lunes, 15 de junio de 2026

LAS CINCO VIDAS INVENTADAS DE ANTONIO LUIS BAENA TOCÓN (I)

 

Las cinco vidas inventadas de Antonio Luis Baena Tocón (I)

Cinco derechos para una persona real.

Cómo una persona acaba convirtiéndose en un personaje.



Primera entrega

La primera ficha del dominó

¿Qué importancia tiene llamar funcionario a quien no lo era?


Cuando llegaron a mis manos algunas de las primeras publicaciones sobre mi padre, pensé que la polémica giraba alrededor de unos cuantos errores biográficos. Una fecha equivocada. Un cargo mal atribuido. Una interpretación discutible...

En muy pocos días llegué a una conclusión diferente.

El problema no era una fecha. El problema era el relato.

Esta reflexión, que ya era evidente para mí, se hizo aún más clara durante el proceso judicial celebrado en Cádiz en octubre de 2024. Antes del juicio me ofrecí a facilitar documentación y aclaraciones a quienes quisieran contrastar los hechos, entre ellos a medios locales del Grupo Joly como Diario de Jerez y Diario de Cádiz, especialmente después de algunas publicaciones que consideraba inexactas y cuya rectificación solicité sin éxito.


Sin embargo, tras el juicio aparecieron diversas publicaciones periodísticas en las que se ofrecía ampliamente la versión del catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá, mientras que la mía ni siquiera fue solicitada.

Recuerdo especialmente una afirmación que me llamó la atención.

Venía a decir que considerar funcionario a una persona cuando en realidad no lo era tampoco constituía un problema especialmente relevante.

Confieso que aquella afirmación, considerada aisladamente, podía parecer incluso razonable. Pero el verdadero problema nunca estuvo en la palabra, sino en la función que desempeñaba dentro del relato.

Mi padre no aparece presentado simplemente como un funcionario, en el relato de Ríos Carratalá, sino como funcionario que forma parte de una construcción mucho más amplia.

Un funcionario que, según ese relato, habría encontrado en la guerra y en la posguerra una oportunidad para prosperar. Un funcionario dispuesto a asumir tareas represivas. Un funcionario voluntario. Un funcionario que ascendería, sin formación, gracias a su adhesión al régimen. Y, sobre todo, un funcionario cuya supuesta condición permitía presentar determinadas actuaciones como una inversión de futuro en una carrera administrativa que, sencillamente, todavía no existía para él.

Y, finalmente, una pieza más de un engranaje cuya responsabilidad terminaría extendiéndose mucho más allá de sus funciones reales.

Estaba muy claro que aquella palabra no era un detalle. Era la primera ficha del dominó.

Si la primera ficha cae, las demás comienzan a moverse.

Pero si la primera ficha nunca existió, conviene preguntarse qué ocurre con las que vienen detrás.

No escribo estas líneas para discutir una fecha concreta. Tampoco para pedir un tratamiento especial para mi familia.

La historia necesita debate y la investigación histórica debe ser libre, pero los archivos están para ser consultados y analizados. Precisamente por eso creo que el contexto importa. Los datos históricos no viven aislados. Su significado depende también de la función que cumplen dentro de una narración más amplia.

Una palabra nunca es completamente inocente cuando forma parte de una narración más amplia.

Llamar funcionario a quien no lo era puede parecer una cuestión menor.

Sin embargo, deja de serlo cuando esa condición constituye el punto de partida de una determinada interpretación biográfica.

Durante estos años he aprendido que los relatos tienen una enorme capacidad para crecer: Una afirmación pasa a un libro, del libro a una entrevista, e la entrevista a un periódico, del periódico a las redes sociales, de las redes sociales a la conversación cotidiana.

Y llega un momento en que muchas personas aceptan una determinada imagen sin preguntarse cómo se construyó.

Quizá esa sea una de las grandes responsabilidades de quienes investigan y escriben sobre personas reales.

No sólo importa cada dato considerado aisladamente. Importa también el papel que desempeña dentro del conjunto.

Mi padre, Antonio Luis Baena Tocón, fue una persona real. Con aciertos y errores.

Con circunstancias difíciles que le tocó vivir, con una biografía documentable.

Y creo que esa biografía merece ser estudiada con el mismo rigor que se exige para cualquier otro personaje histórico.

Por eso he decidido comenzar esta serie de artículos: No para sustituir un relato por otro. No para pedir indulgencia hacia nadie. Sino para analizar cómo determinadas afirmaciones, relacionadas entre sí, pueden acabar construyendo una imagen pública muy distinta de la persona real.

Quizá algunos lectores compartan mis conclusiones, quizá otros no, pero al menos me gustaría plantear una pregunta.

Cuando una palabra sostiene una parte importante de un relato, ¿podemos seguir diciendo que esa palabra carece de importancia?

Ésta es la primera entrega de una serie que he titulado:

Las cinco vidas inventadas de Antonio Luis Baena Tocón.

En las próximas publicaciones intentaré recorrer algunas de las piezas que, unidas entre sí, contribuyeron a construir una determinada imagen pública sobre mi padre.

Y empezaremos precisamente por ahí.

Era la primera ficha del dominó. No se trataba únicamente de un error cronológico.

Aquella condición de funcionario permitía sostener una interpretación más amplia sobre mi padre y sobre toda una generación de personas a las que se presenta como beneficiarias conscientes del sistema franquista.

Por eso la discusión nunca fue simplemente una cuestión de fechas.

Era una cuestión de arquitectura del relato.

Porque, a veces, para comprender una historia entera basta con preguntarse quién empujó la primera pieza.


"Las personas reales merecen algo más que personajes de ficción construidos sobre sus vidas."

"Antes que personajes de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos fueron personas reales."

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