Las cinco vidas inventadas de
Antonio Luis Baena Tocón (V)
Cómo
una persona acaba convirtiéndose en un personaje.
Quinta entrega
El verdugo necesario
Primera parte: Cuando una persona
se convierte en símbolo
Si
las entregas anteriores de esta serie estaban dedicadas al supuesto
funcionario, al supuesto abogado, al supuesto voluntario y al hombre
supuestamente recompensado por sus actuaciones, la quinta gira
alrededor de una cuestión que, probablemente, resulta aún más
delicada.
La
responsabilidad.
Durante
algún tiempo pensé que las discrepancias sobre la figura de mi
padre afectaban únicamente a determinados datos biográficos.
Una
fecha.
Un
cargo.
Una
función.
Una
interpretación histórica.
Sin
embargo, enseguida comprendí que el problema era mucho más
profundo.
El
personaje construido alrededor de Antonio Luis Baena Tocón parecía
necesitar algo más.
No
bastaba con atribuirle una determinada formación o, más bien,
quitársela.
No
bastaba con convertir determinadas circunstancias en decisiones
voluntarias.
No
bastaba con interpretar una trayectoria profesional como una sucesión
de recompensas.
El
personaje necesitaba asumir una responsabilidad mucho mayor.
Y
entonces empecé a hacerme una pregunta.
¿Hasta
qué punto una persona concreta puede acabar convirtiéndose en el
símbolo de una realidad mucho más amplia?
La
historia está llena de ejemplos parecidos.
A
veces resulta más sencillo explicar una época compleja a través de
personajes concretos.
Los
acontecimientos colectivos se reducen a nombres propios.
Las
circunstancias se simplifican.
Las
responsabilidades se concentran.
Y
poco a poco una persona deja de ser contemplada en toda su
complejidad para convertirse en la representación de un determinado
relato.
Confieso
que durante algún tiempo no fui plenamente consciente de ese
mecanismo.
Pensaba
que las discusiones giraban alrededor de hechos concretos.
Pero
descubrí que muchas veces el verdadero debate no consistía en
determinar qué hizo realmente una persona.
La
cuestión era otra.
Qué
papel necesitaba desempeñar dentro del relato construido.
Y
entonces comprendí que quizá ése era el último paso de la
construcción iniciada años atrás.
Primero
aparecía el supuesto funcionario.
Después
el supuesto abogado.
Más
tarde el supuesto voluntario.
Luego
el supuesto beneficiario de aquellas actuaciones.
Y
finalmente aparecía una consecuencia casi inevitable.
El
personaje debía asumir responsabilidades que trascendían
ampliamente las funciones concretas que realmente hubiera
desempeñado.
Aquella
reflexión me hizo pensar muchas veces en una cuestión que va mucho
más allá de mi propia familia.
La
mayoría de las personas que vivieron épocas difíciles no eligieron
las circunstancias históricas que les tocaron vivir.
Muchas
desempeñaron funciones limitadas.
Muchas
cumplieron obligaciones propias de su tiempo.
Muchas
participaron en instituciones complejas cuyas decisiones finales no
dependían exclusivamente de ellas.
Sin
embargo, años después, resulta relativamente sencillo contemplar
aquellas vidas desde el resultado final y atribuir a cada uno una
responsabilidad mucho más amplia que la derivada de sus actuaciones
concretas.
Y
fue entonces cuando comprendí que el verdadero problema tampoco
consistía únicamente en mi padre.
La
cuestión era mucho más amplia.
¿Dónde
termina la responsabilidad individual y dónde comienza el personaje
construido por el relato?
Quizá
esa pregunta explique mejor que ninguna otra el sentido de esta
quinta entrega.
Porque
después de todos estos años he llegado a una conclusión que me
parece sencilla, aunque no siempre resulte fácil de aceptar.
Antes
de convertir a una persona en símbolo de una época, quizá merezca
la pena preguntarse quién fue realmente.
Qué
hizo.
Qué
funciones desempeñó.
Qué
decisiones pudo tomar.
Y
cuáles escapaban completamente a su voluntad.
Porque
las personas reales rara vez encajan perfectamente en los personajes
que construimos muchos años después.
Y
quizá la primera obligación de quien intenta comprender el pasado
consista precisamente en respetar esa complejidad.
Sobre
todo cuando las funciones reales de una persona y las
responsabilidades que más tarde se le atribuyen no siempre coinciden
"¿Dónde
termina la responsabilidad individual y dónde comienza el personaje
construido por el relato?"
El
derecho a que la responsabilidad de una persona no sea mayor que sus
propios actos. El
verdadero hilo conductor de esta
quinta entrada de
la serie: no
se trata de negar responsabilidades, sino de preguntarse por sus
límites y por la tendencia de algunos relatos a ampliar esas
responsabilidades hasta convertir a una persona concreta en el
símbolo de una realidad mucho más amplia.
Segunda
parte: Cuando las funciones se convierten en culpas
Aquella
reflexión siguió acompañándome durante mucho tiempo.
Si
una persona podía acabar convirtiéndose en símbolo de una época,
resultaba inevitable formular una nueva pregunta.
¿Dónde
termina una función concreta y dónde comienza la responsabilidad
que otros terminan atribuyéndole?
Poco
a poco fui comprendiendo que aquella cuestión no afectaba únicamente
a la figura de mi padre.
Se
trataba de un problema mucho más amplio.
Las
sociedades complejas funcionan a través de instituciones.
Y
las instituciones, a su vez, están formadas por personas que
desempeñan funciones distintas, con competencias diferentes y
responsabilidades también diferentes.
Sin
embargo, el paso del tiempo parece simplificar muchas veces esa
realidad.
Las
funciones se confunden con las decisiones.
Las
decisiones con las intenciones.
Y
las intenciones con las responsabilidades finales.
Entonces
el personaje comienza a adquirir una nueva dimensión.
Ya
no basta con haber ocupado un determinado puesto.
Ahora
parece necesario asumir todas las consecuencias del sistema al que
aquel puesto pertenecía.
Aquella
idea me hizo reflexionar muchas veces sobre la diferencia entre
participar en una estructura y decidir el funcionamiento completo de
esa estructura.
La
mayoría de las personas desarrollan tareas concretas.
Cumplen
obligaciones determinadas.
Actúan
dentro de unas competencias limitadas.
Y
rara vez controlan el conjunto del sistema del que forman parte.
Sin
embargo, años después, puede resultar tentador contemplar esa
realidad desde el resultado final.
Las
diferencias desaparecen.
Los
matices se reducen.
Las
distintas responsabilidades se mezclan.
Y
poco a poco las funciones concretas parecen transformarse en culpas
generales.
Quizá
ése sea uno de los mayores riesgos de cualquier interpretación
simplificada del pasado.
Porque
las personas reales no desempeñan todas las funciones.
No
toman todas las decisiones.
No
poseen todas las competencias.
Ni
controlan todos los acontecimientos que suceden a su alrededor.
Aquella
reflexión me llevó a revisar una vez más la trayectoria de mi
padre.
No
para convertirlo en una excepción.
Ni
para presentar una vida perfecta.
Sino
para recordar algo que quizá debería parecer evidente.
Las
funciones desempeñadas por una persona son una realidad
documentable.
Las
responsabilidades efectivamente asumidas también pueden estudiarse.
Los
límites de esas responsabilidades pueden conocerse.
Y
precisamente por eso resulta importante distinguir entre lo que una
persona hizo realmente y aquello que el paso del tiempo termina
atribuyéndole.
Durante
estos años he descubierto que esa diferencia no siempre resulta
sencilla.
Los
relatos tienden a simplificar.
Los
personajes necesitan representar ideas generales.
Y
las personas concretas acaban cargando, en ocasiones, con
responsabilidades mucho mayores que las derivadas de sus propias
actuaciones.
Quizá
por eso he llegado a pensar que el verdadero debate tampoco consiste
únicamente en discutir determinados hechos concretos.
La
cuestión es otra.
La
cuestión afecta al propio modo en que entendemos las
responsabilidades históricas."
¿Tenemos
derecho a ampliar indefinidamente la responsabilidad de una persona
hasta convertirla en el símbolo de toda una época?
Creo
sinceramente que esa pregunta merece una reflexión serena.
Porque
comprender el pasado no consiste únicamente en identificar
responsabilidades.
También
exige respetar sus límites.
Y
reconocer que las funciones reales de una persona y las culpas que el
relato termina atribuyéndole no siempre son exactamente la misma
cosa.
Quizá
esa diferencia resulte incómoda.
Quizá
complique determinados relatos.
Las
personas reales rara vez encajan en las simplificaciones que
construimos muchos años después.
Y
quizá el respeto a la verdad histórica empiece precisamente por
aceptar esa complejidad.
Tercera
parte: El derecho a la responsabilidad individual
Después
de recorrer las cuatro entregas anteriores de esta serie, he llegado
a una conclusión que, cuando comencé a escribir estas páginas,
probablemente no habría imaginado.
Al
principio pensé que el verdadero debate giraba alrededor de
determinados datos biográficos.
Una
fecha.
Un
cargo.
Una
función.
Una
trayectoria profesional.
Incluso
una concreta interpretación de algunos acontecimientos históricos.
Con
el paso del tiempo comprendí que el problema era mucho más
profundo.
Todas
aquellas cuestiones conducían, en realidad, a una misma pregunta, la
responsabilidad individual.
Y
entonces empecé a pensar que quizá el verdadero riesgo no
consistiera únicamente en discutir determinados hechos.
Sino
en ampliar poco a poco las responsabilidades de una persona hasta
convertirla en el personaje que un determinado relato necesita.
“A
veces ese proceso termina atribuyendo a una persona concreta
responsabilidades que el paso del tiempo acaba dando por supuestas,
hasta convertirla, para muchos, en protagonista necesario de
acontecimientos cuya realidad histórica fue mucho más compleja”.
De
convertir a una persona concreta en el símbolo de una realidad mucho
más amplia.
De
atribuirle decisiones que no tomó.
Competencias
que no tuvo.
Intenciones
que nunca podrán conocerse con certeza.
Y
consecuencias que escapaban completamente a sus posibilidades de
decisión.
Aquella
reflexión me llevó a pensar muchas veces en mi padre.
No
en el personaje construido alrededor de él.
Sino
en la persona que yo conocí.
En
el hijo que perdió a su padre durante la Guerra Civil.
En
el joven que tuvo que afrontar circunstancias extraordinariamente
difíciles.
En
el estudiante.
En
el profesional.
En
el padre de familia.
En
el compañero de trabajo.
En
el hombre que desarrolló una vida real, con aciertos y errores, con
decisiones propias y con otras muchas circunstancias que jamás pudo
elegir.
Y
comprendí que quizá ése era el verdadero sentido de todo este
trabajo.
No
convertir a mi padre en un héroe.
Tampoco
transformarlo en una víctima perfecta.
Ni
pedir para él un tratamiento diferente del que corresponde a
cualquier otra persona.
La
cuestión era mucho más sencilla.
Reivindicar
el derecho a que una persona sea contemplada desde sus propios actos
y no exclusivamente desde el personaje construido sobre ella.
“Y
no exclusivamente desde interpretaciones posteriores que terminan
identificándola con decisiones o consecuencias mucho más amplias
que las derivadas de sus funciones reales”.
Quizá
ésa sea una de las mayores dificultades de cualquier aproximación
al pasado.
Las
épocas complejas producen relatos complejos.
Y
los relatos complejos tienden a buscar personajes sencillos.
Pero
las personas reales rara vez son sencillas.
Tienen
contradicciones.
Dudas.
Errores.
Limitaciones.
Circunstancias.
Obligaciones.
Y
responsabilidades concretas.
Precisamente
por eso he llegado a pensar que la historia no sólo necesita
documentos.
No
sólo necesita archivos.
No
sólo necesita investigadores.
También
necesita una cierta prudencia.
La
prudencia de distinguir entre las funciones desempeñadas y las
responsabilidades efectivamente asumidas.
Entre
las decisiones propias y las ajenas.
Entre
las circunstancias vividas y las interpretaciones construidas muchos
años después.
Quizá
esa prudencia complique algunos relatos.
Quizá
obligue a introducir matices incómodos.
Quizá
impida construir personajes demasiado simples.
Pero
creo sinceramente que merece la pena.
Porque
detrás de cada expediente hubo una persona.
Detrás
de cada nombre hubo una familia.
Detrás
de cada fotografía antigua hubo una vida que nunca podrá resumirse
completamente en unas pocas palabras.
Después
de todos estos años, creo que he comprendido algo que al principio
no veía con claridad.
Nunca
he pretendido discutir el derecho a investigar.
Nunca
he querido limitar el debate histórico.
Nunca
he pedido privilegios para mi familia.
Sólo
he pensado que cualquier persona merece ser juzgada por sus propios
actos.
Por
sus responsabilidades reales.
Por
las funciones que efectivamente desempeñó.
Y no
por el personaje que otros puedan construir muchos años después.
Quizá
ésa haya sido la verdadera enseñanza de este largo camino.
Mi
padre no necesitaba convertirse en un símbolo para ser comprendido.
Le
bastaba con ser una persona real.
Con
una biografía documentable.
Con
luces y sombras.
Con
aciertos y errores.
Con
responsabilidades propias.
Y
también con el mismo derecho que cualquiera de nosotros a que esas
responsabilidades no sean mayores que sus propios actos.
Porque,
después de todo este tiempo, creo que la pregunta más importante de
esta serie ya no es quién fue Antonio Luis Baena Tocón.
Quizá
la verdadera pregunta sea otra.
¿Tenemos
derecho a convertir a una persona real en el personaje que mejor
encaja en nuestro relato del pasado?
Y
sinceramente espero que la respuesta sea siempre la misma.
Que
antes de juzgar, intentemos comprender.
Que
antes de simplificar, aceptemos la complejidad.
Y
que antes de construir personajes, recordemos que nuestros padres y
nuestros abuelos fueron, sencillamente, personas reales.
Cinco
derechos para una persona real.
1º
El derecho a la identidad.
2º
El derecho a la formación.
3º
El derecho al contexto.
4º
El derecho al mérito.
5º
El derecho a la responsabilidad individual.
¿Tenemos
derecho a convertir a una persona real en el personaje que mejor
encaja en nuestro relato del pasado?
Gracias
a quienes han acompañado esta serie, tanto compartiendo sus
opiniones como aportando documentos, recuerdos y reflexiones. El
diálogo sereno sigue siendo la mejor manera de acercarnos a nuestro
pasado común.
"Las
personas reales merecen algo más que personajes de ficción
construidos sobre sus vidas."
"Antes
que personajes de un relato, nuestros padres y nuestros abuelos
fueron personas reales."