viernes, 2 de enero de 2026

DE LA ILUSIÓN AL BLINDAJE

 

(Crónica de un cuatrimestre que no fue académico, sino estratégico)

Hay textos que, leídos de manera aislada, parecen inofensivos. Incluso cordiales. Pero cuando se leen en secuencia, cuando se les permite dialogar entre sí, revelan algo muy distinto: no una reflexión, sino una arquitectura; no una evolución, sino una estrategia.
Eso ocurre con las dos entradas publicadas por Juan Antonio Ríos Carratalá en su blog Varietés y República:
“Un cuatrimestre ilusionante” (30 de agosto de 2025) y “Un cuatrimestre de objetivos cumplidos” (31 de diciembre de 2025).
No son textos sueltos. Son los dos actos de una misma puesta en escena.



1. El arranque: ilusión cuidadosamente dosificada

En la primera entrada, el tono es amable, casi entrañable. El verano se despide “sin necesidad de que nos lo recuerde el Dúo Dinámico” y el nuevo curso se anuncia como un tiempo fértil, lleno de proyectos, energía y vocación académica.

Nada perturba ese clima. No hay conflictos, no hay controversias, no hay memoria incómoda. Todo fluye con la serenidad de quien se sabe a salvo.

Las cuestiones delicadas —las relacionadas con la memoria— se posponen con elegancia para un futuro blog “que ilusiona especialmente”. La memoria, así presentada, no interpela: se administra. Se convierte en un proyecto más, convenientemente calendarizado.

Mientras tanto, se acumulan actividades, artículos, congresos, jóvenes investigadores “solidarios” y nuevas publicaciones. La enumeración funciona como un argumento en sí misma: la cantidad sustituye al análisis, y el movimiento permanente disimula cualquier pausa reflexiva.


2. Productividad como virtud moral

La hiperactividad intelectual se presenta como prueba de legitimidad. Quien produce tanto —parece decirnos el texto— no puede estar equivocado. O, al menos, no debería ser cuestionado.

Pero cuando la productividad sustituye al rigor, deja de ser mérito para convertirse en coartada. Especialmente cuando se confunden investigación, divulgación y opinión personal, y cuando esa mezcla se utiliza para construir relatos que afectan al honor de personas concretas, ya fallecidas, sin posibilidad de réplica.

La investigación, entonces, no indaga: decora.


3. El silencio como forma de gobierno

Lo más elocuente del primer texto es lo que omite.
Ni una palabra sobre las objeciones documentadas.
Ni una línea sobre el daño causado.
Ni un gesto de duda.

No se trata de desconocimiento. Se trata de control del relato.

Y ese control se vuelve plenamente visible en la segunda entrada.


4. El cierre del círculo

(“Un cuatrimestre de objetivos cumplidos”, 31 de diciembre de 2025)

La segunda entrega se abre con un símbolo inequívoco: el sello de calidad FECYT, ampliado, visible, casi ceremonial. No es información; es blindaje. Un gesto destinado a recordar al lector que aquí habla alguien legitimado, certificado, avalado.

Conviene recordar, además, que no es la primera vez que trabajos avalados con sellos de calidad han servido para difundir afirmaciones falsas sobre personas concretas, reescribiendo sus trayectorias vitales conforme a una narrativa ideológica previamente decidida.

Todo ha salido bien. Los objetivos se han cumplido. La trilogía —antes trilogía— ahora es tetralogía. La maquinaria no se detiene.

Y, sin embargo, es precisamente aquí donde aparece la grieta.

Porque entre los trabajos celebrados figura Nos vemos en Chicote, una obra en la que se atribuyen hechos falsos a personas fallecidas, incorporándolas a un supuesto engranaje represivo que nunca existió. No estamos ante una interpretación discutible, sino ante una construcción errónea sostenida pese a haber sido señalada y documentada como tal.

Lejos de corregir, se persevera. Se publica más. Se exhibe más. Se legitima más.


5. El doble rasero: engranajes ajenos y propios

Resulta llamativo que quien habla con tanta ligereza de “engranajes” ajenos —llegando incluso a incluir falsamente en ellos a mi padre— no aplique el mismo criterio a su propio entorno.

Porque si existe un engranaje que merezca una reflexión honesta, es el que opera dentro de la propia universidad: redes de influencia, legitimaciones cruzadas, trayectorias que se consolidan no siempre por excelencia contrastada, sino por cercanía, afinidad ideológica o pertenencia al mismo ecosistema académico.

Que su hijo sea talentoso no está en cuestión.
Pero ser progresista no convierte automáticamente en ajeno al privilegio, ni exime de examinar con el mismo rigor los vínculos propios que se exigen a los demás. La ejemplaridad no se proclama: se demuestra, y sobre todo se somete al mismo escrutinio que se aplica fuera.

Y aquí aparece una paradoja difícil de ignorar:
los mismos sellos de calidad que hoy se exhiben como garantía de rigor han amparado también textos en los que se ha falseado la vida de mi padre, integrándolo —sin base documental— en un engranaje represivo inexistente (al menos en lo referente a su persona). Textos avalados institucionalmente, difundidos sin contraste, y utilizados para fijar una versión ideológica de los hechos.

De modo que el problema no es el sello, sino el uso que se hace de él.
No es la institución, sino la instrumentalización de su autoridad para legitimar relatos previamente decididos.

Cuando la calidad certificada sirve para reescribir biografías ajenas con fines ideológicos, deja de ser garantía y se convierte en coartada.




6. Dignidad, jubilación y magisterio perpetuo

Cuando se invoca la “dignidad” para justificar la no jubilación, el argumento roza lo paradójico. Más aún cuando se reúnen desde hace años los requisitos para hacerlo.

Cabe preguntarse si no se trata, más bien, de preservar una posición desde la que seguir ejerciendo influencia, dictando cátedra moral y ofreciendo —como se vio incluso en sede judicial— lecciones destinadas a justificar lo injustificable.

La producción constante, casi mecánica, recuerda más a una cadena de montaje que a una reflexión pausada. Una maquinaria editorial donde el ritmo sustituye al escrúpulo.


7. Epílogo: cuando la autoridad suplanta a la verdad

Leídas conjuntamente, estas dos entradas no describen un cuatrimestre académico. Describen una estrategia de autopreservación.

No hay rectificación.
No hay escucha.
No hay reparación.

Solo una narrativa cuidadosamente construida para mantener intacta una posición de autoridad mientras se diluye, por saturación, la voz de quien fue injustamente señalado.

Pero los archivos permanecen.
Los documentos hablan.
Y la verdad —por mucho que se intente amortiguar bajo capas de prestigio— no se diluye con el tiempo.

Porque hay algo que ni los sellos, ni los cargos, ni las publicaciones en serie pueden garantizar:
la razón moral de quien ha dicho la verdad cuando resultaba incómodo hacerlo.

JUBILARSE EN DIFERIDO (Y DEJAR PASO… SIN APARTARSE)

 

Hay quien escribe memorias.
Y hay quien cultiva un género más moderno: la jubilación por entregas, con calendario variable y prólogo eterno.

Desde antes de 2024, Juan Antonio Ríos Carratalá va dejando constancia —en su propio blog— de que está “casi jubilado”, “en el límite”, “cerca”, de que “ya cumple los requisitos” y de que el relevo generacional está en marcha. Pero lo interesante no es que quiera seguir (cada cual decide su ritmo).
Lo verdaderamente significativo es el contraste entre lo que predica —“dar paso a los jóvenes”— y lo que hace: permanecer en el umbral, con la mano en el pomo, explicando una y otra vez que ya se va… pero sin irse nunca.


1. La “casi jubilación” como coartada elegante

El 9 de febrero de 2024, en una entrada que mezcla reflexión cultural y autorretrato moral, escribe:

“A estas alturas de mi casi jubilación…”
“Solo me resta jubilarme como emérito y ya cumplo los requisitos.”

Entrada: “Andrés Trapiello y Las armas contra las letras”
https://varietesyrepublica.blogspot.com/2024/02/andres-trapiello-y-las-armas-contra-las.html

No habla simplemente de jubilarse. Habla de jubilarse con título, con rango, con medalla.
No “me retiro”; me retiro con distinción.


2. El calendario oficial… que se mueve cuando conviene

El 22 de mayo de 2024 deja por escrito un calendario aparentemente definitivo:

  • en 2029 estará jubilado;

  • en junio de 2028 lo hará como catedrático emérito.

Entrada: “La ANECA me concede el sexto sexenio de investigación”
https://varietesyrepublica.blogspot.com/2024/05/la-aneca-me-concede-el-sexto-sexenio-de.html

Meses después, insiste en la misma idea: los jóvenes ya “toman el relevo”.

Entrada: “Tres nuevos libros a la vista” (29/12/2024)
https://varietesyrepublica.blogspot.com/2024/12/tres-nuevos-libros-la-vista.html?m=1

Y en octubre de ese mismo año vuelve a aparecer la jubilación como horizonte sereno, casi espiritual:

Entrada: “De Miguel Hernández a Guillermo Sautier Casaseca” (16/10/2024)
https://varietesyrepublica.blogspot.com/2024/10/de-miguel-hernandez-guillermo-sautier.html

Hasta aquí, nada extraño: cualquiera puede planificar su jubilación.
Lo llamativo es que la jubilación se usa como argumento moral, como prueba de autoridad, mientras el gesto real se aplaza una y otra vez.




3. El “perrito”: el símbolo perfecto del retiro ajeno

El 17 de junio de 2025 aparece por fin la imagen reveladora:

“La inmensa mayoría de mis amigos ya están jubilados. Al verlos paseando un perrito…”
“El profesor ronda la edad de jubilación…”

Entrada: “La suerte de tener alumnos como Luis”
https://varietesyrepublica.blogspot.com/2025/06/la-suerte-de-tener-alumnos-como-luis.html

La escena es casi simbólica:
los demás pasean al perro; él observa.
Ellos ya han salido; él sigue dentro.

Lectura irónica posible (solo como lectura):
«Qué bien viven ellos… pero yo sigo aquí, porque aún soy necesario, porque el aula rejuvenece, porque todavía no es el momento.»


4. “Estoy en el límite”… pero sigo

Un mes después, vuelve la idea:

“Cuando estás en el límite de la jubilación…”

Entrada: “La gallardía del fiscal Ricardo Gullón” (18/07/2025)
https://varietesyrepublica.blogspot.com/2025/07/la-gallardia-del-fiscal-ricardo-gullon.html

El límite aparece una y otra vez.
Lo que nunca aparece es el paso definitivo.


5. Diciembre de 2025: la confesión completa

Aquí ya no hay insinuaciones. Hay fechas, razones y relato:

“Mi propósito inicial era jubilarme en enero de 2026…”
“Estoy cansado y creo merecer un retiro…”
“Seguiré en activo hasta junio de 2028 y me jubilaré entonces como catedrático emérito…”
“Reúno los requisitos desde hace nueve años.”
“Vamos dejando paso a los jóvenes profesores…”

Entrada: “Un cuatrimestre de objetivos cumplidos” (31/12/2025)
https://varietesyrepublica.blogspot.com/2025/12/un-cuatrimestre-de-objetivos-cumplidos.html

Aquí el patrón se completa:
el “dejar paso” se formula como proceso, nunca como decisión.
La puerta se abre… pero nadie cruza el umbral.


6. Cuando “dejar paso” es solo una fórmula

Decir que se deja paso no es dejarlo.
Hablar de generaciones no equivale a retirarse.

Y aquí surge la pregunta inevitable:
¿se aplaza la jubilación porque aún hay libros por presentar, tribunas que ocupar, estructuras universitarias que sostienen visibilidad y prestigio?

No hace falta afirmarlo como hecho. Basta con observar el contexto que él mismo describe.


7. Sueldo, beneficios y la doble vara del “engranaje”

Conviene recordarlo: no hablamos de un retiro humilde ni simbólico. Hablamos de una posición con salario, recursos, red institucional y proyección pública. Nada ilegítimo en sí mismo.

Lo llamativo es que, desde ese lugar, se haya permitido insinuar beneficios en puestos de trabajo y económicos en otros, como hizo con mi padre, cuando nuestra realidad está documentada y fue muy distinta.

Y aquí encaja la frase que resume el mecanismo:

“Piensa el ladrón que todos son de su condición.”

No como insulto, sino como diagnóstico moral:
proyectar en otros lo que uno normaliza para sí.

De ahí la pregunta inevitable:
¿se trata de dejar paso a los jóvenes… o de dejar bien engrasado el relevo propio, incluso dentro del mismo engranaje universitario?


8. El emérito como escudo

No se trata solo de jubilarse, sino de hacerlo como emérito. Él mismo lo repite: cumple los requisitos desde hace años.

Y además exhibe apoyos. En octubre de 2024 citó como respaldo a Alberto Ramos Santana, catedrático emérito de la Universidad de Cádiz, junto a otros colegas solidarios.

Entrada: “La solidaridad de los compañeros de la Universidad de Cádiz…”
https://varietesyrepublica.blogspot.com/2024/10/la-solidaridad-de-los-companeros-de-la.html?m=1

El problema no es ser emérito.
El problema es usar ese estatus como escudo moral, como si blindara frente al error o la falsedad.

Y aquí hablo con claridad:
en lo que respecta a mi padre, mi veredicto personal es claro.
Emérito, sí.
Pero emérito en difundir falsedades.

Lo digo así, acotado, responsablemente: al menos en lo que a mi padre se refiere.


9. Resumiendo

Puede jubilarse cuando quiera.
Puede seguir escribiendo, opinando y publicando.

Pero no puede exigir autoridad moral desde un lugar que se resiste a abandonar, ni utilizar su posición para construir relatos que dañan a otros mientras se protege tras el prestigio académico.

Yo ya he perdido bastante con sus actuaciones.
Nada me devolverá ese daño.
Pero sí puedo dejar constancia de mi verdad.

Y esta lo es.


Listado de enlaces citados



sábado, 27 de diciembre de 2025

CUANDO LA MEMORIA SE MANIPULA: EL RELATO QUE SE IMPONE Y LA VERDAD QUE ESTORBA

 

(A propósito de “Los textos antifascistas de Miguel Hernández”, Juan Antonio Ríos Carratalá, 3 de abril de 2024)

Enlace: https://varietesyrepublica.blogspot.com/2024/04/los-textos-antifascistas-de-miguel.html


1. Una reseña que no es inocente

La entrada titulada “Los textos antifascistas de Miguel Hernández”, publicada por Juan Antonio Ríos Carratalá el 3 de abril de 2024, aparenta ser una reseña más sobre una reciente edición de textos del poeta. Nada especialmente novedoso: se subraya el compromiso político de Miguel Hernández, se celebra la labor editorial de Elena Medel y se recuerda su adscripción antifascista.

Sin embargo, una lectura atenta revela que no estamos ante un texto inocente ni meramente divulgativo. Como ya ha ocurrido en otras ocasiones, la entrada sirve de vehículo para reintroducir insinuaciones, juicios y atribuciones falsas que afectan directamente a la memoria de mi padre, Antonio Luis Baena Tocón, y, por extensión, a la de mi abuelo.


2. La apropiación del mérito ajeno

Uno de los aspectos más reveladores del texto es la forma en que Ríos Carratalá parece atribuirse indirectamente parte del mérito del trabajo de la autora, cuando escribe:

“El empeño le ha llevado a consultar una bibliografía actualizada, entre la que figura mi edición de los consejos de guerra de Miguel Hernández”.

No es una mención inocente. No es una referencia neutra.
Es una forma de insertarse en el éxito ajeno, de situarse como autoridad indispensable, como si la solvencia del trabajo de la autora descansara —aunque sea parcialmente— en su propia intervención previa.

Este gesto, repetido en otros contextos, revela una constante: la necesidad de figurar, legitimar y reforzar un protagonismo intelectual incluso cuando no es necesario ni pertinente. Una forma sutil de apropiación simbólica que desdice del rigor que se proclama.


3. La reiteración de una falsedad: mi padre y el sumario

Ríos vuelve a escribir:

“al leer esta recopilación, es inevitable una reflexión sobre la labor realizada por el juez Manuel Martínez Gargallo y el secretario Antonio Luis Baena Tocón en la instrucción del sumario que desembocó en la condena del poeta”.

Esta frase vuelve a atribuir a mi padre funciones que no tuvo.

Mi padre:

  • no fue juez instructor,

  • no tomó decisiones,

  • no dirigió procedimiento alguno,

  • y no ejercía cargo voluntario alguno: cumplía el servicio militar obligatorio.

Pese a ello, Ríos insiste en presentarlo como una figura activa del proceso, como si hubiera tenido capacidad de decisión o de influencia. No se trata de un desliz: es una atribución falsa sostenida en el tiempo, incluso después de haber sido advertido con pruebas documentales.

Y aquí conviene recordar algo fundamental:
esta “huida hacia adelante” no empieza ahora.


4. La verdadera huida hacia adelante: 2019

La huida hacia adelante comienza en 2019, cuando, tras ser advertido de las falsedades que estaba difundiendo, Ríos optó por una estrategia tan conocida como reveladora:
retirar enlaces discretamente y acudir a la prensa para presentarse como víctima.

Fue entonces cuando empezó a decir —con evidente mala fe— que yo pretendía:

  • censurar,

  • reescribir la historia,

  • borrar archivos,

  • limitar la libertad de expresión.

Nada más lejos de la realidad.

Lo único que se pedía —y se sigue pidiendo— es que no se mienta, que no se manipule y que no se atribuyan responsabilidades inexistentes a personas concretas. Convertir esa exigencia mínima de verdad en una cruzada contra la libertad académica es una maniobra que habla por sí sola.


5. Juzgar desde el presente y dirigir el pasado como si fuera teatro

Cuando Ríos escribe que en el sumario “apenas se aportaron muestras significativas de la labor antifascista del poeta”, no solo emite un juicio: se coloca en la posición de quien evalúa cómo debieron actuar otros, como si dirigiera una obra de teatro.

No es casual. Él mismo se define como “teatrólogo”.
Y aquí actúa como tal: distribuye papeles, asigna intenciones, corrige a posteriori lo que otros hicieron en circunstancias extremas, desde la comodidad del presente.

Pero los procedimientos judiciales no eran escenarios, ni los funcionarios actores, ni la historia un guion que pueda reescribirse a conveniencia.


6. La memoria selectiva y el silencio calculado

Ríos insiste en que aquellos tribunales fueron ilegítimos, como si esa afirmación —formulada ochenta o noventa años después— agotara toda reflexión moral.

Pero su memoria es selectiva.

Porque cuando se trata de las víctimas de la violencia republicana, el silencio es absoluto.
Cuando se trata de quienes fueron asesinados por ser creyentes, de quienes fueron perseguidos o ejecutados sin juicio, la memoria se apaga... ¿Quizás procedimientos legales para el catedrático por parte de los que él etiqueta como “demócratas”?

El padre del secretario —mi abuelo— fue una de esas víctimas y, en consecuencia, su familia...
Republicano asesinado por milicias republicanas por su fe.
Y sin embargo, ese dato estorba. Se oculta. Se silencia. O se falsea.

La memoria de esas víctimas parece no merecer espacio en su relato.


7. El doble rasero y la manipulación del foco

Ríos menciona reiteradamente al presidente del Consejo de Guerra, como si ese dato fuese una aportación decisiva. Sin embargo, calla deliberadamente el nombre del verdadero secretario que figura en los documentos.

¿Por qué?

Porque reconocerlo desmontaría años de insinuaciones dirigidas contra mi padre.
Porque rompería el relato construido.
Porque demostraría que se ha estado apuntando en la dirección equivocada.

Los sumarios están disponibles para cualquiera. No son un hallazgo.
La diferencia es que algunos los leen, y otros los utilizan.


8. La memoria no es un arma arrojadiza

No todo vale en nombre de la memoria histórica.

No se puede levantar un relato sobre silencios interesados, ni sacrificar biografías reales para sostener una causa ideológica.
No se puede exigir empatía selectiva ni justicia parcial.

Porque la memoria de quienes sufrieron —todos— merece respeto.

Y porque hay historias que no se olvidan, precisamente porque hubo quienes intentaron borrarlas.


9. Epílogo: la verdad no necesita propaganda

No escribo esto por revancha, ni por ajuste de cuentas.
Lo hago porque la verdad no necesita propaganda, pero sí defensa.

Y porque mientras haya quienes conviertan el pasado en un instrumento de poder simbólico, seguirá siendo necesario recordar que la historia no se escribe contra las personas, sino con los hechos.

DEL “REPELENTE NIÑO VICENTE” AL ADULTO QUE NO ADMITE RÉPLICA

 

El “repelente niño Vicente” y la dificultad de aceptar la contradicción


Comentario a la entrada de blog: Críspulo, ¡¡¡se ha perdido Chencho!!!

Fecha: martes, 23 de diciembre de 2025

Enlace:

https://varietesyrepublica.blogspot.com/2025/12/crispulo-se-ha-perdido-chencho.html

Autor. Juan A. Ríos Carratalá



El “repelente niño Vicente” y la dificultad de aceptar la contradicción


En una reciente evocación navideña, Juan A. Ríos Carratalá se define a sí mismo como “el repelente niño Vicente”. La expresión aparece envuelta en nostalgia, cine en blanco y negro y un tono amable que invita a la sonrisa. Nada que objetar a ese recuerdo personal ni al gusto por la evocación sentimental.

Sin embargo, cuando alguien se autoetiqueta de ese modo, conviene detenerse un momento. No tanto en la anécdota infantil como en lo que esa autodefinición encubre: la necesidad de controlar el relato incluso antes de que exista contradicción. Llamarse a uno mismo “repelente” puede funcionar como una vacuna preventiva: si ya me señalo yo, nadie podrá hacerlo después.

El “repelente”, según el propio relato, no lo sería por arrogante ni por agresivo, sino por “niño bueno”: educado, correcto, ejemplar frente a los trapisondistas de turno. Una etiqueta que, bien administrada, tiene ventajas evidentes. Quien se ríe primero de sí mismo se coloca automáticamente en una posición moralmente confortable, casi inexpugnable.

El problema aparece cuando esa autoironía no conduce a la autocrítica, sino que la sustituye. Cuando el humor deja de ser una forma de inteligencia para convertirse en un escudo. Cuando el “niño bueno”, ya adulto, no parece dispuesto a escuchar a quien le lleva la contraria, incluso cuando esa discrepancia viene acompañada de argumentos, documentos o hechos verificables.


Entonces el gesto deja de ser simpático. La ironía ya no relativiza, sino que protege. El humor no abre diálogo: lo cierra. Y el personaje entrañable se transforma en alguien que no admite fisuras en su propio relato.

No se trata de una cuestión de carácter, sino de método. Porque quien se presenta como razonable y moderado, pero responde a la crítica con descalificación, ironía o silencio, no está dialogando: se está defendiendo. No revisa; se reafirma atacando.

Y ahí es donde la anécdota deja de ser inocente. El problema no es el recuerdo de una infancia ni el gusto por la nostalgia cultural. El problema aparece cuando esa nostalgia sirve para blindar una posición pública, para evitar reconocer errores o para invalidar la palabra del otro.

No se trata de ajustar cuentas ni de polemizar por gusto. Se trata de algo más sencillo y, a la vez, más exigente: aceptar que la verdad no se construye desde el humor defensivo ni desde la superioridad moral, sino desde la disposición honesta a rectificar.

A veces, el “repelente niño Vicente” no es una broma simpática.
Es una explicación.

martes, 23 de diciembre de 2025

CUANDO EL DOLOR AJENO SE CONVIERTE EN MÉTODO

 
(A propósito de “Los familiares de las víctimas”)


La memoria como coartada moral
Víctimas, etiquetas y el historiador justiciero



1. Ficha de la entrada analizada


2. Una entrada aparentemente intachable

A primera lectura, esta entrada parece irreprochable. ¿Quién podría oponerse a la colaboración con los familiares de las víctimas de la represión franquista? ¿Quién podría cuestionar el deseo de recordar a los olvidados o de reconstruir memorias silenciadas durante décadas?

Precisamente por eso resulta tan eficaz. Y precisamente por eso merece ser analizada con cuidado.

Porque el problema no está en el homenaje a las víctimas, sino en quién decide quién es víctima, cómo se la recuerda y a costa de quién.


3. La satisfacción del historiador (y el sectarismo de partida)

Ríos Carratalá abre su texto afirmando:

Una de las mayores satisfacciones de mi trabajo es la colaboración con los familiares de las víctimas de la represión franquista.”

La frase, presentada como declaración ética, tiene una clara carga de autocomplacencia moral. El historiador no solo investiga: se presenta como mediador, consolador y justiciero. Pero hay algo previo incluso a esa autocomplacencia que conviene señalar con claridad: la selección previa de las víctimas.

Desde la primera línea, el autor delimita el campo de interés de su trabajo a las víctimas de la represión franquista, como si:

  • no hubieran existido otras represiones,

  • no hubieran producido víctimas otros bandos,

  • o no merecieran memoria quienes no encajan en su marco ideológico.

Ese punto de partida no es neutro. Marca un sectarismo de origen. No se trata de estudiar la represión en sentido amplio ni de comprender la complejidad del sufrimiento histórico, sino de fijar un único tipo de víctima legítima y, por tanto, un único tipo de victimario.

Las demás víctimas —las que no convienen al relato— quedan fuera del foco, cuando no directamente silenciadas. No porque no existan, sino porque estorban.

Así, la colaboración con los familiares deja de ser un ejercicio abierto de memoria para convertirse en un dispositivo selectivo, donde el historiador:

  • decide a quién se escucha,

  • a quién se legitima como víctima,

  • y a quién se excluye del recuerdo.

Pero el problema no termina ahí.
Porque esa selección no solo reconoce a unas víctimas:
necesita señalar a otros como represores. Y cuando ese señalamiento se hace sin rigor, sin contraste documental suficiente, incluso con manipulación interesada de los documentos y sin conocimiento real de las personas a las que se etiqueta, el daño deja de ser académico y se convierte en daño moral irreparable.

Ahí la memoria deja de ser un acto de justicia y pasa a ser un ejercicio de poder.
No es memoria histórica plural: es
memoria dirigida.
Y cuando la satisfacción del investigador nace ya de esa selección previa, el riesgo de instrumentalizar el dolor ajeno no solo existe:
se convierte en método.


4. “Lo que no dejan huella en los archivos”: el terreno perfecto para la ficción

El autor afirma que recaba información sobre:

aspectos que normalmente no dejan huellas en los archivos”.

Esta frase es clave. Porque ahí se abre un terreno inmenso para:

  • la exageración,

  • la sobredimensión de circunstancias,

  • la interpretación interesada,

  • y la ficción ideológica.

No se trata de negar el sufrimiento real de esas familias. Se trata de señalar que, cuando el archivo desaparece, el historiador sin autocontrol metodológico puede convertir el testimonio en relato cerrado, y el relato en verdad incuestionable.

Más aún cuando ese relato necesita víctimas claras y verdugos etiquetados para que el edificio ideológico se mantenga en pie.


5. Recordar a unos… señalando a otros

Ríos Carratalá escribe que habla con personas:

que anhelan recordar a sus familiares muchas veces olvidados durante décadas”.

Hasta aquí, nada que objetar. El problema aparece cuando ese recuerdo no se limita a rescatar nombres, sino que exige señalar culpables, incluso cuando no se conocen, no se contrastan o no se comprenden las trayectorias reales de las personas a las que se apunta.

Es exactamente lo que ocurrió con la realidad de mi abuelo y mi padre.

En su caso, Ríos Carratalá:

  • falseó trayectorias vitales,

  • manipuló textos de archivo,

  • reescribió biografías,

  • creó etiquetas (“verdugo”, “colaborador necesario”) sin comprensión real del contexto ni de las personas.

Si actúa con esa ligereza con alguien a quien no conoce en absoluto, no resulta descabellado pensar que haya actuado igual con muchos otros.


6. El aplauso fácil y la ausencia de contraste

El propio autor reconoce que, tras sus intervenciones, recibe agradecimiento de los familiares. Es lógico: ofrece respuestas inmediatas, relatos cerrados y una sensación de justicia simbólica sin necesidad de:

  • recorrer archivos durante años,

  • viajar por obligación,

  • gastar dinero que no se tiene,

  • consultar múltiples fuentes,

  • ni convivir con la duda, etc. etc

Lo que he hecho en el caso de mi padre —ir a las fuentes, contrastar, incomodarme, asumir costes personales y económicos— no es lo que él propone. Él ofrece soluciones rápidas, relatos redondos y una autoridad académica que tranquiliza.

Así es fácil recibir aplausos.
Y así es fácil
equivocarse gravemente.


6 bis. Señalar sin rigor: cuando la memoria se convierte en daño

El discurso de la memoria histórica no es inocuo. Tiene consecuencias reales sobre personas reales.

No es lo mismo investigar con prudencia que señalar públicamente a alguien como represor, “verdugo” o “colaborador necesario”. Esa etiqueta no se borra con facilidad, aunque sea falsa. Se proyecta sobre la familia, sobre los descendientes, sobre la reputación de una vida entera.

En el caso que me ocupa, esa forma de proceder afectó directamente a mi padre. Fue señalado injustamente, sin rigor y sin conocimiento de su trayectoria vital, en nombre de una supuesta justicia histórica que ni contrastó los hechos ni atendió a la memoria familiar cuando esta desmentía el relato.

Ese es el punto en el que la discusión deja de ser historiográfica y se vuelve profundamente ética.

Porque sin verdad no hay memoria.
Y sin rigor,
señalar a alguien es una forma de violencia.

El discurso de la memoria histórica no es inocuo. Tiene consecuencias reales sobre personas reales.

No es lo mismo investigar con prudencia que señalar públicamente a alguien como represor, “verdugo” o “colaborador necesario”. Esa etiqueta no se borra con facilidad, aunque sea falsa. Se proyecta sobre la familia, sobre los descendientes, sobre la reputación de una vida entera.

En el caso que me ocupa, esa forma de proceder afectó directamente a mi padre. Fue señalado injustamente, sin rigor y sin conocimiento de su trayectoria vital, en nombre de una supuesta justicia histórica que ni contrastó los hechos ni atendió a la memoria familiar cuando esta desmentía el relato.

Ese es el punto en el que la discusión deja de ser historiográfica y se vuelve profundamente ética.

Porque sin verdad no hay memoria.
Y sin rigor,
señalar a alguien es una forma de violencia.


7. “Estoy con las víctimas”: la frase que lo justifica todo

Ríos Carratalá repite una idea que le gusta mucho:

mi trabajo carece de sentido si no contribuye a fortalecer la memoria de unas víctimas que no solo perdieron la guerra, sino también la historia”.

¿Quién podría estar en contra de esto?

Pero la pregunta incómoda es otra:
¿con qué víctimas?

Porque en su esquema:

  • unas son víctimas,

  • otras no,

  • unas merecen memoria,

  • otras deben ser señaladas,

  • y él decide las etiquetas necesarias para que su relato quede ideológicamente inmaculado.

No es memoria histórica plural: es memoria selectiva al servicio de una revancha simbólica permanente.


8. Especialistas, archivos… y memorias familiares incómodas

El texto concluye con una separación interesada:

Al margen del trabajo académico, siempre circunscrito a los especialistas, solo queda la memoria familiar”.

Pero ¿qué ocurre cuando la memoria familiar no encaja con el relato del historiador?

En mi caso, la memoria familiar —bandos, checas, exilio, etc. son vivencias de mi abuela, mis tíos, mi padre— ha sido directamente ignorada, negada o pisoteada.

No porque no exista, sino porque no conviene.

La memoria familiar solo vale cuando confirma el relato previo. Cuando lo cuestiona, se descarta.


9. Conclusión

Los familiares de las víctimas no es una entrada inocente ni meramente humanitaria. Es un texto programático.

En él, Juan Antonio Ríos Carratalá:

  • se erige en historiador justiciero,

  • utiliza el dolor ajeno como legitimación moral,

  • decide quién merece memoria y quién merece señalamiento,

  • y sustituye el contraste riguroso por la autoridad académica y el aplauso emocional.

Cuando el dolor se convierte en método, la historia deja de ser búsqueda de verdad y pasa a ser instrumento ideológico.

Y ahí no solo se traiciona a la historia.
También, y sobre todo,
se traiciona a las propias víctimas.

El problema no es recordar a las víctimas, sino decidir de antemano cuáles merecen serlo. Cuando solo se reconoce el sufrimiento que encaja en un relato ideológico, la memoria deja de ser un acto de justicia y pasa a ser un ejercicio de exclusión.
Cuando se decide de antemano quién merece ser recordado como víctima y quién debe ser señalado como represor, la historia deja de buscar la verdad y pasa a repartir culpas. Y en ese reparto, el error no es inocente: deja heridas que no se cierran.

lunes, 22 de diciembre de 2025

EL AVAL QUE TODO LO EXPLICA ( O ESO CREE EL AUTOR )

 

(A propósito de “Una jornada con Marc Carrillo, catedrático de Derecho Constitucional”)

Micrófonos amigos, colegas juristas y la estratosfera del ego
Cuando el aval sustituye a la corrección


1. Análisis de una entrada de blog

  • Autor: Juan Antonio Ríos Carratalá

  • Blog: Varietés y República

  • Fecha: miércoles, 6 de marzo de 2024

  • Título original: Una jornada con Marc Carrillo, catedrático de Derecho Constitucional

  • Enlace:
    https://varietesyrepublica.blogspot.com/2024/03/una-jornada-con-marc-carrillo.html

  • Contexto:
    Entrada de carácter institucional y autopromocional en la que el autor relata una jornada académica en la Universidad de Alicante con el catedrático emérito de Derecho Constitucional Marc Carrillo, combinando agradecimientos, difusión mediática y una afirmación explícita de legitimación académica de su propio trabajo.



2. Estrategia discursiva: legitimarse por proximidad

La estrategia central de esta entrada no es el análisis del libro de Marc Carrillo ni el debate jurídico sobre el derecho represivo, sino algo mucho más sencillo y eficaz: la legitimación por proximidad.

El texto se articula en tres movimientos claros:

  1. Escenario universitario (Universidad de Alicante): prestigio institucional.

  2. Altavoces mediáticos (Radio Alicante – Cadena SER, diario Información): visibilidad sin fricción.

  3. Colega jurista de alto rango (Marc Carrillo): aval académico.

El autor no discute, no problematiza ni contrasta. Se muestra acompañado, invitado, escuchado. El mensaje implícito es evidente: si estoy aquí, si hablo con ellos, si me invitan, es que lo que hago está bien.


3. El micrófono incondicional: Arcaya y la ausencia de contraste

La mención a Carlos Arcaya no es anecdótica. Se trata de un periodista que le ha brindado micrófono incondicional durante más de una década.

No se trata de cuestionar la profesionalidad del periodista, sino de señalar un hecho objetivo:
en estas intervenciones
no hay contraste, no hay preguntas incómodas, no hay confrontación con los errores documentados que pesan sobre la obra del autor.

El micrófono funciona como espacio de autopresentación, no como ejercicio periodístico. Y eso refuerza un relato cómodo, circular y autocomplaciente.


4. “Gracias a colegas como Marc Carrillo…”: el salto lógico

El núcleo problemático de la entrada está en este párrafo:

Gracias a colegas como Marc Carrillo y otros juristas que me han ayudado, creo haber superado esta dificultad…”

Aquí se produce un salto lógico injustificado:

  • Haber hablado con juristas

  • haber eliminado errores

  • haber comprendido correctamente los procedimientos

  • haber dejado de cometer inexactitudes

Porque, a fecha de hoy, el abanico de errores e inexactitudes es amplio y verificable, especialmente en lo que respecta a los procedimientos judiciales que nos ocupan.

Si esos juristas existieron —y no hay motivo para dudarlo—, no parece que hayan aclarado los aspectos esenciales sobre los que el autor sigue pontificando con seguridad magistral, pero con escaso conocimiento real.


5. El aval como coartada frente a la crítica

Resulta especialmente llamativo que el autor afirme:

los futuros historiadores tendrán un camino allanado…”

cuando, por otra parte, ha sostenido que “mi actuación pone en peligro la investigación en España”, llegando a presentarme poco menos que como una amenaza para la libertad académica.

Ambas cosas no pueden ser ciertas al mismo tiempo.

O bien:

  • la investigación está en peligro,
    o bien:

  • el camino está allanado gracias a libros modélicos.

Esta contradicción no se explica ni se resuelve. Simplemente se ignora.


6. El ego en la estratosfera

El resultado final de la entrada no es la difusión del trabajo de Marc Carrillo, sino la autoubicación del propio autor en una posición incuestionable:

  • rodeado de colegas prestigiosos,

  • difundido por medios afines,

  • agradecido y agradecible,

  • convencido de haber alcanzado una suerte de culminación metodológica.

Todo ello mientras los errores persisten y las críticas documentadas se despachan como ataques ideológicos o incomprensión.


7. Conclusión

Una jornada con Marc Carrillo no es una entrada informativa ni académica. Es un ejercicio de blindaje discursivo.

El autor no demuestra que haya superado errores: afirma que los ha superado.
No responde a las críticas:
las rodea de avales.
No corrige:
se legitima.

Y en ese proceso, el prestigio ajeno —universitario, mediático y jurídico— se convierte en coartada perfecta para seguir dando lecciones magistrales sin afrontar los problemas reales de su trabajo.

domingo, 21 de diciembre de 2025

CUANDO LA NOSTALGIA SE DISFRAZA DE RIGOR

 
(A propósito de “La «agüita amarilla» de Pablo Carbonell”)


De la retranca generacional a la ficción “rigurosa”
Varietés, memoria personal y el historiador que se mira al espejo



1. Ficha de la entrada analizada

  • Autor: Juan Antonio Ríos Carratalá

  • Blog: Varietés y República

  • Fecha: miércoles, 28 de febrero de 2024

  • Título original: La «agüita amarilla» de Pablo Carbonell

  • Enlace:
    https://varietesyrepublica.blogspot.com/2024/02/la-aguita-amarilla-de-pablo-carbonell.html

  • Contexto:
    Entrada de carácter autobiográfico y ensayístico en la que el autor reflexiona sobre el envejecimiento, la nostalgia generacional y la figura de Pablo Carbonell, mezclando recuerdos personales, referencias culturales y juicios ideológicos.


2. No es una excepción: es un tipo de texto recurrente

A primera vista, podría pensarse que esta entrada no merece un análisis crítico. No contiene documentos, ni archivos, ni afirmaciones históricas explícitas. Sin embargo, precisamente por eso resulta significativa.

Textos como este abundan en el dilatado blog Varietés y República: artículos construidos a partir de añoranzas personales, recuerdos familiares, juicios generacionales y retranca ideológica, firmados por un catedrático de Literatura Española que actúa como historiador “de literatos”, aunque en muchos casos dichos textos tengan poco o nada que ver con un trabajo histórico propiamente dicho.

Lo relevante es que el propio autor reconoció en sede judicial (Cádiz, 14 de octubre de 2024) que este tipo de artículos terminan siendo traducidos en libros presentados después como investigaciones. Es decir, no estamos ante simples columnas personales: estamos ante materia prima editorial para obras que reclaman autoridad académica.


3. Autorretrato, superioridad moral y ficción confortable

Esta entrada no pretende ser una investigación, ni siquiera un análisis cultural en sentido estricto. Es, ante todo, un ejercicio de autorrepresentación.

En La «agüita amarilla» de Pablo Carbonell, Ríos Carratalá se sitúa de nuevo en el centro del relato:

  • como observador lúcido del paso del tiempo;

  • como ejemplo de envejecimiento “con decoro” frente a otros que “envejecen mal”;

  • como intelectual coherente, irónico y libre de dogmatismos.

Todo ello se articula mediante una escritura amable, nostálgica y cargada de ironía. Nada objetable si se mantiene en el terreno de la literatura personal y se presenta explícitamente como tal.

El problema aparece cuando ese mismo tono —la ironía, la fantasía, el juicio moral implícito— se traslada después a personas reales, con nombre y apellidos, y se presenta como “rigor investigador” o incluso como “ficción rigurosa”.


4. Cuando la fantasía sustituye a la biografía (y falla estrepitosamente)

Este texto conecta directamente con un precedente mucho más grave: la forma en que el propio Ríos Carratalá se refirió a Antonio Luis Baena Tocón.

En distintos momentos llegó a afirmar —más o menos explícitamente— que mi padre:

  • permanecía calladito y escondido”;

  • que los “biógrafos hernandianos no dieron con su paradero”;

  • o que llevaba una suerte de doble vida o doble personalidad.

Hay que ser extraordinariamente fantasioso para sostener algo así.

La realidad es fácilmente verificable y completamente distinta:

  • Antonio Luis Baena Tocón vivió en Córdoba desde 1958 hasta su fallecimiento en 1998.

  • Trabajó, en parte, en el Ayuntamiento de Córdoba, "al servicio de" Julio Anguita (corrigiendo a Ríos, en servicio a la sociedad estando Julio Anguita como Alcalde de Córdoba)

  • Solicitó otros destinos administrativos (Sevilla y Madrid), que no obtuvo por motivos ajenos a él.

  • No tenía ningún motivo para esconderse.

  • Y, de hecho, nunca se escondió.

Durante más de cuarenta años hubo tiempo de sobra para saber de él. Su teléfono particular y dirección particular estuvieron publicados en la guía telefónica, era de fácil acceso y lo utilizaban tanto vecinos del barrio, personas desconocidas que requerían su atención, como personas perfectamente conocidas. Entre quienes le llamaban se encontraban entre estas últimas, según recuerdo directo, el propio Julio Anguita, el teniente general Gutiérrez Mellado o el economista Ramón Tamames, entre otros muchos.

Ese mismo teléfono sigue existiendo hoy (lleva más de 50 años de uso): lo conserva mi hermana, a quien el catedrático ha manifestado haber intentado localizar antes de sus publicaciones. Sin embargo, afirmó en sede judicial haberla buscado en Murcia, como podría haberlo hecho en Budapest. Una afirmación poco creíble —buscar a una persona en Murcia sabiendo que vive en Córdoba— tal y como quedó reflejado en la sesión judicial del 14 de octubre de 2024 en Cádiz. Muy poco “rigurosa” resulta aquí su investigación.

A Ríos Carratalá, por cierto, no le gustaron los comentarios de Julio Anguita sobre mi padre (tal y como manifiesta en Nos vemos en Chicote, algo que el propio autor despacha atribuyéndolo a una supuesta “doble personalidad” o “doble vida”). No estamos ante una interpretación discutible, sino ante un desconocimiento absoluto de la vida real de la persona sobre la que se escribe, adornado con imaginación literaria.

Aquí la “retranca” deja de ser simpática y deja de funcionar como recurso literario para convertirse en pura invención biográfica.


5. Del recuerdo personal a la “desmemoria progresista”

La escena se vuelve todavía más inquietante cuando quien escribe se permite explicar lo vivido por otros desde una posición de superioridad académica. Como resumía irónicamente una reacción personal:

Este señor nos va a contar lo que mi familia vivió en la guerra y posguerra inmediata (como mi abuela paterna, tíos paternos) y otros hasta el final de sus días (mi madre especialmente, tíos, hermanos, primos y yo mismo ) vivimos en primerísima persona; por ejemplo, cuando mi padre solicitó destino en Madrid y aquello me afectaba y viví muy directamente..., con su ‘rigor investigador’, reescribiendo la vida de toda una familia. ¡Manda narices!”

El resultado es paradójico:
una memoria histórica convertida en
desmemoria progresista, celebrada y aplaudida por colegas y amigos ideológicos, mientras se ignora —o se deforma— la experiencia real de quienes sí estuvieron allí.


6. El problema de fondo: cuando el estilo suplanta al método

Esta entrada, en apariencia inofensiva, ilustra a la perfección el problema central del blog Varietés y República: la sustitución del método histórico por el estilo personal.

La nostalgia, la ironía y la memoria subjetiva no son defectos en sí mismos. Pero cuando se utilizan para:

  • rellenar lagunas documentales;

  • justificar afirmaciones no probadas;

  • o reescribir la vida de terceros,

entonces el rigor investigador se desploma y queda reducido a una pose retórica.


7. Conclusión

La «agüita amarilla» de Pablo Carbonell puede leerse como un texto entrañable si se acepta como lo que es: un ejercicio de nostalgia generacional.

Pero cobra un sentido muy distinto cuando se inserta en una práctica reconocida de convertir este tipo de escritos en libros de supuesta investigación histórica.

Ahí deja de ser inofensiva y pasa a ser reveladora: no de una trayectoria historiográfica sólida, sino de un modo de escribir en el que la imaginación, la ironía y la autocomplacencia ocupan el lugar que debería corresponder al método, a los documentos y, sobre todo, a la verdad histórica.

DE LA ILUSIÓN AL BLINDAJE

  (Crónica de un cuatrimestre que no fue académico, sino estratégico) Hay textos que, leídos de manera aislada, parecen inofensivos. Inclu...