martes, 16 de junio de 2026

LAS CINCO VIDAS INVENTADAS DE ANTONIO LUIS BAENA TOCÓN (III)

 

Las cinco vidas inventadas de Antonio Luis Baena Tocón (III)

Cinco derechos para una persona real.

Cómo una persona acaba convirtiéndose en un personaje.


Tercera entrega

El voluntario perfecto

O cómo las circunstancias acaban convirtiéndose en una elección




Primera parte: Cuando el relato sale de los libros

Si las dos primeras entregas de esta serie estaban dedicadas al supuesto funcionario y al supuesto abogado, la tercera gira alrededor de una palabra que, probablemente, resulta aún más importante.

Voluntario.

Al principio pensé que las discrepancias sobre la figura de mi padre se limitaban al ámbito académico. Imaginaba que determinadas interpretaciones quedarían reducidas a libros especializados, artículos o debates entre investigadores, aunque precisaran correcciones.

Me equivocaba.

Con el paso del tiempo comprendí que el relato había abandonado los archivos y las bibliotecas para instalarse en un espacio mucho más amplio: el de la opinión pública.

Hubo un momento que recuerdo especialmente, aunque sólo con el paso del tiempo fui plenamente consciente de su importancia.

Fue la entrevista concedida por el catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá a Carlos Arcaya en Radio Alicante, Cadena SER, con motivo de la presentación en Radio Alicante del libro Nos vemos en Chicote. .

La escuché con atención, algunos años después de que se produjera (aún se puede escuchar).

No voy a negar que me produjo una profunda inquietud. No únicamente por las afirmaciones que se realizaban sobre Antonio Luis Baena Tocón. Tampoco porque se ofreciera una interpretación histórica distinta de la mía.

Lo que verdaderamente me preocupó fue comprender que muchas personas aceptarían aquellas afirmaciones como una descripción objetiva de los hechos.

La radio posee una enorme capacidad de comunicación. Las palabras llegan al oyente con cercanía. La conversación parece espontánea. Y el tono distendido hace que muchas veces las opiniones se reciban como certezas.

Recuerdo especialmente la sensación que me produjo escuchar cómo se hablaba de personas reales, de familias reales y de acontecimientos dramáticos de nuestra historia reciente con una aparente naturalidad que contrastaba con la gravedad de las afirmaciones realizadas.

Poco después comenzaron a llegar llamadas telefónicas.

Una prima residente en Barcelona me comentaba, alarmada, mientras se dirigía a su trabajo y escuchaba las afirmaciones (barbaridades) que se realizaban en la Ser sobre mi padre.

Amigas de confianza y conocedoras de la controversia, de 2029 en adelante, telefoneaban sorprendidas tras escuchar noticias relacionadas con el caso, especialmente en Canal 24 Horas de la televisión pública.

Aquellas conversaciones me hicieron comprender algo que hasta entonces no había percibido con claridad. El relato ya no pertenecía exclusivamente al mundo académico. Había comenzado a formar parte de la conversación cotidiana.

Y eso cambiaba completamente las cosas.

Porque una afirmación que aparece en un libro especializado puede quedar limitada a un determinado círculo de lectores.

Pero cuando esa misma afirmación pasa a una entrevista, a una noticia o a una conversación de café, adquiere una capacidad de difusión extraordinaria. Aquella difusión no fue casual. Formaba parte de una estrategia de comunicación que llevó un debate inicialmente académico al ámbito de la opinión pública. Ya he explicado en otra entrada algunos de los episodios que acompañaron a ese proceso.

Entonces empecé a preguntarme cuál debía ser mi actitud. Nunca he pretendido impedir que nadie investigue, a pesar de los comentarios que sobre mí ha emitido el Sr. catedrático, de que “por mi culpa está en peligro la investigación en España”

Tampoco he pensado que las interpretaciones históricas deban ser únicas. La historia necesita debate. Necesita investigadores. Necesita preguntas.

Pero también pensé que el contraste formaba parte de ese mismo ejercicio de responsabilidad. Con el tiempo solicité la posibilidad de ofrecer mi punto de vista en algunos de esos espacios. No fue posible. Ni siquiera obtuve respuesta.

Aquella experiencia me recordó otras similares vividas posteriormente.

Llegué a leer afirmaciones de Ríos Carratalá en prensa, según las cuales mis actuaciones suponían una “forma de censura propia de otras épocas” y “un peligro para la investigación en España”.

Paradójicamente, tuve la impresión de que las posibilidades de diálogo y rectificación se reducían a medida que el relato adquiría mayor difusión pública, a pesar de que el catedrático afirmaba estar supuestamente “abierto a cualquier sugerencia contraria a sus investigaciones”.

Sin embargo, decidí que la mejor respuesta no consistía en alimentar una polémica interminable.

Opté por un camino mucho más sencillo.

Escuchar.

Leer.

Buscar documentos.

Transcribir.

Analizar.

Y poner esos materiales a disposición de cualquier persona interesada. No para imponer una conclusión, sino para facilitar que cada lector pudiera formarse su propia opinión. Mientras realizaba ese trabajo fui comprendiendo algo que, hasta entonces, sólo había intuido.

El problema no consistía únicamente en determinados datos biográficos. No se discutía solamente un cargo, una fecha o un destino. Había algo mucho más profundo. El relato necesitaba que Antonio Luis Baena Tocón fuera un hombre que elegía, que decidía, que encontraba en las circunstancias de su tiempo una oportunidad de promoción personal.

Y aquella idea me llevó a hacerme una pregunta que ya no me abandonaría.

¿Hasta qué punto una vida marcada por acontecimientos extraordinarios puede acabar siendo presentada, muchos años después, como una sucesión de decisiones perfectamente libres y perfectamente calculadas?

Quizá esa pregunta explique mejor que ninguna otra el sentido de esta tercera entrega.

Porque, después de escuchar aquella entrevista, de recibir aquellas llamadas y de revisar una y otra vez los documentos, empecé a comprender que el verdadero debate no giraba alrededor de un destino concreto.

Giraba alrededor de una palabra: Voluntario.

Y comprendí también que, para entender el personaje construido sobre mi padre, primero era necesario preguntarse si realmente tuvo la libertad de elegir las circunstancias que le tocaron vivir.



Segunda parte: Cuando las circunstancias se convierten en decisiones

Aquella pregunta siguió acompañándome durante mucho tiempo.

¿Hasta qué punto una vida puede interpretarse exclusivamente a través de las decisiones que tomó una persona y no de las circunstancias que le tocó vivir?

Poco a poco fui comprendiendo que aquella cuestión era fundamental, porque el personaje construido sobre mi padre necesitaba una condición indispensable. Necesitaba ser libre para elegir.

Necesitaba encontrar en la Guerra Civil y en la inmediata posguerra una oportunidad de progreso personal. Necesitaba actuar voluntariamente.

Pero la realidad de una vida suele ser mucho más compleja que los personajes de cualquier relato.

Mi padre no nació en un laboratorio ideológico.

Nació en una familia concreta.

Tuvo una infancia concreta.

Vivió acontecimientos que marcaron profundamente su juventud. Entre ellos, el asesinato de su padre a comienzos de la Guerra Civil… y la desestructuración de toda una familia...

Aquella tragedia familiar no fue una teoría. No fue una interpretación. Fue una realidad que condicionó la vida de toda una familia.

Como tantas otras familias españolas de uno y otro lado, tuvieron que afrontar pérdidas, miedos, incertidumbres y decisiones que nunca habrían deseado tomar. También conocieron el exilio. También tuvieron que reconstruir sus vidas en circunstancias extraordinariamente difíciles.

Cuando pienso en aquellos años, me resulta complicado aceptar determinadas simplificaciones.

La historia rara vez ofrece caminos completamente libres. La mayoría de las personas no eligen el tiempo que les toca vivir. No eligen una guerra. No eligen la muerte de un padre. No eligen el miedo. No eligen la persecución. No eligen el exilio. Y muchas veces tampoco eligen las obligaciones que les corresponden en cada momento histórico.

Sin embargo, con el paso de los años, he observado cómo determinadas interpretaciones parecen olvidar ese contexto.

Las circunstancias desaparecen.

Las tragedias personales pasan a un segundo plano.

Las obligaciones se convierten en elecciones.

Y las elecciones terminan interpretándose como estrategias conscientes de promoción personal.

Entonces el personaje empieza a adquirir forma.

El supuesto funcionario. El supuesto abogado. El supuesto voluntario. El hombre al que el relato necesitaba convertir en protagonista de una determinada interpretación del pasado. El hombre que habría comprendido dónde estaban las oportunidades y habría decidido aprovecharlas.

Confieso que esa forma de interpretar una vida siempre me ha producido una profunda inquietud.

Porque convierte a las personas reales en figuras extraordinariamente simples. Todo parece obedecer a un plan. Todo parece obedecer a un plan previamente diseñado. Todo parece responder a una voluntad consciente.

Pero las vidas reales no suelen ser así.

Las personas se equivocan. Se adaptan. Sufren. Intentan salir adelante. Cumplen obligaciones que no han elegido. Y toman decisiones condicionadas por circunstancias que muchas veces escapan a su voluntad.

Quizá por eso me llamó especialmente la atención descubrir que el relato necesitaba eliminar muchas de las circunstancias personales que rodearon la juventud de mi padre.

Porque esas circunstancias hacían más difícil mantener el personaje.

Resultaba más sencillo presentar a un hombre que encontraba oportunidades donde otros sólo veían dificultades. Más sencillo convertir las obligaciones en adhesiones. Más sencillo interpretar determinados destinos como decisiones personales perfectamente libres.

Y fue entonces cuando comprendí que la palabra "voluntario" tenía una importancia mucho mayor de la que había imaginado.

No se trataba únicamente de un destino concreto. Ni siquiera de una función determinada. Se trataba de atribuir una intención y, con ella, una determinada responsabilidad moral.

Y las intenciones son, probablemente, uno de los terrenos más delicados de cualquier investigación histórica.

Los hechos pueden documentarse. Las fechas pueden comprobarse. Los expedientes pueden consultarse. Pero las motivaciones humanas rara vez son tan sencillas como a veces nos gustaría creer.

Durante estos años he llegado a una conclusión que quizá resulte demasiado simple.

La historia necesita documentos. Pero también necesita contexto. Necesita también prudencia.

Necesita recordar que detrás de cada expediente hubo personas. Que detrás de cada nombre hubo familias. Y que detrás de muchas decisiones existieron circunstancias que no fueron elegidas.

Mi padre tampoco eligió muchas de las que marcaron su juventud.

Y, sin embargo, con el paso del tiempo, he visto cómo algunas interpretaciones parecían transformar aquellas circunstancias en una sucesión de decisiones perfectamente voluntarias.

Y fue entonces cuando comprendí que el verdadero problema no consistía únicamente en discutir un hecho concreto. El problema era mucho más profundo. El personaje necesitaba un voluntario perfecto.

Y quizá la vida real, con todas sus contradicciones y dificultades, resultaba demasiado compleja para encajar en un papel tan sencillo.

Fue entonces cuando decidí que la mejor respuesta no consistía en discutir una interpretación con otra, sino en escuchar, buscar documentos y ofrecer al lector los elementos necesarios para formarse su propia opinión.


Tercera parte: El derecho al contraste

Cuando terminé de escuchar aquella entrevista y de reflexionar sobre muchas otras publicaciones y declaraciones posteriores, llegué a una conclusión inesperada.

No podía impedir que otras personas escribieran sobre mi padre. Tampoco quería hacerlo. Nunca he pensado que la investigación histórica deba estar sometida a censura. Los investigadores tienen derecho a formular hipótesis. Los periodistas tienen derecho a entrevistar. Los escritores tienen derecho a interpretar. Y los lectores tienen derecho a estar de acuerdo o a discrepar.

Pero también pensé que existe otro derecho mucho más sencillo.

El derecho al contraste.

El derecho a consultar documentos.

El derecho a escuchar otras voces.

El derecho a conocer circunstancias que quizá no aparecen en un relato determinado.

Por eso decidí hacer algo que estaba a mi alcance.

Escuchar atentamente las entrevistas.

Leer los artículos.

Consultar archivos.

Buscar documentos.

Comparar afirmaciones.

Transcribir conversaciones.

Y compartir ese trabajo a través de mi propio blog y de mi página dedicada a la memoria de Antonio Luis Baena Tocón.

No pretendía que nadie aceptara mis conclusiones.

Ni aspiraba a sustituir un relato por otro.

Simplemente pensaba que una persona real merecía que quienes quisieran conocer su historia dispusieran del mayor número posible de elementos para formarse una opinión propia.

Mientras realizaba ese trabajo fui comprendiendo otra cuestión que nunca había imaginado.

Los relatos tienen una enorme capacidad para crecer. Una afirmación aparece en un libro.

El libro da lugar a una entrevista. La entrevista genera noticias. Las noticias pasan a las redes sociales. Las redes alimentan conversaciones cotidianas.

Y llega un momento en que el personaje construido parece más conocido que la persona real.

Quizá esa sea una de las mayores responsabilidades de quienes trabajan con la historia y con la información.

No sólo importa lo que se dice.

Importa también cómo se dice.

Dónde se dice.

Y las consecuencias que puede tener sobre personas y familias concretas.

Durante estos años he pensado muchas veces que el verdadero debate no consistía únicamente en la figura de mi padre.

La cuestión era más amplia.

¿Quién tiene derecho a contar la vida de una persona?

¿El investigador?

¿El periodista?

¿La familia?

¿Los documentos?

Quizá la respuesta sea que todos tienen algo que aportar.

Pero precisamente por eso ninguna voz debería aspirar a convertirse en la única posible.

Nunca he pretendido que nadie acepte mi visión de los hechos simplemente porque soy hijo de Antonio Luis Baena Tocón.

Ser hijo no convierte a nadie en historiador.

Pero tampoco creo que la condición de investigador dispense de escuchar otras fuentes o de revisar determinadas conclusiones cuando aparecen nuevos datos.

La memoria familiar y la investigación histórica no tienen por qué ser enemigas.

Pueden dialogar. Pueden corregirse mutuamente. Pueden ayudarse a comprender mejor el pasado., pero jamás puede una parte intentar engañar a la otra o desacreditarla en pro del cinismo, la hipocresía, la ideología, el fanatismo, etc

Quizá esa haya sido una de las lecciones más inesperadas de estos diez años.

He descubierto que defender la memoria de una persona no consiste en convertirla en un héroe. Mi padre no fue un héroe. Tampoco fue un personaje perfecto. Fue una persona. Con virtudes y defectos. Con aciertos y errores. Con decisiones acertadas y otras que probablemente hoy habría tomado de manera diferente. Como cualquiera de nosotros.

Pero también fue un hombre con una biografía real.

Con documentos.

Con familia.

Con amigos.

Con compañeros de trabajo.

Con recuerdos que todavía permanecen vivos en muchas personas.

Y creo que esa realidad merece ser contemplada con toda su complejidad.

Después de todo este tiempo he llegado a una conclusión bastante sencilla.

Nunca he pedido que se olvide la historia.

Nunca he pedido privilegios para mi familia.

Nunca he pretendido que nadie renuncie a investigar.

Sólo he pensado que, antes de convertir a una persona en personaje de un relato, quizá merezca la pena escuchar también a quienes conservan su memoria, sus documentos y sus silencios.

Ése ha sido el sentido de estas páginas.

Y ésa es también la razón por la que decidí escuchar, leer, transcribir y compartir.

No para cerrar un debate. Sino para abrirlo, pero no se puede abrir con la intransigencia de creerse con la verdad absoluta e intentando desacreditar a quien nos contradice...

Y para recordar algo que, a veces, parece olvidarse con demasiada facilidad.

Antes que protagonistas de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos fueron personas reales.

Y quizá la pregunta más importante de esta tercera entrega ya no sea si Antonio Luis Baena Tocón fue voluntario.

Quizá la verdadera pregunta sea otra.

¿Hasta qué punto tenemos derecho a convertir las circunstancias de una vida en un personaje construido a nuestra medida?


Documentación complementaria

El lector interesado puede consultar directamente algunos de los materiales mencionados en esta entrada y formar su propia opinión:

Entrevista en Radio Alicante, Cadena SER:

https://play.cadenaser.com/audio/085RD010000000025650/

Análisis y referencias sobre la entrevista:

https://antonioluisbaenatocon.blogspot.com/search?q=entrevista+cadena+ser

Presentación de Nos vemos en Chicote y transcripción comentada:

https://antonioluisbaenatocon.blogspot.com/search?q=presentaci%C3%B3n+Nos+vemos+en+chicote

Porque la mejor manera de comprender una historia sigue siendo la misma de siempre:

Escuchar.

Leer.

Contrastar.

Y pensar por uno mismo.


"Las personas reales merecen algo más que personajes de ficción construidos sobre sus vidas."

"Antes que personajes de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos fueron personas reales."

LAS CINCO VIDAS INVENTADAS DE ANTONIO LUIS BAENA TOCÓN (II)

 

Las cinco vidas inventadas de Antonio Luis Baena Tocón (II)

Cinco derechos para una persona real.

Cómo una persona acaba convirtiéndose en un personaje.

 

Segunda entrega

El falso abogado

 “Al principio pensé que discutían la biografía de mi padre. Al poco comprendí que estaban construyendo un personaje”...

 

Cómo una duda acaba convirtiéndose en un personaje

Durante estos años ha habido una situación que siempre me ha llamado especialmente la atención.

En más de una ocasión, personas que habían conocido a mi padre me han preguntado con cierta sorpresa si era verdad que no había sido abogado. Recientemente, un secretario municipal jubilado de una localidad cordobesa y residente en Jerez, que conoció a mi padre, me mostraba su sorpresa ante algunas de estas afirmaciones. Aunque no albergaba ninguna duda sobre la realidad de los hechos, especialmente en lo relativo a la titulación de mi padre, me hizo comprender hasta qué punto determinadas ideas habían conseguido difundirse."

La primera vez que ocurrió me quedé desconcertado, sorprendido, pues...

Siempre supe que mi padre había sido abogado. Perteneció a un Colegio de Abogados. Pagó sus cuotas durante años. Determinados puestos de trabajo que desempeñó en la Administración Local exigían esa formación. Y, como recuerdo familiar, todavía hoy conservo en mi estudio el título que acredita aquellos estudios.

Pensé que se trataba de un simple malentendido. Después comprendí que aquellas preguntas no surgían espontáneamente. Eran el resultado de un relato construido durante años y difundido por quien había decidido convertir aquella duda, en lugar de investigarla, en una pieza importante de su interpretación.

Rápidamente descubrí que la cuestión era mucho más profunda. No se trataba simplemente de determinar si Antonio Luis Baena Tocón había terminado sus estudios de Derecho.

Se trataba de proyectar una duda sobre toda su vida profesional y, lo que es peor, en poco tiempo comprendí que aquella falta de formación no era una simple conclusión histórica. Era una necesidad del propio relato. Resultaba imprescindible para que mi padre encajara en el personaje previamente diseñado y las características que se le habían asignado a un grupo de personas: funcionarios sin formación que querían progresar en sus puestos de trabajo con ascensos meteóricos y sueldos jugosos a cambio de ofrecerse voluntarios para ejercer represión al servicio del Régimen franquista.

La imagen que poco a poco se iba transmitiendo era sencilla.

Un hombre que carecía de la formación necesaria. Alguien que era funcionario y se hacía pasar por abogado, una persona que ocupaba puestos de responsabilidad sin la preparación adecuada. (Un trepa al estilo de los que hoy tanto abundan en la vida política…) Y, a partir de ahí, el resto del relato comenzaba a construirse con relativa facilidad.

Si no tenía formación suficiente, los cargos que desempeñó podían resultar sospechosos.

Los destinos que ocupó podían interpretarse como favores.

Los ascensos podían explicarse por razones políticas.

Los méritos profesionales podían convertirse en recompensas ideológicas.

Aquella duda inicial terminaba proyectándose sobre toda una biografía.

Con el paso del tiempo observé otro fenómeno curioso.

La explicación iba cambiando. En ocasiones parecía que no había hecho la licenciatura de Derecho.

En otras se hablaba de dos o tres asignaturas aprobadas. Más tarde, algunos cursos… Más adelante surgían nuevas interpretaciones y nuevos argumentos destinados a sostener la misma conclusión inicial. Las formulaciones cambiaban. La conclusión permanecía.

Más adelante surgían nuevas interpretaciones y nuevos argumentos destinados a sostener la misma conclusión inicial.

La impresión que producía todo aquello era extraña.

Parecía que el problema no consistía en averiguar qué había ocurrido realmente. El problema era mantener vivo el personaje.

Y entonces comprendí algo que ya intuía: Mi padre no era únicamente el supuesto funcionario de la primera entrega de esta serie. Tampoco era simplemente el supuesto abogado de ésta.

Las distintas piezas comenzaban a encajar entre sí:

Un funcionario antes de serlo.

Un jurista sin estudios suficientes para serlo.

Un hombre que habría prosperado gracias a una supuesta adhesión política.

Un beneficiario del sistema.

Un engranaje más de una maquinaria represiva.

La construcción resultaba coherente, pero sólo si todas las piezas permanecían en su sitio. Bastaba retirar una de ellas para que el edificio comenzara a tambalearse.

Quizá por eso me llamó especialmente la atención comprobar que existían documentos capaces de aportar respuestas bastante sencillas a muchas de aquellas dudas:

Archivos.

Expedientes.

Requisitos profesionales.

Destinos administrativos.

Toda una trayectoria desarrollada durante décadas en puestos cuya responsabilidad exigía conocimientos jurídicos.

Naturalmente, cualquier investigador puede cometer errores. Ninguna investigación está libre de ellos.

Lo que resulta más difícil de entender es la resistencia a revisar determinadas conclusiones cuando aparecen nuevos datos o nuevas evidencias. Rectificar nunca ha sido una derrota intelectual. Al contrario, forma parte del propio trabajo de investigar.

Durante estos diez años he aprendido una lección inesperada.

Lo más difícil no ha sido localizar documentos.

Lo más complicado ha sido comprobar hasta qué punto una duda puede sobrevivir a las pruebas que la contradicen.

Quizá porque las personas reales son complejas. Y los personajes resultan mucho más sencillos.

Mi padre no fue un personaje, ni necesitó inventarse una biografía. La suya ya existía. No fue una caricatura. no fue un símbolo político.

Fue una persona, con aciertos y errores, con circunstancias extraordinariamente difíciles que le tocó vivir, con una biografía documentable. Y creo que esa biografía merece ser estudiada con el mismo rigor que cualquier otra.

Esta segunda entrega no pretende pedir privilegios para nadie. Tampoco pretende sustituir un relato por otro. Sólo plantea una pregunta.

¿Qué ocurre cuando una duda inicial acaba proyectándose sobre toda una vida?

Y, sobre todo, ¿qué sucede cuando esa duda continúa circulando durante años mientras los documentos esperan pacientemente a que alguien quiera escucharlos?

Quizá cada lector tenga su propia respuesta. La mía es bastante sencilla:

La historia necesita investigadores, necesita archivos, necesita debate, pero también necesita una virtud que a veces parece escasa:

La humildad de aceptar que los documentos pueden contar una historia diferente de la que esperábamos encontrar.

Porque estudiar el pasado es una tarea apasionante, pero construir personajes a costa de personas reales es una responsabilidad demasiado grande para tomársela a la ligera.

Y, después de diez años, creo que la pregunta ya no es si mi padre fue abogado.

La verdadera pregunta es otra.

¿Por qué resultaba tan necesario convertirlo en el falso abogado del relato?


"Las personas reales merecen algo más que personajes de ficción construidos sobre sus vidas."

"Antes que personajes de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos fueron personas reales."




lunes, 15 de junio de 2026

LAS CINCO VIDAS INVENTADAS DE ANTONIO LUIS BAENA TOCÓN (I)

 

Las cinco vidas inventadas de Antonio Luis Baena Tocón (I)

Cinco derechos para una persona real.

Cómo una persona acaba convirtiéndose en un personaje.



Primera entrega

La primera ficha del dominó

¿Qué importancia tiene llamar funcionario a quien no lo era?


Cuando llegaron a mis manos algunas de las primeras publicaciones sobre mi padre, pensé que la polémica giraba alrededor de unos cuantos errores biográficos. Una fecha equivocada. Un cargo mal atribuido. Una interpretación discutible...

En muy pocos días llegué a una conclusión diferente.

El problema no era una fecha. El problema era el relato.

Esta reflexión, que ya era evidente para mí, se hizo aún más clara durante el proceso judicial celebrado en Cádiz en octubre de 2024. Antes del juicio me ofrecí a facilitar documentación y aclaraciones a quienes quisieran contrastar los hechos, entre ellos a medios locales del Grupo Joly como Diario de Jerez y Diario de Cádiz, especialmente después de algunas publicaciones que consideraba inexactas y cuya rectificación solicité sin éxito.


Sin embargo, tras el juicio aparecieron diversas publicaciones periodísticas en las que se ofrecía ampliamente la versión del catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá, mientras que la mía ni siquiera fue solicitada.

Recuerdo especialmente una afirmación que me llamó la atención.

Venía a decir que considerar funcionario a una persona cuando en realidad no lo era tampoco constituía un problema especialmente relevante.

Confieso que aquella afirmación, considerada aisladamente, podía parecer incluso razonable. Pero el verdadero problema nunca estuvo en la palabra, sino en la función que desempeñaba dentro del relato.

Mi padre no aparece presentado simplemente como un funcionario, en el relato de Ríos Carratalá, sino como funcionario que forma parte de una construcción mucho más amplia.

Un funcionario que, según ese relato, habría encontrado en la guerra y en la posguerra una oportunidad para prosperar. Un funcionario dispuesto a asumir tareas represivas. Un funcionario voluntario. Un funcionario que ascendería, sin formación, gracias a su adhesión al régimen. Y, sobre todo, un funcionario cuya supuesta condición permitía presentar determinadas actuaciones como una inversión de futuro en una carrera administrativa que, sencillamente, todavía no existía para él.

Y, finalmente, una pieza más de un engranaje cuya responsabilidad terminaría extendiéndose mucho más allá de sus funciones reales.

Estaba muy claro que aquella palabra no era un detalle. Era la primera ficha del dominó.

Si la primera ficha cae, las demás comienzan a moverse.

Pero si la primera ficha nunca existió, conviene preguntarse qué ocurre con las que vienen detrás.

No escribo estas líneas para discutir una fecha concreta. Tampoco para pedir un tratamiento especial para mi familia.

La historia necesita debate y la investigación histórica debe ser libre, pero los archivos están para ser consultados y analizados. Precisamente por eso creo que el contexto importa. Los datos históricos no viven aislados. Su significado depende también de la función que cumplen dentro de una narración más amplia.

Una palabra nunca es completamente inocente cuando forma parte de una narración más amplia.

Llamar funcionario a quien no lo era puede parecer una cuestión menor.

Sin embargo, deja de serlo cuando esa condición constituye el punto de partida de una determinada interpretación biográfica.

Durante estos años he aprendido que los relatos tienen una enorme capacidad para crecer: Una afirmación pasa a un libro, del libro a una entrevista, e la entrevista a un periódico, del periódico a las redes sociales, de las redes sociales a la conversación cotidiana.

Y llega un momento en que muchas personas aceptan una determinada imagen sin preguntarse cómo se construyó.

Quizá esa sea una de las grandes responsabilidades de quienes investigan y escriben sobre personas reales.

No sólo importa cada dato considerado aisladamente. Importa también el papel que desempeña dentro del conjunto.

Mi padre, Antonio Luis Baena Tocón, fue una persona real. Con aciertos y errores.

Con circunstancias difíciles que le tocó vivir, con una biografía documentable.

Y creo que esa biografía merece ser estudiada con el mismo rigor que se exige para cualquier otro personaje histórico.

Por eso he decidido comenzar esta serie de artículos: No para sustituir un relato por otro. No para pedir indulgencia hacia nadie. Sino para analizar cómo determinadas afirmaciones, relacionadas entre sí, pueden acabar construyendo una imagen pública muy distinta de la persona real.

Quizá algunos lectores compartan mis conclusiones, quizá otros no, pero al menos me gustaría plantear una pregunta.

Cuando una palabra sostiene una parte importante de un relato, ¿podemos seguir diciendo que esa palabra carece de importancia?

Ésta es la primera entrega de una serie que he titulado:

Las cinco vidas inventadas de Antonio Luis Baena Tocón.

En las próximas publicaciones intentaré recorrer algunas de las piezas que, unidas entre sí, contribuyeron a construir una determinada imagen pública sobre mi padre.

Y empezaremos precisamente por ahí.

Era la primera ficha del dominó. No se trataba únicamente de un error cronológico.

Aquella condición de funcionario permitía sostener una interpretación más amplia sobre mi padre y sobre toda una generación de personas a las que se presenta como beneficiarias conscientes del sistema franquista.

Por eso la discusión nunca fue simplemente una cuestión de fechas.

Era una cuestión de arquitectura del relato.

Porque, a veces, para comprender una historia entera basta con preguntarse quién empujó la primera pieza.


"Las personas reales merecen algo más que personajes de ficción construidos sobre sus vidas."

"Antes que personajes de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos fueron personas reales."

viernes, 12 de junio de 2026

EL LABERINTO DEL RELATO

 

El laberinto del relato

Lo que una película me hizo pensar sobre mi padre



Jerez, 13 de junio de 2026. Día de San Antonio.

Nota del autor
Este artículo nació tras ver la película alemana La conspiración del silencio (2014)(*), dirigida por Giulio Ricciarelli y basada en las investigaciones que condujeron a los Juicios de Auschwitz. No pretende establecer paralelismos entre acontecimientos históricos de muy distinta naturaleza ni equiparar responsabilidades históricas. La reflexión que me inspiró es otra: cómo se construyen los relatos públicos sobre personas reales y la responsabilidad moral de quienes los construyen y/o contribuyen a formarlos, especialmente cuando esos relatos acaban trascendiendo el ámbito académico y llegan a la sociedad.

 



Lo que una película me hizo pensar sobre mi padre

Anoche vi una película basada en hechos reales: La conspiración del silencio. No pretendo hacer una crítica cinematográfica ni establecer comparaciones entre episodios históricos de naturaleza muy distinta. Cada tiempo y cada tragedia tienen su contexto y merecen ser analizados con rigor.

Sin embargo, hubo algo en aquella historia que me acompañó durante toda la proyección y que, inevitablemente, me hizo pensar en mi padre, Antonio Luis Baena Tocón.

La película plantea una cuestión que va mucho más allá de los hechos que narra. Invita a preguntarse qué ocurre cuando una persona real acaba convirtiéndose en un personaje de un relato.

Las personas suelen ser complejas:

Tienen una familia, un pasado, circunstancias que no eligieron, aciertos y errores, obligaciones y limitaciones.

Los personajes, en cambio, resultan mucho más cómodos. Cumplen una función dentro de una historia. Representan una idea. Ayudan a construir un argumento.

Mientras veía la película pensé que, a veces, la historia corre el riesgo de preferir los personajes a las personas.

Una etiqueta resulta más sencilla que una biografía. Un adjetivo puede sustituir a una investigación. Y una frase repetida muchas veces puede terminar pareciendo una verdad demostrada.

En estos últimos años he tenido ocasión de comprobarlo muy de cerca.

Mi padre fue un joven que sufrió el asesinato de su padre durante la Guerra Civil. Vivió el miedo, la persecución y el desarraigo. Pasó por el exilio. Regresó a España y tuvo que cumplir el servicio militar obligatorio. Fue destinado al Cuerpo Jurídico Militar como secretario adscrito a un juzgado. Más tarde abandonó la milicia y desarrolló una larga vida profesional en la Administración civil.

Esa es su biografía.

Una biografía que, como tantas otras, está formada por documentos, fechas, circunstancias y decisiones condicionadas por una época extraordinariamente difícil.

Sin embargo, en determinados relatos esa complejidad desaparece. Queda una imagen mucho más simple: El “militar”, el “franquista”, el “secretario de un consejo de guerra”...

Y, a partir de ahí, se van añadiendo responsabilidades, intenciones y capacidades de decisión que no siempre encuentran el mismo respaldo en los documentos.

Quizá sea una tentación humana. Los relatos necesitan personajes fácilmente reconocibles: Los héroes, los villanos, los culpables, los cómplices...

Pero la historia, como la justicia, debería desconfiar de las simplificaciones.

Los documentos existen precisamente para impedir que la imaginación ocupe el lugar de los hechos.

Un documento puede decir dónde estaba una persona, qué cargo ocupaba, cuáles eran sus funciones, qué podía decidir, qué no estaba en sus manos, qué firmó, qué no firmó.

Después llega el trabajo del historiador: Interpretar de manera objetiva tras contrastar, relacionar, contextualizar. Es una tarea necesaria y valiosa.

Pero interpretar no debería significar completar los silencios con aquello que mejor encaje en una determinada tesis o relato.

Mientras veía la película hubo otra reflexión que me llamó especialmente la atención.

No sólo importa la verdad. Importa también el camino que sigue la verdad, o aquello que se presenta como tal. En mi caso, esta reflexión tiene un origen concreto.

La imagen pública que hoy muchas personas tienen de mi padre no surgió espontáneamente. Nació de publicaciones, artículos, entrevistas y trabajos académicos realizados por el catedrático Juan Antonio Ríos Carratalá y fue ampliándose posteriormente a través de medios de comunicación, redes sociales, comentarios y nuevas publicaciones del mismo y de terceros.

No todos ellos acudieron a los documentos originales.

Muchos confiaron en la autoridad de quien construía el relato.

¿Es comprensible?. La sociedad funciona así.

Confiamos en profesores, investigadores, periodistas y especialistas para acercarnos a asuntos complejos.

Precisamente por eso, la responsabilidad de quien inicia un relato es especialmente importante.

Una afirmación académica rara vez permanece encerrada entre las páginas de un libro. Puede convertirse en un titular. Después en una entrevista. Más tarde en una noticia. Luego en una publicación en redes sociales. Finalmente, acaba formando parte de una especie de verdad aceptada por personas que jamás han tenido acceso a los documentos originales.

Es el viaje de las palabras.

Y durante ese viaje pueden perderse los matices. Puede olvidarse el contexto. Puede difuminarse la diferencia entre un hecho probado y una interpretación. Incluso puede terminar construyéndose un personaje que sustituya a la persona real.

No escribo estas líneas para pedir privilegios para mi familia. Tampoco para negar el derecho a la investigación histórica; al contrario: Creo en el estudio de los archivos, creo en la libertad de investigación, creo en el debate académico. Y creo que la historia debe seguir haciéndose sin miedo (Todo ello muy en contra de lo que intencionadamente se ha dicho sobre mí para desacreditarme).

Pero también creo que quienes aparecen en esos documentos fueron personas reales: Con padres, con hijos, con nietos, con familias, con una dignidad que merece el mismo respeto que cualquier otra.

Quizá esa sea la principal reflexión que me dejó la película.

Las sociedades necesitan conocer su pasado, pero conocerlo no debería significar fabricar personajes a costa de las personas.

Mi padre no fue un símbolo. No fue un eslogan. No fue una caricatura. Fue una persona.

Y como cualquier otra persona merece que su historia se cuente con el mayor respeto posible hacia los hechos y no se vea ficcionada a gusto de un relato ideológico.

La película me hizo pensar también en otra cuestión: Los relatos tienen consecuencias y también las tienen los relatos históricos:

Quien los inicia quizá no pueda controlar todo lo que otros dirán después, pero sí tiene una responsabilidad especial sobre el punto de partida.

Porque una palabra puede convertirse en una frase. Una frase en un artículo. Un artículo en una noticia. Una noticia en una creencia colectiva.

Y cuando esa creencia afecta a personas reales y a sus familias, el rigor y la prudencia dejan de ser únicamente virtudes académicas para convertirse en una obligación moral.

Al terminar la película comprendí que el mayor enemigo de la verdad no siempre es el silencio:

A veces son las palabras cuando dejan de escuchar a los documentos.

Y quizá por eso sigo defendiendo la memoria de mi padre. No para convertirlo en un héroe. No para pedir una historia escrita a medida de mi familia. Sino para recordar algo que considero esencial:

Quien contribuye a construir un relato sobre una persona real asume también una parte de la responsabilidad sobre las consecuencias que ese relato pueda tener en la vida de los demás.

Porque, antes que personajes de una historia, todos fueron seres humanos.


Epílogo;

"Quizá nunca consiga cambiar todos los relatos que se han escrito sobre mi padre. Pero mientras me queden fuerzas, procuraré que los documentos también tengan derecho a contar su versión de la historia."

--------------------


(*) Ficha de la película (según Wikipedia):

Título en España: La conspiración del silencio

Título original: Im Labyrinth des Schweigens ("En el laberinto del silencio").

País: Alemania.

Año de producción: 2014.

Director: Giulio Ricciarelli.

Guion: Giulio Ricciarelli y Elisabeth Bartel.

Género: Drama histórico y judicial basado en hechos reales.

Duración: aproximadamente 122-123 minutos.

¿En qué hechos reales se basa?

La película se sitúa en la Alemania de finales de los años cincuenta y relata las investigaciones que desembocaron en los llamados Juicios de Auschwitz de Fráncfort, fundamentales para sacar a la luz los crímenes cometidos en el campo de exterminio de Auschwitz y para afrontar el pasado nazi en la Alemania de posguerra.

El protagonista, Johann Radmann, es un personaje ficticio, aunque inspirado en varios fiscales reales. En cambio, figuras como Fritz Bauer y Thomas Gnielka existieron realmente y desempeñaron un papel decisivo en aquellas investigaciones.


¿PUEDE UNA FRASE MATAR DOS VECES?

 

¿Puede una frase matar dos veces?

El viaje de las palabras y el recorrido público de una biografía



Sábado, 13 de junio de 2026. Día de San Antonio.

Los libros tienen lectores.

Las entrevistas tienen oyentes.

Los periódicos tienen titulares.

Y las redes sociales tienen mensajes breves que viajan a gran velocidad.

En ocasiones, una misma idea pasa por todos esos lugares y va adoptando formas distintas.

Los matices se reducen.

Las explicaciones se simplifican.

Y el resultado final puede ser muy diferente del punto de partida.

Con el paso de los años he aprendido que las frases también tienen biografía.

Y que merece la pena reflexionar sobre el camino que recorren.





Cuando una frase abandona el libro

Toda frase nace en un contexto. Forma parte de un capítulo. De un documento. De una entrevista. De una conversación.

Pero rara vez permanece allí. Se resume. Se comenta. Se interpreta. Se cita. Y vuelve a circular.

Cada paso puede añadir una nueva lectura. O eliminar un matiz anterior.

Es un fenómeno normal en cualquier sociedad.

Y quizá precisamente por eso conviene observarlo con atención.


Cuando los matices desaparecen

Las cuestiones históricas suelen ser complejas.

En ellas intervienen documentos, personas, instituciones y circunstancias diferentes.

Sin embargo, el lenguaje público tiende a buscar expresiones sencillas y fáciles de recordar.

Poco a poco, una explicación amplia puede reducirse a una frase.

Una frase puede convertirse en un titular.

Un titular puede terminar transformándose en un mensaje breve compartido miles de veces.

Y el lector final puede recibir una impresión muy distinta de la que ofrecía el contexto original.

Las palabras siguen siendo las mismas.

Pero el relato ya no es exactamente igual.


Del libro a la memoria colectiva

Quizá el aspecto que más me ha hecho reflexionar durante estos años haya sido comprobar el recorrido público que pueden tener determinadas expresiones.

En la página 156 de Nos vemos en Chicote (Juan Antonio Ríos Carratalá, 2025) se afirma que Antonio Luis Baena Tocón "agravaba con comentarios o resúmenes cuyas consecuencias podían ser una condena a muerte".

Con el paso del tiempo he visto aparecer en distintos ámbitos públicos, publicaciones en medios, etc., formulaciones todavía más rotundas, entre ellas referencias al "secretario que firmó la condena a muerte de Miguel Hernández" y otras afirmaciones difundidas en redes sociales que llegan a atribuirle de manera directa la responsabilidad de la muerte del poeta.

Más allá del análisis histórico concreto de cada una de estas expresiones, cuestión que exigiría un estudio específico, me parece significativo observar el propio recorrido de las palabras.

Una frase se escribe. Se comenta. Se resume. Se convierte en titular. Circula por medios de comunicación. Viaja por las redes sociales.

Y puede terminar proyectando sobre una persona una imagen mucho más amplia y contundente que la del contexto original del que partió.

Cuanto más viaja una frase, más tiende a simplificarse. Y hay quien lo pretende intencionadamente para justificarse y descalificar a quien le cuestiona.

Y, en ocasiones, esa simplificación puede transformar relaciones complejas, responsabilidades compartidas o contextos históricos amplios en afirmaciones directas atribuidas a una sola persona.

Quizá por eso sigo pensando que las biografías merecen ser estudiadas con paciencia, atendiendo a los documentos, a las circunstancias y a la complejidad de los hechos históricos, antes de quedar resumidas en afirmaciones cada vez más breves y categóricas.


La experiencia personal

A lo largo de estos años he tenido ocasión de comprobar cómo determinadas expresiones relacionadas con Antonio Luis Baena Tocón fueron apareciendo en distintos ámbitos públicos.

Algunas procedían de publicaciones. Otras de entrevistas o declaraciones. Otras circularon por medios de comunicación o por redes sociales.

Y comprendí que el efecto de una frase no termina necesariamente en el lugar donde fue escrita.

A veces continúa viajando. Se simplifica. Se adapta. Y llega a personas que probablemente nunca leerán el documento original del que partió.

Esa experiencia me ha llevado a reflexionar sobre la responsabilidad que todos tenemos cuando transmitimos hechos históricos y biografías personales.


Los recuerdos de una familia

En mi familia las historias siempre se contaban de otra manera.

No eran titulares.

Eran conversaciones, recuerdos, cartas, fotografías, pequeños objetos conservados durante años, anécdotas compartidas alrededor de una mesa.

Eran conversaciones.

Con el paso del tiempo descubrí que aquellas pequeñas historias familiares convivían con otras narraciones públicas muy diferentes.

Y comprendí que las personas reales suelen ser bastante más complejas que las frases con las que intentamos resumirlas.


Reflexión final

Con el paso de los años he aprendido que las manos trabajan.

Los cargos tienen funciones.

Las palabras tienen significado.

Y las frases tienen recorrido.

A veces viajan mucho más lejos de lo que imaginamos.

Quizá por eso convenga cuidar los matices y el contexto.

Porque las personas pasan.

Los documentos envejecen.

Pero algunas frases pueden seguir viviendo durante mucho tiempo en la memoria colectiva.

Y quizá el mayor respeto que podamos tener hacia quienes ya no están consista en intentar comprender toda su historia antes de resumirla en una sola frase. y, menos aún, de manera tendenciosa.


Fuentes y memoria familiar

Esta reflexión parte de la lectura de distintas publicaciones y documentos relacionados con Antonio Luis Baena Tocón, de la experiencia personal del autor ante su difusión pública y de los recuerdos familiares conservados a lo largo de los años, distinguiendo expresamente entre hechos documentados, memoria familiar y reflexión personal.



jueves, 11 de junio de 2026

¿DE QUÉ SECRETARIO ESTAMOS HABLANDO?

 

¿De qué secretario estamos hablando?

Cuando una palabra termina significando otra cosa



Viernes, 12 de junio de 2026

Las palabras parecen sencillas.

Sin embargo, cuando pasan los años, pueden adquirir significados distintos de

aquellos para los que fueron utilizadas originalmente.

Algo parecido sucede con determinadas funciones administrativas y judiciales.

Una misma palabra puede evocar imágenes muy diferentes en quien la lee.

Y, poco a poco, aquello que comenzó siendo una descripción de un cargo concreto

puede terminar convirtiéndose en una identidad completamente distinta.

Quizá eso explique algunas de las reflexiones que me ha suscitado la trayectoria de 

Antonio Luis Baena Tocón.




Una palabra aparentemente sencilla

En numerosos documentos históricos aparecen referencias a secretarios.

Es lógico. Los órganos administrativos y judiciales necesitan personas que desempeñen esas funciones.

Sin embargo, no todos los secretarios realizan el mismo trabajo ni pertenecen necesariamente a los mismos órganos.

La propia organización administrativa establece distintas responsabilidades y competencias.

Precisamente por eso conviene preguntarse siempre de qué secretario estamos hablando.

Porque las palabras importan. Y el contexto también.


Cuando una palabra parece crecer

Existe un fenómeno curioso en determinadas narraciones históricas.

Una palabra comienza designando una función concreta. Con el paso del tiempo, esa función parece ampliarse.

La persona deja de aparecer únicamente vinculada a un determinado cometido y comienza a ser identificada con otros órganos o responsabilidades diferentes.

El lector puede terminar asociando unas funciones con otras casi sin darse cuenta.

Y aquello que inicialmente describía una tarea concreta acaba proyectando una imagen mucho más amplia.

Las palabras tienen esa capacidad. No sólo nombran. También sugieren.


El efecto de la repetición

Con el paso de los años me sorprendió comprobar cómo distintas publicaciones, declaraciones e interpretaciones parecían asumir de manera natural determinadas identificaciones que, al menos desde mi punto de vista y a la luz de la documentación conocida, merecían una explicación mucho más precisa.

Poco a poco, la referencia a una determinada función parecía transformarse en otra distinta, como si ambas expresiones fueran necesariamente equivalentes.

El resultado es un mecanismo narrativo interesante. Una palabra aparentemente sencilla termina evocando responsabilidades mucho más amplias que las que inicialmente describía.

Y el lector puede acabar identificando a una persona con órganos, decisiones o actuaciones cuya realidad histórica exige un análisis mucho más detenido.


Los documentos de una familia

En casa siempre hubo documentos de mi padre.

Su título de Licenciado en Derecho, documentos de diferente índole, cartas, fotografías, pequeños recuerdos familiares, algún objeto que había conservado durante toda su vida.

Con el paso del tiempo he aprendido a mirar aquellos papeles con tranquilidad.

Son documentos familiares. Hablan de estudios, de trabajo, de una familia, de ilusiones y dificultades, de una vida...

Nunca imaginé que llegaría un momento en el que descubriría que una sola palabra utilizada en otros documentos podía contribuir a construir una biografía muy distinta de la que nosotros conocíamos.

Quizá por eso he aprendido a desconfiar de las simplificaciones.

Las personas suelen ser bastante más complejas que las palabras con las que intentamos describirlas.


Reflexión final

Con el paso de los años he aprendido que las palabras también tienen funciones. Igual que los cargos.

Confundir unas con otras puede parecer un pequeño detalle.

Pero, en ocasiones, basta una palabra mal entendida o utilizada sin el contexto adecuado para transformar una función en otra distinta y terminar construyendo una historia completamente diferente.

Porque un documento puede conservar una palabra. Comprender lo que esa palabra significaba en su momento exige bastante más.


Fuentes y memoria familiar

Esta reflexión parte de la documentación conocida sobre Antonio Luis Baena Tocón, de la lectura de diversas publicaciones relacionadas con su trayectoria y de la memoria familiar conservada a lo largo de los años, distinguiendo expresamente entre los hechos documentados, los recuerdos personales y las reflexiones que de ellos se derivan.



CUANDO LAS FUNCIONES SE CONVIERTEN EN INTENCIONES

 

Cuando las funciones se convierten en intenciones

Lo que hacía un secretario y lo que después se le atribuye



Jueves 11 de junio de 2026

La Historia suele interesarse por los grandes acontecimientos.

Pero las biografías están hechas también de pequeños detalles, de funciones concretas y de personas que desempeñan trabajos determinados dentro de organizaciones mucho más amplias.

Quizá por eso convenga detenerse, de vez en cuando, a reflexionar sobre una cuestión sencilla:

¿Hasta dónde llegan las funciones de un cargo y dónde empiezan las interpretaciones que construimos sobre quien lo desempeñó?

En el caso de Antonio Luis Baena Tocón, cuando se habla de su paso por el Juzgado Especial de Prensa, hay quien lo sabe todo interpretándolo a gusto de su relato, como si de un gran logro historiográfico se tratara, aunque difiera de lo publicado por expertos del mismo Ministerio de Defensa (1).




Una función y muchas interpretaciones

Cuando se menciona la participación de una persona en un determinado organismo, el lector suele completar mentalmente aquello que no se explica.

Es un mecanismo natural.

Se habla de un juzgado.

Se habla de sumarios.

Se habla de actuaciones.

Y, casi sin darse cuenta, el lector puede imaginar una participación mucho más amplia que la que corresponde a las funciones efectivamente desempeñadas.

Las palabras tienen esa capacidad.

No sólo transmiten información.

También construyen imágenes.

Y esas imágenes pueden terminar adquiriendo vida propia.


La organización de cualquier institución

Cualquier organismo administrativo o judicial funciona gracias a la existencia de distintos puestos y responsabilidades.

Cada uno tiene funciones concretas.

Cada uno desempeña tareas determinadas.

No todas las personas que trabajan en una institución deciden.

No todas investigan.

No todas acusan.

No todas juzgan.

No todas dictan resoluciones.

Y precisamente por eso resulta importante distinguir entre la existencia de una función administrativa y la atribución de responsabilidades que corresponden a otros órganos o personas.

Con el paso del tiempo he tenido ocasión de conocer mejor cuáles eran las funciones reglamentarias atribuidas a determinados puestos y comprobar que la realidad administrativa suele ser bastante más precisa y menos novelesca de lo que a veces se imagina.


Cuando el relato crece

Existe además un fenómeno curioso.

Una vez construida una determinada imagen, los distintos episodios posteriores parecen encajar naturalmente en ella.

Un documento conduce a otro.

Un expediente recuerda a otro expediente.

Un nombre lleva a otro nombre.

Y poco a poco se va formando la impresión de una presencia constante.

La persona parece estar siempre allí.

Aparece una y otra vez.

Y las funciones concretas pueden terminar ampliándose retrospectivamente hasta adquirir dimensiones que exceden el contenido efectivo del propio cargo.

No es un fenómeno exclusivo de la Historia.

Sucede en muchas narraciones.

Pero precisamente por eso conviene observarlo con atención.


Un recuerdo de familia

Yo no aprendí qué era un reglamento administrativo en los libros de Historia.

Lo fui comprendiendo con los años.

Pero antes conocí a mi padre trabajando. Lo recuerdo rodeado de papeles y de libros. Lo recuerdo leyendo con calma. Consultando textos legales. Preparando asuntos. Revisando documentos una y otra vez antes de dar una respuesta.

En casa nunca tuve la impresión de que el trabajo consistiera en mandar sobre los demás.

Más bien parecía una obligación que había que cumplir con responsabilidad y con el mayor cuidado posible.

Con el tiempo comprendí que detrás de muchos cargos existen personas que simplemente intentan hacer bien el trabajo que les corresponde.

Y que esa realidad cotidiana rara vez aparece reflejada en los grandes relatos.


Reflexión final

Con el paso de los años he aprendido que los cargos tienen funciones y las personas tienen vidas.

Confundir unas con otras quizá sea una de las maneras más sencillas de construir relatos, pero también una de las más arriesgadas cuando se pretende comprender una biografía en toda su complejidad.

Porque una función administrativa puede describirse en un reglamento.

Una vida humana, probablemente no.

Existen además ocasiones en las que determinadas funciones administrativas terminan proyectándose retrospectivamente sobre hechos y responsabilidades mucho más amplios.

Ese fenómeno merece una reflexión específica que excede el propósito de estas líneas y sobre el que volveré más adelante.




Fuentes y memoria familiar

Esta reflexión se basa en la documentación conocida sobre la trayectoria de Antonio Luis Baena Tocón, en las normas reguladoras de las funciones desempeñadas en los distintos destinos que ocupó y en recuerdos familiares conservados a lo largo de los años.

(1) Véase Boletín Informativo n.º 18 del Sistema Archivístico Español de Defensa. Diciembre de 2010. Ministerio de Defensa: Queda explicitada la función. Las interpretaciones interesadas en relatos claramente ideológicos y tendenciosos son otra cosa...

LAS CINCO VIDAS INVENTADAS DE ANTONIO LUIS BAENA TOCÓN (III)

  Las cinco vidas inventadas de Antonio Luis Baena Tocón (III) Cinco derechos para una persona real. Cómo una persona acaba convirtiéndose ...