y que para mí no era más que el sombrero de mi padre.

Traía el periódico enrollado con la palma de la mano o doblado bajo el brazo.

Apenas tenía tiempo de dejarlo sobre la mesa. Nosotros ya se lo habíamos quitado.

Después preguntaba con una sonrisa:

—¿Dónde está el periódico?

Y casi siempre aparecía en el revistero del televisor Iberia del salón comedor.

Primero saludaba a mi madre.

Después se cambiaba de ropa.

Y la casa recuperaba su ritmo habitual.

No recuerdo grandes conversaciones sobre política. Recuerdo conversaciones sobre libros, sobre algún artículo que le había llamado la atención, sobre una noticia curiosa, sobre una película.

Mi padre nunca me decía lo que debía pensar.

Me tendía un periódico abierto por una página determinada y simplemente decía:

—Lee esto.

Alguna vez rechacé un artículo porque el autor me parecía demasiado conservador.

Él sonrió y respondió:

—Pues es de izquierdas.

No pretendía convencerme de nada. Sólo enseñarme a leer antes de opinar.

Con los años he comprendido que aquellas llaves abrían mucho más que una puerta.

Abrían una casa donde había sitio para cinco hijos, para una biblioteca que nunca dejaba de crecer, para los libros prestados de la biblioteca municipal, para las novelas de Galdós, para los boletines oficiales, para los tebeos del domingo y para un sillón que poco a poco terminó rodeado de montañas de libros.

También abrían un hogar donde un despacho fue desapareciendo porque la familia necesitaba más espacio.

Donde un padre llegaba puntual. Donde una madre tenía siempre preparada la comida. Donde los periódicos acababan vendiéndose al peso para que los hijos pudiéramos comprar un helado en verano.

No sé cuándo escuché por última vez aquellas llaves. Quizá no fui consciente de ello.

Pero todavía hoy, cuando alguien abre una puerta con ese mismo sonido pausado y familiar, vuelvo durante un instante a aquella casa.

Veo un periódico doblado sobre la mesa.

Veo un sombrero en el perchero.

Veo a cinco niños corriendo por el pasillo.

Y vuelvo a sentir la tranquilidad de saber que mi padre ya estaba en casa.

Con el paso del tiempo he aprendido que una vida rara vez se recuerda por los grandes acontecimientos.

Se recuerda por pequeñas costumbres que se repiten hasta hacerse invisibles.

Por un beso al llegar.

Por un periódico compartido.

Por un sillón lleno de libros.

Por unas llaves.

Y quizá por eso, cuando hoy pienso en Antonio Luis Baena Tocón, antes que un nombre, un cargo o una fotografía, lo primero que vuelve a mí es aquel sonido sencillo y cotidiano que marcaba el comienzo de todas las tardes de mi infancia.

Porque hay personas que nunca terminan de marcharse.

Simplemente siguen llegando a casa, todos los días, a las dos y media.


“Con el tiempo he comprendido que aquellas llaves abrían mucho más que una puerta…”



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