Miércoles
1 de abril de 2026
1 DE
ABRIL:
CUANDO
TERMINÓ LA GUERRA…
Y COMENZÓ
LA BATALLA POR EL RELATO
Silencios
heredados, memoria selectiva y el revanchismo cómodo del presente
Cada 1 de abril
reaparecen artículos, vídeos, hilos y debates sobre el final de la
Guerra Civil española.
Los hay
rigurosos, matizados y honestos.
Y los hay sectarios,
simplificadores y abiertamente militantes.
Lo preocupante
no es recordar aquella fecha.
Lo preocupante es cómo
se recuerda.
Porque una cosa
es la historia.
Y otra muy distinta utilizar el pasado como
munición
ideológica en el presente,
reduciendo vidas complejas a etiquetas cómodas.
El 1 de abril
de 1939 terminó oficialmente la guerra.
Pero para muchas
familias no terminaron el miedo, la ruina, el duelo ni el silencio.
Y precisamente
ese silencio —nacido del dolor, no del olvido— hoy es utilizado
por algunos para fabricar relatos sin réplica.
Cuando
callar fue una forma de supervivencia
En mi familia, pasar página
nunca significó olvidar.
Significó sobrevivir.
La página se pasó porque
había demasiado
dolor acumulado como para convertirlo en conversación cotidiana.
Hubo asesinatos en la
familia.
Desapariciones y muertes violentas jamás borradas de
la memoria íntima.
Saqueos de viviendas y ruina
material.
Exilio y regreso forzado.
El terror de las
checas.
La amenaza real del pelotón de fusilamiento.
Una
viuda y cuatro menores enfrentados a la miseria.
Y, después, el
miedo heredado que tantas familias españolas transmitieron en
silencio durante generaciones.
Todo ello es precisamente lo
que vivió mi familia.
Por eso muchos de los que
sobrevivieron optaron por callar.
No por falta de razones.
No
por ausencia de memoria.
Sino por humanidad, dignidad y por la
voluntad de no
transmitir más odio a sus hijos.
Ese silencio no fue vacío.
Fue
una forma de protección moral.
Y resulta profundamente
injusto que hoy, desde la comodidad del presente, algunos pretendan
utilizar ese silencio como si fuera prueba de culpabilidad,
indiferencia o adhesión ideológica.
La
comodidad del juicio retrospectivo
Hablar hoy de Franco es
fácil.
Hablar hoy de la guerra también.
Lo difícil es hacerlo con
rigor, sin convertir la historia en un tribunal moral al servicio de
consignas.
Existe una práctica cada vez
más extendida y profundamente empobrecedora: tomar
un nombre, un documento, una firma secundaria, una función auxiliar
o una presencia administrativa, y construir sobre ello un personaje
político total.
Ese ha sido precisamente el
caso de mi padre.
A partir de elementos
parciales y de interpretaciones interesadas, se ha proyectado sobre
toda su existencia una biografía falseada: desde
muy joven hasta el final de su vida.
No hablamos de un episodio
aislado, sino de una reescritura
completa de su trayectoria humana y profesional,
prolongada durante años por el Sr.
Ríos Carratalá y
amplificada por quienes no han querido contrastar nada.
Se ha ignorado deliberadamente
la diferencia entre funciones auxiliares, tareas documentales y
decisiones jurisdiccionales.
Se ha borrado el contexto humano y
biográfico.
Y se ha sustituido por una etiqueta ideológica
cómoda, repetida una y otra vez hasta pretender convertirla en
verdad pública.
No se ha estudiado a la
persona real.
Se ha fabricado un personaje.
Y ese personaje, útil para
determinados discursos, ha servido para prolongar sobre su memoria
una acusación moral que no responde ni a la complejidad documental
ni a la verdad de su vida.
Contra
la crispación interminable
Quizá uno de los aspectos más
preocupantes de nuestro tiempo sea la incapacidad
de algunos sectores para abandonar la trinchera permanente.
La crispación se ha
convertido en método.
Y en ciertos ámbitos
académicos y mediáticos, especialmente cuando la Guerra Civil
aparece como marco interpretativo universal, parece que todo deba
reducirse a bandos, etiquetas y condenas morales automáticas.
No se contrasta.
No se
matiza.
No se escucha a quienes aportan documentos incómodos.
Se recurre con demasiada
facilidad a términos ofensivos, agresivos y descalificadores, como
si el insulto histórico sustituyera al análisis.
Y lo más grave: si una
familia protesta y defiende con documentos la verdad de sus mayores,
la respuesta inmediata suele ser la caricatura.
Si discrepas, eres un
fascista.
Si matizas, molestas.
Si exiges rigor, incomodas.
Ese clima no ayuda ni a la
historia ni a la convivencia.
Solo prolonga un
guerracivilismo
interminable, una
forma de vivir permanentemente en la trinchera simbólica, como si
algunos no pudieran existir sin reabrir cada día el frente del
pasado.
La memoria no puede
construirse sobre la descalificación preventiva del discrepante.
Necesita serenidad, contraste
y respeto a todas las biografías.
Cierre
Muchos pasaron página porque
sabían demasiado del horror.
Hoy, desde la comodidad del
presente, algunos los insultan, los etiquetan o los convierten en
personajes útiles para su relato.
La historia merece algo mejor.
Y quienes padecieron en
silencio también.