miércoles, 1 de julio de 2026

ESTAMPA 5: LOS SÁBADOS DE CINE

 

Estampa 5: Los sábados de cine

Serie Mi padre, sin etiquetas

"Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona no cabe dentro de una etiqueta."

 



En casa había una costumbre que nunca apareció escrita en ningún sitio.

Los sábados por la tarde, mis padres tenían una cita. No hacía falta celebrarla ni anunciarla. Simplemente ocurría.

Mi madre se arreglaba con un cuidado especial.

Elegía un vestido, probablemente hecho por ella misma o con la ayuda de una modista, se peinaba despacio, se miraba una última vez en el espejo y salía del dormitorio con esa elegancia discreta que nunca necesitó llamar la atención.

Mi padre la esperaba como si aquello fuera la cosa más natural del mundo. Y, quizá precisamente por eso, era extraordinario.

Los hermanos mayores nos quedábamos en casa cuidando de los pequeños. Nunca lo vivimos como un sacrificio. Formaba parte de la vida familiar.

Además, sabíamos que, al volver, mi madre siempre traería o nos dejaría algún pequeño detalle para nosotros: una cena fría de algo que nos gustara mucho, unos caramelos, una chocolatina, unas pipas o cualquier cosa sencilla que convertía la espera en una fiesta.

Con los años he comprendido que aquellos sábados no eran una costumbre.

Eran una forma silenciosa de cuidar un matrimonio.

Sin grandes viajes.

Sin fotografías para enseñar.

Sin necesidad de demostrar nada.

Dos personas que, después de toda una semana de trabajo y responsabilidades, seguían reservándose unas horas para caminar juntas, ver una película y volver comentándola tranquilamente por las calles de Córdoba.

Quizá por eso, cuando hoy escucho hablar de mi padre como si fuera una simple etiqueta, me viene siempre la misma imagen.

No un despacho.

No un documento.

No un cargo.

Sino un hombre esperando a su mujer un sábado por la tarde, mientras ella termina de arreglarse para ir juntos al cine.

Algunas veces, cuando fuimos creciendo o alguno de los mayores regresaba de la universidad, los acompañábamos.

Pero, sinceramente, el recuerdo más bonito es otro.

Verlos salir solos.

Mi padre disfrutaba como uno más cuando íbamos todos o les acompañábamos alguno.

Nunca hacía de profesor.

Nunca explicaba la película antes de verla ni después pretendía decirnos lo que debíamos pensar.

Simplemente la veía.

Se reía cuando había que reír.

Guardaba silencio cuando la historia lo pedía.

Y, al salir, comenzaba una conversación que podía durar todo el camino de vuelta.

—¿Qué os ha parecido?

Cada uno respondía una cosa distinta.

Y todas las respuestas eran bienvenidas. No había exámenes. No había respuestas correctas. Solo opiniones.

Con el tiempo comprendí que aquellas conversaciones eran una forma de educar.

Sin discursos.

Sin imponer.

Sin convertir una diferencia de criterio en una batalla.

A veces la película se olvidaba a los pocos días.

Pero seguían vivas las risas compartidas, el comentario de mi madre sobre un personaje, la observación de alguno de nosotros o la sonrisa de mi padre cuando alguien descubría un detalle que él no había visto.

Nunca necesitó tener siempre la razón.

Le bastaba con disfrutar del momento.

Hoy pienso que aquellas tardes de cine se parecían mucho a su manera de entender la vida.

Escuchar.

Compartir.

Pensar.

Y dejar que cada uno encontrara su propia mirada.

Por eso me cuesta reconocer en ciertas descripciones al hombre que yo conocí.

Porque quien era capaz de pasar una tarde entera comentando una película con naturalidad, aceptando opiniones distintas y celebrando las ocurrencias de sus hijos, difícilmente podía vivir encerrado en una etiqueta.

Yo prefiero recordarlo caminando despacio por una calle de Córdoba, con la entrada del cine todavía en el bolsillo, mientras nosotros discutíamos sobre el protagonista y él sonreía en silencio.

Quizá porque, sin proponérselo, mucho antes de enseñarnos a mirar una pantalla, nos estaba enseñando algo mucho más importante: que el respeto, la conversación, el cariño cotidiano y el tiempo compartido también forman parte de la educación de una familia.

martes, 30 de junio de 2026

ESTAMPA 4: EL CAFÉ DE LA TARDE

 

Estampa 4: El café de la tarde

         "Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona no cabe dentro de una etiqueta."

 


A las cinco o cinco y media de la tarde, más o menos, comenzaba un pequeño ritual, especialmente en invierno.

No hacía falta mirar el reloj.

Bastaba con escuchar el sonido de la cafetera, que parecía conocer de memoria la hora exacta, y percibir el aroma que iba llenando la casa mientras mi madre preparaba el café y mi padre solía dejarse querer por ella.

Mi madre lo hacía todo sin prisas, pero sin pausa, como si hubiera comprendido mucho antes que los demás que la vida no mejora por correr más deprisa. Después, cuando terminaba, él era el primero en ayudar a recoger las tazas, ordenar la cocina o fregar lo que hiciera falta. Nunca entendieron que hubiera tareas de uno o de otro, simplemente hacían juntos lo que había que hacer.

Sobre la mesa aparecían dos tazas.

Los hijos no solíamos participar de aquel ritual por iniciativa propia, aunque siempre terminábamos acercándonos para comentar cualquier cosa o escuchar una conversación. Y, si alguien más llegaba, nunca faltaban manos dispuestas a sacar otra taza del aparador.

Y de vez en cuando llegaba alguien.

Un vecino con una duda.

Un antiguo compañero que pasaba por allí.

Un familiar.

Un amigo.

O simplemente alguien que necesitaba hablar un rato.

No recuerdo grandes discursos políticos alrededor de aquella mesa, ni proclamas, ni consignas.

Se hablaba de libros, de la familia, de un problema administrativo imposible de resolver, de una receta de cocina, de la lluvia que nunca llegaba o de un artículo del periódico que había llamado la atención.

Y, de vez en cuando, aparecía una historia de hacía cuarenta años que mi padre contaba con una naturalidad sorprendente, sin convertirla nunca en una hazaña.

Escuchaba mucho más de lo que hablaba.

Cuando alguien terminaba una explicación larguísima, guardaba unos segundos de silencio, daba un sorbo al café y decía:

—Bueno... vamos a pensar.

Era una frase sencilla, pero tenía un efecto curioso.

Parecía que los problemas, solo por haber sido escuchados, pesaban un poco menos.

Mi madre siempre estaba dispuesta a escucharle y, con esa sensatez tranquila que la caracterizaba, le ayudaba a reflexionar y a tomar decisiones difíciles. Más que una conversación, aquello era un diálogo permanente entre dos personas que llevaban toda una vida compartiendo alegrías, preocupaciones y silencios.

Nunca levantaba la voz. Nunca necesitó hacerlo.

Si no estaba de acuerdo, sonreía ligeramente, se quitaba las gafas, las limpiaba con un pañuelo y respondía con argumentos.

Con calma.

Con respeto.

Y, sobre todo, sin esa necesidad de ganar todas las discusiones.

Recuerdo que más de una vez alguien le preguntó cómo podía conservar tanta serenidad.

Él contestaba con una media sonrisa:

—Enfadarse cansa mucho.

Y seguía removiendo el café.

Con los años he comprendido que aquella mesa era mucho más que una mesa.

Si no había visitas, era la de la cocina.

Si llegaba alguien, nos trasladábamos al comedor, que a esas horas ya estaba limpio, recogido y ordenado después del almuerzo.

Era un lugar donde cualquiera podía sentarse sin tener que demostrar nada.

No importaban los cargos, las ideas o los títulos.

Solo importaba la persona que tenía delante.

Quizá por eso me resulta tan extraño contemplar ahora cómo se construyen personajes a base de etiquetas, sospechas o frases repetidas hasta convertirlas en verdad.

Porque el hombre que yo conocí no cabía en ninguna de ellas.

Cabía, sencillamente, en dos tazas de café preparadas con cariño, en una conversación pausada, en una madre que escuchaba y aconsejaba con sentido común, en unos hijos que iban y venían alrededor de la mesa y en una casa donde siempre parecía haber sitio para quien necesitara compañía.

Y, pensándolo bien, quizá esa sea la mejor manera de recordar a alguien.

No por el ruido que otros hicieron alrededor de su nombre.

Sino por la tranquilidad con la que conseguía que cualquiera se sintiera escuchado.

Porque hay personas que dejan huella levantando la voz.

Y otras, mucho más difíciles de olvidar, simplemente compartiendo un café cada tarde.

ESTAMPA 3: EL DESPACHO QUE DESAPARECIÓ

 

Un despacho que desapareció

Hay despachos que se convierten en dormitorios. Y hay familias que convierten cualquier habitación en un hogar.

Como si la familia tuviera siempre prioridad sobre cualquier comodidad personal.

"Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona no cabe dentro de una etiqueta."



Cuando llegamos a Córdoba yo era demasiado pequeño para comprender muchas cosas.

Sin embargo, hay una habitación que sigue perfectamente dibujada en mi memoria.

Era el despacho de mi padre. No tenía nada de extraordinario. Precisamente por eso nunca lo olvidé.

En una de las paredes colgaba un crucifijo, en otra su título universitario y en otra una orla con sus compañeros de promoción. Cada uno de esos objetos presidía cada una de las paredes, excepto la cuarta pared, que estaba tapada con una gran librería.

Sobre la mesa descansaba una carpeta de cuero donde escribía, un secador de tinta y unos pocos útiles de escritorio cuidadosamente colocados. Alguna vez hice la tarea del colegio allí.

No recuerdo adornos innecesarios. Todo tenía una utilidad. Era un lugar de trabajo, de lectura y de silencio.

A veces llegaban personas para consultarle alguna cuestión. Yo apenas entendía aquellas conversaciones.

Sólo veía a un hombre escuchando con atención, buscando un libro, abriendo un boletín o tomando unas notas con la tranquilidad de quien piensa antes de responder.

Con el paso del tiempo ocurrió algo curioso.

El despacho empezó a hacerse pequeño. Primero se ocupó un estante del mueble. Después un cajón de la mesa.

Más tarde y para optimizar el espacio se cambió la librería por un mueble bar con una cama que desaparecía por las mañanas. Una nueva hermana necesitó espacio.

La casa seguía siendo la misma, pero la familia no dejaba de crecer. Primero llegó una nueva hermana. Después, otro hermano.

Sin que nadie lo anunciara, el despacho comenzó a desaparecer. No desapareció de golpe. Fue una retirada lenta y silenciosa. Los libros siguieron allí. La carpeta de cuero fue desapareciendo.

El crucifijo continuó en su sitio.

Pero la habitación dejó de pertenecer exclusivamente al trabajo para convertirse en parte de la vida familiar.

Nunca escuché una queja. Nunca oí decir que faltara espacio para estudiar o para trabajar. Simplemente se reorganizaba todo.

Como si la familia tuviera siempre prioridad sobre cualquier comodidad personal.

Años después, cuando los hermanos mayores fuimos marchándonos de casa y mis padres pudieron disfrutar de una vivienda más amplia, pensé que mi padre volvería a tener un gran despacho.

No fue así. Eligió un cómodo sillón. Y alrededor de él crecieron montañas de libros. Novelas de Galdós, libros de historia, boletines, revistas, periódicos y ejemplares prestados por la biblioteca municipal. Desde el suelo hasta los reposabrazos. Ése era su verdadero despacho .

Un sillón.

Una lámpara.

Un libro abierto.

Y horas de lectura.

Muchas veces he pensado que un despacho dice mucho de una persona. Hay despachos que impresionan por sus muebles. Otros por sus títulos.

El de mi padre terminó impresionándome por otra razón. Porque fue capaz de desaparecer sin que nadie sintiera que había perdido nada.

Ganó la familia.

Ganaron los hijos.

Ganó la vida cotidiana.

Quizá por eso nunca he asociado el estudio con una habitación cerrada.

Lo asocio a un hombre leyendo en cualquier rincón de la casa.

A un libro apoyado sobre las piernas.

A un periódico doblado por una página concreta.

A una conversación que empezaba con una frase muy sencilla:

—Lee esto.

Con el tiempo comprendí que aquel despacho nunca dejó de existir. Sólo cambió de forma.

Se convirtió en una mesa compartida, en un sillón rodeado de libros, en una estantería improvisada, en una habitación donde siempre cabía alguien más.

Y esa transformación, que entonces me pareció completamente normal, hoy me parece una de las lecciones más hermosas que recibí sin darme cuenta.

Hay personas que construyen una casa para proteger sus cosas.

Otras, sin embargo, terminan entregando sus cosas para que la casa siga siendo un hogar.

Cuando cierro los ojos todavía puedo ver aquella carpeta de cuero, el crucifijo, el título universitario y la orla.

Pero lo que realmente permanece es otra imagen. La de un despacho que fue desapareciendo poco a poco hasta convertirse, simplemente, en una familia.

Y creo que no existe mejor destino para una habitación.


lunes, 29 de junio de 2026

ESTAMPA 2: EL PERIÓDICO DE LOS DOMINGOS

 

ESTAMPA 2: El periódico de los domingos.

Antes de enseñarme a opinar, mi padre me enseñó a leer.


"Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona no cabe dentro de una etiqueta."



Los domingos tenían un olor distinto.

No era el olor del café ni el de los mantecados cuando llegaba la Navidad. Era el olor del papel recién impreso. Todavía hoy, cuando abro un periódico, vuelvo por un instante a la Córdoba de mi infancia.

Recuerdo perfectamente el paseo por la Avenida de la Victoria, que entonces era simplemente la Avenida de la Victoria y nunca pensamos que pudiera llamarse de otra manera (Hoy sigue llamándose igual).

Mi padre caminaba sin prisas. No necesitaba grandes viajes para disfrutar de un domingo.

Le bastaban un paseo, unos jardines, un banco donde sentarse a leer o un concierto de la banda municipal junto al templete.

Antes había una parada obligatoria.

El quiosco.

Allí compraba el ABC o el Diario Córdoba y, casi siempre, nos dejaba elegir un tebeo. Para nosotros aquello era un acontecimiento: Capitán Trueno, El Jabato, Roberto Alcázar y Pedrín, Vidas ejemplares, Zipi y Zape, Las hermanas Gilda, La familia Cebolleta, El Botones Sacarino, Mortadelo y Filemón...

Cada uno buscaba rápidamente su favorito mientras mi padre enrollaba el periódico y seguíamos caminando.

Nunca le oí decir que un periódico fuera bueno o malo por pertenecer a una determinada tendencia.

En casa aparecían con naturalidad el ABC, Diario Córdoba, Diario 16, El País, Pueblo, La Vanguardia e incluso revistas como Diez Minutos.

Con los años comprendí que aquello no era casual.

Mi padre era un lector antes que un partidario.

Leía por curiosidad. Por obligación profesional. Por placer.

Y porque pensaba que era imposible comprender la realidad escuchando una sola voz.

No recuerdo que recortara artículos.

Pero sí recuerdo un gesto que repitió muchas veces.

Me entregaba el periódico doblado por una página concreta y decía:

—Lee esto.

Sin más explicación.

Una tarde protesté, siendo ya un adolescente, porque el autor me parecía demasiado conservador (“carca” le dije).

Él sonrió con esa mezcla de ironía y paciencia que utilizaba cuando quería enseñarme algo.

—Pues es de izquierdas.

No añadió nada más.

La lección ya estaba dada.

Antes de opinar había que leer.

Y antes de etiquetar a una persona convenía conocerla.

Los periódicos terminaban acumulándose en el revistero del televisor Iberia.

Cuando ya no cabían más, mi madre nos mandaba llevarlos a un almacén cercano donde los compraban al peso. Si pesaban mucho los atábamos y los llevábamos sobre el sillín de una bicicleta de mi hermano mayor.

El dinero nos lo dejaba para comprar un helado en verano.

Así aprendimos que hasta un periódico viejo podía tener una segunda vida.

Como tantas otras cosas en una casa donde nada se desperdiciaba.

Con el paso de los años he comprendido que aquellos domingos no me enseñaron solamente a disfrutar de un paseo.

Me enseñaron a escuchar, a leer opiniones distintas y a desconfiar de las etiquetas fáciles.

Quizá por eso sigo creyendo que ninguna persona puede resumirse en una frase, en un titular o en una opinión repetida muchas veces.

Cuando cierro los ojos no recuerdo un gran discurso sobre la libertad de pensamiento.

Recuerdo algo mucho más sencillo.

Un padre caminando por Córdoba con un periódico enrollado bajo el brazo.

Un grupo de hijos discutiendo qué tebeo elegir.

Un banco junto al templete.

Y un hombre que, sin proponérselo, estaba enseñándonos que la mejor forma de pensar por uno mismo consiste, primero, en aprender a leer a los demás.

Porque hay periódicos que se olvidan al día siguiente.

Pero hay domingos que permanecen toda la vida.

 

 

domingo, 28 de junio de 2026

ESTAMPA 1: LAS LLAVES DE LAS DOS Y MEDIA

 

ESTAMPA 1: Las llaves de las dos y media

"Hay recuerdos que no se guardan en la memoria, sino en el oído."

"Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona no cabe dentro de una etiqueta."





Si cierro los ojos y vuelvo a mi infancia, no veo una fotografía.

Escucho un sonido. El de unas llaves girando lentamente en la cerradura de un piso alquilado de Córdoba.

Todos los días, más o menos a la misma hora, ocurría lo mismo.

Yo estaba terminando de escuchar un breve programa de flamenco en Radio Popular de Córdoba. Lo dirigía Agustín Gómez, de quien más tarde yo sería compañero suyo y me ayudaría en algunas propuestas de difusión, y tenía la rara habilidad de hacer comprender y gustar el flamenco, todo un experto en ese arte, incluso a quienes apenas sabíamos nada de él.

Pero llegaba un momento en que dejaba de prestar atención a la radio.

Esperaba otra cosa. Las llaves.

En cuanto las oíamos, los hermanos salíamos corriendo. No para pedir nada. No para recibir un regalo.

Simplemente para darle un beso a nuestro padre y, sobre todo los mayores, quitarle el periódico que siempre traía consigo.

Era un gesto que se repetía casi todos los días y que entonces nos parecía completamente normal.

Hoy sé que era un pequeño ritual familiar.

Mi padre llegaba siempre vestido de la misma manera.

Traje oscuro.

Corbata.

Y durante muchos años, sombrero.

Un sombrero que hoy algunos verían como un símbolo y que para mí no era más que el sombrero de mi padre.

Traía el periódico enrollado con la palma de la mano o doblado bajo el brazo.

Apenas tenía tiempo de dejarlo sobre la mesa. Nosotros ya se lo habíamos quitado.

Después preguntaba con una sonrisa:

—¿Dónde está el periódico?

Y casi siempre aparecía en el revistero del televisor Iberia del salón comedor.

Primero saludaba a mi madre.

Después se cambiaba de ropa.

Y la casa recuperaba su ritmo habitual.

No recuerdo grandes conversaciones sobre política. Recuerdo conversaciones sobre libros, sobre algún artículo que le había llamado la atención, sobre una noticia curiosa, sobre una película.

Mi padre nunca me decía lo que debía pensar.

Me tendía un periódico abierto por una página determinada y simplemente decía:

—Lee esto.

Alguna vez rechacé un artículo porque el autor me parecía demasiado conservador.

Él sonrió y respondió:

—Pues es de izquierdas.

No pretendía convencerme de nada. Sólo enseñarme a leer antes de opinar.

Con los años he comprendido que aquellas llaves abrían mucho más que una puerta.

Abrían una casa donde había sitio para cinco hijos, para una biblioteca que nunca dejaba de crecer, para los libros prestados de la biblioteca municipal, para las novelas de Galdós, para los boletines oficiales, para los tebeos del domingo y para un sillón que poco a poco terminó rodeado de montañas de libros.

También abrían un hogar donde un despacho fue desapareciendo porque la familia necesitaba más espacio.

Donde un padre llegaba puntual. Donde una madre tenía siempre preparada la comida. Donde los periódicos acababan vendiéndose al peso para que los hijos pudiéramos comprar un helado en verano.

No sé cuándo escuché por última vez aquellas llaves. Quizá no fui consciente de ello.

Pero todavía hoy, cuando alguien abre una puerta con ese mismo sonido pausado y familiar, vuelvo durante un instante a aquella casa.

Veo un periódico doblado sobre la mesa.

Veo un sombrero en el perchero.

Veo a cinco niños corriendo por el pasillo.

Y vuelvo a sentir la tranquilidad de saber que mi padre ya estaba en casa.

Con el paso del tiempo he aprendido que una vida rara vez se recuerda por los grandes acontecimientos.

Se recuerda por pequeñas costumbres que se repiten hasta hacerse invisibles.

Por un beso al llegar.

Por un periódico compartido.

Por un sillón lleno de libros.

Por unas llaves.

Y quizá por eso, cuando hoy pienso en Antonio Luis Baena Tocón, antes que un nombre, un cargo o una fotografía, lo primero que vuelve a mí es aquel sonido sencillo y cotidiano que marcaba el comienzo de todas las tardes de mi infancia.

Porque hay personas que nunca terminan de marcharse.

Simplemente siguen llegando a casa, todos los días, a las dos y media.


“Con el tiempo he comprendido que aquellas llaves abrían mucho más que una puerta…”



viernes, 26 de junio de 2026

MI PADRE, SIN ETIQUETAS

 

Mi padre, sin etiquetas

INTRODUCCIÓN A LA SERIE "PEQUEÑAS HISTORIAS DE UNA PERSONA CORRIENTE."

"Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona no cabe dentro de una etiqueta."



Durante mucho tiempo pensé que nunca escribiría estas páginas.

Sinceramente, habría preferido que no fueran necesarias.

Habría preferido que mi padre hubiera seguido viviendo únicamente en el recuerdo de su familia, de sus amigos, de quienes trabajaron con él y de quienes compartieron una parte de su vida.

Pero, cuando una persona deja de ser un recuerdo para convertirse en un personaje sobre el que otros escriben, interpretan, juzgan o etiquetan, también nace el derecho de quienes la conocieron a contar cómo era en la vida cotidiana.

No pretendo reescribir la Historia.

Tampoco convencer a nadie.

Ni construir una imagen idealizada.

Mi padre tuvo virtudes, defectos, alegrías, preocupaciones, manías y silencios, como cualquier otra persona.

Lo que sigue no es un expediente, ni una sentencia, ni un ensayo.

Son recuerdos.

Pequeñas escenas que han permanecido conmigo durante muchos años: el sonido de unas llaves abriendo la puerta de casa, un periódico enrollado bajo el brazo, un sillón rodeado de libros, una radio de onda corta, un café compartido en la cocina, unos tebeos de domingo, un paseo por Córdoba o una conversación que entonces parecía intrascendente y que hoy cobra un significado completamente distinto.

Quizá algún lector encuentre aquí una España que ya no existe.

Quizá otros reconozcan la casa de sus propios padres o abuelos.

Y quizá alguno descubra que una vida no cabe dentro de una etiqueta.

No escribo estas páginas para discutir con nadie.

Las escribo para que los recuerdos no tengan menos valor que las interpretaciones y para que el hombre que yo conocí no quede oculto detrás del personaje que otros han construido.

Si al terminar esta serie alguien siente que ha conocido un poco mejor a una persona corriente, un padre de familia, un lector incansable, un servidor público, un marido, un amigo o simplemente un hombre que intentó vivir conforme a su conciencia, habré conseguido todo lo que pretendía.

Porque, al fin y al cabo, ésta no es la historia de un personaje.

Es la historia de un padre.

Y de las cosas que un hijo aprendió sin darse cuenta mientras escuchaba, cada día, el sonido de unas llaves girando lentamente en la cerradura.





miércoles, 24 de junio de 2026

LOS GUARDIANES DEL RELATO

 Los guardianes del relato

Cómo una interpretación acaba convirtiéndose en verdad cuando demasiada gente prefiere repetir antes que leer



Miércoles, 24 de junio de 2026. San Juan

Esta mañana me había propuesto escribir una entrada distinta.

Sin nombres.

Sin responder a nadie.

Sin recordar una historia que lleva demasiados años ocupando tiempo, recursos, 

procedimientos judiciales y demasiada tranquilidad familiar.

Pensaba escribir una de esas entradas que permiten descansar del ruido.

Pero, como tantas veces, la actualidad ha decidido llevarme por otro camino.


Alejandro Torrús. Fuente: Okdiario
Alejandro Torrús. Fuente: Okdiario
Abro la prensa y aparece un viejo conocido: Alejandro Torrús, hoy director de comunicación del Ministerio de Derechos Sociales y anteriormente responsable de Opinión de Público, medio que publicó informaciones sobre mi padre sin que nadie de mi familia fuera consultado ni se contrastaran los documentos que siempre estuvieron al alcance de cualquier investigador de buena fe.

No voy a analizar aquí la noticia.

No voy a discutir si una reunión fue importante o irrelevante.

No voy a valorar las explicaciones que su protagonista ha ofrecido públicamente.

Todo lo contrario.

Tiene derecho a que se escuche su versión.

Tiene derecho a que nadie lo condene antes de tiempo.

Tiene derecho a la presunción de inocencia.

Tiene derecho al contraste.



Exactamente los mismos derechos que nunca tuvo mi padre.

Porque cuando se habló de Antonio Luis Baena Tocón no hubo llamadas para verificar los datos.

No hubo interés por consultar expedientes.

No hubo preocupación por distinguir entre hechos y opiniones.

No hubo prudencia.

No hubo dudas.

No hubo "supuestamente".

Simplemente se construyó un personaje.

Y, una vez construido, comenzó un proceso tan sencillo como eficaz.

Un académico publica una interpretación.

Un periodista la reproduce.

Un medio la amplifica.

Un responsable político encuentra oportuno hacer una gracieta a costa de una persona fallecida...

"Hubo incluso responsables políticos (por ejemplo: Sr. Ábalos, no demandado), no tanto por su condena, sino por la facilidad con la que opinaron y encontraron tiempo para hacer bromas sobre mi padre. Me cuesta imaginar que dedicaran el mismo esfuerzo a consultar un expediente en un archivo de Madrid antes de pronunciarse. Es más sencillo repetir un relato que comprobar un documento."

Un editor de Wikipedia incorpora ese relato como si fuera una verdad asentada.

"Algunos tienen una biografía cuidadosamente pulida en Wikipedia; mi padre tiene una biografía cuidadosamente deformada."

Las redes sociales lo multiplican miles de veces.

Y, de repente, una interpretación adquiere apariencia de hecho histórico.

Con el paso de los años he llegado a la conclusión de que el problema no son unas pocas personas concretas.

Es un mecanismo mucho más simple y, precisamente por eso, mucho más peligroso.

Alguien escribe.

Otros copian.

Otros difunden.

Otros aplauden.

Y casi nadie comprueba.

La afinidad ideológica sustituye al contraste documental y la repetición acaba ocupando el lugar de la verdad.

Resulta igualmente significativo comprobar cómo la página de Wikipedia dedicada a mi padre fue creada por una persona vinculada a Podemos, hoy declarada en rebeldía procesal en el procedimiento civil que se sigue en Cádiz, mientras el propio catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá continúa interviniendo en esa misma entrada en pro de su relato.

Cada lector extraerá sus propias conclusiones.

La mía es sencilla.

Cuando quienes construyen un relato son también quienes lo corrigen, lo amplían, lo citan y lo legitiman mutuamente, el riesgo de que la ideología termine sustituyendo a los documentos aumenta de forma preocupante.

Pero hay algo que todavía me llama más la atención.

Hay algo que siempre me ha llamado la atención. Personas que trataron personalmente a mi padre durante años, especialmente políticos (Sr. Herminio Trigo, demandado), que nunca le formularon el menor reproche y que conocieron de primera mano su forma de trabajar, encontraron después de su fallecimiento el momento oportuno para sumarse a un relato construido por terceros. No necesitaron consultar un solo documento. Les bastó con reconocer una historia que encajaba con sus propias convicciones.

No necesitaron consultar un expediente.

No necesitaron leer una sola resolución judicial.

No necesitaron abrir un archivo militar o administrativo.

Les bastó con reconocer una historia que encajaba perfectamente con sus propias convicciones.

Quizá sea esa la forma más cómoda de hacer memoria.

No la memoria de los documentos.

La memoria del prejuicio.

Y no deja de sorprender que muchos de quienes se presentan como guardianes de la memoria democrática, del periodismo responsable, de la ética pública y de los derechos fundamentales hayan mostrado tan escasa preocupación por el derecho al honor de una persona fallecida y de toda una familia.

No hablo de una persona.

No hablo de un medio.

No hablo de un partido político.

Hablo de una forma de actuar.

No sé si existe una conspiración.

Probablemente no.

Ni siquiera hace falta.

Basta con un prejuicio compartido.

Basta con una misma mirada ideológica.

Basta con que nadie considere necesario abrir un archivo porque el relato ya está escrito de antemano.

Y entonces ocurre algo extraordinario.

Quienes reclaman para sí todas las garantías democráticas consideran perfectamente aceptable negar esas mismas garantías a quienes piensan distinto o, peor aún, a quienes ya no pueden defenderse.

Hay quienes disfrutan de una biografía cuidadosamente pulida en Wikipedia.

Mi padre, en cambio, sigue soportando una biografía cuidadosamente deformada.

Esa diferencia dice mucho de nuestra época.

No pretendo que nadie piense como yo.

Ni siquiera que comparta mi interpretación de la historia.

Sólo pido algo infinitamente más modesto.

Que antes de destruir el honor de una persona viva o muerta alguien tenga la decencia intelectual de abrir un expediente, leer un documento y comprobar si lo que está repitiendo es cierto.

Parece una exigencia mínima.

Sin embargo, después de tantos años de procedimientos judiciales, archivos consultados, resoluciones, documentos oficiales y publicaciones, sigo descubriendo que es la más difícil de todas.

Porque los documentos no tienen ideología.

Los archivos no votan.

Y la verdad, aunque llegue tarde, suele tener la incómoda costumbre de sobrevivir a los relatos.

Por eso seguiré haciendo lo mismo que llevo años haciendo.

Leer.

Contrastar.

Publicar documentos.

Responder con serenidad.

No por quienes nunca cambiarán de opinión.

Sino por quienes todavía creen que la investigación rigurosa y la memoria democrática deberían construirse sobre pruebas y no sobre consignas.

He pasado más horas en archivos que muchos de los que escribieron sobre mi padre.

Quizá por eso sigo creyendo que la verdad no pertenece a quien más grita, sino a quien más contrasta.

Y quizá esa sea, hoy, la forma más sencilla y más difícil de resistencia democrática.

"Nunca he pedido que nadie piense como yo. Lo único que he pedido es que, antes de hablar de mi padre, hagan lo que yo sí he hecho: ir a los archivos."

"He pasado más horas en archivos que muchos de los que escribieron sobre mi padre. Quizá por eso sigo creyendo que la verdad no pertenece a quien más grita, sino a quien más contrasta."

ESTAMPA 5: LOS SÁBADOS DE CINE

  Estampa 5: Los sábados de cine Serie  Mi padre, sin etiquetas "Pequeñas historias de una vida corriente. Porque una persona no cabe d...