Estampa 4: El café de la
tarde
"Pequeñas historias de una vida
corriente. Porque una persona no cabe dentro de una etiqueta."
A
las cinco o cinco y media de la tarde, más o menos, comenzaba un pequeño
ritual, especialmente en invierno.
No
hacía falta mirar el reloj.
Bastaba
con escuchar el sonido de la cafetera, que parecía conocer de memoria la hora
exacta, y percibir el aroma que iba llenando la casa mientras mi madre
preparaba el café y mi padre solía dejarse querer por ella.
Mi
madre lo hacía todo sin prisas, pero sin pausa, como si hubiera comprendido
mucho antes que los demás que la vida no mejora por correr más deprisa.
Después, cuando terminaba, él era el primero en ayudar a recoger las tazas,
ordenar la cocina o fregar lo que hiciera falta. Nunca entendieron que hubiera
tareas de uno o de otro, simplemente hacían juntos lo que había que hacer.
Sobre
la mesa aparecían dos tazas.
Los
hijos no solíamos participar de aquel ritual por iniciativa propia, aunque
siempre terminábamos acercándonos para comentar cualquier cosa o escuchar una
conversación. Y, si alguien más llegaba, nunca faltaban manos dispuestas a
sacar otra taza del aparador.
Y
de vez en cuando llegaba alguien.
Un
vecino con una duda.
Un
antiguo compañero que pasaba por allí.
Un
familiar.
Un
amigo.
O
simplemente alguien que necesitaba hablar un rato.
No
recuerdo grandes discursos políticos alrededor de aquella mesa, ni proclamas, ni
consignas.
Se
hablaba de libros, de la familia, de un problema administrativo imposible de
resolver, de una receta de cocina, de la lluvia que nunca llegaba o de un
artículo del periódico que había llamado la atención.
Y,
de vez en cuando, aparecía una historia de hacía cuarenta años que mi padre
contaba con una naturalidad sorprendente, sin convertirla nunca en una hazaña.
Escuchaba
mucho más de lo que hablaba.
Cuando
alguien terminaba una explicación larguísima, guardaba unos segundos de
silencio, daba un sorbo al café y decía:
—Bueno...
vamos a pensar.
Era
una frase sencilla, pero tenía un efecto curioso.
Parecía
que los problemas, solo por haber sido escuchados, pesaban un poco menos.
Mi
madre siempre estaba dispuesta a escucharle y, con esa sensatez tranquila que
la caracterizaba, le ayudaba a reflexionar y a tomar decisiones difíciles. Más
que una conversación, aquello era un diálogo permanente entre dos personas que
llevaban toda una vida compartiendo alegrías, preocupaciones y silencios.
Nunca
levantaba la voz. Nunca necesitó hacerlo.
Si
no estaba de acuerdo, sonreía ligeramente, se quitaba las gafas, las limpiaba
con un pañuelo y respondía con argumentos.
Con
calma.
Con
respeto.
Y,
sobre todo, sin esa necesidad de ganar todas las discusiones.
Recuerdo
que más de una vez alguien le preguntó cómo podía conservar tanta serenidad.
Él
contestaba con una media sonrisa:
—Enfadarse
cansa mucho.
Y
seguía removiendo el café.
Con
los años he comprendido que aquella mesa era mucho más que una mesa.
Si
no había visitas, era la de la cocina.
Si
llegaba alguien, nos trasladábamos al comedor, que a esas horas ya estaba
limpio, recogido y ordenado después del almuerzo.
Era
un lugar donde cualquiera podía sentarse sin tener que demostrar nada.
No
importaban los cargos, las ideas o los títulos.
Solo
importaba la persona que tenía delante.
Quizá
por eso me resulta tan extraño contemplar ahora cómo se construyen personajes a
base de etiquetas, sospechas o frases repetidas hasta convertirlas en verdad.
Porque
el hombre que yo conocí no cabía en ninguna de ellas.
Cabía,
sencillamente, en dos tazas de café preparadas con cariño, en una conversación
pausada, en una madre que escuchaba y aconsejaba con sentido común, en unos
hijos que iban y venían alrededor de la mesa y en una casa donde siempre
parecía haber sitio para quien necesitara compañía.
Y,
pensándolo bien, quizá esa sea la mejor manera de recordar a alguien.
No
por el ruido que otros hicieron alrededor de su nombre.
Sino
por la tranquilidad con la que conseguía que cualquiera se sintiera escuchado.
Porque
hay personas que dejan huella levantando la voz.
Y
otras, mucho más difíciles de olvidar, simplemente compartiendo un café cada
tarde.

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