jueves, 18 de junio de 2026

LAS CINCO VIDAS INVENTADAS DE ANTONIO LUIS BAENA TOCÓN (V)

 

Las cinco vidas inventadas de Antonio Luis Baena Tocón (V)

Cómo una persona acaba convirtiéndose en un personaje.



Quinta entrega

El verdugo necesario



Primera parte: Cuando una persona se convierte en símbolo

Si las entregas anteriores de esta serie estaban dedicadas al supuesto funcionario, al supuesto abogado, al supuesto voluntario y al hombre supuestamente recompensado por sus actuaciones, la quinta gira alrededor de una cuestión que, probablemente, resulta aún más delicada.

La responsabilidad.

Durante algún tiempo pensé que las discrepancias sobre la figura de mi padre afectaban únicamente a determinados datos biográficos.

Una fecha.

Un cargo.

Una función.

Una interpretación histórica.

Sin embargo, enseguida comprendí que el problema era mucho más profundo.

El personaje construido alrededor de Antonio Luis Baena Tocón parecía necesitar algo más.

No bastaba con atribuirle una determinada formación o, más bien, quitársela.

No bastaba con convertir determinadas circunstancias en decisiones voluntarias.

No bastaba con interpretar una trayectoria profesional como una sucesión de recompensas.

El personaje necesitaba asumir una responsabilidad mucho mayor.

Y entonces empecé a hacerme una pregunta.

¿Hasta qué punto una persona concreta puede acabar convirtiéndose en el símbolo de una realidad mucho más amplia?

La historia está llena de ejemplos parecidos.

A veces resulta más sencillo explicar una época compleja a través de personajes concretos.

Los acontecimientos colectivos se reducen a nombres propios.

Las circunstancias se simplifican.

Las responsabilidades se concentran.

Y poco a poco una persona deja de ser contemplada en toda su complejidad para convertirse en la representación de un determinado relato.

Confieso que durante algún tiempo no fui plenamente consciente de ese mecanismo.

Pensaba que las discusiones giraban alrededor de hechos concretos.

Pero descubrí que muchas veces el verdadero debate no consistía en determinar qué hizo realmente una persona.

La cuestión era otra.

Qué papel necesitaba desempeñar dentro del relato construido.

Y entonces comprendí que quizá ése era el último paso de la construcción iniciada años atrás.

Primero aparecía el supuesto funcionario.

Después el supuesto abogado.

Más tarde el supuesto voluntario.

Luego el supuesto beneficiario de aquellas actuaciones.

Y finalmente aparecía una consecuencia casi inevitable.

El personaje debía asumir responsabilidades que trascendían ampliamente las funciones concretas que realmente hubiera desempeñado.

Aquella reflexión me hizo pensar muchas veces en una cuestión que va mucho más allá de mi propia familia.

La mayoría de las personas que vivieron épocas difíciles no eligieron las circunstancias históricas que les tocaron vivir.

Muchas desempeñaron funciones limitadas.

Muchas cumplieron obligaciones propias de su tiempo.

Muchas participaron en instituciones complejas cuyas decisiones finales no dependían exclusivamente de ellas.

Sin embargo, años después, resulta relativamente sencillo contemplar aquellas vidas desde el resultado final y atribuir a cada uno una responsabilidad mucho más amplia que la derivada de sus actuaciones concretas.

Y fue entonces cuando comprendí que el verdadero problema tampoco consistía únicamente en mi padre.

La cuestión era mucho más amplia.

¿Dónde termina la responsabilidad individual y dónde comienza el personaje construido por el relato?

Quizá esa pregunta explique mejor que ninguna otra el sentido de esta quinta entrega.

Porque después de todos estos años he llegado a una conclusión que me parece sencilla, aunque no siempre resulte fácil de aceptar.

Antes de convertir a una persona en símbolo de una época, quizá merezca la pena preguntarse quién fue realmente.

Qué hizo.

Qué funciones desempeñó.

Qué decisiones pudo tomar.

Y cuáles escapaban completamente a su voluntad.

Porque las personas reales rara vez encajan perfectamente en los personajes que construimos muchos años después.

Y quizá la primera obligación de quien intenta comprender el pasado consista precisamente en respetar esa complejidad.

Sobre todo cuando las funciones reales de una persona y las responsabilidades que más tarde se le atribuyen no siempre coinciden


"¿Dónde termina la responsabilidad individual y dónde comienza el personaje construido por el relato?"

El derecho a que la responsabilidad de una persona no sea mayor que sus propios actos. El verdadero hilo conductor de esta quinta entrada de la serie: no se trata de negar responsabilidades, sino de preguntarse por sus límites y por la tendencia de algunos relatos a ampliar esas responsabilidades hasta convertir a una persona concreta en el símbolo de una realidad mucho más amplia.



Segunda parte: Cuando las funciones se convierten en culpas

Aquella reflexión siguió acompañándome durante mucho tiempo.

Si una persona podía acabar convirtiéndose en símbolo de una época, resultaba inevitable formular una nueva pregunta.

¿Dónde termina una función concreta y dónde comienza la responsabilidad que otros terminan atribuyéndole?

Poco a poco fui comprendiendo que aquella cuestión no afectaba únicamente a la figura de mi padre.

Se trataba de un problema mucho más amplio.

Las sociedades complejas funcionan a través de instituciones.

Y las instituciones, a su vez, están formadas por personas que desempeñan funciones distintas, con competencias diferentes y responsabilidades también diferentes.

Sin embargo, el paso del tiempo parece simplificar muchas veces esa realidad.

Las funciones se confunden con las decisiones.

Las decisiones con las intenciones.

Y las intenciones con las responsabilidades finales.

Entonces el personaje comienza a adquirir una nueva dimensión.

Ya no basta con haber ocupado un determinado puesto.

Ahora parece necesario asumir todas las consecuencias del sistema al que aquel puesto pertenecía.

Aquella idea me hizo reflexionar muchas veces sobre la diferencia entre participar en una estructura y decidir el funcionamiento completo de esa estructura.

La mayoría de las personas desarrollan tareas concretas.

Cumplen obligaciones determinadas.

Actúan dentro de unas competencias limitadas.

Y rara vez controlan el conjunto del sistema del que forman parte.

Sin embargo, años después, puede resultar tentador contemplar esa realidad desde el resultado final.

Las diferencias desaparecen.

Los matices se reducen.

Las distintas responsabilidades se mezclan.

Y poco a poco las funciones concretas parecen transformarse en culpas generales.

Quizá ése sea uno de los mayores riesgos de cualquier interpretación simplificada del pasado.

Porque las personas reales no desempeñan todas las funciones.

No toman todas las decisiones.

No poseen todas las competencias.

Ni controlan todos los acontecimientos que suceden a su alrededor.

Aquella reflexión me llevó a revisar una vez más la trayectoria de mi padre.

No para convertirlo en una excepción.

Ni para presentar una vida perfecta.

Sino para recordar algo que quizá debería parecer evidente.

Las funciones desempeñadas por una persona son una realidad documentable.

Las responsabilidades efectivamente asumidas también pueden estudiarse.

Los límites de esas responsabilidades pueden conocerse.

Y precisamente por eso resulta importante distinguir entre lo que una persona hizo realmente y aquello que el paso del tiempo termina atribuyéndole.

Durante estos años he descubierto que esa diferencia no siempre resulta sencilla.

Los relatos tienden a simplificar.

Los personajes necesitan representar ideas generales.

Y las personas concretas acaban cargando, en ocasiones, con responsabilidades mucho mayores que las derivadas de sus propias actuaciones.

Quizá por eso he llegado a pensar que el verdadero debate tampoco consiste únicamente en discutir determinados hechos concretos.

La cuestión es otra.

La cuestión afecta al propio modo en que entendemos las responsabilidades históricas."

¿Tenemos derecho a ampliar indefinidamente la responsabilidad de una persona hasta convertirla en el símbolo de toda una época?

Creo sinceramente que esa pregunta merece una reflexión serena.

Porque comprender el pasado no consiste únicamente en identificar responsabilidades.

También exige respetar sus límites.

Y reconocer que las funciones reales de una persona y las culpas que el relato termina atribuyéndole no siempre son exactamente la misma cosa.

Quizá esa diferencia resulte incómoda.

Quizá complique determinados relatos.

Las personas reales rara vez encajan en las simplificaciones que construimos muchos años después.

Y quizá el respeto a la verdad histórica empiece precisamente por aceptar esa complejidad.


Tercera parte: El derecho a la responsabilidad individual

Después de recorrer las cuatro entregas anteriores de esta serie, he llegado a una conclusión que, cuando comencé a escribir estas páginas, probablemente no habría imaginado.

Al principio pensé que el verdadero debate giraba alrededor de determinados datos biográficos.

Una fecha.

Un cargo.

Una función.

Una trayectoria profesional.

Incluso una concreta interpretación de algunos acontecimientos históricos.

Con el paso del tiempo comprendí que el problema era mucho más profundo.

Todas aquellas cuestiones conducían, en realidad, a una misma pregunta, la responsabilidad individual.

Y entonces empecé a pensar que quizá el verdadero riesgo no consistiera únicamente en discutir determinados hechos.

Sino en ampliar poco a poco las responsabilidades de una persona hasta convertirla en el personaje que un determinado relato necesita.

A veces ese proceso termina atribuyendo a una persona concreta responsabilidades que el paso del tiempo acaba dando por supuestas, hasta convertirla, para muchos, en protagonista necesario de acontecimientos cuya realidad histórica fue mucho más compleja”.

De convertir a una persona concreta en el símbolo de una realidad mucho más amplia.

De atribuirle decisiones que no tomó.

Competencias que no tuvo.

Intenciones que nunca podrán conocerse con certeza.

Y consecuencias que escapaban completamente a sus posibilidades de decisión.

Aquella reflexión me llevó a pensar muchas veces en mi padre.

No en el personaje construido alrededor de él.

Sino en la persona que yo conocí.

En el hijo que perdió a su padre durante la Guerra Civil.

En el joven que tuvo que afrontar circunstancias extraordinariamente difíciles.

En el estudiante.

En el profesional.

En el padre de familia.

En el compañero de trabajo.

En el hombre que desarrolló una vida real, con aciertos y errores, con decisiones propias y con otras muchas circunstancias que jamás pudo elegir.

Y comprendí que quizá ése era el verdadero sentido de todo este trabajo.

No convertir a mi padre en un héroe.

Tampoco transformarlo en una víctima perfecta.

Ni pedir para él un tratamiento diferente del que corresponde a cualquier otra persona.

La cuestión era mucho más sencilla.

Reivindicar el derecho a que una persona sea contemplada desde sus propios actos y no exclusivamente desde el personaje construido sobre ella.

Y no exclusivamente desde interpretaciones posteriores que terminan identificándola con decisiones o consecuencias mucho más amplias que las derivadas de sus funciones reales”.

Quizá ésa sea una de las mayores dificultades de cualquier aproximación al pasado.

Las épocas complejas producen relatos complejos.

Y los relatos complejos tienden a buscar personajes sencillos.

Pero las personas reales rara vez son sencillas.

Tienen contradicciones.

Dudas.

Errores.

Limitaciones.

Circunstancias.

Obligaciones.

Y responsabilidades concretas.

Precisamente por eso he llegado a pensar que la historia no sólo necesita documentos.

No sólo necesita archivos.

No sólo necesita investigadores.

También necesita una cierta prudencia.

La prudencia de distinguir entre las funciones desempeñadas y las responsabilidades efectivamente asumidas.

Entre las decisiones propias y las ajenas.

Entre las circunstancias vividas y las interpretaciones construidas muchos años después.

Quizá esa prudencia complique algunos relatos.

Quizá obligue a introducir matices incómodos.

Quizá impida construir personajes demasiado simples.

Pero creo sinceramente que merece la pena.

Porque detrás de cada expediente hubo una persona.

Detrás de cada nombre hubo una familia.

Detrás de cada fotografía antigua hubo una vida que nunca podrá resumirse completamente en unas pocas palabras.

Después de todos estos años, creo que he comprendido algo que al principio no veía con claridad.

Nunca he pretendido discutir el derecho a investigar.

Nunca he querido limitar el debate histórico.

Nunca he pedido privilegios para mi familia.

Sólo he pensado que cualquier persona merece ser juzgada por sus propios actos.

Por sus responsabilidades reales.

Por las funciones que efectivamente desempeñó.

Y no por el personaje que otros puedan construir muchos años después.

Quizá ésa haya sido la verdadera enseñanza de este largo camino.

Mi padre no necesitaba convertirse en un símbolo para ser comprendido.

Le bastaba con ser una persona real.

Con una biografía documentable.

Con luces y sombras.

Con aciertos y errores.

Con responsabilidades propias.

Y también con el mismo derecho que cualquiera de nosotros a que esas responsabilidades no sean mayores que sus propios actos.

Porque, después de todo este tiempo, creo que la pregunta más importante de esta serie ya no es quién fue Antonio Luis Baena Tocón.

Quizá la verdadera pregunta sea otra.

¿Tenemos derecho a convertir a una persona real en el personaje que mejor encaja en nuestro relato del pasado?

Y sinceramente espero que la respuesta sea siempre la misma.

Que antes de juzgar, intentemos comprender.

Que antes de simplificar, aceptemos la complejidad.

Y que antes de construir personajes, recordemos que nuestros padres y nuestros abuelos fueron, sencillamente, personas reales.


Cinco derechos para una persona real.

1º El derecho a la identidad.

2º El derecho a la formación.

3º El derecho al contexto.

4º El derecho al mérito.

5º El derecho a la responsabilidad individual.

¿Tenemos derecho a convertir a una persona real en el personaje que mejor encaja en nuestro relato del pasado?



Gracias a quienes han acompañado esta serie, tanto compartiendo sus opiniones como aportando documentos, recuerdos y reflexiones. El diálogo sereno sigue siendo la mejor manera de acercarnos a nuestro pasado común.



"Las personas reales merecen algo más que personajes de ficción construidos sobre sus vidas."


"Antes que personajes de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos fueron personas reales."



miércoles, 17 de junio de 2026

LAS CINCO VIDAS INVENTADAS DE ANTONIO LUIS BAENA TOCÓN (IV)

 

Las cinco vidas inventadas de Antonio Luis Baena Tocón (IV)

Cinco derechos para una persona real.

Cómo una persona acaba convirtiéndose en un personaje.



Cuarta entrega

El premio perfecto

O cómo los méritos acaban convirtiéndose en recompensas


Primera parte: La recompensa necesaria

Si las tres primeras entregas de esta serie estaban dedicadas al supuesto funcionario, al supuesto abogado y al supuesto voluntario, la cuarta gira alrededor de una idea que, poco a poco, fui descubriendo que también formaba parte del mismo relato.

La recompensa.

Al principio pensé que las distintas afirmaciones que se hacían sobre mi padre eran cuestiones independientes: Un cargo discutible, una fecha equivocada, una interpretación más o menos discutible sobre determinadas funciones….

Sin embargo, rápidamente fui comprendiendo que aquellas piezas parecían formar parte de una construcción mucho más amplia.

Y toda construcción necesita una cierta coherencia interna.

Si una persona es presentada como funcionario antes de serlo.

Si además aparece como alguien cuya formación jurídica resulta dudosa.

Si posteriormente se le atribuye una actuación voluntaria en determinadas circunstancias históricas.

Entonces parece lógico que el siguiente paso del relato sea otro.

La recompensa.

La propia presentación pública del relato parecía reforzar esa interpretación, al igual que algunas de las personas que la asumieron sin mayor contraste.

El personaje necesitaba obtener algún beneficio, la propia presentación pública del relato parecía reforzar esa interpretación, al igual que algunas de las personas que la asumieron sin mayor contraste. Esos beneficios serían:

Ascensos: Como si determinadas promociones profesionales pudieran explicarse exclusivamente por actuaciones desarrolladas muchos años antes.

Mejores destinos: Prestando especial atención a los últimos puestos desempeñados, como si toda una trayectoria profesional pudiera resumirse en una sola interpretación.

Sueldos “importantes”: Sin detenerse en los conceptos retributivos ni en la documentación administrativa que los justifica, tanto si eran importantes como si eran modestos (más bien modestos en las primeras décadas).

Ventajas profesionales: Cuya existencia muchas veces se da por supuesta sin precisar en qué consistieron realmente.

Reconocimientos: Como si cualquier valoración positiva del trabajo realizado tuviera necesariamente su origen en actuaciones desarrolladas décadas atrás.

Como si determinadas circunstancias históricas hubieran sido aprovechadas deliberadamente para construir una carrera personal.

Confieso que durante algún tiempo no comprendí del todo la importancia de esta idea, porque me parecía increíble que el relato diera lugar a eso.

Pensaba que se trataba simplemente de comentarios aislados, pero descubrí que tenían una función mucho más importante.

Porque un supuesto voluntario que no obtiene nada a cambio resulta difícil de explicar dentro de una determinada interpretación.

Pero un voluntario recompensado encaja perfectamente en el personaje que el relato necesita construir.

Entonces empecé a preguntarme si la realidad de una carrera profesional puede reducirse tan fácilmente.

La vida administrativa y profesional de cualquier persona suele ser larga y compleja:

Exige estudios.

Requisitos legales.

Experiencia.

Responsabilidades.

Aciertos.

Errores.

Y también una buena dosis de circunstancias personales e históricas.

Sin embargo, determinadas interpretaciones parecen simplificar esa complejidad.

Los méritos desaparecen.

Las obligaciones pasan a un segundo plano.

Los requisitos profesionales apenas se mencionan.

Y la explicación termina encontrándose en una idea aparentemente sencilla:

La recompensa.

Aquella reflexión me llevó a plantearme una cuestión que nunca antes me había hecho.

¿Qué ocurre cuando una trayectoria profesional deja de interpretarse como el resultado de una vida compleja y comienza a presentarse como el premio obtenido por una determinada adhesión política o ideológica?

Quizá la pregunta no afecte únicamente a mi padre. Quizá tenga que ver con una forma de entender la historia y a las personas que la protagonizaron, porque, cuando una vida se contempla exclusivamente desde el resultado final, resulta fácil olvidar los caminos recorridos para llegar hasta él:

Se olvidan los estudios.

Las dificultades.

Los requisitos.

Los sacrificios.

Las circunstancias familiares.

Las obligaciones.

Y también los acontecimientos que nadie habría elegido vivir.

Poco a poco fui comprendiendo que el supuesto funcionario, el supuesto abogado y el supuesto voluntario necesitaban un último elemento para completar el personaje. Necesitaban un premio, porque, en determinados relatos, las decisiones voluntarias parecen exigir siempre una recompensa que las justifique.

Y entonces comprendí que el verdadero debate tampoco giraba alrededor de un sueldo, un destino o un ascenso concreto.

Giraba alrededor de una pregunta mucho más amplia.

¿Hasta qué punto tenemos derecho a transformar una trayectoria profesional en la simple recompensa de una determinada interpretación del pasado?

Quizá esa pregunta explique mejor que ninguna otra el sentido de esta cuarta entrega.

Porque, aunque pronto se intuía el relato, después de lo aprendido durante estos años, irremediablemente empecé a sospechar que el personaje construido sobre mi padre necesitaba algo más que decisiones voluntarias.

Necesitaba beneficios.

Necesitaba recompensas.

Necesitaba, en definitiva, el premio perfecto.



Segunda parte: Cuando una trayectoria profesional se convierte en sospecha

Aquella reflexión siguió acompañándome durante mucho tiempo.

Si el personaje construido sobre mi padre necesitaba recompensas, resultaba inevitable hacerse una pregunta.

¿De dónde salían esas recompensas? Y, sobre todo, ¿qué papel desempeñaban dentro del relato construido?

Poco a poco fui comprendiendo que el problema no consistía únicamente en determinados puestos de trabajo, en algunos destinos profesionales o en concretas retribuciones económicas.

La cuestión era mucho más amplia.

Se trataba de interpretar toda una trayectoria profesional desde un único punto de vista. Y, en cierto modo, de reinterpretarla retrospectivamente:

Los estudios realizados.

Los requisitos exigidos para determinados cargos.

La experiencia acumulada durante años.

Las responsabilidades asumidas.

Los trabajos desempeñados.

Los reconocimientos obtenidos.

Todo ello parecía quedar en un segundo plano.

**Poco a poco fui comprendiendo que no se trataba únicamente de discutir determinados méritos profesionales.

Se trataba de decidir si esos méritos habían existido realmente o si debían interpretarse únicamente como la recompensa de una determinada adhesión previa.**

La explicación se encontraba en otra parte.

El personaje ya había sido construido.

El supuesto funcionario en 1934.

El supuesto abogado sin estudios.

El supuesto voluntario.

Sólo faltaba demostrar que todo aquello había merecido la pena.

Ahora necesitaba demostrar que aquellas decisiones habían obtenido su recompensa.

Y entonces empecé a preguntarme si una carrera profesional de varias décadas podía resumirse de una manera tan sencilla.



Tercera parte: El derecho al mérito

Después de darle muchas vueltas a todas estas cuestiones, llegué a una conclusión que nunca había imaginado al comenzar esta historia.

El verdadero problema no consistía únicamente en determinados ascensos, en algunos destinos profesionales o en las correspondientes retribuciones económicas.

La cuestión era mucho más sencilla y, al mismo tiempo, mucho más importante.

Se trataba del mérito.

Durante estos años he visto cómo determinadas trayectorias personales pueden acabar siendo interpretadas exclusivamente desde una determinada perspectiva ideológica o política.

Entonces ocurre algo curioso.

Los estudios parecen perder importancia.

Los esfuerzos dejan de tener valor.

La experiencia acumulada durante años se convierte en una simple circunstancia.

Las responsabilidades asumidas desaparecen.

Y el trabajo desarrollado durante toda una vida parece necesitar una explicación distinta del propio trabajo.

Como si el mérito resultara insuficiente.

Como si toda una trayectoria profesional tuviera que justificarse necesariamente por otros motivos.

Aquella reflexión me hizo pensar muchas veces en mi padre.

No en el personaje construido alrededor de él.

Sino en la persona que yo conocí.

En el estudiante de Derecho.

En el profesional que siguió formándose y aprendiendo.

En el hombre que asumió responsabilidades a lo largo de muchos años.

En quien desempeñó distintos destinos y funciones.

En quien aceptó obligaciones que formaban parte de su trabajo.

Como cualquier otra persona, se equivocó en ocasiones y acertó en otras.

Como cualquier profesional, tuvo que aprender, adaptarse y afrontar nuevas responsabilidades.

Y comprendí que quizá ése era el verdadero problema.

Una trayectoria profesional no puede reducirse únicamente al resultado final.

Tampoco puede interpretarse exclusivamente desde una determinada idea previa.

Porque las vidas reales son mucho más complejas.

Están hechas de estudio.

De esfuerzo.

De preparación.

De trabajo cotidiano.

De dificultades.

De sacrificios.

Y también de circunstancias personales e históricas que nadie elige.

Durante estos años he tenido la oportunidad de consultar documentos, nombramientos, expedientes, cursos de perfeccionamiento y otros testimonios relacionados con la trayectoria profesional de mi padre.

Y he descubierto algo que probablemente debería parecer evidente.

Los documentos hablan de una persona que trabajó, estudió, asumió responsabilidades y desarrolló una carrera profesional a lo largo de décadas.

No hablan de un personaje literario.

No hablan de una caricatura.

No hablan de un símbolo.

Hablan de una persona real.

Quizá por eso he llegado a pensar que el verdadero debate no consiste en decidir si una persona merece admiración o crítica. Nadie está libre de errores. Nadie tiene una vida perfecta. La cuestión es otra.

¿Tenemos derecho a ignorar los méritos reales de una persona simplemente porque dificultan el relato que hemos construido sobre ella?

Creo sinceramente que no.

Creo que la historia necesita documentos.

Necesita investigación.

Necesita debate.

Pero también necesita reconocer...

Pero también necesita reconocer que el mérito existe, que el esfuerzo existe, que las trayectorias profesionales existen.

Y que reducir toda una vida de trabajo por una supuesta recompensa obtenida a partir de determinadas circunstancias históricas... supone, en cierto modo, simplificar excesivamente la realidad.

Quizá ésa haya sido una de las enseñanzas más inesperadas de estos años.

Mi padre no necesitaba convertirse en un héroe para merecer respeto.

Tampoco necesitaba ser perfecto.

Le bastaba con ser lo que fue.

Una persona real.

Con virtudes y defectos.

Con aciertos y errores.

Con una vida profesional documentable.

Y con el mismo derecho que cualquier otra persona a que sus méritos sean contemplados junto a sus circunstancias y no sustituidos por un personaje construido muchos años después.

Porque, después de todo este tiempo, creo que la pregunta más importante de esta cuarta entrega ya no es qué obtuvo Antonio Luis Baena Tocón.

Quizá la verdadera pregunta sea otra.

¿Tenemos derecho a negar los méritos de una vida simplemente porque no encajan en el relato que hemos decidido construir?



Nota documental.

Parte de las reflexiones contenidas en esta entrada han sido posibles gracias a la consulta de nombramientos, expedientes administrativos, cursos de perfeccionamiento y otros documentos relacionados con la trayectoria profesional de Antonio Luis Baena Tocón, algunos de los cuales serán objeto de futuras publicaciones específicas.



"Las personas reales merecen algo más que personajes de ficción construidos sobre sus vidas."


"Antes que personajes de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos fueron personas reales."

martes, 16 de junio de 2026

LAS CINCO VIDAS INVENTADAS DE ANTONIO LUIS BAENA TOCÓN (III)

 

Las cinco vidas inventadas de Antonio Luis Baena Tocón (III)

Cinco derechos para una persona real.

Cómo una persona acaba convirtiéndose en un personaje.


Tercera entrega

El voluntario perfecto

O cómo las circunstancias acaban convirtiéndose en una elección




Primera parte: Cuando el relato sale de los libros

Si las dos primeras entregas de esta serie estaban dedicadas al supuesto funcionario y al supuesto abogado, la tercera gira alrededor de una palabra que, probablemente, resulta aún más importante.

Voluntario.

Al principio pensé que las discrepancias sobre la figura de mi padre se limitaban al ámbito académico. Imaginaba que determinadas interpretaciones quedarían reducidas a libros especializados, artículos o debates entre investigadores, aunque precisaran correcciones.

Me equivocaba.

Con el paso del tiempo comprendí que el relato había abandonado los archivos y las bibliotecas para instalarse en un espacio mucho más amplio: el de la opinión pública.

Hubo un momento que recuerdo especialmente, aunque sólo con el paso del tiempo fui plenamente consciente de su importancia.

Fue la entrevista concedida por el catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá a Carlos Arcaya en Radio Alicante, Cadena SER, con motivo de la presentación en Radio Alicante del libro Nos vemos en Chicote. .

La escuché con atención, algunos años después de que se produjera (aún se puede escuchar).

No voy a negar que me produjo una profunda inquietud. No únicamente por las afirmaciones que se realizaban sobre Antonio Luis Baena Tocón. Tampoco porque se ofreciera una interpretación histórica distinta de la mía.

Lo que verdaderamente me preocupó fue comprender que muchas personas aceptarían aquellas afirmaciones como una descripción objetiva de los hechos.

La radio posee una enorme capacidad de comunicación. Las palabras llegan al oyente con cercanía. La conversación parece espontánea. Y el tono distendido hace que muchas veces las opiniones se reciban como certezas.

Recuerdo especialmente la sensación que me produjo escuchar cómo se hablaba de personas reales, de familias reales y de acontecimientos dramáticos de nuestra historia reciente con una aparente naturalidad que contrastaba con la gravedad de las afirmaciones realizadas.

Poco después comenzaron a llegar llamadas telefónicas.

Una prima residente en Barcelona me comentaba, alarmada, mientras se dirigía a su trabajo y escuchaba las afirmaciones (barbaridades) que se realizaban en la Ser sobre mi padre.

Amigas de confianza y conocedoras de la controversia, de 2029 en adelante, telefoneaban sorprendidas tras escuchar noticias relacionadas con el caso, especialmente en Canal 24 Horas de la televisión pública.

Aquellas conversaciones me hicieron comprender algo que hasta entonces no había percibido con claridad. El relato ya no pertenecía exclusivamente al mundo académico. Había comenzado a formar parte de la conversación cotidiana.

Y eso cambiaba completamente las cosas.

Porque una afirmación que aparece en un libro especializado puede quedar limitada a un determinado círculo de lectores.

Pero cuando esa misma afirmación pasa a una entrevista, a una noticia o a una conversación de café, adquiere una capacidad de difusión extraordinaria. Aquella difusión no fue casual. Formaba parte de una estrategia de comunicación que llevó un debate inicialmente académico al ámbito de la opinión pública. Ya he explicado en otra entrada algunos de los episodios que acompañaron a ese proceso.

Entonces empecé a preguntarme cuál debía ser mi actitud. Nunca he pretendido impedir que nadie investigue, a pesar de los comentarios que sobre mí ha emitido el Sr. catedrático, de que “por mi culpa está en peligro la investigación en España”

Tampoco he pensado que las interpretaciones históricas deban ser únicas. La historia necesita debate. Necesita investigadores. Necesita preguntas.

Pero también pensé que el contraste formaba parte de ese mismo ejercicio de responsabilidad. Con el tiempo solicité la posibilidad de ofrecer mi punto de vista en algunos de esos espacios. No fue posible. Ni siquiera obtuve respuesta.

Aquella experiencia me recordó otras similares vividas posteriormente.

Llegué a leer afirmaciones de Ríos Carratalá en prensa, según las cuales mis actuaciones suponían una “forma de censura propia de otras épocas” y “un peligro para la investigación en España”.

Paradójicamente, tuve la impresión de que las posibilidades de diálogo y rectificación se reducían a medida que el relato adquiría mayor difusión pública, a pesar de que el catedrático afirmaba estar supuestamente “abierto a cualquier sugerencia contraria a sus investigaciones”.

Sin embargo, decidí que la mejor respuesta no consistía en alimentar una polémica interminable.

Opté por un camino mucho más sencillo.

Escuchar.

Leer.

Buscar documentos.

Transcribir.

Analizar.

Y poner esos materiales a disposición de cualquier persona interesada. No para imponer una conclusión, sino para facilitar que cada lector pudiera formarse su propia opinión. Mientras realizaba ese trabajo fui comprendiendo algo que, hasta entonces, sólo había intuido.

El problema no consistía únicamente en determinados datos biográficos. No se discutía solamente un cargo, una fecha o un destino. Había algo mucho más profundo. El relato necesitaba que Antonio Luis Baena Tocón fuera un hombre que elegía, que decidía, que encontraba en las circunstancias de su tiempo una oportunidad de promoción personal.

Y aquella idea me llevó a hacerme una pregunta que ya no me abandonaría.

¿Hasta qué punto una vida marcada por acontecimientos extraordinarios puede acabar siendo presentada, muchos años después, como una sucesión de decisiones perfectamente libres y perfectamente calculadas?

Quizá esa pregunta explique mejor que ninguna otra el sentido de esta tercera entrega.

Porque, después de escuchar aquella entrevista, de recibir aquellas llamadas y de revisar una y otra vez los documentos, empecé a comprender que el verdadero debate no giraba alrededor de un destino concreto.

Giraba alrededor de una palabra: Voluntario.

Y comprendí también que, para entender el personaje construido sobre mi padre, primero era necesario preguntarse si realmente tuvo la libertad de elegir las circunstancias que le tocaron vivir.



Segunda parte: Cuando las circunstancias se convierten en decisiones

Aquella pregunta siguió acompañándome durante mucho tiempo.

¿Hasta qué punto una vida puede interpretarse exclusivamente a través de las decisiones que tomó una persona y no de las circunstancias que le tocó vivir?

Poco a poco fui comprendiendo que aquella cuestión era fundamental, porque el personaje construido sobre mi padre necesitaba una condición indispensable. Necesitaba ser libre para elegir.

Necesitaba encontrar en la Guerra Civil y en la inmediata posguerra una oportunidad de progreso personal. Necesitaba actuar voluntariamente.

Pero la realidad de una vida suele ser mucho más compleja que los personajes de cualquier relato.

Mi padre no nació en un laboratorio ideológico.

Nació en una familia concreta.

Tuvo una infancia concreta.

Vivió acontecimientos que marcaron profundamente su juventud. Entre ellos, el asesinato de su padre a comienzos de la Guerra Civil… y la desestructuración de toda una familia...

Aquella tragedia familiar no fue una teoría. No fue una interpretación. Fue una realidad que condicionó la vida de toda una familia.

Como tantas otras familias españolas de uno y otro lado, tuvieron que afrontar pérdidas, miedos, incertidumbres y decisiones que nunca habrían deseado tomar. También conocieron el exilio. También tuvieron que reconstruir sus vidas en circunstancias extraordinariamente difíciles.

Cuando pienso en aquellos años, me resulta complicado aceptar determinadas simplificaciones.

La historia rara vez ofrece caminos completamente libres. La mayoría de las personas no eligen el tiempo que les toca vivir. No eligen una guerra. No eligen la muerte de un padre. No eligen el miedo. No eligen la persecución. No eligen el exilio. Y muchas veces tampoco eligen las obligaciones que les corresponden en cada momento histórico.

Sin embargo, con el paso de los años, he observado cómo determinadas interpretaciones parecen olvidar ese contexto.

Las circunstancias desaparecen.

Las tragedias personales pasan a un segundo plano.

Las obligaciones se convierten en elecciones.

Y las elecciones terminan interpretándose como estrategias conscientes de promoción personal.

Entonces el personaje empieza a adquirir forma.

El supuesto funcionario. El supuesto abogado. El supuesto voluntario. El hombre al que el relato necesitaba convertir en protagonista de una determinada interpretación del pasado. El hombre que habría comprendido dónde estaban las oportunidades y habría decidido aprovecharlas.

Confieso que esa forma de interpretar una vida siempre me ha producido una profunda inquietud.

Porque convierte a las personas reales en figuras extraordinariamente simples. Todo parece obedecer a un plan. Todo parece obedecer a un plan previamente diseñado. Todo parece responder a una voluntad consciente.

Pero las vidas reales no suelen ser así.

Las personas se equivocan. Se adaptan. Sufren. Intentan salir adelante. Cumplen obligaciones que no han elegido. Y toman decisiones condicionadas por circunstancias que muchas veces escapan a su voluntad.

Quizá por eso me llamó especialmente la atención descubrir que el relato necesitaba eliminar muchas de las circunstancias personales que rodearon la juventud de mi padre.

Porque esas circunstancias hacían más difícil mantener el personaje.

Resultaba más sencillo presentar a un hombre que encontraba oportunidades donde otros sólo veían dificultades. Más sencillo convertir las obligaciones en adhesiones. Más sencillo interpretar determinados destinos como decisiones personales perfectamente libres.

Y fue entonces cuando comprendí que la palabra "voluntario" tenía una importancia mucho mayor de la que había imaginado.

No se trataba únicamente de un destino concreto. Ni siquiera de una función determinada. Se trataba de atribuir una intención y, con ella, una determinada responsabilidad moral.

Y las intenciones son, probablemente, uno de los terrenos más delicados de cualquier investigación histórica.

Los hechos pueden documentarse. Las fechas pueden comprobarse. Los expedientes pueden consultarse. Pero las motivaciones humanas rara vez son tan sencillas como a veces nos gustaría creer.

Durante estos años he llegado a una conclusión que quizá resulte demasiado simple.

La historia necesita documentos. Pero también necesita contexto. Necesita también prudencia.

Necesita recordar que detrás de cada expediente hubo personas. Que detrás de cada nombre hubo familias. Y que detrás de muchas decisiones existieron circunstancias que no fueron elegidas.

Mi padre tampoco eligió muchas de las que marcaron su juventud.

Y, sin embargo, con el paso del tiempo, he visto cómo algunas interpretaciones parecían transformar aquellas circunstancias en una sucesión de decisiones perfectamente voluntarias.

Y fue entonces cuando comprendí que el verdadero problema no consistía únicamente en discutir un hecho concreto. El problema era mucho más profundo. El personaje necesitaba un voluntario perfecto.

Y quizá la vida real, con todas sus contradicciones y dificultades, resultaba demasiado compleja para encajar en un papel tan sencillo.

Fue entonces cuando decidí que la mejor respuesta no consistía en discutir una interpretación con otra, sino en escuchar, buscar documentos y ofrecer al lector los elementos necesarios para formarse su propia opinión.


Tercera parte: El derecho al contraste

Cuando terminé de escuchar aquella entrevista y de reflexionar sobre muchas otras publicaciones y declaraciones posteriores, llegué a una conclusión inesperada.

No podía impedir que otras personas escribieran sobre mi padre. Tampoco quería hacerlo. Nunca he pensado que la investigación histórica deba estar sometida a censura. Los investigadores tienen derecho a formular hipótesis. Los periodistas tienen derecho a entrevistar. Los escritores tienen derecho a interpretar. Y los lectores tienen derecho a estar de acuerdo o a discrepar.

Pero también pensé que existe otro derecho mucho más sencillo.

El derecho al contraste.

El derecho a consultar documentos.

El derecho a escuchar otras voces.

El derecho a conocer circunstancias que quizá no aparecen en un relato determinado.

Por eso decidí hacer algo que estaba a mi alcance.

Escuchar atentamente las entrevistas.

Leer los artículos.

Consultar archivos.

Buscar documentos.

Comparar afirmaciones.

Transcribir conversaciones.

Y compartir ese trabajo a través de mi propio blog y de mi página dedicada a la memoria de Antonio Luis Baena Tocón.

No pretendía que nadie aceptara mis conclusiones.

Ni aspiraba a sustituir un relato por otro.

Simplemente pensaba que una persona real merecía que quienes quisieran conocer su historia dispusieran del mayor número posible de elementos para formarse una opinión propia.

Mientras realizaba ese trabajo fui comprendiendo otra cuestión que nunca había imaginado.

Los relatos tienen una enorme capacidad para crecer. Una afirmación aparece en un libro.

El libro da lugar a una entrevista. La entrevista genera noticias. Las noticias pasan a las redes sociales. Las redes alimentan conversaciones cotidianas.

Y llega un momento en que el personaje construido parece más conocido que la persona real.

Quizá esa sea una de las mayores responsabilidades de quienes trabajan con la historia y con la información.

No sólo importa lo que se dice.

Importa también cómo se dice.

Dónde se dice.

Y las consecuencias que puede tener sobre personas y familias concretas.

Durante estos años he pensado muchas veces que el verdadero debate no consistía únicamente en la figura de mi padre.

La cuestión era más amplia.

¿Quién tiene derecho a contar la vida de una persona?

¿El investigador?

¿El periodista?

¿La familia?

¿Los documentos?

Quizá la respuesta sea que todos tienen algo que aportar.

Pero precisamente por eso ninguna voz debería aspirar a convertirse en la única posible.

Nunca he pretendido que nadie acepte mi visión de los hechos simplemente porque soy hijo de Antonio Luis Baena Tocón.

Ser hijo no convierte a nadie en historiador.

Pero tampoco creo que la condición de investigador dispense de escuchar otras fuentes o de revisar determinadas conclusiones cuando aparecen nuevos datos.

La memoria familiar y la investigación histórica no tienen por qué ser enemigas.

Pueden dialogar. Pueden corregirse mutuamente. Pueden ayudarse a comprender mejor el pasado., pero jamás puede una parte intentar engañar a la otra o desacreditarla en pro del cinismo, la hipocresía, la ideología, el fanatismo, etc

Quizá esa haya sido una de las lecciones más inesperadas de estos diez años.

He descubierto que defender la memoria de una persona no consiste en convertirla en un héroe. Mi padre no fue un héroe. Tampoco fue un personaje perfecto. Fue una persona. Con virtudes y defectos. Con aciertos y errores. Con decisiones acertadas y otras que probablemente hoy habría tomado de manera diferente. Como cualquiera de nosotros.

Pero también fue un hombre con una biografía real.

Con documentos.

Con familia.

Con amigos.

Con compañeros de trabajo.

Con recuerdos que todavía permanecen vivos en muchas personas.

Y creo que esa realidad merece ser contemplada con toda su complejidad.

Después de todo este tiempo he llegado a una conclusión bastante sencilla.

Nunca he pedido que se olvide la historia.

Nunca he pedido privilegios para mi familia.

Nunca he pretendido que nadie renuncie a investigar.

Sólo he pensado que, antes de convertir a una persona en personaje de un relato, quizá merezca la pena escuchar también a quienes conservan su memoria, sus documentos y sus silencios.

Ése ha sido el sentido de estas páginas.

Y ésa es también la razón por la que decidí escuchar, leer, transcribir y compartir.

No para cerrar un debate. Sino para abrirlo, pero no se puede abrir con la intransigencia de creerse con la verdad absoluta e intentando desacreditar a quien nos contradice...

Y para recordar algo que, a veces, parece olvidarse con demasiada facilidad.

Antes que protagonistas de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos fueron personas reales.

Y quizá la pregunta más importante de esta tercera entrega ya no sea si Antonio Luis Baena Tocón fue voluntario.

Quizá la verdadera pregunta sea otra.

¿Hasta qué punto tenemos derecho a convertir las circunstancias de una vida en un personaje construido a nuestra medida?


Documentación complementaria

El lector interesado puede consultar directamente algunos de los materiales mencionados en esta entrada y formar su propia opinión:

Entrevista en Radio Alicante, Cadena SER:

https://play.cadenaser.com/audio/085RD010000000025650/

Análisis y referencias sobre la entrevista:

https://antonioluisbaenatocon.blogspot.com/search?q=entrevista+cadena+ser

Presentación de Nos vemos en Chicote y transcripción comentada:

https://antonioluisbaenatocon.blogspot.com/search?q=presentaci%C3%B3n+Nos+vemos+en+chicote

Porque la mejor manera de comprender una historia sigue siendo la misma de siempre:

Escuchar.

Leer.

Contrastar.

Y pensar por uno mismo.


"Las personas reales merecen algo más que personajes de ficción construidos sobre sus vidas."

"Antes que personajes de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos fueron personas reales."

LAS CINCO VIDAS INVENTADAS DE ANTONIO LUIS BAENA TOCÓN (II)

 

Las cinco vidas inventadas de Antonio Luis Baena Tocón (II)

Cinco derechos para una persona real.

Cómo una persona acaba convirtiéndose en un personaje.

 

Segunda entrega

El falso abogado

 “Al principio pensé que discutían la biografía de mi padre. Al poco comprendí que estaban construyendo un personaje”...

 

Cómo una duda acaba convirtiéndose en un personaje

Durante estos años ha habido una situación que siempre me ha llamado especialmente la atención.

En más de una ocasión, personas que habían conocido a mi padre me han preguntado con cierta sorpresa si era verdad que no había sido abogado. Recientemente, un secretario municipal jubilado de una localidad cordobesa y residente en Jerez, que conoció a mi padre, me mostraba su sorpresa ante algunas de estas afirmaciones. Aunque no albergaba ninguna duda sobre la realidad de los hechos, especialmente en lo relativo a la titulación de mi padre, me hizo comprender hasta qué punto determinadas ideas habían conseguido difundirse."

La primera vez que ocurrió me quedé desconcertado, sorprendido, pues...

Siempre supe que mi padre había sido abogado. Perteneció a un Colegio de Abogados. Pagó sus cuotas durante años. Determinados puestos de trabajo que desempeñó en la Administración Local exigían esa formación. Y, como recuerdo familiar, todavía hoy conservo en mi estudio el título que acredita aquellos estudios.

Pensé que se trataba de un simple malentendido. Después comprendí que aquellas preguntas no surgían espontáneamente. Eran el resultado de un relato construido durante años y difundido por quien había decidido convertir aquella duda, en lugar de investigarla, en una pieza importante de su interpretación.

Rápidamente descubrí que la cuestión era mucho más profunda. No se trataba simplemente de determinar si Antonio Luis Baena Tocón había terminado sus estudios de Derecho.

Se trataba de proyectar una duda sobre toda su vida profesional y, lo que es peor, en poco tiempo comprendí que aquella falta de formación no era una simple conclusión histórica. Era una necesidad del propio relato. Resultaba imprescindible para que mi padre encajara en el personaje previamente diseñado y las características que se le habían asignado a un grupo de personas: funcionarios sin formación que querían progresar en sus puestos de trabajo con ascensos meteóricos y sueldos jugosos a cambio de ofrecerse voluntarios para ejercer represión al servicio del Régimen franquista.

La imagen que poco a poco se iba transmitiendo era sencilla.

Un hombre que carecía de la formación necesaria. Alguien que era funcionario y se hacía pasar por abogado, una persona que ocupaba puestos de responsabilidad sin la preparación adecuada. (Un trepa al estilo de los que hoy tanto abundan en la vida política…) Y, a partir de ahí, el resto del relato comenzaba a construirse con relativa facilidad.

Si no tenía formación suficiente, los cargos que desempeñó podían resultar sospechosos.

Los destinos que ocupó podían interpretarse como favores.

Los ascensos podían explicarse por razones políticas.

Los méritos profesionales podían convertirse en recompensas ideológicas.

Aquella duda inicial terminaba proyectándose sobre toda una biografía.

Con el paso del tiempo observé otro fenómeno curioso.

La explicación iba cambiando. En ocasiones parecía que no había hecho la licenciatura de Derecho.

En otras se hablaba de dos o tres asignaturas aprobadas. Más tarde, algunos cursos… Más adelante surgían nuevas interpretaciones y nuevos argumentos destinados a sostener la misma conclusión inicial. Las formulaciones cambiaban. La conclusión permanecía.

Más adelante surgían nuevas interpretaciones y nuevos argumentos destinados a sostener la misma conclusión inicial.

La impresión que producía todo aquello era extraña.

Parecía que el problema no consistía en averiguar qué había ocurrido realmente. El problema era mantener vivo el personaje.

Y entonces comprendí algo que ya intuía: Mi padre no era únicamente el supuesto funcionario de la primera entrega de esta serie. Tampoco era simplemente el supuesto abogado de ésta.

Las distintas piezas comenzaban a encajar entre sí:

Un funcionario antes de serlo.

Un jurista sin estudios suficientes para serlo.

Un hombre que habría prosperado gracias a una supuesta adhesión política.

Un beneficiario del sistema.

Un engranaje más de una maquinaria represiva.

La construcción resultaba coherente, pero sólo si todas las piezas permanecían en su sitio. Bastaba retirar una de ellas para que el edificio comenzara a tambalearse.

Quizá por eso me llamó especialmente la atención comprobar que existían documentos capaces de aportar respuestas bastante sencillas a muchas de aquellas dudas:

Archivos.

Expedientes.

Requisitos profesionales.

Destinos administrativos.

Toda una trayectoria desarrollada durante décadas en puestos cuya responsabilidad exigía conocimientos jurídicos.

Naturalmente, cualquier investigador puede cometer errores. Ninguna investigación está libre de ellos.

Lo que resulta más difícil de entender es la resistencia a revisar determinadas conclusiones cuando aparecen nuevos datos o nuevas evidencias. Rectificar nunca ha sido una derrota intelectual. Al contrario, forma parte del propio trabajo de investigar.

Durante estos diez años he aprendido una lección inesperada.

Lo más difícil no ha sido localizar documentos.

Lo más complicado ha sido comprobar hasta qué punto una duda puede sobrevivir a las pruebas que la contradicen.

Quizá porque las personas reales son complejas. Y los personajes resultan mucho más sencillos.

Mi padre no fue un personaje, ni necesitó inventarse una biografía. La suya ya existía. No fue una caricatura. no fue un símbolo político.

Fue una persona, con aciertos y errores, con circunstancias extraordinariamente difíciles que le tocó vivir, con una biografía documentable. Y creo que esa biografía merece ser estudiada con el mismo rigor que cualquier otra.

Esta segunda entrega no pretende pedir privilegios para nadie. Tampoco pretende sustituir un relato por otro. Sólo plantea una pregunta.

¿Qué ocurre cuando una duda inicial acaba proyectándose sobre toda una vida?

Y, sobre todo, ¿qué sucede cuando esa duda continúa circulando durante años mientras los documentos esperan pacientemente a que alguien quiera escucharlos?

Quizá cada lector tenga su propia respuesta. La mía es bastante sencilla:

La historia necesita investigadores, necesita archivos, necesita debate, pero también necesita una virtud que a veces parece escasa:

La humildad de aceptar que los documentos pueden contar una historia diferente de la que esperábamos encontrar.

Porque estudiar el pasado es una tarea apasionante, pero construir personajes a costa de personas reales es una responsabilidad demasiado grande para tomársela a la ligera.

Y, después de diez años, creo que la pregunta ya no es si mi padre fue abogado.

La verdadera pregunta es otra.

¿Por qué resultaba tan necesario convertirlo en el falso abogado del relato?


"Las personas reales merecen algo más que personajes de ficción construidos sobre sus vidas."

"Antes que personajes de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos fueron personas reales."




lunes, 15 de junio de 2026

LAS CINCO VIDAS INVENTADAS DE ANTONIO LUIS BAENA TOCÓN (I)

 

Las cinco vidas inventadas de Antonio Luis Baena Tocón (I)

Cinco derechos para una persona real.

Cómo una persona acaba convirtiéndose en un personaje.



Primera entrega

La primera ficha del dominó

¿Qué importancia tiene llamar funcionario a quien no lo era?


Cuando llegaron a mis manos algunas de las primeras publicaciones sobre mi padre, pensé que la polémica giraba alrededor de unos cuantos errores biográficos. Una fecha equivocada. Un cargo mal atribuido. Una interpretación discutible...

En muy pocos días llegué a una conclusión diferente.

El problema no era una fecha. El problema era el relato.

Esta reflexión, que ya era evidente para mí, se hizo aún más clara durante el proceso judicial celebrado en Cádiz en octubre de 2024. Antes del juicio me ofrecí a facilitar documentación y aclaraciones a quienes quisieran contrastar los hechos, entre ellos a medios locales del Grupo Joly como Diario de Jerez y Diario de Cádiz, especialmente después de algunas publicaciones que consideraba inexactas y cuya rectificación solicité sin éxito.


Sin embargo, tras el juicio aparecieron diversas publicaciones periodísticas en las que se ofrecía ampliamente la versión del catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá, mientras que la mía ni siquiera fue solicitada.

Recuerdo especialmente una afirmación que me llamó la atención.

Venía a decir que considerar funcionario a una persona cuando en realidad no lo era tampoco constituía un problema especialmente relevante.

Confieso que aquella afirmación, considerada aisladamente, podía parecer incluso razonable. Pero el verdadero problema nunca estuvo en la palabra, sino en la función que desempeñaba dentro del relato.

Mi padre no aparece presentado simplemente como un funcionario, en el relato de Ríos Carratalá, sino como funcionario que forma parte de una construcción mucho más amplia.

Un funcionario que, según ese relato, habría encontrado en la guerra y en la posguerra una oportunidad para prosperar. Un funcionario dispuesto a asumir tareas represivas. Un funcionario voluntario. Un funcionario que ascendería, sin formación, gracias a su adhesión al régimen. Y, sobre todo, un funcionario cuya supuesta condición permitía presentar determinadas actuaciones como una inversión de futuro en una carrera administrativa que, sencillamente, todavía no existía para él.

Y, finalmente, una pieza más de un engranaje cuya responsabilidad terminaría extendiéndose mucho más allá de sus funciones reales.

Estaba muy claro que aquella palabra no era un detalle. Era la primera ficha del dominó.

Si la primera ficha cae, las demás comienzan a moverse.

Pero si la primera ficha nunca existió, conviene preguntarse qué ocurre con las que vienen detrás.

No escribo estas líneas para discutir una fecha concreta. Tampoco para pedir un tratamiento especial para mi familia.

La historia necesita debate y la investigación histórica debe ser libre, pero los archivos están para ser consultados y analizados. Precisamente por eso creo que el contexto importa. Los datos históricos no viven aislados. Su significado depende también de la función que cumplen dentro de una narración más amplia.

Una palabra nunca es completamente inocente cuando forma parte de una narración más amplia.

Llamar funcionario a quien no lo era puede parecer una cuestión menor.

Sin embargo, deja de serlo cuando esa condición constituye el punto de partida de una determinada interpretación biográfica.

Durante estos años he aprendido que los relatos tienen una enorme capacidad para crecer: Una afirmación pasa a un libro, del libro a una entrevista, e la entrevista a un periódico, del periódico a las redes sociales, de las redes sociales a la conversación cotidiana.

Y llega un momento en que muchas personas aceptan una determinada imagen sin preguntarse cómo se construyó.

Quizá esa sea una de las grandes responsabilidades de quienes investigan y escriben sobre personas reales.

No sólo importa cada dato considerado aisladamente. Importa también el papel que desempeña dentro del conjunto.

Mi padre, Antonio Luis Baena Tocón, fue una persona real. Con aciertos y errores.

Con circunstancias difíciles que le tocó vivir, con una biografía documentable.

Y creo que esa biografía merece ser estudiada con el mismo rigor que se exige para cualquier otro personaje histórico.

Por eso he decidido comenzar esta serie de artículos: No para sustituir un relato por otro. No para pedir indulgencia hacia nadie. Sino para analizar cómo determinadas afirmaciones, relacionadas entre sí, pueden acabar construyendo una imagen pública muy distinta de la persona real.

Quizá algunos lectores compartan mis conclusiones, quizá otros no, pero al menos me gustaría plantear una pregunta.

Cuando una palabra sostiene una parte importante de un relato, ¿podemos seguir diciendo que esa palabra carece de importancia?

Ésta es la primera entrega de una serie que he titulado:

Las cinco vidas inventadas de Antonio Luis Baena Tocón.

En las próximas publicaciones intentaré recorrer algunas de las piezas que, unidas entre sí, contribuyeron a construir una determinada imagen pública sobre mi padre.

Y empezaremos precisamente por ahí.

Era la primera ficha del dominó. No se trataba únicamente de un error cronológico.

Aquella condición de funcionario permitía sostener una interpretación más amplia sobre mi padre y sobre toda una generación de personas a las que se presenta como beneficiarias conscientes del sistema franquista.

Por eso la discusión nunca fue simplemente una cuestión de fechas.

Era una cuestión de arquitectura del relato.

Porque, a veces, para comprender una historia entera basta con preguntarse quién empujó la primera pieza.


"Las personas reales merecen algo más que personajes de ficción construidos sobre sus vidas."

"Antes que personajes de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos fueron personas reales."

LAS CINCO VIDAS INVENTADAS DE ANTONIO LUIS BAENA TOCÓN (V)

  Las cinco vidas inventadas de Antonio Luis Baena Tocón (V) Cómo una persona acaba convirtiéndose en un personaje. Quinta entrega El ...