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martes, 16 de junio de 2026

LAS CINCO VIDAS INVENTADAS DE ANTONIO LUIS BAENA TOCÓN (III)

 

Las cinco vidas inventadas de Antonio Luis Baena Tocón (III)

Cinco derechos para una persona real.

Cómo una persona acaba convirtiéndose en un personaje.


Tercera entrega

El voluntario perfecto

O cómo las circunstancias acaban convirtiéndose en una elección




Primera parte: Cuando el relato sale de los libros

Si las dos primeras entregas de esta serie estaban dedicadas al supuesto funcionario y al supuesto abogado, la tercera gira alrededor de una palabra que, probablemente, resulta aún más importante.

Voluntario.

Al principio pensé que las discrepancias sobre la figura de mi padre se limitaban al ámbito académico. Imaginaba que determinadas interpretaciones quedarían reducidas a libros especializados, artículos o debates entre investigadores, aunque precisaran correcciones.

Me equivocaba.

Con el paso del tiempo comprendí que el relato había abandonado los archivos y las bibliotecas para instalarse en un espacio mucho más amplio: el de la opinión pública.

Hubo un momento que recuerdo especialmente, aunque sólo con el paso del tiempo fui plenamente consciente de su importancia.

Fue la entrevista concedida por el catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá a Carlos Arcaya en Radio Alicante, Cadena SER, con motivo de la presentación en Radio Alicante del libro Nos vemos en Chicote. .

La escuché con atención, algunos años después de que se produjera (aún se puede escuchar).

No voy a negar que me produjo una profunda inquietud. No únicamente por las afirmaciones que se realizaban sobre Antonio Luis Baena Tocón. Tampoco porque se ofreciera una interpretación histórica distinta de la mía.

Lo que verdaderamente me preocupó fue comprender que muchas personas aceptarían aquellas afirmaciones como una descripción objetiva de los hechos.

La radio posee una enorme capacidad de comunicación. Las palabras llegan al oyente con cercanía. La conversación parece espontánea. Y el tono distendido hace que muchas veces las opiniones se reciban como certezas.

Recuerdo especialmente la sensación que me produjo escuchar cómo se hablaba de personas reales, de familias reales y de acontecimientos dramáticos de nuestra historia reciente con una aparente naturalidad que contrastaba con la gravedad de las afirmaciones realizadas.

Poco después comenzaron a llegar llamadas telefónicas.

Una prima residente en Barcelona me comentaba, alarmada, mientras se dirigía a su trabajo y escuchaba las afirmaciones (barbaridades) que se realizaban en la Ser sobre mi padre.

Amigas de confianza y conocedoras de la controversia, de 2029 en adelante, telefoneaban sorprendidas tras escuchar noticias relacionadas con el caso, especialmente en Canal 24 Horas de la televisión pública.

Aquellas conversaciones me hicieron comprender algo que hasta entonces no había percibido con claridad. El relato ya no pertenecía exclusivamente al mundo académico. Había comenzado a formar parte de la conversación cotidiana.

Y eso cambiaba completamente las cosas.

Porque una afirmación que aparece en un libro especializado puede quedar limitada a un determinado círculo de lectores.

Pero cuando esa misma afirmación pasa a una entrevista, a una noticia o a una conversación de café, adquiere una capacidad de difusión extraordinaria. Aquella difusión no fue casual. Formaba parte de una estrategia de comunicación que llevó un debate inicialmente académico al ámbito de la opinión pública. Ya he explicado en otra entrada algunos de los episodios que acompañaron a ese proceso.

Entonces empecé a preguntarme cuál debía ser mi actitud. Nunca he pretendido impedir que nadie investigue, a pesar de los comentarios que sobre mí ha emitido el Sr. catedrático, de que “por mi culpa está en peligro la investigación en España”

Tampoco he pensado que las interpretaciones históricas deban ser únicas. La historia necesita debate. Necesita investigadores. Necesita preguntas.

Pero también pensé que el contraste formaba parte de ese mismo ejercicio de responsabilidad. Con el tiempo solicité la posibilidad de ofrecer mi punto de vista en algunos de esos espacios. No fue posible. Ni siquiera obtuve respuesta.

Aquella experiencia me recordó otras similares vividas posteriormente.

Llegué a leer afirmaciones de Ríos Carratalá en prensa, según las cuales mis actuaciones suponían una “forma de censura propia de otras épocas” y “un peligro para la investigación en España”.

Paradójicamente, tuve la impresión de que las posibilidades de diálogo y rectificación se reducían a medida que el relato adquiría mayor difusión pública, a pesar de que el catedrático afirmaba estar supuestamente “abierto a cualquier sugerencia contraria a sus investigaciones”.

Sin embargo, decidí que la mejor respuesta no consistía en alimentar una polémica interminable.

Opté por un camino mucho más sencillo.

Escuchar.

Leer.

Buscar documentos.

Transcribir.

Analizar.

Y poner esos materiales a disposición de cualquier persona interesada. No para imponer una conclusión, sino para facilitar que cada lector pudiera formarse su propia opinión. Mientras realizaba ese trabajo fui comprendiendo algo que, hasta entonces, sólo había intuido.

El problema no consistía únicamente en determinados datos biográficos. No se discutía solamente un cargo, una fecha o un destino. Había algo mucho más profundo. El relato necesitaba que Antonio Luis Baena Tocón fuera un hombre que elegía, que decidía, que encontraba en las circunstancias de su tiempo una oportunidad de promoción personal.

Y aquella idea me llevó a hacerme una pregunta que ya no me abandonaría.

¿Hasta qué punto una vida marcada por acontecimientos extraordinarios puede acabar siendo presentada, muchos años después, como una sucesión de decisiones perfectamente libres y perfectamente calculadas?

Quizá esa pregunta explique mejor que ninguna otra el sentido de esta tercera entrega.

Porque, después de escuchar aquella entrevista, de recibir aquellas llamadas y de revisar una y otra vez los documentos, empecé a comprender que el verdadero debate no giraba alrededor de un destino concreto.

Giraba alrededor de una palabra: Voluntario.

Y comprendí también que, para entender el personaje construido sobre mi padre, primero era necesario preguntarse si realmente tuvo la libertad de elegir las circunstancias que le tocaron vivir.



Segunda parte: Cuando las circunstancias se convierten en decisiones

Aquella pregunta siguió acompañándome durante mucho tiempo.

¿Hasta qué punto una vida puede interpretarse exclusivamente a través de las decisiones que tomó una persona y no de las circunstancias que le tocó vivir?

Poco a poco fui comprendiendo que aquella cuestión era fundamental, porque el personaje construido sobre mi padre necesitaba una condición indispensable. Necesitaba ser libre para elegir.

Necesitaba encontrar en la Guerra Civil y en la inmediata posguerra una oportunidad de progreso personal. Necesitaba actuar voluntariamente.

Pero la realidad de una vida suele ser mucho más compleja que los personajes de cualquier relato.

Mi padre no nació en un laboratorio ideológico.

Nació en una familia concreta.

Tuvo una infancia concreta.

Vivió acontecimientos que marcaron profundamente su juventud. Entre ellos, el asesinato de su padre a comienzos de la Guerra Civil… y la desestructuración de toda una familia...

Aquella tragedia familiar no fue una teoría. No fue una interpretación. Fue una realidad que condicionó la vida de toda una familia.

Como tantas otras familias españolas de uno y otro lado, tuvieron que afrontar pérdidas, miedos, incertidumbres y decisiones que nunca habrían deseado tomar. También conocieron el exilio. También tuvieron que reconstruir sus vidas en circunstancias extraordinariamente difíciles.

Cuando pienso en aquellos años, me resulta complicado aceptar determinadas simplificaciones.

La historia rara vez ofrece caminos completamente libres. La mayoría de las personas no eligen el tiempo que les toca vivir. No eligen una guerra. No eligen la muerte de un padre. No eligen el miedo. No eligen la persecución. No eligen el exilio. Y muchas veces tampoco eligen las obligaciones que les corresponden en cada momento histórico.

Sin embargo, con el paso de los años, he observado cómo determinadas interpretaciones parecen olvidar ese contexto.

Las circunstancias desaparecen.

Las tragedias personales pasan a un segundo plano.

Las obligaciones se convierten en elecciones.

Y las elecciones terminan interpretándose como estrategias conscientes de promoción personal.

Entonces el personaje empieza a adquirir forma.

El supuesto funcionario. El supuesto abogado. El supuesto voluntario. El hombre al que el relato necesitaba convertir en protagonista de una determinada interpretación del pasado. El hombre que habría comprendido dónde estaban las oportunidades y habría decidido aprovecharlas.

Confieso que esa forma de interpretar una vida siempre me ha producido una profunda inquietud.

Porque convierte a las personas reales en figuras extraordinariamente simples. Todo parece obedecer a un plan. Todo parece obedecer a un plan previamente diseñado. Todo parece responder a una voluntad consciente.

Pero las vidas reales no suelen ser así.

Las personas se equivocan. Se adaptan. Sufren. Intentan salir adelante. Cumplen obligaciones que no han elegido. Y toman decisiones condicionadas por circunstancias que muchas veces escapan a su voluntad.

Quizá por eso me llamó especialmente la atención descubrir que el relato necesitaba eliminar muchas de las circunstancias personales que rodearon la juventud de mi padre.

Porque esas circunstancias hacían más difícil mantener el personaje.

Resultaba más sencillo presentar a un hombre que encontraba oportunidades donde otros sólo veían dificultades. Más sencillo convertir las obligaciones en adhesiones. Más sencillo interpretar determinados destinos como decisiones personales perfectamente libres.

Y fue entonces cuando comprendí que la palabra "voluntario" tenía una importancia mucho mayor de la que había imaginado.

No se trataba únicamente de un destino concreto. Ni siquiera de una función determinada. Se trataba de atribuir una intención y, con ella, una determinada responsabilidad moral.

Y las intenciones son, probablemente, uno de los terrenos más delicados de cualquier investigación histórica.

Los hechos pueden documentarse. Las fechas pueden comprobarse. Los expedientes pueden consultarse. Pero las motivaciones humanas rara vez son tan sencillas como a veces nos gustaría creer.

Durante estos años he llegado a una conclusión que quizá resulte demasiado simple.

La historia necesita documentos. Pero también necesita contexto. Necesita también prudencia.

Necesita recordar que detrás de cada expediente hubo personas. Que detrás de cada nombre hubo familias. Y que detrás de muchas decisiones existieron circunstancias que no fueron elegidas.

Mi padre tampoco eligió muchas de las que marcaron su juventud.

Y, sin embargo, con el paso del tiempo, he visto cómo algunas interpretaciones parecían transformar aquellas circunstancias en una sucesión de decisiones perfectamente voluntarias.

Y fue entonces cuando comprendí que el verdadero problema no consistía únicamente en discutir un hecho concreto. El problema era mucho más profundo. El personaje necesitaba un voluntario perfecto.

Y quizá la vida real, con todas sus contradicciones y dificultades, resultaba demasiado compleja para encajar en un papel tan sencillo.

Fue entonces cuando decidí que la mejor respuesta no consistía en discutir una interpretación con otra, sino en escuchar, buscar documentos y ofrecer al lector los elementos necesarios para formarse su propia opinión.


Tercera parte: El derecho al contraste

Cuando terminé de escuchar aquella entrevista y de reflexionar sobre muchas otras publicaciones y declaraciones posteriores, llegué a una conclusión inesperada.

No podía impedir que otras personas escribieran sobre mi padre. Tampoco quería hacerlo. Nunca he pensado que la investigación histórica deba estar sometida a censura. Los investigadores tienen derecho a formular hipótesis. Los periodistas tienen derecho a entrevistar. Los escritores tienen derecho a interpretar. Y los lectores tienen derecho a estar de acuerdo o a discrepar.

Pero también pensé que existe otro derecho mucho más sencillo.

El derecho al contraste.

El derecho a consultar documentos.

El derecho a escuchar otras voces.

El derecho a conocer circunstancias que quizá no aparecen en un relato determinado.

Por eso decidí hacer algo que estaba a mi alcance.

Escuchar atentamente las entrevistas.

Leer los artículos.

Consultar archivos.

Buscar documentos.

Comparar afirmaciones.

Transcribir conversaciones.

Y compartir ese trabajo a través de mi propio blog y de mi página dedicada a la memoria de Antonio Luis Baena Tocón.

No pretendía que nadie aceptara mis conclusiones.

Ni aspiraba a sustituir un relato por otro.

Simplemente pensaba que una persona real merecía que quienes quisieran conocer su historia dispusieran del mayor número posible de elementos para formarse una opinión propia.

Mientras realizaba ese trabajo fui comprendiendo otra cuestión que nunca había imaginado.

Los relatos tienen una enorme capacidad para crecer. Una afirmación aparece en un libro.

El libro da lugar a una entrevista. La entrevista genera noticias. Las noticias pasan a las redes sociales. Las redes alimentan conversaciones cotidianas.

Y llega un momento en que el personaje construido parece más conocido que la persona real.

Quizá esa sea una de las mayores responsabilidades de quienes trabajan con la historia y con la información.

No sólo importa lo que se dice.

Importa también cómo se dice.

Dónde se dice.

Y las consecuencias que puede tener sobre personas y familias concretas.

Durante estos años he pensado muchas veces que el verdadero debate no consistía únicamente en la figura de mi padre.

La cuestión era más amplia.

¿Quién tiene derecho a contar la vida de una persona?

¿El investigador?

¿El periodista?

¿La familia?

¿Los documentos?

Quizá la respuesta sea que todos tienen algo que aportar.

Pero precisamente por eso ninguna voz debería aspirar a convertirse en la única posible.

Nunca he pretendido que nadie acepte mi visión de los hechos simplemente porque soy hijo de Antonio Luis Baena Tocón.

Ser hijo no convierte a nadie en historiador.

Pero tampoco creo que la condición de investigador dispense de escuchar otras fuentes o de revisar determinadas conclusiones cuando aparecen nuevos datos.

La memoria familiar y la investigación histórica no tienen por qué ser enemigas.

Pueden dialogar. Pueden corregirse mutuamente. Pueden ayudarse a comprender mejor el pasado., pero jamás puede una parte intentar engañar a la otra o desacreditarla en pro del cinismo, la hipocresía, la ideología, el fanatismo, etc

Quizá esa haya sido una de las lecciones más inesperadas de estos diez años.

He descubierto que defender la memoria de una persona no consiste en convertirla en un héroe. Mi padre no fue un héroe. Tampoco fue un personaje perfecto. Fue una persona. Con virtudes y defectos. Con aciertos y errores. Con decisiones acertadas y otras que probablemente hoy habría tomado de manera diferente. Como cualquiera de nosotros.

Pero también fue un hombre con una biografía real.

Con documentos.

Con familia.

Con amigos.

Con compañeros de trabajo.

Con recuerdos que todavía permanecen vivos en muchas personas.

Y creo que esa realidad merece ser contemplada con toda su complejidad.

Después de todo este tiempo he llegado a una conclusión bastante sencilla.

Nunca he pedido que se olvide la historia.

Nunca he pedido privilegios para mi familia.

Nunca he pretendido que nadie renuncie a investigar.

Sólo he pensado que, antes de convertir a una persona en personaje de un relato, quizá merezca la pena escuchar también a quienes conservan su memoria, sus documentos y sus silencios.

Ése ha sido el sentido de estas páginas.

Y ésa es también la razón por la que decidí escuchar, leer, transcribir y compartir.

No para cerrar un debate. Sino para abrirlo, pero no se puede abrir con la intransigencia de creerse con la verdad absoluta e intentando desacreditar a quien nos contradice...

Y para recordar algo que, a veces, parece olvidarse con demasiada facilidad.

Antes que protagonistas de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos fueron personas reales.

Y quizá la pregunta más importante de esta tercera entrega ya no sea si Antonio Luis Baena Tocón fue voluntario.

Quizá la verdadera pregunta sea otra.

¿Hasta qué punto tenemos derecho a convertir las circunstancias de una vida en un personaje construido a nuestra medida?


Documentación complementaria

El lector interesado puede consultar directamente algunos de los materiales mencionados en esta entrada y formar su propia opinión:

Entrevista en Radio Alicante, Cadena SER:

https://play.cadenaser.com/audio/085RD010000000025650/

Análisis y referencias sobre la entrevista:

https://antonioluisbaenatocon.blogspot.com/search?q=entrevista+cadena+ser

Presentación de Nos vemos en Chicote y transcripción comentada:

https://antonioluisbaenatocon.blogspot.com/search?q=presentaci%C3%B3n+Nos+vemos+en+chicote

Porque la mejor manera de comprender una historia sigue siendo la misma de siempre:

Escuchar.

Leer.

Contrastar.

Y pensar por uno mismo.


"Las personas reales merecen algo más que personajes de ficción construidos sobre sus vidas."

"Antes que personajes de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos fueron personas reales."

miércoles, 15 de abril de 2026

ENTRADA 7 — Cuando el relato salió por la radio

 ENTRADA 7 — Cuando el relato salió por la radio

La SER 2016: del archivo al micrófono



Sábado 11 de abril de 2026

Hay momentos en los que una interpretación abandona el ámbito restringido de los documentos y pasa a instalarse en la esfera pública.

En este caso, uno de esos momentos decisivos se produjo en 2016, durante la entrevista emitida por Radio Alicante de la Cadena SER, intervención que hoy puede leerse como el verdadero punto de salida del relato mediático sobre Antonio Luis Baena Tocón.

No fue una simple pieza de divulgación.

Fue, en muchos sentidos, el instante en que una lectura parcial del archivo se transformó en una narración oral emocionalmente creíble, impulsada por la autoridad del medio, la fuerza persuasiva de la voz y la ausencia del contexto documental completo.

La diferencia es decisiva.

Mientras el archivo exige lectura, contraste y matices, la radio trabaja con otros resortes: la seguridad del tono, la inmediatez del relato y la credibilidad espontánea que otorga el micrófono.

Tu propia entrada “Nos vemos en Chicote 2016 y 2025” permite recuperar con precisión ese instante. Allí queda recogida una frase especialmente significativa del entrevistado:

*“Sin afán revanchista… y sin menoscabar el rigor.”*²

La fórmula es reveladora, porque presenta desde el primer momento una apariencia de neutralidad académica y distancia metodológica. Sin embargo, es precisamente a partir de ese marco retórico desde donde se emiten afirmaciones que, con el tiempo, terminarán sedimentándose en prensa, Wikipedia y opinión pública.

Más aún, la afirmación de que

*“si el franquismo duró 40 años es porque había millones de franquistas”*²

fija un marco interpretativo de enorme potencia emocional, predisponiendo al oyente a encajar nombres concretos dentro de una arquitectura moral ya decidida de antemano.

Y ahí se encuentra el verdadero punto de inflexión.

La radio no difundió el archivo.

Difundió el marco interpretativo del archivo.

La cadena posterior se activó con enorme rapidez:

radio → prensa → blogs → publicaciones → Wikipedia → verdad social

Por eso esta entrevista no debe leerse sólo como un episodio periodístico.

Debe entenderse como el momento fundacional del bulo mediático, el instante en que una simplificación oral adquirió capacidad de irradiación pública durante años.

Tu transcripción comentada cobra aquí un valor esencial, porque no sólo recupera el audio original, sino que permite confrontar la palabra emitida con la documentación que después la matiza o la contradice.

La voz convenció primero.

El documento habló después.

Y cuando se confrontan ambas capas —micrófono y archivo— se entiende mejor cómo una afirmación emitida con seguridad puede convertirse en origen de años de distorsión.

Lo que empezó como voz terminó funcionando como memoria.

Y cuando eso ocurre, ya no estamos ante divulgación.

Estamos ante la fabricación sonora del relato.


NOTAS

¹ Entrevista de Radio Alicante (Cadena SER), 7 de enero de 2016.
Intervención radiofónica de Juan Antonio Ríos Carratalá sobre Miguel Hernández y la cultura franquista.

² José Francisco Baena González, “Nos vemos en Chicote 2016 y 2025 (I)”, 5 de abril de 2025.
Transcripción comentada del audio con análisis crítico de sus afirmaciones.

³ Sentencia 311/2021, JCA nº 3 de Alicante.
Delimitación documental y jurídica de la función de Antonio Luis Baena Tocón.

martes, 24 de marzo de 2026

ENCARNACIÓN: LA VIDA REAL FRENTE AL RELATO IDEOLÓGICO

 

ENCARNACIÓN: LA VIDA REAL FRENTE AL RELATO IDEOLÓGICO

 

Miércoles 25 de marzo de 2026, día de Nuestra Señora de la Encarnación.

Hoy el recuerdo es para mi madre, en el día de su onomástica.

Y también —inevitablemente— para la forma en que su nombre aparece, de manera tangencial pero reveladora, en los trabajos del catedrático de Literatura Española de la Universidad de Alicante, Juan Antonio Ríos Carratalá.

Porque a veces basta una mención aparentemente secundaria para entender todo un método.


1. El marco previo: cuando el relato ya está decidido

En la sinopsis de su libro Nos vemos en Chicote (Publicaciones de la Universidad de Alicante, 2015), Juan Antonio Ríos Carratalá establece un esquema muy claro:

“La memoria histórica acerca del franquismo olvida a menudo que la existencia de víctimas presupone la de sus verdugos…”

Y añade referencias a:

·      “representantes de la dictadura”

·      “quienes firmaron sentencias de muerte a cambio de un puesto”

·      y una “comedia coral en torno a la banalidad del mal”

El procedimiento es reconocible:

👉 primero se define un marco moral
👉 después se buscan nombres que encajen en él

Y, una vez hecho eso, el propio autor afirmará —incluso en sede judicial— que él “no ha llamado verdugo a nadie”.

Pero la pregunta sigue siendo inevitable:

👉 ¿quién ha contribuido a que determinados nombres sean percibidos como tales?

 

2. De la insinuación al señalamiento

No estamos ante una cuestión abstracta.

En la entrevista concedida en Radio Alicante (Cadena SER, 2016)¹, se vierten afirmaciones concretas sobre Antonio Luis Baena Tocón que han sido reiteradas y amplificadas:

·      que era funcionario desde 1934 → FALSO

·      que apenas tenía dos o tres asignaturas de Derecho aprobadas → FALSO

·      que firmaba sentencias de muerte → FALSO

·      que formaba parte del engranaje represivo como funcionario → FALSO

La realidad documentada es otra:

·      en 1934 era estudiante de Derecho (19 años)

·      finalizó la carrera en junio de 1936

·      en 1939 realizó servicio militar obligatorio

·      actuó como secretario adscrito en fase de instrucción

·      no formó parte de ningún consejo de guerra

·      no firmó ni solicitó penas de muerte

Sin embargo, el relato ya estaba construido.

Y a partir de ahí, los documentos dejan de ser punto de partida para convertirse en material de confirmación.

 

3. El método: del dato al personaje

Aquí radica el verdadero problema.

No se trata de la existencia de documentos, sino del uso que se hace de ellos.

👉 de una firma administrativa → se deduce una responsabilidad
👉 de una presencia en un sumario → se construye un perfil
👉 de un contexto histórico → se proyecta una etiqueta moral

Y así nace un personaje.

Un personaje útil para el relato:

·      el “funcionario del régimen”

·      el “engranaje”

·      el “verdugo sin nombre”

Aunque los documentos no sostengan esas conclusiones.

 

4. Encarnación: memoria vivida frente al relato construido

En ese proceso aparece un nombre:

Encarnación.

Mi madre.

Ríos la menciona de forma tangencial, como un dato secundario. Pero ese nombre abre una grieta en el relato, porque detrás de él hay una vida real.

Mis padres se casaron en 1952, en una España que aún arrastraba las heridas profundas de la guerra. Para entonces, Antonio Luis había pasado por el asesinato de su padre, una persecución tremenda con paso por checas madrileñas, el saqueo del hogar familiar, el exilio en Marsella, el regreso en 1939, la recuperación del cuerpo de su padre desde una fosa común y la reconstrucción de una familia devastada².

Encarnación entró en esa historia no como espectadora, sino como compañera de vida.

Había nacido en 1927, una niña de la guerra. Su familia también sufrió el saqueo, la pérdida y la precariedad. Apenas pudo estudiar, pero leyó durante toda su vida, se expresó con claridad tanto oralmente como por escrito y, además, contó con el legado moral de su familia, que le proporcionó una gran calidad humana, basada en valores sólidos, dignidad y respeto a los demás.

Cuando se casó, Encarnación no conoció a ningún “verdugo” ni a ningún personaje construido a posteriori. Conoció a un hombre que arrastraba un trauma profundo:

·      las pesadillas

·      los recuerdos de la violencia

·      el asesinato de su padre

·      la experiencia del miedo, la tortura y la persecución

Y conoció también a una familia rota:

·      una madre viuda con cinco hijos

·      una casa saqueada

·      una vida reconstruida desde la nada

Escuchó durante años esos relatos, una y otra vez. No como documentos de archivo, sino como memoria viva.

Encarnación fue, además, testigo del esfuerzo por ayudar a otros en situaciones similares, de la solidaridad entre familias afectadas y de una forma de vida que no encaja en categorías simplificadoras.

Por eso resulta especialmente injusto que, décadas después, quienes no vivieron nada de aquello conviertan a esas personas en piezas de un engranaje narrativo. Porque donde algunos ven categorías, Encarnación vio personas:

·      que sufrieron

·      que sobrevivieron

·      que intentaron rehacer su vida

Y esa diferencia es esencial.

Encarnación no aparece en los libros como protagonista. Pero fue testigo de una verdad que no cabe en los esquemas simplificados.

 

5. La incomodidad de la realidad

Hay un detalle revelador.

Ríos menciona que en Priego de Córdoba mis padres fueron felices.

Y ese dato rompe el esquema.

👉 ¿Cómo puede ser feliz alguien previamente encasillado dentro del mal?

La respuesta es sencilla:

👉 porque la realidad no funciona como los relatos ideológicos.

 

6. Conclusión

Hoy, día de la Encarnación, el recuerdo no es solo íntimo.

Es también una forma de respuesta.

Porque frente al relato:

👉 está la vida
👉 frente a la etiqueta: la experiencia
👉 frente a la construcción ideológica: la verdad vivida

Y esa verdad —aunque no siempre se publique— existe.

 

📌 Notas

¹ Entrevista en Radio Alicante (Cadena SER), donde se originan y difunden varias de las afirmaciones cuestionadas:
https://cadenaser.com/emisora/2016/01/07/radio_alicante/1452195695_926080.html

² Desarrollo y análisis detallado del origen y difusión de estas afirmaciones en:
https://antonioluisbaenatocon.blogspot.com/2025/04/nos-vemos-en-chicote-2016-y-2025-i.html
https://antonioluisbaenatocon.blogspot.com/2025/04/nos-vemos-en-chicote-2016-y-2015-ii.html

miércoles, 11 de marzo de 2026

CUANDO LA GUERRA CIVIL SE CONVIERTE EN INSTRUMENTO

 

Miércoles, 11 de marzo de 2026

Cuando la Guerra Civil se convierte en instrumento


De la política al aula: historia, propaganda y el eco del bulo

En una entrevista reciente, el periodista e historiador Pedro Corral recordaba algo que debería parecer obvio, pero que cada vez lo es menos en el debate público español.



“La Guerra Civil está para los estudiosos, para los aficionados, gente que verdaderamente sentimos pasión por descubrirla y conocerla. Hay que apartar la Guerra Civil de esa utilización partidista, interesada, cortoplacista y oportunista que muchos hacen, sobre todo en el mundo de la política.”

— Declaraciones de Pedro Corral en una interesante entrevista del periodista Segundo Sanz, de okdiario, sobre su libro Cómicos en guerra y que puede verse completa en: 

https://www.youtube.com/watch?v=G8ZKy3Tf0JQ 

https://www.dailymotion.com/video/xa1l93e

La reflexión es pertinente. La memoria de la Guerra Civil Española se ha convertido con frecuencia en un campo de batalla retórico donde los hechos importan menos que su utilidad política.

Sin embargo, conviene añadir algo que rara vez se menciona: esa utilización interesada de la historia no se limita al ámbito político.

También aparece —y a veces con especial intensidad— en el ámbito educativo y universitario.

 


Cuando la historia se convierte en herramienta

La utilización política de la Guerra Civil es conocida. Cada generación ha reinterpretado el conflicto según sus intereses ideológicos.

Pero existe una forma más sutil —y quizá más preocupante— de instrumentalización: cuando determinadas interpretaciones nacidas en ámbitos académicos se convierten en verdades incuestionables por simple repetición.

En ese proceso participan libros, artículos, conferencias, programas universitarios y medios de comunicación.

Lo que comienza como una interpretación termina convertido en “hecho histórico”.

 

El problema menos visible: la universidad

La universidad debería ser precisamente el lugar donde la crítica documental es más rigurosa.

Sin embargo, en las últimas décadas se ha consolidado una corriente historiográfica en torno a la memoria de la guerra civil que mezcla investigación legítima con narrativas ideológicas previamente construidas.

Autores como Ángel Viñas, Juan Antonio Ríos Carratalá o José Luis Ferris, entre otros…,

han contribuido a difundir determinadas interpretaciones que, en ocasiones, se repiten en el ámbito universitario con escaso contraste documental.

No siempre se trata de errores deliberados. Muchas veces es simplemente el resultado de un fenómeno bien conocido en la historiografía: el efecto de citación en cadena.

Un autor cita a otro.
Otro lo reproduce.
Un tercero lo incorpora a sus clases (en otra entrada pondré algún ejemplo de haberse producido).

Y la afirmación termina adquiriendo apariencia de verdad histórica.

 

Cómo nace un bulo académico

El mecanismo suele ser sencillo.

1.    Un investigador propone una interpretación.

2.    Esa interpretación se publica en un libro o artículo.

3.    Otros autores la citan sin revisar las fuentes originales.

4.    Los medios de comunicación amplifican el relato.

5.    Finalmente, se enseña en universidades como si fuera un hecho consolidado.

En ese momento el relato ya se ha convertido en verdad académica repetida.

Y desmontarlo resulta mucho más difícil que haberlo creado.

Porque el bulo tiene una ventaja: viaja más rápido que el documento.

 


Cuando el relato sustituye al documento

El caso que me ocupa personalmente ilustra bien este problema.

Durante años se ha difundido una determinada versión sobre la vida y actuación de mi padre, Antonio Luis Baena Tocón, basada en interpretaciones y afirmaciones que no se sostienen cuando se examinan los documentos completos del procedimiento judicial correspondiente o, ni tan siquiera, examinando documentos porque son ficciones hechas a placer sobre una persona fallecida y en pro de un sesgo ideológico de un “especialista de ficción”....

Sin embargo, esas afirmaciones han sido repetidas en artículos, libros, conferencias y clases universitarias.

El resultado es un fenómeno muy característico de nuestro tiempo:
un relato construido que termina adquiriendo apariencia de historia documentada.

El problema no es sólo el error.

El problema es el eco institucional que amplifica ese error.

Universidades, medios y redes académicas contribuyen involuntariamente a consolidar narrativas que, en ocasiones, nacen de interpretaciones apresuradas o directamente equivocadas.

 

El especialista de ficción

En este contexto aparece una figura cada vez más frecuente: el especialista que convierte sus propias interpretaciones en documentos aparentemente concluyentes.

El caso del catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá resulta especialmente ilustrativo.

A partir de determinados fragmentos documentales y reconstrucciones narrativas, se elaboran relatos que luego son presentados como hechos históricos sólidos.

El problema surge cuando esos relatos se difunden sin el contraste crítico que debería caracterizar al trabajo académico.

Lo que comenzó como interpretación termina siendo enseñado como historia.

 

Historia o militancia

La historia exige una disciplina intelectual muy simple, pero muy exigente: leer los documentos completos.

No sólo los fragmentos útiles para sostener una tesis.

No sólo las citas que encajan en una narrativa previa.

Los documentos completos.

Cuando se hace ese ejercicio, muchas historias espectaculares se vuelven de repente mucho más modestas.

Y muchas acusaciones rotundas se transforman en simples interpretaciones discutibles.

 

Conclusión

El ruido y los documentos

Quizá la mejor advertencia siga siendo la que formulaba Pedro Corral.

La Guerra Civil debería pertenecer al terreno del estudio y del conocimiento, no al de la utilización partidista.

Pero para que eso sea posible hay que recordar algo elemental:

La historia no se escribe con relatos repetidos.

Se escribe con documentos.

Y los documentos —a diferencia de los bulos— exigen tiempo, lectura y rigor.

LO QUE DICEN LOS DOCUMENTOS Y LO QUE SE DIJO EN LOS MEDIOS

 

Domingo 8 de marzo de 2026

LO QUE DICEN LOS DOCUMENTOS Y LO QUE SE DIJO EN LOS MEDIOS

Cómo un intento de corregir una historia mal contada terminó en una batalla administrativa y judicial

Cuando se abren los documentos completos del sumario, la historia que se había repetido durante años resulta ser muy distinta.”


Durante años se ha repetido que mi padre, Antonio Luis Baena Tocón, habría desempeñado un papel relevante en el proceso que acabó con la condena del poeta Miguel Hernández.

Esa versión comenzó a difundirse con especial intensidad gracias al supuesto rigor del trabajo del catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá, quien pareció encontrar en esta historia una auténtica mina de ficción para sus investigaciones académicas.

Sin embargo, cuando se examinan los documentos del propio procedimiento judicial, la imagen que aparece es muy distinta.

El contraste entre lo que dicen los documentos y lo que se dijo en los medios explica por qué un intento de corregir algunas afirmaciones incorrectas terminó convirtiéndose en una larga cadena de procedimientos administrativos y judiciales.




1. El origen del conflicto

Conviene recordar cómo comenzó realmente todo.

Antes de cualquier procedimiento judicial hubo un intento de resolver el problema de forma directa y discreta. En ese contexto se produjo un episodio que ya he explicado en otra entrada de este blog: un intento de presentar los hechos de forma engañosa que terminó provocando el conflicto.

A partir de ese momento comenzó a difundirse una narrativa pública según la cual yo pretendía:

  • censurar investigaciones históricas

  • borrar archivos

  • reescribir la historia

  • limitar la libertad de expresión.

Nada de eso era cierto.

Lo único que pedía era algo mucho más sencillo: que determinadas afirmaciones incorrectas sobre una persona concreta fueran revisadas a la luz de los documentos.


2. Lo que dijeron algunos medios


Cuando el asunto llegó a los medios de comunicación, muchos reprodujeron la versión difundida por
Juan Antonio Ríos Carratalá y por otros comentaristas.

Sin embargo, en numerosos casos se omitió un paso básico del trabajo periodístico: contrastar los documentos.

El resultado fue que durante mucho tiempo circuló una versión simplificada —y en algunos aspectos ficticia— del caso.


3. Lo que dicen realmente los documentos judiciales

El procedimiento judicial permitió examinar directamente el expediente histórico, entre ellos el procedimiento sumarísimo nº 21001 seguido contra Miguel Hernández.

La sentencia es clara en un punto fundamental:

ni el juez instructor ni quien actuó como secretario del mismo, ni ninguna otra de las personas que firman a lo largo de este proceso fueron quienes pidieron la condena a muerte para Miguel Hernández.”

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Es decir:

mi padre no pidió ni firmó la pena de muerte.

La resolución también describe cuál fue su intervención real:

La intervención de D. Antonio Luis Baena Tocón (…) no fue otra que la de revisar una relación de periódicos (…) y remitir posteriormente mecanografiadas todas las referencias aparecidas en prensa relativas al procesado.”

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Su actuación fue, por tanto, una tarea documental dentro del procedimiento.


4. Un dato que suele omitirse

Hay otro elemento importante que rara vez aparece en los artículos o comentarios sobre este asunto.

Cuando se produjeron esos hechos, mi padre no era funcionario. La propia sentencia recoge que no obtuvo plaza en la administración local hasta 1944.

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En el momento de los hechos se encontraba cumpliendo el servicio militar obligatorio. Como jurista fue destinado como alférez de complemento a funciones de secretaría en un juzgado militar.

Presentar esa situación como si se tratara de una participación voluntaria en un aparato represivo o como un supuesto trampolín para una carrera funcionarial es una interpretación profundamente distorsionada de los hechos, propia de la ficción del autor, que introduce la figura de mi padre en un relato con sesgo ideológico.


5. Lo que se dijo y lo que muestran los documentos

El contraste entre algunas afirmaciones difundidas públicamente y lo que muestran los documentos del propio sumario puede resumirse de forma sencilla:



6. “Inexactitudes” demostradas documentalmente

La sentencia utiliza el término jurídico “inexactitudes” para referirse a algunos errores señalados durante el proceso.

Pero lo relevante es que el tribunal reconoce que:

existen otras inexactitudes que quedan acreditadas con la prueba desplegada por el recurrente.”

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Es decir, los documentos aportados demostraron que algunos datos difundidos no eran correctos.


7. El coste personal de defender la verdad documental

Quien no haya pasado por un proceso judicial largo quizá no sea consciente de lo que implica.

En mi caso, la defensa de la memoria de mi padre ha supuesto durante años:

  • procedimientos administrativos

  • litigios judiciales

  • recursos y alegaciones

  • viajes constantes

  • gastos económicos importantes

  • desgaste familiar y social

  • problemas de salud derivados del estrés

  • y una enorme pérdida de tiempo y energía.

Todo ello por algo que en principio parecía mucho más sencillo: corregir una historia mal contada.

En este recorrido judicial he contado también con el trabajo de profesionales del Derecho que conocen bien las dificultades de estos procedimientos. En este sentido resulta muy ilustrativa la reflexión del abogado Antonio Benítez Ostos, socio director del despacho Administrativando, quien señalaba recientemente que «la Administración no puede seguir siendo juez y parte en la resolución de los recursos administrativos».

Puede leerse la entrevista completa aquí:

https://www.economistjurist.es/actualidad-juridica/actualidad-de-los-despachos/la-administracion-no-puede-seguir-siendo-juez-y-parte-en-la-resolucion-de-los-recursos-administrativos-senala-antonio-benitez-ostos/




8. Lo que queda por explicar

En futuras entradas de este blog analizaré con más detalle todo el proceso judicial.

No por afán polémico, sino porque creo que es necesario explicar con rigor:

  • qué se pidió realmente en el recurso administrativo inicial

  • qué resoluciones se dictaron después

  • qué documentos históricos existen

  • y cómo se difundió públicamente una versión que no coincidía con esos documentos.


Epílogo

Cuando el ruido pasa, quedan los documentos

Durante años se repitió una historia espectacular.

Sin embargo, cuando se abren los documentos completos del sumario, la escena resulta mucho más modesta: un joven jurista cumpliendo el servicio militar obligatorio, revisando recortes de prensa y mecanografiando referencias para un procedimiento judicial.

Nada de condenas firmadas.
Nada de decisiones judiciales.
Nada de cargos funcionariales.

Las historias simples viajan rápido.
Los documentos, en cambio, exigen ser abiertos, leídos y comprendidos.

Quizá por eso circulan con tanta facilidad relatos que no resisten la lectura completa de un sumario.

Porque los documentos tienen un pequeño inconveniente para quienes prefieren los titulares:

se pueden leer... y a veces dicen otra cosa.


Nota documental

Las referencias documentales citadas en este artículo proceden del análisis del procedimiento sumarísimo nº 21001 instruido contra Miguel Hernández, así como de la resolución judicial dictada en el procedimiento contencioso-administrativo relacionado con este caso.

En dicha resolución se examina la intervención de Antonio Luis Baena Tocón en aquel procedimiento histórico y se constata que:

  • no solicitó ni firmó ninguna pena de muerte,

  • su intervención se limitó a tareas documentales dentro del sumario,

  • y algunas afirmaciones difundidas públicamente contenían inexactitudes acreditadas mediante la documentación aportada en el proceso.

La lectura completa del expediente permite comprender con mayor precisión el alcance real de aquella intervención y el contraste existente entre algunos relatos difundidos públicamente y lo que muestran los documentos.

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