viernes, 12 de junio de 2026

EL LABERINTO DEL RELATO

 

El laberinto del relato

Lo que una película me hizo pensar sobre mi padre



Jerez, 13 de junio de 2026. Día de San Antonio.

Nota del autor
Este artículo nació tras ver la película alemana La conspiración del silencio (2014)(*), dirigida por Giulio Ricciarelli y basada en las investigaciones que condujeron a los Juicios de Auschwitz. No pretende establecer paralelismos entre acontecimientos históricos de muy distinta naturaleza ni equiparar responsabilidades históricas. La reflexión que me inspiró es otra: cómo se construyen los relatos públicos sobre personas reales y la responsabilidad moral de quienes los construyen y/o contribuyen a formarlos, especialmente cuando esos relatos acaban trascendiendo el ámbito académico y llegan a la sociedad.

 



Lo que una película me hizo pensar sobre mi padre

Anoche vi una película basada en hechos reales: La conspiración del silencio. No pretendo hacer una crítica cinematográfica ni establecer comparaciones entre episodios históricos de naturaleza muy distinta. Cada tiempo y cada tragedia tienen su contexto y merecen ser analizados con rigor.

Sin embargo, hubo algo en aquella historia que me acompañó durante toda la proyección y que, inevitablemente, me hizo pensar en mi padre, Antonio Luis Baena Tocón.

La película plantea una cuestión que va mucho más allá de los hechos que narra. Invita a preguntarse qué ocurre cuando una persona real acaba convirtiéndose en un personaje de un relato.

Las personas suelen ser complejas:

Tienen una familia, un pasado, circunstancias que no eligieron, aciertos y errores, obligaciones y limitaciones.

Los personajes, en cambio, resultan mucho más cómodos. Cumplen una función dentro de una historia. Representan una idea. Ayudan a construir un argumento.

Mientras veía la película pensé que, a veces, la historia corre el riesgo de preferir los personajes a las personas.

Una etiqueta resulta más sencilla que una biografía. Un adjetivo puede sustituir a una investigación. Y una frase repetida muchas veces puede terminar pareciendo una verdad demostrada.

En estos últimos años he tenido ocasión de comprobarlo muy de cerca.

Mi padre fue un joven que sufrió el asesinato de su padre durante la Guerra Civil. Vivió el miedo, la persecución y el desarraigo. Pasó por el exilio. Regresó a España y tuvo que cumplir el servicio militar obligatorio. Fue destinado al Cuerpo Jurídico Militar como secretario adscrito a un juzgado. Más tarde abandonó la milicia y desarrolló una larga vida profesional en la Administración civil.

Esa es su biografía.

Una biografía que, como tantas otras, está formada por documentos, fechas, circunstancias y decisiones condicionadas por una época extraordinariamente difícil.

Sin embargo, en determinados relatos esa complejidad desaparece. Queda una imagen mucho más simple: El “militar”, el “franquista”, el “secretario de un consejo de guerra”...

Y, a partir de ahí, se van añadiendo responsabilidades, intenciones y capacidades de decisión que no siempre encuentran el mismo respaldo en los documentos.

Quizá sea una tentación humana. Los relatos necesitan personajes fácilmente reconocibles: Los héroes, los villanos, los culpables, los cómplices...

Pero la historia, como la justicia, debería desconfiar de las simplificaciones.

Los documentos existen precisamente para impedir que la imaginación ocupe el lugar de los hechos.

Un documento puede decir dónde estaba una persona, qué cargo ocupaba, cuáles eran sus funciones, qué podía decidir, qué no estaba en sus manos, qué firmó, qué no firmó.

Después llega el trabajo del historiador: Interpretar de manera objetiva tras contrastar, relacionar, contextualizar. Es una tarea necesaria y valiosa.

Pero interpretar no debería significar completar los silencios con aquello que mejor encaje en una determinada tesis o relato.

Mientras veía la película hubo otra reflexión que me llamó especialmente la atención.

No sólo importa la verdad. Importa también el camino que sigue la verdad, o aquello que se presenta como tal. En mi caso, esta reflexión tiene un origen concreto.

La imagen pública que hoy muchas personas tienen de mi padre no surgió espontáneamente. Nació de publicaciones, artículos, entrevistas y trabajos académicos realizados por el catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá y fue ampliándose posteriormente a través de medios de comunicación, redes sociales, comentarios y nuevas publicaciones del mismo y de terceros.

No todos ellos acudieron a los documentos originales.

Muchos confiaron en la autoridad de quien construía el relato.

¿Es comprensible?. La sociedad funciona así.

Confiamos en profesores, investigadores, periodistas y especialistas para acercarnos a asuntos complejos.

Precisamente por eso, la responsabilidad de quien inicia un relato es especialmente importante.

Una afirmación académica rara vez permanece encerrada entre las páginas de un libro. Puede convertirse en un titular. Después en una entrevista. Más tarde en una noticia. Luego en una publicación en redes sociales. Finalmente, acaba formando parte de una especie de verdad aceptada por personas que jamás han tenido acceso a los documentos originales.

Es el viaje de las palabras.

Y durante ese viaje pueden perderse los matices. Puede olvidarse el contexto. Puede difuminarse la diferencia entre un hecho probado y una interpretación. Incluso puede terminar construyéndose un personaje que sustituya a la persona real.

No escribo estas líneas para pedir privilegios para mi familia. Tampoco para negar el derecho a la investigación histórica; al contrario: Creo en el estudio de los archivos, creo en la libertad de investigación, creo en el debate académico. Y creo que la historia debe seguir haciéndose sin miedo (Todo ello muy en contra de lo que intencionadamente se ha dicho sobre mí para desacreditarme).

Pero también creo que quienes aparecen en esos documentos fueron personas reales: Con padres, con hijos, con nietos, con familias, con una dignidad que merece el mismo respeto que cualquier otra.

Quizá esa sea la principal reflexión que me dejó la película.

Las sociedades necesitan conocer su pasado, pero conocerlo no debería significar fabricar personajes a costa de las personas.

Mi padre no fue un símbolo. No fue un eslogan. No fue una caricatura. Fue una persona.

Y como cualquier otra persona merece que su historia se cuente con el mayor respeto posible hacia los hechos y no se vea ficcionada a gusto de un relato ideológico.

La película me hizo pensar también en otra cuestión: Los relatos tienen consecuencias y también las tienen los relatos históricos:

Quien los inicia quizá no pueda controlar todo lo que otros dirán después, pero sí tiene una responsabilidad especial sobre el punto de partida.

Porque una palabra puede convertirse en una frase. Una frase en un artículo. Un artículo en una noticia. Una noticia en una creencia colectiva.

Y cuando esa creencia afecta a personas reales y a sus familias, el rigor y la prudencia dejan de ser únicamente virtudes académicas para convertirse en una obligación moral.

Al terminar la película comprendí que el mayor enemigo de la verdad no siempre es el silencio:

A veces son las palabras cuando dejan de escuchar a los documentos.

Y quizá por eso sigo defendiendo la memoria de mi padre. No para convertirlo en un héroe. No para pedir una historia escrita a medida de mi familia. Sino para recordar algo que considero esencial:

Quien contribuye a construir un relato sobre una persona real asume también una parte de la responsabilidad sobre las consecuencias que ese relato pueda tener en la vida de los demás.

Porque, antes que personajes de una historia, todos fueron seres humanos.


Epílogo;

"Quizá nunca consiga cambiar todos los relatos que se han escrito sobre mi padre. Pero mientras me queden fuerzas, procuraré que los documentos también tengan derecho a contar su versión de la historia."

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(*) Ficha de la película (según Wikipedia):

Título en España: La conspiración del silencio

Título original: Im Labyrinth des Schweigens ("En el laberinto del silencio").

País: Alemania.

Año de producción: 2014.

Director: Giulio Ricciarelli.

Guion: Giulio Ricciarelli y Elisabeth Bartel.

Género: Drama histórico y judicial basado en hechos reales.

Duración: aproximadamente 122-123 minutos.

¿En qué hechos reales se basa?

La película se sitúa en la Alemania de finales de los años cincuenta y relata las investigaciones que desembocaron en los llamados Juicios de Auschwitz de Fráncfort, fundamentales para sacar a la luz los crímenes cometidos en el campo de exterminio de Auschwitz y para afrontar el pasado nazi en la Alemania de posguerra.

El protagonista, Johann Radmann, es un personaje ficticio, aunque inspirado en varios fiscales reales. En cambio, figuras como Fritz Bauer y Thomas Gnielka existieron realmente y desempeñaron un papel decisivo en aquellas investigaciones.


¿PUEDE UNA FRASE MATAR DOS VECES?

 

¿Puede una frase matar dos veces?

El viaje de las palabras y el recorrido público de una biografía



Sábado, 13 de junio de 2026. Día de San Antonio.

Los libros tienen lectores.

Las entrevistas tienen oyentes.

Los periódicos tienen titulares.

Y las redes sociales tienen mensajes breves que viajan a gran velocidad.

En ocasiones, una misma idea pasa por todos esos lugares y va adoptando formas distintas.

Los matices se reducen.

Las explicaciones se simplifican.

Y el resultado final puede ser muy diferente del punto de partida.

Con el paso de los años he aprendido que las frases también tienen biografía.

Y que merece la pena reflexionar sobre el camino que recorren.





Cuando una frase abandona el libro

Toda frase nace en un contexto. Forma parte de un capítulo. De un documento. De una entrevista. De una conversación.

Pero rara vez permanece allí. Se resume. Se comenta. Se interpreta. Se cita. Y vuelve a circular.

Cada paso puede añadir una nueva lectura. O eliminar un matiz anterior.

Es un fenómeno normal en cualquier sociedad.

Y quizá precisamente por eso conviene observarlo con atención.


Cuando los matices desaparecen

Las cuestiones históricas suelen ser complejas.

En ellas intervienen documentos, personas, instituciones y circunstancias diferentes.

Sin embargo, el lenguaje público tiende a buscar expresiones sencillas y fáciles de recordar.

Poco a poco, una explicación amplia puede reducirse a una frase.

Una frase puede convertirse en un titular.

Un titular puede terminar transformándose en un mensaje breve compartido miles de veces.

Y el lector final puede recibir una impresión muy distinta de la que ofrecía el contexto original.

Las palabras siguen siendo las mismas.

Pero el relato ya no es exactamente igual.


Del libro a la memoria colectiva

Quizá el aspecto que más me ha hecho reflexionar durante estos años haya sido comprobar el recorrido público que pueden tener determinadas expresiones.

En la página 156 de Nos vemos en Chicote (Juan Antonio Ríos Carratalá, 2025) se afirma que Antonio Luis Baena Tocón "agravaba con comentarios o resúmenes cuyas consecuencias podían ser una condena a muerte".

Con el paso del tiempo he visto aparecer en distintos ámbitos públicos, publicaciones en medios, etc., formulaciones todavía más rotundas, entre ellas referencias al "secretario que firmó la condena a muerte de Miguel Hernández" y otras afirmaciones difundidas en redes sociales que llegan a atribuirle de manera directa la responsabilidad de la muerte del poeta.

Más allá del análisis histórico concreto de cada una de estas expresiones, cuestión que exigiría un estudio específico, me parece significativo observar el propio recorrido de las palabras.

Una frase se escribe. Se comenta. Se resume. Se convierte en titular. Circula por medios de comunicación. Viaja por las redes sociales.

Y puede terminar proyectando sobre una persona una imagen mucho más amplia y contundente que la del contexto original del que partió.

Cuanto más viaja una frase, más tiende a simplificarse. Y hay quien lo pretende intencionadamente para justificarse y descalificar a quien le cuestiona.

Y, en ocasiones, esa simplificación puede transformar relaciones complejas, responsabilidades compartidas o contextos históricos amplios en afirmaciones directas atribuidas a una sola persona.

Quizá por eso sigo pensando que las biografías merecen ser estudiadas con paciencia, atendiendo a los documentos, a las circunstancias y a la complejidad de los hechos históricos, antes de quedar resumidas en afirmaciones cada vez más breves y categóricas.


La experiencia personal

A lo largo de estos años he tenido ocasión de comprobar cómo determinadas expresiones relacionadas con Antonio Luis Baena Tocón fueron apareciendo en distintos ámbitos públicos.

Algunas procedían de publicaciones. Otras de entrevistas o declaraciones. Otras circularon por medios de comunicación o por redes sociales.

Y comprendí que el efecto de una frase no termina necesariamente en el lugar donde fue escrita.

A veces continúa viajando. Se simplifica. Se adapta. Y llega a personas que probablemente nunca leerán el documento original del que partió.

Esa experiencia me ha llevado a reflexionar sobre la responsabilidad que todos tenemos cuando transmitimos hechos históricos y biografías personales.


Los recuerdos de una familia

En mi familia las historias siempre se contaban de otra manera.

No eran titulares.

Eran conversaciones, recuerdos, cartas, fotografías, pequeños objetos conservados durante años, anécdotas compartidas alrededor de una mesa.

Eran conversaciones.

Con el paso del tiempo descubrí que aquellas pequeñas historias familiares convivían con otras narraciones públicas muy diferentes.

Y comprendí que las personas reales suelen ser bastante más complejas que las frases con las que intentamos resumirlas.


Reflexión final

Con el paso de los años he aprendido que las manos trabajan.

Los cargos tienen funciones.

Las palabras tienen significado.

Y las frases tienen recorrido.

A veces viajan mucho más lejos de lo que imaginamos.

Quizá por eso convenga cuidar los matices y el contexto.

Porque las personas pasan.

Los documentos envejecen.

Pero algunas frases pueden seguir viviendo durante mucho tiempo en la memoria colectiva.

Y quizá el mayor respeto que podamos tener hacia quienes ya no están consista en intentar comprender toda su historia antes de resumirla en una sola frase. y, menos aún, de manera tendenciosa.


Fuentes y memoria familiar

Esta reflexión parte de la lectura de distintas publicaciones y documentos relacionados con Antonio Luis Baena Tocón, de la experiencia personal del autor ante su difusión pública y de los recuerdos familiares conservados a lo largo de los años, distinguiendo expresamente entre hechos documentados, memoria familiar y reflexión personal.



jueves, 11 de junio de 2026

¿DE QUÉ SECRETARIO ESTAMOS HABLANDO?

 

¿De qué secretario estamos hablando?

Cuando una palabra termina significando otra cosa



Viernes, 12 de junio de 2026

Las palabras parecen sencillas.

Sin embargo, cuando pasan los años, pueden adquirir significados distintos de

aquellos para los que fueron utilizadas originalmente.

Algo parecido sucede con determinadas funciones administrativas y judiciales.

Una misma palabra puede evocar imágenes muy diferentes en quien la lee.

Y, poco a poco, aquello que comenzó siendo una descripción de un cargo concreto

puede terminar convirtiéndose en una identidad completamente distinta.

Quizá eso explique algunas de las reflexiones que me ha suscitado la trayectoria de 

Antonio Luis Baena Tocón.




Una palabra aparentemente sencilla

En numerosos documentos históricos aparecen referencias a secretarios.

Es lógico. Los órganos administrativos y judiciales necesitan personas que desempeñen esas funciones.

Sin embargo, no todos los secretarios realizan el mismo trabajo ni pertenecen necesariamente a los mismos órganos.

La propia organización administrativa establece distintas responsabilidades y competencias.

Precisamente por eso conviene preguntarse siempre de qué secretario estamos hablando.

Porque las palabras importan. Y el contexto también.


Cuando una palabra parece crecer

Existe un fenómeno curioso en determinadas narraciones históricas.

Una palabra comienza designando una función concreta. Con el paso del tiempo, esa función parece ampliarse.

La persona deja de aparecer únicamente vinculada a un determinado cometido y comienza a ser identificada con otros órganos o responsabilidades diferentes.

El lector puede terminar asociando unas funciones con otras casi sin darse cuenta.

Y aquello que inicialmente describía una tarea concreta acaba proyectando una imagen mucho más amplia.

Las palabras tienen esa capacidad. No sólo nombran. También sugieren.


El efecto de la repetición

Con el paso de los años me sorprendió comprobar cómo distintas publicaciones, declaraciones e interpretaciones parecían asumir de manera natural determinadas identificaciones que, al menos desde mi punto de vista y a la luz de la documentación conocida, merecían una explicación mucho más precisa.

Poco a poco, la referencia a una determinada función parecía transformarse en otra distinta, como si ambas expresiones fueran necesariamente equivalentes.

El resultado es un mecanismo narrativo interesante. Una palabra aparentemente sencilla termina evocando responsabilidades mucho más amplias que las que inicialmente describía.

Y el lector puede acabar identificando a una persona con órganos, decisiones o actuaciones cuya realidad histórica exige un análisis mucho más detenido.


Los documentos de una familia

En casa siempre hubo documentos de mi padre.

Su título de Licenciado en Derecho, documentos de diferente índole, cartas, fotografías, pequeños recuerdos familiares, algún objeto que había conservado durante toda su vida.

Con el paso del tiempo he aprendido a mirar aquellos papeles con tranquilidad.

Son documentos familiares. Hablan de estudios, de trabajo, de una familia, de ilusiones y dificultades, de una vida...

Nunca imaginé que llegaría un momento en el que descubriría que una sola palabra utilizada en otros documentos podía contribuir a construir una biografía muy distinta de la que nosotros conocíamos.

Quizá por eso he aprendido a desconfiar de las simplificaciones.

Las personas suelen ser bastante más complejas que las palabras con las que intentamos describirlas.


Reflexión final

Con el paso de los años he aprendido que las palabras también tienen funciones. Igual que los cargos.

Confundir unas con otras puede parecer un pequeño detalle.

Pero, en ocasiones, basta una palabra mal entendida o utilizada sin el contexto adecuado para transformar una función en otra distinta y terminar construyendo una historia completamente diferente.

Porque un documento puede conservar una palabra. Comprender lo que esa palabra significaba en su momento exige bastante más.


Fuentes y memoria familiar

Esta reflexión parte de la documentación conocida sobre Antonio Luis Baena Tocón, de la lectura de diversas publicaciones relacionadas con su trayectoria y de la memoria familiar conservada a lo largo de los años, distinguiendo expresamente entre los hechos documentados, los recuerdos personales y las reflexiones que de ellos se derivan.



CUANDO LAS FUNCIONES SE CONVIERTEN EN INTENCIONES

 

Cuando las funciones se convierten en intenciones

Lo que hacía un secretario y lo que después se le atribuye



Jueves 11 de junio de 2026

La Historia suele interesarse por los grandes acontecimientos.

Pero las biografías están hechas también de pequeños detalles, de funciones concretas y de personas que desempeñan trabajos determinados dentro de organizaciones mucho más amplias.

Quizá por eso convenga detenerse, de vez en cuando, a reflexionar sobre una cuestión sencilla:

¿Hasta dónde llegan las funciones de un cargo y dónde empiezan las interpretaciones que construimos sobre quien lo desempeñó?

En el caso de Antonio Luis Baena Tocón, cuando se habla de su paso por el Juzgado Especial de Prensa, hay quien lo sabe todo interpretándolo a gusto de su relato, como si de un gran logro historiográfico se tratara, aunque difiera de lo publicado por expertos del mismo Ministerio de Defensa (1).




Una función y muchas interpretaciones

Cuando se menciona la participación de una persona en un determinado organismo, el lector suele completar mentalmente aquello que no se explica.

Es un mecanismo natural.

Se habla de un juzgado.

Se habla de sumarios.

Se habla de actuaciones.

Y, casi sin darse cuenta, el lector puede imaginar una participación mucho más amplia que la que corresponde a las funciones efectivamente desempeñadas.

Las palabras tienen esa capacidad.

No sólo transmiten información.

También construyen imágenes.

Y esas imágenes pueden terminar adquiriendo vida propia.


La organización de cualquier institución

Cualquier organismo administrativo o judicial funciona gracias a la existencia de distintos puestos y responsabilidades.

Cada uno tiene funciones concretas.

Cada uno desempeña tareas determinadas.

No todas las personas que trabajan en una institución deciden.

No todas investigan.

No todas acusan.

No todas juzgan.

No todas dictan resoluciones.

Y precisamente por eso resulta importante distinguir entre la existencia de una función administrativa y la atribución de responsabilidades que corresponden a otros órganos o personas.

Con el paso del tiempo he tenido ocasión de conocer mejor cuáles eran las funciones reglamentarias atribuidas a determinados puestos y comprobar que la realidad administrativa suele ser bastante más precisa y menos novelesca de lo que a veces se imagina.


Cuando el relato crece

Existe además un fenómeno curioso.

Una vez construida una determinada imagen, los distintos episodios posteriores parecen encajar naturalmente en ella.

Un documento conduce a otro.

Un expediente recuerda a otro expediente.

Un nombre lleva a otro nombre.

Y poco a poco se va formando la impresión de una presencia constante.

La persona parece estar siempre allí.

Aparece una y otra vez.

Y las funciones concretas pueden terminar ampliándose retrospectivamente hasta adquirir dimensiones que exceden el contenido efectivo del propio cargo.

No es un fenómeno exclusivo de la Historia.

Sucede en muchas narraciones.

Pero precisamente por eso conviene observarlo con atención.


Un recuerdo de familia

Yo no aprendí qué era un reglamento administrativo en los libros de Historia.

Lo fui comprendiendo con los años.

Pero antes conocí a mi padre trabajando. Lo recuerdo rodeado de papeles y de libros. Lo recuerdo leyendo con calma. Consultando textos legales. Preparando asuntos. Revisando documentos una y otra vez antes de dar una respuesta.

En casa nunca tuve la impresión de que el trabajo consistiera en mandar sobre los demás.

Más bien parecía una obligación que había que cumplir con responsabilidad y con el mayor cuidado posible.

Con el tiempo comprendí que detrás de muchos cargos existen personas que simplemente intentan hacer bien el trabajo que les corresponde.

Y que esa realidad cotidiana rara vez aparece reflejada en los grandes relatos.


Reflexión final

Con el paso de los años he aprendido que los cargos tienen funciones y las personas tienen vidas.

Confundir unas con otras quizá sea una de las maneras más sencillas de construir relatos, pero también una de las más arriesgadas cuando se pretende comprender una biografía en toda su complejidad.

Porque una función administrativa puede describirse en un reglamento.

Una vida humana, probablemente no.

Existen además ocasiones en las que determinadas funciones administrativas terminan proyectándose retrospectivamente sobre hechos y responsabilidades mucho más amplios.

Ese fenómeno merece una reflexión específica que excede el propósito de estas líneas y sobre el que volveré más adelante.




Fuentes y memoria familiar

Esta reflexión se basa en la documentación conocida sobre la trayectoria de Antonio Luis Baena Tocón, en las normas reguladoras de las funciones desempeñadas en los distintos destinos que ocupó y en recuerdos familiares conservados a lo largo de los años.

(1) Véase Boletín Informativo n.º 18 del Sistema Archivístico Español de Defensa. Diciembre de 2010. Ministerio de Defensa: Queda explicitada la función. Las interpretaciones interesadas en relatos claramente ideológicos y tendenciosos son otra cosa...

miércoles, 10 de junio de 2026

CUANDO UNAS MANOS PARECEN HACERLO TODO

 

Cuando unas manos parecen hacerlo todo

A propósito de una frase sobre Antonio Luis Baena Tocón



Lunes 10 de junio de 2026

Hay frases que, con apenas unas palabras, consiguen ampliar el significado de unos hechos.

En ocasiones no es necesario afirmar expresamente que una persona decidió, ordenó o condenó.

Basta con sugerir una proximidad constante a determinados acontecimientos para que el lector complete el resto de la historia.

Una de esas expresiones aparece en Nos vemos en Chicote (Juan Antonio Ríos Carratalá, 2025) al afirmar que "muchos sumarios pasaron por sus manos".

La frase merece una reflexión.




Una frase aparentemente sencilla

A primera vista, la expresión parece describir un hecho administrativo.

Muchos sumarios. Un funcionario. Unas manos por las que pasan documentos.

Sin embargo, el efecto que produce va mucho más allá de esa descripción material.

El lector puede percibir cercanía permanente a numerosos procedimientos represivos, participación relevante en ellos y una relación continuada con múltiples causas y sus consecuencias.

La amplitud de la fórmula permite que una función concreta termine adquiriendo un alcance mucho mayor.

Las manos y las decisiones

Existe una diferencia importante entre que un documento pase materialmente por unas manos y que esas mismas manos decidan su contenido, su desarrollo o sus consecuencias.

Los procedimientos judiciales y administrativos suelen estar formados por distintos órganos, cargos y competencias.

No todas las personas que intervienen en un expediente desempeñan las mismas funciones ni poseen idéntica capacidad de decisión.

Precisamente por ello resulta importante distinguir entre la existencia de una intervención documental y la atribución de responsabilidades que corresponden a otros niveles de decisión.

Las palabras importan.

Y las imágenes que evocan también.

El riesgo de las asociaciones

La expresión adquiere todavía mayor fuerza cuando se acompaña de nombres, procesos y referencias acumuladas.

Con el paso del tiempo he llegado a pensar que los documentos merecen ser leídos con atención, pero también con prudencia.

Porque una cosa es que unos papeles pasen por las manos de una persona.

Y otra muy distinta que esa persona termine apareciendo, una y otra vez, incluso allí donde los propios documentos apenas permiten encontrar su rastro o ni lo encuentran.

Quizá por eso sigo creyendo que las personas reales suelen ser bastante más complejas que las imágenes que a veces construimos sobre ellas.

Y, sin necesidad de afirmarlo expresamente, una función concreta puede terminar asociándose a responsabilidades mucho más amplias.

No se trata únicamente de lo que dicen los documentos.

También importa el relato que se construye alrededor de ellos.

Lo que suele quedar fuera del foco

Cuando se contempla una trayectoria exclusivamente desde esa perspectiva pueden quedar en segundo plano otros elementos igualmente reales.

Las circunstancias personales.

La propia organización jerárquica de los órganos en los que se trabajaba.

La delimitación efectiva de las funciones desempeñadas.

Y las limitaciones propias de cualquier puesto subordinado dentro de una estructura administrativa o judicial.

Las biografías suelen ser más complejas que las etiquetas y también más complejas que determinadas imágenes literarias.

Un recuerdo personal

Yo no conocí a mi padre entre montañas de expedientes.

Lo conocí ayudando a vecinos que acudían a casa para pedir consejo y a los que nunca vi cobrar una peseta.

Lo conocí llevando la contabilidad de un amigo cuando las necesidades familiares aconsejaban completar los ingresos.

Lo conocí cantando mientras se duchaba, mientras mi madre golpeaba la puerta pidiéndole prudencia porque todavía conservaba los miedos que una guerra y una dura posguerra habían dejado en tantas familias.

Quizá por eso siempre me ha resultado difícil reconocer en determinadas etiquetas a la persona que yo conocí.

Reflexión final

Los documentos son indispensables para conocer la Historia.

Pero las palabras que utilizamos para explicarlos también forman parte de esa Historia.

Quizá por eso convenga distinguir siempre entre las funciones que una persona desempeñó, las responsabilidades que realmente tuvo y las interpretaciones que posteriormente se construyen alrededor de ellas.

Porque las personas son más complejas que los expedientes.

Y, muchas veces, también más complejas que las frases con las que intentamos resumir una vida.

Y como decía anteriormente: “una cosa es que unos papeles pasen por las manos de una persona.

Y otra muy distinta que esa persona termine apareciendo, una y otra vez, incluso allí donde los propios documentos apenas permiten encontrar su rastro o ni lo encuentran.

Quizá por eso sigo creyendo que las personas reales suelen ser bastante más complejas que las imágenes que a veces construimos sobre ellas”.



Fuentes y memoria familiar

Esta reflexión parte de la lectura de Nos vemos en Chicote, de la documentación conservada sobre Antonio Luis Baena Tocón y de recuerdos familiares que forman parte de la memoria transmitida en el ámbito doméstico.



martes, 9 de junio de 2026

UN VEINTEAÑERO DE LA VICTORIA

 

Un veinteañero de la Victoria (Ríos Carratalá, 2025)

Cuando una frase parece explicar toda una vida


Martes, 9 de junio de 2026, 111 aniversario del nacimiento de Antonio Luis Baena Tocón, Q. E. P. D.


Hay frases que describen un momento. Y hay frases que parecen explicar una vida entera.

En la página 153 de Nos vemos en Chicote, Juan Antonio Ríos Carratalá escribe:

"...Antonio Luis Baena Tocón era un veinteañero de la Victoria..., llegó a servir a la monarquía constitucional en una ciudad donde vio homenajear a una de sus víctimas..."

La frase merece una reflexión pausada.

No tanto por una palabra aislada, sino porque enlaza distintas etapas de una vida y las presenta bajo una misma interpretación.

Quizá convenga preguntarse si una biografía completa puede quedar resumida en una sola etiqueta.


Una frase, varios mensajes

La expresión no se limita a situar a Antonio Luis Baena Tocón en un contexto histórico determinado.

La frase une distintos momentos de su existencia y proyecta sobre ellos una misma identidad.

El joven de la guerra. El funcionario. El servidor de la Administración. El hombre que vive en una España democrática y bajo una monarquía constitucional.

Todo parece contemplarse desde una misma perspectiva narrativa.

Y el lector puede recibir la impresión de que la trayectoria completa de esa persona queda explicada por aquella circunstancia inicial.


La atribución de responsabilidades personales

La parte final de la frase introduce además un elemento especialmente significativo al afirmar que Antonio Luis Baena Tocón llegó a contemplar el homenaje a una de sus víctimas.

La expresión no se limita a describir un periodo histórico ni las consecuencias generales de una determinada época.

La construcción utilizada atribuye una relación personal entre Antonio Luis Baena Tocón y esa víctima. El efecto narrativo resulta evidente.

La identidad construida al comienzo de la frase parece mantenerse durante toda la vida y proyectarse incluso sobre acontecimientos muy posteriores.

Precisamente por ello conviene distinguir entre la descripción de hechos históricos y las interpretaciones biográficas que determinadas fórmulas literarias pueden sugerir.


Las vidas reales suelen ser más complejas


Las personas rara vez caben dentro de una sola etiqueta.

Las biografías están hechas de grandes acontecimientos, pero también de pequeños gestos cotidianos que los documentos apenas reflejan.

Yo tuve la suerte de conocer a Antonio Luis Baena Tocón simplemente como mi padre.

Y recuerdo escenas muy distintas de las que podrían deducirse de una interpretación construida únicamente a partir de una frase.

Recuerdo cómo muchos vecinos acudían a casa para pedirle consejo. Algunos tenían problemas con el Ayuntamiento. Otros necesitaban orientación jurídica. Otros simplemente buscaban a alguien que les explicara qué podían hacer ante una dificultad administrativa.

Mi padre estudiaba el asunto, dedicaba tiempo a encontrar una solución y procuraba ayudarles.

Nunca le vi cobrar una peseta por aquellos servicios.

Cuando alguien le sugería que debía hacerlo, su respuesta era sencilla:

Tengo mi sueldo. ¿Cómo le voy a cobrar a esta persona por algo que es de cajón?

Mi madre no siempre compartía aquella manera de entender las cosas.

Ella había pasado hambre durante la guerra. Había conocido las privaciones y las dificultades de la posguerra.

Y alguna vez protestaba porque aquel tiempo dedicado a los demás no ayudaba precisamente a sostener una familia numerosa.

Sin embargo, mi padre seguía pensando que ayudar a quien lo necesitaba formaba parte de sus obligaciones morales.

Alguna Navidad, algún vecino agradecido aparecía en casa con un pavo u otro pequeño regalo. Recuerdo incluso a uno de mis hermanos llorando desconsoladamente para evitar que aquel animal terminara en la mesa familiar.

Son pequeños recuerdos. Quizá insignificantes para la Historia con mayúsculas. Pero forman parte de la vida de una persona.

También recuerdo otra escena que ha permanecido grabada en mi memoria.

Mi padre tenía la costumbre de cantar mientras se duchaba. Y no eran precisamente coplas o canciones intrascendentes. Recuerdo que muchas tenían un contenido político y, en más de una ocasión, un marcado tono antifranquista.

Mi madre, que había vivido la guerra y la durísima posguerra en primera persona: hambre, saqueos, miedo y privaciones, pensaba: ¡Por favor, no volvamos a tener problemas!, se ponía verdaderamente nerviosa.

Golpeaba la puerta del cuarto de baño y le decía:

¡Calla, por favor! ¡Que nos van a escuchar los vecinos! ¡Con todo lo que hemos pasado!

Mi padre seguía cantando. Mi madre seguía preocupándose.

Y los hijos asistíamos a aquella pequeña escena cotidiana sin comprender del todo los miedos que una guerra y sus consecuencias habían dejado en quienes la habían vivido.

Con el paso de los años comprendí que aquella discusión doméstica decía mucho sobre dos personas que habían sufrido una época difícil y que reaccionaban de manera distinta ante los recuerdos y los temores del pasado.

No son grandes acontecimientos históricos. No pretenden demostrar ninguna teoría. Simplemente forman parte de los recuerdos de una familia.

Y quizá ayuden a comprender que las personas suelen ser bastante más complejas que las etiquetas con las que a veces intentamos resumir una vida.


Reflexión final

Quizá una de las mayores dificultades de cualquier aproximación histórica consista en distinguir entre los hechos y las interpretaciones que construimos a partir de ellos.

Las circunstancias forman parte de una biografía. Pero una circunstancia no siempre explica una vida entera.

Las personas cambian. Las sociedades cambian. Y las trayectorias humanas rara vez pueden reducirse a una sola identidad permanente.

Quizá por eso, antes de aceptar que una frase explique toda una vida, convenga detenerse un momento y recordar que detrás de cualquier documento, de cualquier archivo y de cualquier interpretación histórica existió siempre una persona real.

Y que, como todas las personas, fue mucho más compleja que cualquier etiqueta.


Fuentes y memoria familiar

Esta entrada parte de la lectura de la página 153 de Nos vemos en Chicote, de la documentación y memoria familiar conservada y de recuerdos personales del autor sobre Antonio Luis Baena Tocón.

Las escenas familiares aquí recogidas forman parte de la memoria transmitida y vivida dentro de la familia y se presentan expresamente como tales.

domingo, 7 de junio de 2026

LA TRAGEDIA DE TORRELAGUNA

 

La tragedia de Torrelaguna

Hay lugares que cambian para siempre la vida de una familia.



Lunes 8 de junio de 2026

Para la mía, ese lugar fue Torrelaguna.

Cuando se habla de la Guerra Civil es frecuente manejar cifras, estadísticas o grandes acontecimientos políticos. Sin embargo, detrás de aquellos episodios existieron pueblos concretos, vecinos concretos y familias concretas cuyas vidas quedaron marcadas para siempre.

La tragedia de Torrelaguna no fue sólo el asesinato de varias personas.

No fue sólo un episodio más de la violencia que asoló España durante el verano de 1936.

Fue la destrucción de una parte de la vida de un pueblo y el comienzo de una cadena de acontecimientos cuyas consecuencias alcanzarían a varias generaciones.

Mi abuelo, Francisco Baena Jiménez, fue una de sus víctimas.

Pero también fue abogado, secretario del Ayuntamiento, funcionario republicano, creyente y vecino de una comunidad en la que intentó ayudar a otras personas cuando comprendió el peligro que se cernía sobre ellas.

Y quizá ahí comienza realmente esta historia.



1. Un pueblo con mucha historia

Torrelaguna no es un lugar cualquiera.

Su historia forma parte de la historia de España.

Allí nació el cardenal Cisneros, una de las figuras más relevantes de finales del siglo XV y comienzos del XVI.

Sus calles también conservan el recuerdo del guerrillero Juan Martín Díez, "El Empecinado", que encontró refugio en la villa durante la Guerra de la Independencia tras combatir contra las tropas napoleónicas.

El convento de las Concepcionistas Franciscanas conserva aún, a fecha de 2019, la memoria de Sor Patrocinio, la célebre "Monja de las Llagas", personaje tan controvertido como influyente en la España del siglo XIX.

Incluso el Canal del Lozoya y las infraestructuras hidráulicas de la zona terminarían convirtiendo a Torrelaguna en un enclave estratégico para el abastecimiento de agua de Madrid.

Era, en definitiva, un pueblo con una rica historia, una intensa vida social y religiosa y una comunidad donde los vecinos se conocían entre sí.

Quizá por eso los acontecimientos del verano de 1936 dejaron una huella tan profunda.

Porque las guerras no destruyen únicamente edificios o monumentos.

También destruyen relaciones humanas, amistades, familias y recuerdos compartidos.


2. El verano de 1936

El estallido de la Guerra Civil alteró profundamente la vida de Torrelaguna.

La localidad adquirió una importancia estratégica por su situación geográfica y por la proximidad de infraestructuras fundamentales para el abastecimiento de agua de Madrid y para las operaciones militares desarrolladas en la zona.

En aquellos meses llegó la denominada Columna del Rosal, integrada por fuerzas de la CNT-FAI y destinada inicialmente a la protección de objetivos militares y estratégicos.

Sin embargo, la guerra nunca se limita a los objetivos previstos sobre el papel.

El clima de violencia, tensión e incertidumbre afectó profundamente a la población civil.

Se produjeron saqueos, registros y ataques contra edificios religiosos y bienes particulares.

La convivencia habitual de los vecinos quedó sustituida por el miedo y la desconfianza.

Muchas personas comenzaron a comprender que la situación podía escapar a cualquier control. Y algunas intentaron ayudar a otras antes de que fuera demasiado tarde. Entre ellas se encontraba Francisco Baena Jiménez.

Abogado y secretario del Ayuntamiento de Torrelaguna, conocía bien a sus vecinos y era plenamente consciente del ambiente que se estaba generando en la localidad.

Lo que hizo en aquellos días cambiaría para siempre el destino de muchas personas.

Y también el de su propia familia.


3. Francisco Baena Jiménez

Antes de convertirse en una víctima de la Guerra Civil, Francisco Baena Jiménez fue, sencillamente, un vecino más de Torrelaguna.

Era abogado y secretario del Ayuntamiento de la localidad.

Había desarrollado su trabajo al servicio de la Administración y de sus vecinos, desempeñando las funciones propias de un secretario municipal en una época especialmente compleja de la historia de España.

Fue, además, un fiel funcionario de la República.

Este dato merece ser recordado porque con frecuencia las personas quedan atrapadas en etiquetas demasiado simples que apenas explican la realidad de sus vidas.

Francisco Baena Jiménez no fue un dirigente político. No fue un militar. No encabezó ninguna sublevación.

Fue un profesional del Derecho, un servidor público y un hombre profundamente creyente que vivía con su familia en una comunidad donde prácticamente todos se conocían.

Aquella condición de abogado y secretario municipal le permitía conocer de primera mano la evolución de los acontecimientos y el creciente clima de tensión que se iba apoderando de la localidad.

Poco a poco comprendió que algunos de sus vecinos corrían un grave peligro. Y decidió actuar.

Quizá nunca imaginó que aquellas decisiones terminarían costándole la vida.


4. Cuando intentó salvar a otros

Las guerras suelen juzgar a las personas por el lugar donde las encuentra.

Pero las vidas reales son mucho más complejas.

La memoria familiar y la documentación que ha llegado hasta nuestros días permiten reconstruir algunos episodios que muestran una faceta poco conocida de Francisco Baena Jiménez.

No se limitó a contemplar los acontecimientos. Intentó ayudar a otras personas.

Entre quienes recibieron su apoyo se encontraban las religiosas de la localidad y distintas personas cuya situación le preocupaba especialmente.

También advirtió a varios vecinos del peligro que corrían. Algunos le hicieron caso. Otros pensaron que nada podía sucederles.

Entre estos últimos se encontraban el sacerdote D. Fermín España Castillo y D. Alejandro Marco de San Facundo.

Según el recuerdo conservado en la familia y la documentación posterior, Francisco Baena Jiménez les recomendó abandonar la localidad o extremar las precauciones. Ambos respondieron que no tenían nada que temer.

Su vida estaba dedicada a hacer el bien, ayudar a los pobres y atender a sus feligreses. Aquellas palabras transmitían una confianza profundamente humana. Pero los acontecimientos tomaron otro camino. Ambos sacerdotes serían asesinados pocos días después.



Otros sí atendieron las advertencias y consiguieron salvar la vida. Entre ellos se encontraba el capellán de las Concepcionistas, D. Juan Ricote.

También las propias religiosas recibieron su ayuda y protección en unos momentos especialmente difíciles.

Estos episodios no convierten a Francisco Baena Jiménez en un héroe de novela.

Lo muestran, simplemente, como una persona concreta que, en circunstancias extraordinarias, intentó ayudar a otras personas que consideraba amenazadas.

Quizá por eso resulta tan difícil reducir su figura a los estereotipos con los que a veces se simplifican aquellos años. Porque las personas reales suelen escapar a las etiquetas.

Y porque, antes de convertirse en víctima, Francisco Baena Jiménez intentó evitar que otros también lo fueran.

Aquellas decisiones tendrían consecuencias para muchas personas. Y terminarían teniendo consecuencias para él mismo.


5. El asesinato

Las personas que habían intentado ayudar a otros terminaron necesitando ayuda para sí mismas.

La situación en Torrelaguna se fue deteriorando rápidamente. El miedo se convirtió en una realidad cotidiana. Las noticias de detenciones, registros y actos violentos comenzaron a formar parte de la vida del pueblo.

Francisco Baena Jiménez no abandonó la localidad. Permaneció junto a su familia y junto a sus vecinos.

La memoria familiar conserva distintos episodios de aquellos días, transmitidos de generación en generación.

Entre ellos ocupa un lugar especial el intento de proteger a las monjas de clausura Concepcionistas Franciscanas y a otras personas cuya vida corría peligro.

Mi propio padre recordaba una frase que escuchó repetidas veces en casa y que resumía el carácter de su abuelo. Cuando algunos pretendían actuar contra aquellas mujeres, la respuesta habría sido sencilla y directa:

¿Es que no hay más mujeres que esas? Dejadlas en paz.

Es un recuerdo familiar. Como tantos otros transmitidos de padres a hijos. Y quizá por eso resulta tan difícil separar la historia de los sentimientos.

Finalmente, Francisco Baena Jiménez fue detenido y asesinado el 7 de agosto de 1936 en una hornacina de la capilla del convento de las Concepcionistas Franciscanas de Torrelaguna, a las que defendió.

No fue la única víctima. Aquellos días dejaron una profunda huella de dolor en la localidad.

La memoria familiar también conservó durante décadas el recuerdo de Dámaso Melones y de su hijo Pablo. Mi abuela paterna evocaba con frecuencia aquellos acontecimientos. Y siempre terminaba llorando. Recordaba cómo una madre preguntó a quienes se llevaban al muchacho por qué iban a matarlo. La respuesta que decía haber escuchado quedó grabada en su memoria durante el resto de su vida:

¡Para que no sea como su padre!

Aquella frase, repetida una y otra vez entre lágrimas, terminó formando parte de la memoria de nuestra familia. Quizá porque resumía el sinsentido de aquellos días.

No era únicamente el asesinato de una persona. Era el intento de destruir familias enteras y de condenar incluso a quienes apenas comenzaban a vivir.

"El asesinato de Francisco Baena Jiménez dejó viuda a su esposa y huérfanos a sus hijos. Pero sus consecuencias no terminaron aquel día. Acababan de empezar."  (1) (2)



6. La familia

Las guerras no sólo dejan muertos. También dejan familias rotas.

En el caso de los Baena, aquella ruptura comenzó incluso antes del asesinato de Francisco Baena Jiménez.

Una de las hijas del matrimonio había marchado a Gibraltar para pasar una temporada con unos familiares.

Las circunstancias hicieron que terminara creciendo lejos de sus hermanos.

El resto de la familia tampoco permanecería unida durante mucho tiempo. La muerte del padre cambió para siempre el destino de todos. La viuda tuvo que afrontar sola una situación imposible. El hogar familiar fue saqueado. La seguridad de los hijos desapareció. Cada uno tendría que recorrer un camino diferente.

Los recuerdos conservados en la familia hablan de una casa vacía, de objetos desaparecidos y de la necesidad de proteger aquello que todavía podía salvarse.

Entre esas preocupaciones se encontraba la conservación de diversos objetos religiosos que la familia custodió para evitar su destrucción y la profanación de formas consagradas y que años después pudieron ser devueltos a sus legítimos destinatarios.

Pero quizá la pérdida más difícil de reparar fue otra. La pérdida de la vida cotidiana. La mesa familiar dejó de reunirse. Los hermanos crecieron separados. La madre tuvo que afrontar el dolor de la viudedad y la incertidumbre sobre el futuro de sus hijos.

Y el hijo mayor, Antonio Luis Baena Tocón, apenas recién terminada la carrera de Derecho, tendría que afrontar una realidad para la que nadie está preparado.

Aquella familia no perdió únicamente a un padre. Perdió la vida que había conocido hasta entonces. Y sus consecuencias acompañarían a todos sus miembros durante el resto de sus vidas.

La tragedia de Torrelaguna no terminó el 7 de agosto de 1936. Aquel día sólo comenzó una larga cadena de consecuencias que acompañaría a la familia durante décadas. La viuda tuvo que afrontar sola el futuro de sus hijos. Los hermanos crecieron separados. Una de ellos se encontraba lejos del hogar familiar. Otro tendría que escribir años después sus recuerdos para que no se perdieran.

Antonio Luis Baena Tocón, el hijo mayor, tuvo que afrontar un camino que nadie había elegido para él. Acababa de terminar sus estudios de Derecho. Había perdido a su padre. Su familia se encontraba dispersa y él ansiaba poder ayudarles, era consciente de que precisaban su ayuda. Y la guerra seguía desarrollándose a su alrededor.

Vendrían la persecución, las checas, la ayuda de personas inesperadas, el refugio en la Embajada de Chile, el exilio en Marsella y las cartas firmadas como "Rosi", mediante las cuales una familia intentaba mantenerse unida cuando todo parecía haberse roto.

Llegaría también el regreso a España, el cumplimiento del servicio militar pendiente y la reconstrucción de una vida que nunca volvería a ser la misma.

La viuda de Francisco Baena Jiménez tendría que enfrentarse además a una nueva paradoja: Cuando solicitó el correspondiente subsidio, la petición fue rechazada porque su marido no había participado en la sublevación militar.

La guerra había terminado. Pero algunas heridas seguían abiertas. Los hijos crecieron. Llegaron los nietos.

Y con ellos aparecieron nuevas preguntas sobre una historia familiar que durante mucho tiempo se transmitió en voz baja, entre recuerdos, documentos conservados y lágrimas que todavía afloraban al evocar determinados episodios.

Con el paso de los años, algunos de aquellos descendientes comenzaron a investigar, se vieron obligados ante la reescritura de sus vidas. Buscaron archivos. Leyeron libros. Consultaron documentos y personas expertas. Escucharon testimonios familiares. Intentaron comprender qué había sucedido realmente. Y descubrieron que la historia rara vez es tan sencilla como las etiquetas con las que a veces intentamos explicarla.

La tragedia de Torrelaguna no pertenece únicamente al pasado.

Forma parte de la memoria de una familia y de tantas otras familias españolas cuyas vidas quedaron marcadas para siempre por aquellos acontecimientos.

Quizá por eso esta historia no pretende reabrir heridas, a pesar de que algunos lo han hecho.

Pretende evitar que se cierren en falso.

Porque detrás de los grandes acontecimientos históricos hubo personas concretas: Vecinos. Madres. Padres. Hijos. Religiosas. Sacerdotes. Funcionarios. Abogados. Y familias enteras que intentaron sobrevivir en medio de una tragedia colectiva.

La de Francisco Baena Jiménez es una de esas historias. Y la de su familia demuestra que, a veces, las consecuencias de una guerra pueden prolongarse durante varias generaciones.

Quizá por eso, al recordar hoy aquellos acontecimientos, no se trata solamente de mirar hacia el pasado.

Se trata también de comprender cómo empezó una historia cuyas consecuencias todavía alcanzan a quienes conservan su memoria.

"La tragedia de Torrelaguna" es una historia que podrá ser leída y comprendida incluso por alguien que nunca haya oído hablar de Juan Antonio Ríos Carratalá, porque el verdadero protagonista ya no es el debate historiográfico, sino las personas concretas que vivieron y sufrieron aquellos acontecimientos…


Fuentes y memoria familiar

Esta entrada ha sido elaborada a partir de una combinación de documentación escrita, testimonios familiares e investigaciones personales realizadas durante años.

Entre las principales fuentes utilizadas se encuentran:

El testimonio escrito del hermano menor de Antonio Luis Baena Tocón, conservado por la familia.

Documentación procedente del Registro Civil de Torrelaguna y de otros archivos consultados durante la investigación.

Recuerdos y testimonios transmitidos por distintos miembros de la familia Baena a lo largo de varias generaciones.

Testimonios orales recogidos personalmente en Torrelaguna, conversando con personas mayores de la localidad y con vecinos vinculados a los lugares donde ocurrieron algunos de los hechos relatados.

Información y trabajos de investigadores e historiadores de la zona que han contribuido al conocimiento de la historia local.

Documentación familiar conservada, fotografías, correspondencia y otros materiales relacionados con los acontecimientos descritos.

Cuando en el texto se recogen recuerdos o tradiciones familiares, se indican expresamente como tales. Cuando existen documentos o fuentes escritas que apoyan los hechos relatados, también se han tenido en cuenta.

El propósito de esta publicación no es sustituir el trabajo historiográfico, sino contribuir a preservar y compartir una memoria familiar contrastada con las fuentes disponibles y abierta a nuevas aportaciones documentales.

"Esto no es sólo un recuerdo de familia ni sólo un trabajo de archivo. Es el resultado de muchos años de conservar documentos, escuchar a los mayores, visitar lugares, hablar con personas e intentar comprender qué ocurrió realmente."



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(1) Porque un historiador puede interpretar documentos. Un periodista puede escribir artículos. Un profesor puede formular hipótesis.

Pero una familia también tiene derecho a reconstruir su propia memoria, contrastarla con documentos y aportar elementos que completen la visión de unos acontecimientos.)

(2): No estamos diciendo:

"Crean a mi familia porque sí."

Estamos diciendo:

"Ésta es la historia que hemos recibido, la que hemos investigado y la que hemos intentado contrastar durante años.")



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