Las cinco vidas inventadas de
Antonio Luis Baena Tocón (III)
Cinco derechos para una persona real.
Cómo
una persona acaba convirtiéndose en un personaje.
Tercera entrega
El voluntario perfecto
O cómo las circunstancias acaban convirtiéndose
en una elección
Primera parte: Cuando el relato sale de los
libros
Si las dos primeras entregas de esta serie estaban dedicadas al
supuesto funcionario y al supuesto abogado, la tercera gira alrededor
de una palabra que, probablemente, resulta aún más importante.
Voluntario.
Al principio pensé que las discrepancias sobre la figura de mi
padre se limitaban al ámbito académico. Imaginaba que determinadas
interpretaciones quedarían reducidas a libros especializados,
artículos o debates entre investigadores, aunque precisaran
correcciones.
Me equivocaba.
Con el paso del tiempo comprendí que el relato había abandonado
los archivos y las bibliotecas para instalarse en un espacio mucho
más amplio: el de la opinión pública.
Hubo un momento que recuerdo especialmente, aunque sólo con el
paso del tiempo fui plenamente consciente de su importancia.
Fue la entrevista concedida por el catedrático Juan Antonio Ríos
Carratalá a Carlos Arcaya en Radio Alicante, Cadena SER, con
motivo de la presentación en Radio Alicante del libro
Nos vemos en Chicote. .
La escuché con atención, algunos años después de que se
produjera (aún se puede escuchar).
No voy a negar que me produjo una profunda inquietud. No
únicamente por las afirmaciones que se realizaban sobre Antonio Luis
Baena Tocón. Tampoco porque se ofreciera una interpretación
histórica distinta de la mía.
Lo que verdaderamente me preocupó fue comprender que muchas
personas aceptarían aquellas afirmaciones como una descripción
objetiva de los hechos.
La radio posee una enorme capacidad de comunicación. Las palabras
llegan al oyente con cercanía. La conversación parece espontánea.
Y el tono distendido hace que muchas veces las opiniones se reciban
como certezas.
Recuerdo especialmente la sensación que me produjo escuchar cómo
se hablaba de personas reales, de familias reales y de
acontecimientos dramáticos de nuestra historia reciente con una
aparente naturalidad que contrastaba con la gravedad de las
afirmaciones realizadas.
Poco después comenzaron a llegar llamadas telefónicas.
Una prima residente en Barcelona me comentaba, alarmada, mientras
se dirigía a su trabajo y escuchaba las afirmaciones (barbaridades)
que se realizaban en la Ser sobre mi padre.
Amigas de confianza y conocedoras de la controversia, de 2029 en
adelante, telefoneaban sorprendidas tras escuchar noticias
relacionadas con el caso, especialmente en Canal 24 Horas de la
televisión pública.
Aquellas conversaciones me hicieron comprender algo que hasta
entonces no había percibido con claridad. El relato ya no pertenecía
exclusivamente al mundo académico. Había comenzado a formar parte
de la conversación cotidiana.
Y eso cambiaba completamente las cosas.
Porque una afirmación que aparece en un libro especializado puede
quedar limitada a un determinado círculo de lectores.
Pero cuando esa misma afirmación pasa a una entrevista, a una
noticia o a una conversación de café, adquiere una capacidad de
difusión extraordinaria. Aquella difusión no fue casual. Formaba
parte de una estrategia de comunicación que llevó un debate
inicialmente académico al ámbito de la opinión pública. Ya he
explicado en otra entrada algunos de los episodios que acompañaron a
ese proceso.
Entonces empecé a preguntarme cuál debía ser mi actitud. Nunca
he pretendido impedir que nadie investigue, a pesar de los
comentarios que sobre mí ha emitido el Sr. catedrático, de que “por
mi culpa está en peligro la investigación en España”
Tampoco he pensado que las interpretaciones históricas deban ser
únicas. La historia necesita debate. Necesita investigadores.
Necesita preguntas.
Pero también pensé que el contraste formaba parte de ese mismo
ejercicio de responsabilidad. Con el tiempo solicité la posibilidad
de ofrecer mi punto de vista en algunos de esos espacios. No fue
posible. Ni siquiera obtuve respuesta.
Aquella experiencia me recordó otras similares vividas
posteriormente.
Llegué a leer afirmaciones de Ríos Carratalá en prensa, según
las cuales mis actuaciones suponían una “forma de censura
propia de otras épocas” y “un peligro para la
investigación en España”.
Paradójicamente, tuve la impresión de que las posibilidades de
diálogo y rectificación se reducían a medida que el relato
adquiría mayor difusión pública, a pesar de que el catedrático
afirmaba estar supuestamente “abierto a cualquier sugerencia
contraria a sus investigaciones”.
Sin embargo, decidí que la mejor respuesta no consistía en
alimentar una polémica interminable.
Opté por un camino mucho más sencillo.
Escuchar.
Leer.
Buscar documentos.
Transcribir.
Analizar.
Y poner esos materiales a disposición de cualquier persona
interesada. No para imponer una conclusión, sino para facilitar que
cada lector pudiera formarse su propia opinión. Mientras realizaba
ese trabajo fui comprendiendo algo que, hasta entonces, sólo había
intuido.
El problema no consistía únicamente en determinados datos
biográficos. No se discutía solamente un cargo, una fecha o un
destino. Había algo mucho más profundo. El relato necesitaba que
Antonio Luis Baena Tocón fuera un hombre que elegía, que
decidía, que encontraba en las circunstancias de su
tiempo una oportunidad de promoción personal.
Y aquella idea me llevó a hacerme una pregunta que ya no me
abandonaría.
¿Hasta qué punto una vida marcada por acontecimientos
extraordinarios puede acabar siendo presentada, muchos años después,
como una sucesión de decisiones perfectamente libres y perfectamente
calculadas?
Quizá esa pregunta explique mejor que ninguna otra el sentido de
esta tercera entrega.
Porque, después de escuchar aquella entrevista, de recibir
aquellas llamadas y de revisar una y otra vez los documentos, empecé
a comprender que el verdadero debate no giraba alrededor de un
destino concreto.
Giraba alrededor de una palabra: Voluntario.
Y comprendí también que, para entender el personaje construido
sobre mi padre, primero era necesario preguntarse si realmente
tuvo la libertad de elegir las circunstancias que le tocaron vivir.
Segunda parte: Cuando las circunstancias se
convierten en decisiones
Aquella pregunta siguió acompañándome durante mucho tiempo.
¿Hasta qué punto una vida puede interpretarse exclusivamente a
través de las decisiones que tomó una persona y no de las
circunstancias que le tocó vivir?
Poco a poco fui comprendiendo que aquella cuestión era
fundamental, porque el personaje construido sobre mi padre necesitaba
una condición indispensable. Necesitaba ser libre para elegir.
Necesitaba encontrar en la Guerra Civil y en la inmediata
posguerra una oportunidad de progreso personal. Necesitaba actuar
voluntariamente.
Pero la realidad de una vida suele ser mucho más compleja que
los personajes de cualquier relato.
Mi padre no nació en un laboratorio ideológico.
Nació en una familia concreta.
Tuvo una infancia concreta.
Vivió acontecimientos que marcaron profundamente su juventud.
Entre ellos, el asesinato de su padre a comienzos de la Guerra Civil…
y la desestructuración de toda una familia...
Aquella tragedia familiar no fue una teoría. No fue una
interpretación. Fue una realidad que condicionó la vida de toda una
familia.
Como tantas otras familias españolas de uno y otro lado, tuvieron
que afrontar pérdidas, miedos, incertidumbres y decisiones que nunca
habrían deseado tomar. También conocieron el exilio. También
tuvieron que reconstruir sus vidas en circunstancias
extraordinariamente difíciles.
Cuando pienso en aquellos años, me resulta complicado aceptar
determinadas simplificaciones.
La historia rara vez ofrece caminos completamente libres. La
mayoría de las personas no eligen el tiempo que les toca vivir. No
eligen una guerra. No eligen la muerte de un padre. No eligen el
miedo. No eligen la persecución. No eligen el exilio. Y muchas
veces tampoco eligen las obligaciones que les corresponden en cada
momento histórico.
Sin embargo, con el paso de los años, he observado cómo
determinadas interpretaciones parecen olvidar ese contexto.
Las circunstancias desaparecen.
Las tragedias personales pasan a un segundo plano.
Las obligaciones se convierten en elecciones.
Y las elecciones terminan interpretándose como estrategias
conscientes de promoción personal.
Entonces el personaje empieza a adquirir forma.
El supuesto funcionario. El supuesto abogado. El supuesto
voluntario. El hombre al que el relato necesitaba convertir en
protagonista de una determinada interpretación del pasado. El
hombre que habría comprendido dónde estaban las oportunidades y
habría decidido aprovecharlas.
Confieso que esa forma de interpretar una vida siempre me ha
producido una profunda inquietud.
Porque convierte a las personas reales en figuras
extraordinariamente simples. Todo parece obedecer a un plan. Todo
parece obedecer a un plan previamente diseñado. Todo parece
responder a una voluntad consciente.
Pero las vidas reales no suelen ser así.
Las personas se equivocan. Se adaptan. Sufren. Intentan salir
adelante. Cumplen obligaciones que no han elegido. Y toman decisiones
condicionadas por circunstancias que muchas veces escapan a su
voluntad.
Quizá por eso me llamó especialmente la atención descubrir
que el relato necesitaba eliminar muchas de las circunstancias
personales que rodearon la juventud de mi padre.
Porque esas circunstancias hacían más difícil mantener el
personaje.
Resultaba más sencillo presentar a un hombre que encontraba
oportunidades donde otros sólo veían dificultades. Más sencillo
convertir las obligaciones en adhesiones. Más sencillo interpretar
determinados destinos como decisiones personales perfectamente
libres.
Y fue entonces cuando comprendí que la palabra "voluntario"
tenía una importancia mucho mayor de la que había imaginado.
No se trataba únicamente de un destino concreto. Ni siquiera de
una función determinada. Se trataba de atribuir una intención
y, con ella, una determinada responsabilidad moral.
Y las intenciones son, probablemente, uno de los terrenos más
delicados de cualquier investigación histórica.
Los hechos pueden documentarse. Las fechas pueden comprobarse. Los
expedientes pueden consultarse. Pero las motivaciones humanas rara
vez son tan sencillas como a veces nos gustaría creer.
Durante estos años he llegado a una conclusión que quizá
resulte demasiado simple.
La historia necesita documentos. Pero también necesita
contexto. Necesita también prudencia.
Necesita recordar que detrás de cada expediente hubo personas.
Que detrás de cada nombre hubo familias. Y que detrás de muchas
decisiones existieron circunstancias que no fueron elegidas.
Mi padre tampoco eligió muchas de las que marcaron su juventud.
Y, sin embargo, con el paso del tiempo, he visto cómo algunas
interpretaciones parecían transformar aquellas circunstancias en una
sucesión de decisiones perfectamente voluntarias.
Y fue entonces cuando comprendí que el verdadero problema no
consistía únicamente en discutir un hecho concreto. El problema era
mucho más profundo. El personaje necesitaba un voluntario
perfecto.
Y quizá la vida real, con todas sus contradicciones y
dificultades, resultaba demasiado compleja para encajar en un papel
tan sencillo.
Fue entonces cuando decidí que la mejor respuesta no consistía
en discutir una interpretación con otra, sino en escuchar, buscar
documentos y ofrecer al lector los elementos necesarios para formarse
su propia opinión.
Tercera parte: El derecho al contraste
Cuando terminé de escuchar aquella entrevista y de reflexionar
sobre muchas otras publicaciones y declaraciones posteriores, llegué
a una conclusión inesperada.
No podía impedir que otras personas escribieran sobre mi padre.
Tampoco quería hacerlo. Nunca he pensado que la investigación
histórica deba estar sometida a censura. Los investigadores tienen
derecho a formular hipótesis. Los periodistas tienen derecho a
entrevistar. Los escritores tienen derecho a interpretar. Y los
lectores tienen derecho a estar de acuerdo o a discrepar.
Pero también pensé que existe otro derecho mucho más
sencillo.
El derecho al contraste.
El derecho a consultar documentos.
El derecho a escuchar otras voces.
El derecho a conocer circunstancias que quizá no aparecen en
un relato determinado.
Por eso decidí hacer algo que estaba a mi alcance.
Escuchar atentamente las entrevistas.
Leer los artículos.
Consultar archivos.
Buscar documentos.
Comparar afirmaciones.
Transcribir conversaciones.
Y compartir ese trabajo a través de mi propio blog y de mi
página dedicada a la memoria de Antonio Luis Baena Tocón.
No pretendía que nadie aceptara mis conclusiones.
Ni aspiraba a sustituir un relato por otro.
Simplemente pensaba que una persona real merecía que quienes
quisieran conocer su historia dispusieran del mayor número posible
de elementos para formarse una opinión propia.
Mientras realizaba ese trabajo fui comprendiendo otra cuestión
que nunca había imaginado.
Los relatos tienen una enorme capacidad para crecer. Una
afirmación aparece en un libro.
El libro da lugar a una entrevista. La entrevista genera noticias.
Las noticias pasan a las redes sociales. Las redes alimentan
conversaciones cotidianas.
Y llega un momento en que el personaje construido parece más
conocido que la persona real.
Quizá esa sea una de las mayores responsabilidades de quienes
trabajan con la historia y con la información.
No sólo importa lo que se dice.
Importa también cómo se dice.
Dónde se dice.
Y las consecuencias que puede tener sobre personas y familias
concretas.
Durante estos años he pensado muchas veces que el verdadero
debate no consistía únicamente en la figura de mi padre.
La cuestión era más amplia.
¿Quién tiene derecho a contar la vida de una persona?
¿El investigador?
¿El periodista?
¿La familia?
¿Los documentos?
Quizá la respuesta sea que todos tienen algo que aportar.
Pero precisamente por eso ninguna voz debería aspirar a
convertirse en la única posible.
Nunca he pretendido que nadie acepte mi visión de los hechos
simplemente porque soy hijo de Antonio Luis Baena Tocón.
Ser hijo no convierte a nadie en historiador.
Pero tampoco creo que la condición de investigador dispense de
escuchar otras fuentes o de revisar determinadas conclusiones cuando
aparecen nuevos datos.
La memoria familiar y la investigación histórica no tienen por
qué ser enemigas.
Pueden dialogar. Pueden corregirse mutuamente. Pueden ayudarse a
comprender mejor el pasado., pero jamás puede una parte intentar
engañar a la otra o desacreditarla en pro del cinismo, la
hipocresía, la ideología, el fanatismo, etc
Quizá esa haya sido una de las lecciones más inesperadas de
estos diez años.
He descubierto que defender la memoria de una persona no consiste
en convertirla en un héroe. Mi padre no fue un héroe. Tampoco fue
un personaje perfecto. Fue una persona. Con virtudes y defectos. Con
aciertos y errores. Con decisiones acertadas y otras que
probablemente hoy habría tomado de manera diferente. Como
cualquiera de nosotros.
Pero también fue un hombre con una biografía real.
Con documentos.
Con familia.
Con amigos.
Con compañeros de trabajo.
Con recuerdos que todavía permanecen vivos en muchas personas.
Y creo que esa realidad merece ser contemplada con toda su
complejidad.
Después de todo este tiempo he llegado a una conclusión bastante
sencilla.
Nunca he pedido que se olvide la historia.
Nunca he pedido privilegios para mi familia.
Nunca he pretendido que nadie renuncie a investigar.
Sólo he pensado que, antes de convertir a una persona en
personaje de un relato, quizá merezca la pena escuchar también a
quienes conservan su memoria, sus documentos y sus silencios.
Ése ha sido el sentido de estas páginas.
Y ésa es también la razón por la que decidí escuchar, leer,
transcribir y compartir.
No para cerrar un debate. Sino para abrirlo, pero no se puede
abrir con la intransigencia de creerse con la verdad absoluta e
intentando desacreditar a quien nos contradice...
Y para recordar algo que, a veces, parece olvidarse con demasiada
facilidad.
Antes que protagonistas de un relato, nuestros padres y nuestros
abuelos fueron personas reales.
Y quizá la pregunta más importante de esta tercera entrega ya no
sea si Antonio Luis Baena Tocón fue voluntario.
Quizá la verdadera pregunta sea otra.
¿Hasta qué punto tenemos derecho a convertir las
circunstancias de una vida en un personaje construido a nuestra
medida?
Documentación complementaria
El lector interesado puede consultar directamente algunos de los
materiales mencionados en esta entrada y formar su propia opinión:
Entrevista en Radio Alicante, Cadena SER:
https://play.cadenaser.com/audio/085RD010000000025650/
Análisis y referencias sobre la entrevista:
https://antonioluisbaenatocon.blogspot.com/search?q=entrevista+cadena+ser
Presentación de Nos vemos en Chicote y
transcripción comentada:
https://antonioluisbaenatocon.blogspot.com/search?q=presentaci%C3%B3n+Nos+vemos+en+chicote
Porque la mejor manera de comprender una historia sigue siendo la
misma de siempre:
Escuchar.
Leer.
Contrastar.
Y pensar por uno mismo.
"Las
personas reales merecen algo más que personajes de ficción
construidos sobre sus vidas."
"Antes
que personajes de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos
fueron personas reales."