martes, 30 de junio de 2026

ESTAMPA 4: EL CAFÉ DE LA TARDE

 

Estampa 4: El café de la tarde

         "Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona no cabe dentro de una etiqueta."

 


A las cinco o cinco y media de la tarde, más o menos, comenzaba un pequeño ritual, especialmente en invierno.

No hacía falta mirar el reloj.

Bastaba con escuchar el sonido de la cafetera, que parecía conocer de memoria la hora exacta, y percibir el aroma que iba llenando la casa mientras mi madre preparaba el café y mi padre solía dejarse querer por ella.

Mi madre lo hacía todo sin prisas, pero sin pausa, como si hubiera comprendido mucho antes que los demás que la vida no mejora por correr más deprisa. Después, cuando terminaba, él era el primero en ayudar a recoger las tazas, ordenar la cocina o fregar lo que hiciera falta. Nunca entendieron que hubiera tareas de uno o de otro, simplemente hacían juntos lo que había que hacer.

Sobre la mesa aparecían dos tazas.

Los hijos no solíamos participar de aquel ritual por iniciativa propia, aunque siempre terminábamos acercándonos para comentar cualquier cosa o escuchar una conversación. Y, si alguien más llegaba, nunca faltaban manos dispuestas a sacar otra taza del aparador.

Y de vez en cuando llegaba alguien.

Un vecino con una duda.

Un antiguo compañero que pasaba por allí.

Un familiar.

Un amigo.

O simplemente alguien que necesitaba hablar un rato.

No recuerdo grandes discursos políticos alrededor de aquella mesa, ni proclamas, ni consignas.

Se hablaba de libros, de la familia, de un problema administrativo imposible de resolver, de una receta de cocina, de la lluvia que nunca llegaba o de un artículo del periódico que había llamado la atención.

Y, de vez en cuando, aparecía una historia de hacía cuarenta años que mi padre contaba con una naturalidad sorprendente, sin convertirla nunca en una hazaña.

Escuchaba mucho más de lo que hablaba.

Cuando alguien terminaba una explicación larguísima, guardaba unos segundos de silencio, daba un sorbo al café y decía:

—Bueno... vamos a pensar.

Era una frase sencilla, pero tenía un efecto curioso.

Parecía que los problemas, solo por haber sido escuchados, pesaban un poco menos.

Mi madre siempre estaba dispuesta a escucharle y, con esa sensatez tranquila que la caracterizaba, le ayudaba a reflexionar y a tomar decisiones difíciles. Más que una conversación, aquello era un diálogo permanente entre dos personas que llevaban toda una vida compartiendo alegrías, preocupaciones y silencios.

Nunca levantaba la voz. Nunca necesitó hacerlo.

Si no estaba de acuerdo, sonreía ligeramente, se quitaba las gafas, las limpiaba con un pañuelo y respondía con argumentos.

Con calma.

Con respeto.

Y, sobre todo, sin esa necesidad de ganar todas las discusiones.

Recuerdo que más de una vez alguien le preguntó cómo podía conservar tanta serenidad.

Él contestaba con una media sonrisa:

—Enfadarse cansa mucho.

Y seguía removiendo el café.

Con los años he comprendido que aquella mesa era mucho más que una mesa.

Si no había visitas, era la de la cocina.

Si llegaba alguien, nos trasladábamos al comedor, que a esas horas ya estaba limpio, recogido y ordenado después del almuerzo.

Era un lugar donde cualquiera podía sentarse sin tener que demostrar nada.

No importaban los cargos, las ideas o los títulos.

Solo importaba la persona que tenía delante.

Quizá por eso me resulta tan extraño contemplar ahora cómo se construyen personajes a base de etiquetas, sospechas o frases repetidas hasta convertirlas en verdad.

Porque el hombre que yo conocí no cabía en ninguna de ellas.

Cabía, sencillamente, en dos tazas de café preparadas con cariño, en una conversación pausada, en una madre que escuchaba y aconsejaba con sentido común, en unos hijos que iban y venían alrededor de la mesa y en una casa donde siempre parecía haber sitio para quien necesitara compañía.

Y, pensándolo bien, quizá esa sea la mejor manera de recordar a alguien.

No por el ruido que otros hicieron alrededor de su nombre.

Sino por la tranquilidad con la que conseguía que cualquiera se sintiera escuchado.

Porque hay personas que dejan huella levantando la voz.

Y otras, mucho más difíciles de olvidar, simplemente compartiendo un café cada tarde.

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